martes, 25 de julio de 2017

Galicia

 
 
Hoy en Galicia se celebra el día de Santiago Apóstol y el día de la patria gallega.
 
Hace tiempo, en el año 2004, sucedió una tragedia: el vertido de chapapote del barco Prestige.
 
 
Entonces, escribí un poema que fue publicado en la revista "Andar 21". Hoy lo comparto con vosotros para celebrar el día de mi tierra.

 
 
 
 
 
 
MAR

Esténdese pola rosa dos ventos / Se extiende por la rosa de los vientos,
Coma un manto multicolor / Como un manto multicolor.
Azul, verde, dourado / Azul, verde, dorado.
Gotas de cristal / Gotas de cristal
Bágoas de sal / Lágrimas de sal.

O lenzo quebrou / El lienzo rompió.
Baixo unha sombra negra / Bajo una sombra negra.
As súas cores eclipsaron / Sus colores eclipsaron.




Azul, verde, dourado / Azul, verde, dorado.
Gotas de cristal / Gotas de cristal.
Bágoas de sal / Lágrimas de sal.






Reconstruiremos a túa cor  / Reconstruiremos tu color.
Aliviaremos a dúa dor  / Aliviaremos tú dolor.
Pero nunca conseguiremos  / Pero nunca conseguiremos
Borrar a ferida da túa alma  / Borrar tu herida de tu alma.

domingo, 16 de julio de 2017

El Jinete Misterioso (Segunda Parte/Final)

EL JINETE MISTERIOSO


Observé que el cochero era el único que se mostraba inquieto y no dejaba de mirar en todas direcciones, como si buscara algo o temiera que se le apareciera alguien. Recordé la imagen del jinete y me estremecí, aunque decidí no sugestionarme con tonterías.

El señor grueso empezó a contarnos historias de sus viajes para amenizar la velada. Era muy simpático y nos hacía reír con facilidad.

En un momento determinado, me levanté sobresaltado al oír un grito horrible que helaría la sangre del caballero más valiente. El cochero se santiguó tres veces seguidas. La mujer se abrazó al señor grueso y empezó a rezar una oración.

El otro caballero y yo cogimos los faroles del coche y avanzamos hacia el bosque para intentar averiguar de dónde podía proceder ese espeluznante grito.

Allí donde se proyectaba la luz de los faroles, se creaban sombras grotescas que no ayudaban a tranquilizarnos. Di un salto hacia atrás, al verme sorprendido por unos ojos amarillos que me miraban fijamente desde unos matorrales. Se lo comenté a mi compañero, pero cuando él se volvió hacia la dirección que yo le había indicado, los ojos desaparecieron. Pensé que si se trataba de un lobo tenía que haber oído sus pisadas al alejarse pero, curiosamente, el bosque estaba sumido en el más profundo de los silencios. Los lobos se habían callado y ni siquiera oíamos el ulular de un búho.

Convencidos de que no había nada extraño o peligroso, regresamos junto a nuestros compañeros. Comentamos entre nosotros que los nervios hacían que nos dejáramos llevar por un miedo irracional por lo que le dábamos más importancia de lo normal a los ruidos naturales que se producían en el bosque. Todos asentimos convencidos de que así debió ser. Pero yo no me sentí tranquilo ni con mis propios razonamientos y me reprendí a mí mismo, pues era un hombre sensato que no se dejaba impresionar fácilmente.

Estábamos cansados y somnolientos pero nadie se atrevía a dormir. Avivamos el fuego y permanecimos en silencio. Los caballos relinchaban nerviosos.

El agradable señor grueso intentó distraernos de nuevo con sus historias y se lo agradecimos. Personalmente intenté imaginar que yo era él y me vi viviendo una de sus aventuras. Cualquier cosa era válida para distraerme.

Pero una vez más, algo nos alertó. Al principio no supimos distinguir con claridad el sonido que se acercaba a nosotros, sin embargo, no tardamos en reconocerlo. Aterrados nos dimos cuenta de que se trataba de los cascos de un caballo que se acercaba a nosotros, veloz. Entonces recordé al jinete que había visto antes. Así se lo comuniqué a mis compañeros que me miraron perplejos y, si cabe, más horrorizados.

Nos levantamos. Alumbramos con los faroles en la dirección de la que procedía el ruido. Desconocíamos si el caballo que se acercaba era guiado por un jinete o no. Podía tratarse de un caballo salvaje. Podía ser un loco que disfrutaba asustando a indefensos viajeros como nosotros.

