domingo, 31 de mayo de 2020

TORMENTA DE PRIMAVERA (33 y 34)


33

Alice no pudo escuchar toda la conversación que tuvo lugar entre lord Patrick y la señorita Virginia pero le pareció ver una disputa entre enamorados. Se apresuró a regresar a la fiesta y seguir indagando.
Patrick se reunió con algunos hombres que se habían retirado del salón de baile y empezaran a jugar a las cartas. El ministro le pidió que se uniera a ellos.
Mientras, Virginia aceptó bailar con un joven oficial bajo la atenta mirada de Alice. A la doncella poco le importó que la amonestaran por su actitud. Dejó la bandeja de canapés sobre una mesa y se ocultó tras una columna desde la que podía ver a la sobrina del ministro. Desde ese lugar podía atender a los bailarines y los caballeros que se encontraban en el salón.
Patrick miró la hora en su reloj discretamente y decidió que había llegado la hora en la que podía irse. El ministro lo detuvo antes de que saliera del salón.
─Patrick, tienes que prometerme que vendrás a cenar a mi casa mañana por la noche. Me gustaría hablar contigo. Es posible que esté presente algún amigo más.
─Agradezco tu invitación pero no puedo asegurar que vaya. Estoy esperando noticias de mi tía. Ha enfermado repentinamente y si su estado se agrava me veré obligado a regresar a Victoria Manor. De ser así, te lo haré saber con antelación.
─Está bien, está bien ─asintió─. Cuento contigo o con tus noticias. Espero qu se cumpla lo primero por el bien de tu tía.
─Gracias.
─Te vas muy pronto, ¿no?
─Quiero descansar por si tengo que realizar el viaje.
─Sí, claro. Por supuesto. Espero que todo salga bien.
─Gracias.
Patrick se disponía a irse cuando fue abordado por Virginia. La joven se puso ante él y lo miró con altanería.
─No me sacó a bailar, milord.
─Pero seguro que no se ha quedado sin bailar.
─¡Oh no se burle de mí! Me debe un baile.
─En otro momento, tal vez.
─Ese “tal vez” no me ha gustado nada.
─No puedo prometer lo que sé que no voy a cumplir ─sonrió─. Si me disculpa ─la rodeó y se fue. Ella lo miró furiosa pero, a pesar de sacarla de quicio, le agradaba su actitud.
Alice, que lo había oído todo, lo primero que hizo al madrugar al día siguiente, fue ir a la Oficina de Telégrafos y Telegramas para enviar un telegrama a su amiga Rowina. En él le decía que la señorita Virginia, sobrina del ministro de asuntos exteriores era la novia de lord Patrick. El ministro lo había invitado a cenar y era posible que fuese para entregarle la mano de ella. En breve saldría la noticia en los periódicos.



34

Fue un alivio para Patrick no recibir noticias acerca de su tía. Eso significaba que la anciana había mejorado en su enfermedad.
Se preparó para ir a la casa del ministro y cumplir con su nuevo compromiso. Intuía que le mencionaría, una vez más, que se dedicase a la política. No tenía ganas de soportar ese tema pero haría un sacrificio.

