domingo, 17 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (19)




Las pesadillas atormentaron su sueño. Se despertó y se sentó en la cama. Tenía el camisón empapado en sudor. Salió de la cama y se acercó al armario para coger otro camisón. No entendía por qué sentía tanto frío cuando en la chimenea seguía ardiendo el fuego que estaba encendido desde la mañana temprano. La habitación debía estar caldeada, sin embargo, al igual que sucedía en su primer dormitorio, el frío era insoportable.
Se acercó al espejo del tocador y miró la zona donde había sido golpeada por la puerta de la habitación de Clara. Cuando había entrado la ventana estaba cerrada, así que podía asegurar que la puerta no se había movido por culpa de una corriente de aire. Palpó con los dedos la zona. Notaba una hinchazón y el reflejo del espejo lo confirmó. Mercedes estaba convencida de que Clara le había hecho daño de alguna manera.
Volvió a sentarse en la cama. Se acordó de la aparición que había visto en el jardín y se preguntaba quién era el hombre que había visto junto a Clara. Estaba segura de que le era familiar pero no recordaba de qué.
Por petición de Álvaro, en la mansión no había retratos de sus antepasados en las estancias más frecuentadas por la gente. Sin embargo, Mercedes estaba segura de haber visto ese hombre en algún cuadro. Recordó que la única estancia donde había retratos era la biblioteca. Decidió ir allí. Se puso un chal y se calzó las zapatillas. Encendió una vela y salió de la habitación.
Durante la ida por el pasillo en penumbras, tuvo el presentimiento de que alguien la seguía. Miró hacia atrás pero no vio a nadie. Bajó lo más de prisa que pudo las escaleras y corrió hacia la biblioteca. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, como si sentir la fría madera le aportara seguridad.
La biblioteca estaba llena de estanterías repletas de libros pero en las paredes vacías colgaban grandes retratos, seguramente antepasados de Álvaro. La verdad era que nunca le había comentado nada acerca de ellos.
Mercedes los contempló con interés hasta que llegó a uno que era el retrato de un hombre que reconoció. Se acercó más a él y lo iluminó con la vela para examinarlo con detalle. Leyó la leyenda que tenía en la base: Jacinto Quiroga. Sorprendida comprobó que se trataba del padre de Álvaro. Y recordó que se había muerto ahogado. Seguramente la embriaguez, su mayor defecto en los últimos años de su vida, le hizo perder el equilibrio y cayó al río.
Pero, Mercedes no comprendía por qué su suegro se le había aparecido. Entendía que Clara pudiera tener alguna inquina contra ella, pero él no tenía motivo para querer asustarla o hacerle daño. Es más, debería estar contento de que su hijo volviera a ser feliz.
Una ráfaga de viento apagó la vela. Aunque no había luna llena, el satélite estaba lo suficientemente grande en el cielo para alumbrar la estancia con sus rayos plateados. Mercedes buscó mixtos cerca de un candelabro y encendió la vela. Delante de ella, a pocos pasos, estaba la presencia de Clara quien, mirándola con agresividad, le gritó: “¡Vete!”.
Mercedes, asustada, retrocedió unos pasos. El fantasma se abalanzó hacia ella. Le cayó la vela al suelo y salió corriendo de la biblioteca.
Empezó a subir las escaleras cuando vio en el piso superior al padre de Álvaro que empezaba a bajarlas pero sin tocar los escalones, ni siquiera hacía el movimiento con las piernas que se requería para ello, parecía que volaba. Mercedes se detuvo y gritó. Quiso dar media vuelta para bajar pero sus pies se enredaron con el camisón y cayó hasta el vestíbulo.
Continuará.





miércoles, 13 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (17 y 18)



17


Mercedes se tumbó en la cama y se quedó dormida. Los nervios la habían cansado demasiado. Cuando despertó pudo oír la conversación que mantenían las sirvientas, Patricia y Julia. Ambas estaban en su habitación para limpiar y encender el fuego que se había apagado.
─¿Tú crees que puede ser verdad? Había oído alguna historia pero nunca creí que fuera cierta ─comentaba Julia mientras ponía leña en el chimenea.
─Te aseguro que sí. Mi madre y el señor Claudio no quieren hablar de ello y nos han prohibido hacer mención alguna sobre el pasado del señor Álvaro. Pero, yo recuerdo bien cuando falleció su esposa.