Pasaron unos segundos y vimos aparecer el caballo entre los árboles. Era un magnífico ejemplar negro. Sobre él iba sentado un hombre que vestía de negro y sus ojos amarillos brillaban como si fueran luces infernales en medio de la oscuridad.

El jinete profirió un alarido y se detuvo ante nosotros pero guardando la suficiente distancia como para que no pudiéramos distinguir si se trataba de un ser de este mundo o del infierno. El caballo relinchó y resopló con una fuerza demoníaca.
 
El jinete soltó una espeluznante carcajada e hizo galopar al caballo hacia nosotros. Nos agachamos, cubriéndonos la cabeza con nuestros brazos. El jinete hizo saltar al caballo por encima de nosotros.

Sentí una mano que me rozaba las manos, como si quisiera atraparme. Oí gritar al cochero una frase casi ininteligible pero que hacía referencia a Dios. El jinete gritó furioso y se alejó.

Tardamos en reaccionar. El miedo y la sorpresa nos habían dejado estupefactos. Miramos fijamente en la dirección por donde se había alejado el jinete, suplicando que no regresara.

No sabíamos qué era lo que habíamos visto exactamente. Un loco o un demonio. Miré al cochero fijamente. Mi intuición me decía que no era la primera vez que había visto al jinete.

Quise interrogarle pero volvimos a oír al caballo. Nos miramos asustados. Cogí un leño de la hoguera. Los otros hombres hicieron lo mismo.

Pudimos ver al jinete entre los árboles. Nos miraba fijamente con sus ojos amarillos. Nos unimos, formando una barrera, dispuesto a defendernos. La mujer se ocultó detrás de nosotros.

El jinete se rió una vez más. Su risa hizo eco en el bosque. Era un sonido estremecedor.

Nuestro temor se hizo realidad. El jinete enfiló el caballo hacia nosotros, cada vez más rápido. Le amenazamos con las antorchas pero eso no le hizo desistir.

Ante su embiste, nos vimos obligados a tirar los leños y agacharnos para protegernos.

El jinete saltó por encima de nosotros. Una vez más sentí su mano rozar mi espalda. Estaba seguro de que quería cogerme. Pero sería yo la única presa que deseaba o era simple azar. Pronto saldría de dudas.

Escuchamos un grito desgarrador. Nos levantamos. Vimos alejarse al jinete  pero no iba sólo. Llevaba con él a alguien del grupo que no cesaba de patalear y gritar horrorizado.

Nos miramos y, asustados, nos dimos cuenta de que el jinete se había llevado al cochero.

No sabíamos qué hacer. No podíamos adentrarnos en el bosque pues, ni siquiera sabíamos qué dirección tomar para ir detrás del jinete.

Nos acercamos al carruaje. Decidimos permanecer cerca de él. Eso nos hacía sentir más seguros. Estábamos tan sobrecogidos que no podíamos articular palabra.

La madrugada nos cogió sumidos en nuestros pensamientos. Agotados, cogimos parte de nuestro equipaje y emprendimos la marcha hacia nuestro destino.

Casi una hora más tarde nos auxilió un granjero que viajaba en un carro en el que transportaba leña.

Cuando llegamos al final de nuestro viaje, nos instalamos en una posada. Nos despedimos, aunque estábamos seguros de que nos volveríamos a encontrar en cualquier momento.

Comentamos a las autoridades lo que había sucedido por la noche. No nos hicieron caso. Dijeron que, seguramente, un oso había cogido al pobre cochero y nuestro pavor y la imaginación nos había hecho distorsionar los hechos.

Aceptamos que era absurdo insistir y decidimos sguir con nuestras vidas.

El pueblo era pequeño pero confortable. Me sentaba muy bien pasear por el pequeño puerto y aspirar el aire marino. Con el tiempo conseguí aliviar mi inquietud y sentir que mi salud estaba totalmente repuesta.

Unos días más tarde, me reuní con mis compañeros de viaje y hablamos sobre lo que nos había sucedido aquella horrible noche. Llegamos a la conclusión de que nos habíamos imaginado todo. Estábamos cansados, nerviosos por el accidente y  teníamos sueño. Nos convencimos de que había sido un lobo o un oso el causante de nuestro susto y nos sentimos afortunados de seguir con vida. Lamentamos la mala suerte del cochero y rezamos una oración por su alma.

Pero, por más que me quisiera engañar, yo no podía olvidar aquel grito horrible y aquel hombre vestido de negro, de ojos amarillos. Los recuerdos de esa noche espantosa me provocaban pesadillas.

