jueves, 3 de diciembre de 2020

CONTRATO DE AMOR

 




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Lady Julia, viuda del conde Peter James Hamilton, era una mujer de carácter fuerte. Y eso la ayudó a superar las dificultades de la vida. La primera, su matrimonio con un hombre al que no amaba. La gente que pertenecía a la clase alta tenía por costumbre concertar matrimonios por conveniencia, pero eso no impedía que las víctimas pudieran sentirse más o menos afortunados según la elección. Y Julia, cuando conoció a su esposo, un hombre que le llevaba más de veinte años, se pasó una noche entera llorando. Solo la consoló saber que sería condesa y dispondría de un gran capital.





Luego, tuvo que superar tres abortos, la pérdida de dos hijos varones y conformarse con tener una hija, hecho que su marido jamás le perdonó y fue excusa suficiente para no volver a su dormitorio y buscarse otras mujeres con las que entretenerse. Se alegró cuando falleció, aunque lo hiciese en cama de una prostituta. El escándalo no fue más grande del que había esperado pues no había caballero que no hubiese pasado por la misma cama barata.

Pero en la vida le esperaba otro disgusto, aunque jamás pensó que podría vivir algo semejante en su hogar.

Su hija, Anabelle, creció sana y fuerte. Se convirtió en una joven hermosa de exquisitos modales. Poco después de presentarla en sociedad, se convirtió en la joven más deseada por los varones solteros. Y cuando lady Julia supo que el atractivo lord Percival Maxwell, procedente de una buena familia adinera y con título, aunque lo poseía su hermano mayor, estaba interesado en ella, no dudó en celebrar fiestas y reuniones para acercar a los jóvenes.





Anabelle y Percival eran la envidia de todos los jóvenes. Las chicas suspiraban por él y los chicos por ella. Hacían una bonita pareja y lady Julia pensó que, al menos una vez en la vida, le estaba sucediendo algo bueno y podía sentirse orgullosa de su hija.

Después de varios meses teniendo encuentros sociales, lady Julia consideró que había llegado el momento de que el joven le pidiera la mano de su hija y así lo mencionó con disimulo en una de las reuniones.

Se habían reunido una tarde de primavera, en el jardín. Era una ocasión especial, pues iban a conocer al hermano mayor de Percival, quien era almirante y había estado en una misión por el Mediterráneo.





─¿Cree usted que el almirante Maxwell se sentirá complacido con que nuestras casas se unan? ─preguntó Anabelle a su madre.

─¿Y cómo no iba a sentirse complacido? ─preguntó mirándola con extrañeza─. El nombre de nuestra familia es muy respetable desde hace mucho tiempo. Y Percival carece de título. Es su hermano quien ostenta el título de marqués, además de ser almirante ─guardó silencio─. En verdad, creo que él sería más adecuado para ti.

─¡Madre! ─exclamó molesta.

─No he dicho nada ─disimuló una sonrisa y no se dio cuenta del temblor que se apoderó de su hija.

Continuará.



 


lunes, 23 de noviembre de 2020

EL VIRUS

 






El VIRUS

Sucedió en el año 1930, cuando la enfermedad se adueñó de la ciudad paralizando la rutina de hombres, mujeres, niños y niñas.

Los ciudadanos dejaron de trabajar, de asistir a clases, de jugar en lugares públicos, de reunirse para celebrar la vida, el amor y la amistad.

Los edificios públicos y las fábricas se convirtieron en lugares solitarios, sombríos y fantasmales.

Las viviendas era como colmenas donde reinaba la desolación y la tristeza.



Todos los días se daba información sobre los síntomas de la enfermedad: nerviosismo, fiebre, alucinaciones, vómitos, pérdida de conocimiento y, muchas veces, la muerte. Le seguía el recuento de las víctimas.

Asustados ante un posible contagio, se encerraban en sus hogares. No querían mantener contacto con nadie, ni amigos, vecinos o familiares.




La gente vivía pegada a los transistores, el único aparato tecnológico que todavía funcionaba pues ya nadie podía hacerse cargo de tecnologías más complicadas.

Los políticos se echaban la culpa unos a otros de la enfermedad. Algunos decían que el pueblo debía reaccionar y sobreponerse a la pena para seguir luchando. Otros, que debían permanecer encerrados y sacar de las ciudades a los enfermos. El miedo, poco a poco, se hacía presa del pueblo.



Con el tiempo dejaron de contar a los enfermos y menos a los muertos. Eran cifras difíciles de asumir que solo llevaban al suicidio a quienes ya habían perdido la esperanza.

Las medicinas empezaban a escasear y, algunos pusieron en práctica remedios caseros que anteriormente se consideraban prácticas nada científicas. Así colgaban hierbas aromáticas en las ventanas y puertas para evitar que el mal entrase en las casas y tomaban infusiones de diferentes hierbas.



Nada de eso era eficaz contra el nuevo virus que parecía ser, cada vez, más virulento.

Ante el temor a la extinción masiva de la humanidad, muchos regresaron a los templos de diferentes religiones para buscar el consuelo espiritual.

Un día, un sonido despertó a la humanidad. Quienes aún se sentían fuertes se asomaron al exterior, sorprendidos por percibir un sonido que no se asemejaba al que provocaba la naturaleza o el desgaste de los materiales. Tardaron en comprender qué era ese cúmulo de notas armoniosas que empezaban con un ritmo melódico, pausado e iba in crescendo, hasta convertirse en un conjunto de sonidos alegres, vibrantes que invitaban a danzar, sonreír, reír, cantar, bailar y sentir esperanza como no habían sentido en mucho tiempo.

Diferentes vagabundos recorrían las calles haciendo sonar sus instrumentos musicales. Los niños salían a las calles y formaban corros para bailar.




Las personas más viejas, recordaron antiguas recetas de pasteles y se encerraron en las cocinas para elaborarlos.




Los ciudadanos decidieron abandonar su enclaustramiento. Poco a poco empezaron a trabajar en equipo, a festejar la vida, ayudándose unos a otros, olvidándose de rancios temores y desoyendo las teorías irracionales de quienes solo querían gobernarlos como si fueran un rebaño no pensante.

El virus recibió un nombre: miedo. Una enfermedad que los convirtió en seres asustadizos, desconfiados, egoístas.

Cuando se dieron cuenta de ello, la enfermedad desapareció. No pudo luchar contra la alegría, la solidaridad y el amor.

Ahora solo faltaba que la humanidad aprendiese la lección y no permitiese que nada, ni nadie, los volviese a separar imponiendo el miedo para quitarles libertad.








FIN

 

CONTRATO DE AMOR