Llegó a la casa en medio de un fuerte temporal. Lo recibió el mayordomo que lo acompañó hasta el salón donde se encontraban el ministro, su sobrina, y dos matrimonios que Patrick conocía: el general John Conrad y su esposa Liza; y el conde Angus Bennet y su esposa Eleanor. Saludó a todos con educación y aceptó una copa de vino Oporto.
─Cuéntanos, Patrick, ¿cómo se vive en el campo? Gerard nos ha dicho que tu tía se encuentra mal ─comentó lady Eleanor.
─No he recibido noticias, así que deduzco que se encuentra mejor de salud. Y no vive en el campo, sino en un pueblo costero. De hecho, su mansión, que antaño fue un castillo fortaleza, está construida sobre un acantilado. A mí no me gusta vivir allí, pero haría un sacrificio si las circunstancias lo requiriesen.
─¿Qué circunstancias serían esas? ─preguntó Virginia.
─Esa pregunta es muy personal ─recriminó su tío.
─A mí también me gustaría conocerlas ─dijo Liza─. Si no te gusta vivir en es sitio. ¿Qué podría hacerte cambiar de idea? ¿Tal vez un amor inconfesable? ─rió y lady Eleanor la secundó.
─En absoluto es inconfesable ─dijo Patrick.
Todos los presentes lo miraron sorprendidos, en especial Virginia, quien se había hecho a la idea de que su tío le sugeriría a Patrick que aceptara cortejarla para, en un futuro cercano, pedirle la mano.
El mayordomo entró en el salón interrumpiendo la conversación. Anunció que la cena estaba preparada y pasaron al comedor.
─Tienes que hablarnos de ese amor ─dijo Gerard─. Espero que no evite que te dediques a la política. De hecho, esta reunión es para insistir en ese tema. Pero si podemos celebrar tu compromiso con el amor y la política juntos, habrá mucho que festejar.
─Además de brindar por el año nuevo ─añadió lady Eleanor emocionada.
─Sí, ya quedan menos horas ─dijo su esposo, el conde Angus.
─Tres horas y diez minutos, exactamente ─puntualizó el general John.
─¡Oh, cómo se nota que es usted hombre de batalla! ─exclamó lady Eleanor y rieron.
Durante la comida  Patrick esquivó entrar en detalles sobre su relación con Rowina y se centraron en la política.
─No niego que me interese entrar en la política ─comentó─, pero lo haría más adelante. Dentro de unos años ─añadió.
─Tienes la edad perfecta para entrar en este mundo. ¿Cuántos años tienes? Treinta y… ─comentó Gerard.
─Treinta y cuatro.
─Eres joven pero no imberbe. ¿Hasta cuándo quieres esperar? ¿A ser viejo y no tener ganas de luchar por tus ideales?
─Parece que estás deseando tenerme como rival. Mucho te debes aburrir en tu cargo ─dijo Patrick con humor y rieron su gracia.
─No tengo tiempo para aburrirme pero tampoco me disgustaría discutir con alguien que tiene una mente tan abierta como tú. La mayoría de mis rivales no tienen las ideas claras, ni la fuerza suficiente para rebatirme.
Después de la cena regresaron al salón. Una doncella trajo pasteles y champán para celebrar el fin de ese año y el nacimiento del nuevo.
─Supongo que lamentará no estar esta noche con la dueña de su corazón ─comentó Virginia─. ¿Podemos saber quién es la afortunada?
─Se llama Rowina Clarke. Es una mujer excepcional.
─Tiene que serlo cuando consiguió enamorarte ─dijo lady Eleanor─. Te mostrabas tan esquivo con las damas que estábamos convencidos de que jamás volveríamos a verte casado.
─Sí, yo también creí que la soltería me acompañaría el resto de mis días. Pero… apareció ella e iluminó mi vida. Siento que suene cursi ─sonrió con timidez.
─¿A qué familia pertenece? ─preguntó Virginia.
─No tiene familia. Y su apellido no es noble. La señorita Rowina es, bueno, era la dama de compañía de mi tía.
Todos los presentes lo miraron perplejos. Lady Eleanor carraspeó nerviosa. El ministro se levantó y caminó hasta la chimenea para ver la hora en el reloj que había sobre la encimera.
─¿Una criada? ─preguntó Virginia con desprecio─. ¿Se ha enamorado de una criada? ─insistió.
─Virginia, por favor, apelo a tu buena educación ─pidió su tío.
─Pero… No puede casarse con una criada ─dijo─. Usted es un conde. No puede rebajarse tanto.
─Yo no considero que me esté rebajando, señorita ─replicó Patrick.
─Tío, hágale entrar en razón. Está deseando que este hombre forme parte de la política británica y pretende casarse con una simple criada.
─Mujer, no exageres, no es una criada, es una dama de compañía. Incluso entre los pobres hay ciertas distinciones ─comentó lady Eleanor.
─Voy a casarme con Rowina sin importarme su condición social. Y cuando ella sea mi esposa se convertirá en lady Rowina, si es eso lo que les preocupa.
─Por favor, centrémonos en la hora. En breve serán las doce de la noche y se cambiará de año ─dijo el ministro.
Lady Eleanor se levantó con la copa en la mano y sonrió mirando a Patrick.
─Si usted es feliz así, los demás también lo seremos ─comentó y levantó la copa justo en el momento en el que sonaban las campanas de todos los relojes de Inglaterra.
Eran las doce en punto. Empezaba un año nuevo y Patrick y Rowina estaban separados pero sus pensamientos y corazones permanecían más unidos que nunca.
 Continuará.