─Se suicido ¿no?
─Sí. Pero antes de hacerlo se aseguró de que él le prometiera que jamás volvería a enamorarse. Era una mujer muy posesiva. De hecho, estoy convencida de que el señor jamás fue feliz con ella, aunque lo fingiese.
─Eso es muy atrevido por tu parte. ¿Cómo puedes estar tan segura de ello? Todo el mundo dice que eran felices.
─A mí no me gustaba la señora Clara.
─Bueno, dejemos eso. Vamos a despertar a la señora y puede escucharnos. Y nadie quiere que se asuste más ─añadió Julia.
Recogieron sus cosas y salieron de la habitación. Mercedes abrió los ojos como platos, impresionada por lo que había escuchado. Ahora estaba más segura que nunca de que había visto el fantasma de Clara y que ella venía a atormentarla para que se alejara de Álvaro. Se incorporó en la cama y se preguntó qué podía hacer para evitar que volviera a aparecer. Quizás debía enfrentarse a ella, o llamar a un sacerdote para que bendijera la casa.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró las ventanas de las habitaciones que permanecían cerradas. Reconoció la que pertenecía a la habitación de Clara. Otra opción, pensó, era pedirle a su esposo que se trasladasen a vivir a la ciudad pero no sabía cómo convencerlo sin decirle la verdad de esa decisión. Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio aparecer una mano en la ventana que movía las cortinas. La silueta de una mujer, aunque borrosa, se acercó al cristal. Mercedes estaba segura de que en él se concentraba el vaho del frío de un aliento maldito. Se alejó unos pasos y se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. La señora Esther entró en la habitación.
─Señora no la he molestado antes porque la vi dormida pero debería comer algo. ¿Va a bajar al comedor o le traigo algo?
─Bajaré ─susurró Mercedes.
─¿Se encuentra bien?
─Sí, por supuesto ─intentó sonreír.
─Está bien. La esperaré allí.
─De acuerdo. Me arreglaré un poco y ya bajo.
─¿Llamo a Patricia para que la ayude?
─No es necesario, gracias.
Esther salió del dormitorio y Mercedes volvió a asomarse a la ventana. Ya no vio nada en la otra. Eso la tranquilizó e intentó convencerse de que se había equivocado.
Se arregló las ropas y el peinado y bajó al comedor donde, como le había dicho, estaba la señora Esther y, poco después, entraba el mayordomo.
Mercedes comió en silencio y, cuando terminó, se retiró a su habitación de nuevo. No le apetecía estar en el salón.