 Decidí investigar un poco sobre el asunto en el pueblo, preguntando a los vecinos si conocían la historia del jinete misterioso, pero se negaban a responder.

Algunos vecinos me miraban horrorizados y se santiguaban. Otros   me pedían  que me olvidara del asunto.

Sabía que había vivido una experiencia extraña que no tenía nada que ver con un lobo, ni un oso, pero decidí no pensar más en ella, para no perjudicar mi salud física y mental y para no despertar la antipatía de los vecinos hacia mí.

Me dispuse a disfrutar de mis vacaciones, paseando tranquilamente por el puerto, la playa y hablando con los habitantes del lugar sobre sus costumbres y otras cosas.

            A pesar de la agradable  estancia en ese bonito pueblo costero, era consciente de que algún día tenía que regresar a mi hogar, pero  pensar en que haría el mismo recorrido por donde había visto el jinete y vivido la terrible experiencia, me inquietaba sobremanera, provocándome sudores y mareos.

 

FIN

viernes, 14 de julio de 2017

El Jinete Misterioso (Primera Parte)

EL JINETE MISTERIOSO
(Protegido  CCBYNCND)

Siguiendo los consejos de mi médico, para recuperarme totalmente de la enfermedad que a punto estuvo de hacerme cruzar el umbral que hay entre la vida y la muerte, decidí realizar un viaje sin rumbo fijo.

Como soy aventurero por naturaleza, la idea me encantaba y pensar en conocer nuevos lugares y gentes animaba mi espíritu decaído.


Preparé el equipaje y una mañana, muy temprano, me subí al primer carruaje que estaba a punto de partir. Parecía que el destino había reservado una plaza libre para mí. No sabía a dónde me dirigía, ni me importaba. El nombre del lugar que pronunció otro viajero no me era familiar. Sonreí satisfecho, pues la emoción me embargaba, me hacía sentir más vivo.

A pesar de haber comenzado la primavera, el invierno no parecía dispuesto a dejarnos. Llovía a cántaros y hacía mucho frío. Los caminos estaban totalmente embarrados, las piedras resbaladizas. En algunos tramos del camino los surcos que habían formado las ruedas de otros coches se habían convertido en baches profundos, lo que provocaba que el traqueteo del coche empezara a ser insoportable.

Los viajeros nos mirábamos unos a otros con desesperación. Uno de ellos –un señor grueso-, se atrevió a llamar la atención al cochero para que guiara a los caballos con más cordura, pero qué podía hacer el pobre hombre.

Una mujer, extremadamente delgada y frágil, se sujetaba con fuerza al asiento y emitía, de vez en cuando, gemidos desesperados y abría los ojos horrorizada. Sentí lástima por ella. Estaba seguro de que llegaría a su destino bastante maltrecha.

Por fortuna, el cochero se apiadó de nosotros e hizo un alto en una posada, aunque no estaba dentro del itinerario.

Los cuatro ocupantes estiramos las piernas y los brazos, sin preocuparnos de disimular por el decoro, para calmar los dolores de nuestros músculos. En verdad, la situación podía parece divertida.

Cuando entramos en la posada comprobamos que no había ningún otro huésped. Me acerqué a la chimenea donde ardían varios leños. El calor de la estancia era muy reconfortante, sobre todo para mi dolida espalda.

Me senté al lado de mis compañeros de viaje. El tabernero nos atendió con gran amabilidad, aunque, por su forma de mirarnos, tuve la sensación de que hacía tiempo que no atendía a forasteros en su posada. Pensé que, quizás, era un lugar frecuentado por la misma gente de paso. Lo cierto es que era muy extraño que alguien se atreviera a aventurarse por esos caminos tan horribles, antes del verano.

Nos sirvió la cena. De entrada una sopa que, aunque sosa, nos reconfortó. Después nos trajo vino, queso, chorizo, jamón y pan.

Mientras comíamos, mis compañeros de viaje y yo entablamos una entretenida conversación.

Hablamos un poco de nuestras vidas –lo que la discreción permitía comentar a unos desconocidos-, y comentamos cuál era el motivo de nuestro viaje.

Supe que el señor grueso se dedicaba a vender telas por los pueblos y ciudades. Viajaba mucho pero ésta era la primera vez que hacía este itinerario.

Otro de los caballeros, comentó que, por consejo médico, siempre realizaba un viaje al llegar la primavera para recuperarse de los catarros invernales. Aunque frecuentaba la casa de su hermana, este año, en un arrebato incomprensible, decidió tomar otro rumbo.