lunes, 25 de mayo de 2020

TORMENTA DE PRIMAVERA (32)




32


Para sorpresa del doctor, lady Margaret mejoró bastante. Incluso podía levantarse de la cama.
Durante esos días Rowina no la visitó para no molestarla y la anciana no requirió su presencia, más porque su memoria fallaba y se convencía de que la joven se había ido de Victoria Manor, que porque no quisiera verla. En verdad, la echaba de menos y lamentaba haber sido tan severa pero su terquedad le impedía reconocerlo.
Rowina agradecía que la señora Aniston la apoyara. En realidad, todos los trabajadores de la casa le mostraban su afecto.
Patrick recibió el telegrama que le habían enviado desde Victoria Manor, nada más llegar a su casa, en Londres. Pidió a su mayordomo que enviara un telegrama preguntando cómo seguía su tía. No podía posponer algunas obligaciones y, si la anciana había mejorado, regresaría un poco más adelante.
George, por su parte, lo primero que hizo nada más llegar a la ciudad, fue dirigirse a la sede del periódico para poner un anuncio solicitando una dama de compañía para lady Margaret.


El tiempo empeoraba y Rowina no podía salir a pasear por el exterior. Pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca, leyendo o dibujando. A veces, la señora Aniston se unía a ella y, mientras bordaba, contaba historias interesantes sobre el lugar o la familia de lady Margaret.
Había enviado una nueva carta a su amiga en la que le reprochaba que le hubiese mentido sobre el noviazgo de Patrick, y anunciaba su compromiso con él. Espera que la respondiera pronto.