18




Estaba cansada pero el miedo le impedía conciliar el sueño, así que, se sentó delante de la chimenea e intentó concentrarse en la lectura de un libro. Esfuerzo inútil. No dejaba de pensar en Clara y se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuesta.
Todo el mundo le decía que habían sido felices, entonces, ¿por qué se había suicidado ella? Y, si era cierto lo que habían comentado las criadas entre ellas, ¿por qué Clara pidió a Álvaro que no se volviera a casar? Sabía que él era un hombre joven y la vida podía brindarle la oportunidad de volver a ser feliz, como así sucedió. Era una petición muy egoísta.
Se había propuesto hablar del tema con Álvaro. No podía vivir con tanta incertidumbre porque, si en algo tenían razón el señor Claudio y la señora Esther, era que su salud se podía resentir.
Una corriente de aire frío que inundó la habitación la sacó de su ensimismamiento. Se estremeció y el libro cayó de sus manos. Lo recogió. En el momento en que se irguió vio salir una figura de su habitación, como si no hubiera puerta, ni pared que se lo impidieran.
Mercedes dejó el libro sobre el escritorio y salió de la habitación. Inspeccionó el pasillo y vio la figura, que reconoció como el fantasma de Clara, cruzar el largo pasillo en dirección a la que había sido su dormitorio. Decidió seguirla.
La aparición se volvió hacia ella y sonrió cuando pareció percatarse de que la seguían. Mercedes se detuvo y dudó si continuar pero, finalmente, lo hizo.
El fantasma entró en la habitación atravesando la puerta. Mercedes hizo girar el picaporte pero estaba cerrado con llave. Apoyó la oreja sobre la puerta para escuchar si se producía algún ruido del otro lado y, de repente, alguien golpeó con tanta violencia la puerta que la hizo daño. Se apartó llevándose la mano al lado dolorido.
Se apresuró a regresar a su dormitorio y llamó al servicio. Mientras esperaba que alguien la atendiera, paseaba por la estancia como un animal enjaulado. Se frotaba el golpe y se detenía para coger aire. Estaba tan nerviosa que tenía dificultad para respirar bien y temía desmayarse en cualquier momento, aunque nunca había sido de naturaleza débil.
La señora Esther no tardó en llegar y Mercedes lo agradeció. Ella era el ama de llaves y, por tanto, podía abrir de inmediato la habitación de Clara, sin necesidad de perder más tiempo.
─¿Desea algo, señora?
─Sí. Quiero que venga conmigo ─sin más explicaciones salió nuevamente de la habitación y se dirigió a la de Clara.
El ama de llaves la siguió y, dándose cuenta de cuáles eran las intenciones de su señora, se detuvo en el pasillo.
─Señora, creo que sería mejor que intentara descansar.
─¡No quiero descansar! ¡Venga, dese prisa! ─apremió.
─Pero…
─¡Es una orden! ─gritó Mercedes. No le gustaba tratar así al servicio pero la urgencia que tenía por entrar en la habitación de Clara acababa con su paciencia.
Esther accedió a obedecer. Ella había intentado que la señora entrase en razón pero no podía obligarla.
─Abra esta puerta, por favor ─pidió Mercedes.
Sin demora, así lo hizo el ama de llaves. Entraron en la estancia y encendieron unas velas de un candelabro.
─Todo sigue igual que antes, señora ─dijo Esther.
Mercedes recorrió la estancia y se asomó a la ventana. Lo que veía en el jardín la dejó estupefacta.
─No ─negó─. Hay algo nuevo.
Esther se acercó y miró fuera pero ella no vio nada  que pudiera considerarse extraño en el exterior.
─¿A qué se refiere, señora? ─preguntó.
─¿Es que no lo ve? Ahí fuera está Clara junto a un hombre mayor. ¡Mire! ─señaló con vehemencia─. Nos están mirando ─susurró horrorizada.
Esther parpadeó confusa. Admitió que le pareció ver, durante unos segundos, una neblina blanquecina en medio del jardín, pero eso no era suficiente para afirmar que se trataba de fantasmas.
─Señora, debería regresar a la cama.
─Pero, ¿usted no lo ha visto? ─preguntó perpleja.
─No, señora. Yo no he visto nada. El señor Claudio y yo ya le hemos dicho que no hay fantasmas en esta casa.
─Yo sé que no estoy loca ─susurró Mercedes.
─Pero necesita descansar o enfermará ─insistió Esther.
Mercedes se dejó llevar de regreso a su habitación. Estaba muy confusa. No podía entender por qué solo ella veía a los fantasmas.
─¿Quién puede ser el hombre? ─preguntó antes de acostarse.
─No sé de quién me habla, señora.
─Me refiero al hombre que estaba con Clara. Era mayor…
─Yo creo que la falta de sueño y el cansancio le han jugado una mala pasada.
Mercedes no replicó. Cerró los ojos y deseó que Álvaro regresara pronto a la mansión.

 (Continuará)



LA MANSIÓN GRIS (19)