La mujer nos comentó que había heredado una cantidad de dinero al morir su anciana madre. No quería seguir viviendo en la misma ciudad donde su vida hasta ahora había transcurrido solitaria, triste y aburrida. Deseaba instalarse en un lugar apacible que tuviera vistas al mar. Y el destino que había escogido le parecía prometedor.

Comenté mi caso, que coincida con uno la historia de uno de los viajeros, aunque a todos  les impresionó más la mía, pues yo era bastante más joven que él.

Ya descansados y satisfechos, aunque con pereza, regresamos al carruaje. El cochero se encargó de hacernos saber, con impaciencia, que debíamos continuar el viaje.

Ya era de noche y hacía mucho frío. Se notaba que estaba helando.

Nos sentamos en nuestros lugares y nos arropamos con mantas de viaje, aunque sólo había dos. Entonces el señor grueso empezó a tira de la manta que arropaba a la mujer y ella hacía lo mismo. El otro caballero y yo decidimos dejarle nuestra manta a la señora y, el señor grueso, avergonzado, cedió la suya. La señora se encontró arropada con dos mantas y nos reímos.

Poco a poco nos fue venciendo el sueño y dejamos que Morfeo nos meciera en su cálido y misterioso abrazo. Aunque mi sueño se veía interrumpido en alguna ocasión por culpa del traqueteo del coche. Me sorprendía que mis compañeros de viaje pudiesen dormir tranquilamente.

Llegó un momento en el que tuve la impresión de que el cochero hacía correr a los caballos más de lo que la prudencia aconsejaría. No había luna y, por tanto, la visibilidad era nula. La luz de los faroles del coche que pendían del pescante no era suficiente para disipar la oscuridad. Abrí la ventana, arriesgándome a coger un resfriado, y me asomé al exterior. El viento gélido azotó mi cara. El rocío de la niebla humedeció mis cabellos y mi bigote. A lo lejos me pareció divisar la silueta de un jinete que galopaba por el monte, entre los árboles. A mis oídos llegó el eco de una siniestra carcajada. Me estremecí, no supe si era por el frío o por la experiencia vivida, aunque me convencí de que todo había sido fruto de mi imaginación. Era evidente que no estaba totalmente recuperado y, seguramente, me había subido la fiebre, aunque, en realidad, me sentía bien, sólo cansado.

Cerré la ventana y miré a mis compañeros. Estaban profundamente dormidos y no parecía que nada pudiera sacarles de su sueño. Intenté dormir un poco.

De pronto, nos despertó a todos una violenta sacudida. La mujer chilló horrorizada y se agarró con fuerza a su compañero, el señor grueso. Caímos unos encima de los otros.

El coche se detuvo bruscamente y estaba inclinado sobre la derecha. Los caballos relinchaban nerviosos y oímos como el cochero trataba de tranquilizarlos. Sospeché que el coche había perdido una rueda.

Ordené a la señora que dejara de gritar y entonces se echó a llorar. Como pudimos, abrimos la puerta y salimos de allí, ayudándonos unos a otros.

Comprobamos que no teníamos herida alguna, aunque si nos sentíamos bastante magullados.

Confirmé mis sospechas, así que me acerqué al cochero para hablar del problema e intentar hallar una solución. No podíamos pasar la noche en medio de un camino solitario.

El cochero dijo que no había manera de arreglar la rueda y dejó claro que no podíamos valernos de los caballos pues no tenían costumbre de ser montados. Entonces, propuse que alguien se acercara a un pueblo cercano a pedir ayuda pero el cochero nos hizo saber que el pueblo más cercano era el mismo al que nos dirigíamos y que estábamos a unas cinco horas de camino, en coche. Ir a pie era impensable.

El aullido de un lobo me erizó los cabellos de la nuca. La mujer se cogió a mi brazo con fuerza y sentí como sus uñas se clavaban en mi carne. Decidí que teníamos que hacer algo que nos distrajera y nos hiciera sentir más protegidos, así que propuse hacer una fogata. El fuego nos calentaría y ahuyentaría a las bestias.

Con ayuda de un farol del coche, el cochero y yo nos introdujimos en el bosque para buscar leña. Una vez, lejos de los demás, le pregunté por qué había hecho correr tanto a lo caballos en medio de la noche, sabiendo cual era el estado del caminos. Le hice saber que su actitud me había parecido una auténtica insensatez. Como no recibí respuesta por su parte, iluminé su rostro con el farol. Sorprendido comprobé que sus facciones habían cambiado. En su frente se podían ver perlas de sudor. Sus ojos estaban abiertos como platos y su boca abierta parecía que en cualquier momento iba a dejar escapar un grito de espanto. Ese hombre estaba aterrorizado. Intentó tranquilizarse y se limpió el sudor con la manga de su abrigo. Entonces me habló con torpeza.