Patrick tenía una empresa textil en la que se confeccionaban retales de diferentes géneros. La visitó y se reunió con algunos proveedores de materias primas. También tenía que controlar que el funcionamiento dentro de la empresa fuese el correcto y los empleados hiciesen bien sus tareas. Pagaba un poco más de lo que era habitual. Algunos amigos y compañeros habían criticado esta decisión porque temían que sus empleados, al conocerlo, se sublevasen. Pero Patrick estaba convencido de que un trabajador contento rendía mejor, era sensible a las dificultades de la población menos afortunada y quería mejorar sus derechos. Sabía que una de las maneras de exponer sus ideas y luchar por ellas era hacerlo como político pero todavía no se veía capaz de integrarse en el mundo de la política, no por falta de arrojo, sino de paciencia y diplomacia.
A veces tenía que sobreponerse a su pereza para lidiar con otros miembros de la alta sociedad londinense y asistía a reuniones y fiestas que le resultaban insufribles.
Una noche, a los pocos días de llegar a Londres, tuvo que ir a una de esas fiestas y no cabía excusa ninguna para no asistir. La celebraba un conde que, a su vez, era el ministro de asuntos exteriores, lord Gerard Griffin. Se conocían desde hacía años, el ministro ya había sido amigo del padre de Patrick,  y se llevaban bien, a pesar de las diferencias de edad e ideas.
La fiesta se celebraba en una mansión de las más lujosas que había a las afueras de Londres. Patrick llegó a una hora decente, ni muy temprano, ni muy tarde.
Cuando llegó, fue anunciado como lord Patrick Stevenson Hamilton, conde de Castleville. Era en esas situaciones cuando recordaba que era conde.
Alice, la amiga de Rowina, se encontraba en la misma fiesta. Como tantas otras veces, para hacer un dinero extra, aceptó un trabajo como auxiliar en el servicio de camareras. A punto estuvo de dejar caer la bandeja de canapés cuando oyó el nombre de Patrick y se impresionó más al verlo en persona. Parpadeó confusa y se preguntó cómo era posible que un hombre de su clase y tan guapo se había fijado en un ser tan insignificante como Rowina. Si bien la joven no era fea, carecía de gracia y picardía, dos cualidades esenciales para atraer a los hombres, sobre todo de clase alta. El día anterior había recibido la carta de su amiga y todavía no se hacía a la idea de que pudiera estar comprometida con el lord. Además, le había molestado que Rowina la regañara por haberle mentido al decir que él tenía novia. No lo había hecho con mala intención. Quería que no se hiciera ilusiones porque estaba convencida de que Patrick solo quería jugar con ella. No dudó en acercarse a él para ofrecerle un canapé pero el ministro lo apartó a un lado para hablar con él.
─Estimado amigo ─decía el ministro a la vez que cogía dos copas de champán y ofrecía una a Patrick─, tienes que meterte en política. Se necesita gente joven como tú.
─¿Con mis ideas?
El ministro rió ante esa ocurrencia y bebió un trago.
─Sí, tendrías que suavizar ciertas ideas, no cambiarlas ─se apresuró a decir─. Si todos opináramos igual el mundo no avanzaría. Pero tampoco se puede ser tan radical como tú, sobre todo cuando los intereses no favorecen mucho a nuestra sociedad.
─Tienes suerte de que estamos en una fiesta y no en un despacho. No pienso rebatir tu opinión ─rió Patrick.
─¡Ven, ven! Quiero presentarte a mi sobrina. Es un ser exquisito y tú tienes que dejar ya ese estado de viudo. Si, es elogiable que todavía guardes luto por tu esposa pero ya han pasado muchos años y tienes derecho a rehacer tu vida. ¡Qué digo derecho! ¡Es un deber! ─rió.
Cogió a Patrick por un brazo y lo hizo ir hasta el jardín donde se encontraban un grupo de jóvenes.
─¡Virginia! ─llamó el ministro.
Una joven atractiva lo miró  y, excusándose a sus amigas, se acercó a él.
─¡Mi querida niña! ─el ministro la tomo de una mano─. Patrick, permíteme presentarte a mi sobrina, Virginia. ¿A qué parece una flor delicada?
─Por favor tío, no exagere ─sonrió y miró a Patrick con interés.
─Señorita, es un honor conocerla ─hizo una breve reverencia.
─Tenéis que bailar juntos ─dijo el ministro─ Insisto ─añadió y se alejó dejándolos solos.
─Mi tío siempre sabe cómo salirse con la suya ─dijo la joven.
─Sí, me lo ha demostrado en más de una ocasión.
─¿Le apetece bailar o prefiere pasear por los jardines?
─Será mejor pasear ─dijo Patrick.
Alice se apresuró a seguirlos. Por el camino perdió varios canapés pero no se molestó en recogerlos, incluso pisó uno de ellos y a punto estuvo de resbalar y caer al suelo.
Virginia se sentó en un banco, cerca de una pequeña fuente. Patrick permaneció de pie. Miró a su alrededor pensando en cuál sería la hora más conveniente para irse de la fiesta sin que le considerasen un maleducado.
─Mi tío me ha hablado mucho de usted ─comentó la joven─. Dice que tienen ideas diferentes pero admira su valor para exponerlas abiertamente. También cree que debería dedicarse a la política.
─Su tío es muy considerado conmigo.
─¿Va a dedicarse a la política?
─De momento no es un terreno que quiera pisar.
─¿Por qué no? El prestigio que concede esa actividad es muy superior a cualquier otra, exceptuando la militar.
─Me siento bien en la posición que estoy ─comentó intentando mantener la calma. No se sentía cómodo.
─¿En verdad se conforma con ser empresario? Usted es conde. ¡Oh sí, mi tío dice que parece olvidar ese pequeño detalle con frecuencia, pero posee ese título. Y debería comportarse como tal. Yo no soy la persona más adecuada para decirlo pero he oído comentarios que indican que confían en que acepte un puesto en la política. Debería hacerlo.
─¿Regresamos a la fiesta? Seguro que sus amigas estarán preguntando por usted ─no esperó a que ella dijera nada. Empezó a caminar.
Virginia lo miró sorprendida por el cambio brusco de la conversación y que la dejara allí sentada. Se levantó y lo siguió.
─ Confiaba en que sus modales fuesen más caballerescos ─le recriminó.
─Nunca he podido presumir de ser un buen caballero.
─¡No me sorprende que esté soltero! ─apuró el paso para alcanzarle.
─Soy viudo, no soltero.
─Pero no ha vuelto a casarse. Las damas no pueden sentirse muy cómodas a su lado.
─No busco a una dama cualquiera ─se detuvo y la miró. Virginia también se detuvo─. Lamento parecerle brusco, señorita. Y, seguramente, debería pedirle perdón por mi descortesía, pero no he venido aquí para hablar de las decisiones que tomo o debo tomar en mi vida. Si me disculpa ─hizo una breve inclinación con la cabeza y se marchó hacia el interior del edificio. Virginia resopló enfadada.
Continuará. 

TORMENTA DE PRIMAVERA (33 y 34)