-Por nada especial, señor... Hemos perdido mucho tiempo, eso es todo y es mi obligación recuperarlo –me dijo.

Obviamente su respuesta no me satisfizo en absoluto. Miré alrededor para comprobar si había algo cerca que pudiera causarle tanto pavor pero no vi nada. Quizás se tratase de los lobos, pues no dejaban de aullar a pesar de no haber luna llena. Cogimos leña y regresamos junto a los demás viajeros.

No fue fácil hacer fuego. Tuvimos que valernos de algunas hojas de un diario que llevaba la señora, para poder encender los palos húmedos que habíamos recogido.

Cuando la hoguera fue lo suficientemente buena y no temíamos que se apagara, nos sentamos a su alrededor. Poco a poco nuestros nervios se fueron tranquilizando, o así lo quisimos creer.
(...)

jueves, 13 de julio de 2017

Brevedad

Aunque en un blog  de escritura esperas encontrar una amplia extension de palabras, creo que las entradas no deben ser muy largas para evitar el cansancio de los lectores.

Dividir en partes un escrito, aunque sólo sea un relato o cuento, hace más amena la lectura.

Intercalar imágenes también agiliza el contenido.



Personalmente, he decidido publicar por partes los escritos que comparto con vosotros.

Decisión que pasaría por alto si decido publicar un Haiku.



martes, 11 de julio de 2017

Imágenes

¿De dónde obtengo las imágenes que utilizo en el blog? Sí, es una pregunta que me han hecho. Aunque mi blog no trata de este tema, como sé que algunos de los que os acercáis por aquí tenéis blogs, no tengo problema en comentarlo y, quizás, os sirva de ayuda.
 
 A veces, por desidia o ignorancia, se utilizan imágenes en blogs, vídeos, etc., sin comprobar si tienen derechos de autor. Y esto nos puede acarrear un problema  grave.
 
 
Existen páginas donde obtener muchas imágenes gratis que puedes utilizar cómo y dónde desees. En algunas te piden que publiques el nombre del autor,  o bien tienes que tener su autorización expresa escrita. Hay imágenes que no se pueden modificar, a pesar de ser gratuitas, otras sí. No todas se pueden utilizar con fines comerciales.
 
 
Lo normal es que puedas utilizar, sin ningún tipo de restricciones, las imágenes que han sido registradas en Licencia Creative Commons y posean exactamente la licencia CCO.
 
Y, aunque hay varias páginas donde se pueden encontrar este tipo de imágenes, y hay blogs y webs que os pueden informar mucho mejor que yo, os puedo decir que, en estos momentos, encuentro lo que necesito en Pixabay.com  No pretendo hacer publicidad, aunque ellos agradecen que se publique un enlace a su página. ¡Qué menos, ya que pasan el trabajo de ofrecer algo gratis!.
 

domingo, 9 de julio de 2017

Crear Magia

"Al escribir proyectas un mundo a tu medida". Jesús Fernández Santos (1926-1988). Escritor y novelista español.
 
 
Cuando leemos conocemos otros mundos y nos ayuda a crear nuestras propias fantasías.
Hace tiempo creé un mundo mágico donde convivían los humanos y los seres mágicos. A ese lugar lo bauticé "AURIA". Y será mi próximo proyecto para publicar.

jueves, 6 de julio de 2017

Novela "El Fantasma"

Como ya he comentado, recientemente he publicado un libro electrónico en Amazon.
Se titula "El Fantasma". Es un libro de relatos de humor, muy corto, 30 páginas, que trata de una familia que cree tener un fantasma en su casa y cada uno cuenta la historia a su manera.
Os dejo el enlace y una muestra del primer relato:
 
 
 

Me llamo Antonio y me gustaría comentar un problema que me quita el sueño desde hace tiempo. Es tan grave que lo sufrimos toda la familia, aunque unos más que otros. De hecho, no sé si a mi madre le afecta… Y quizá mi hermano tampoco lo sufre mucho.  Bueno, yo lo cuento y ustedes juzgan.
Mi problema es la casa. No, la casa, no.  El fantasma que vive en mi casa.  Sé que hablar de fantasmas  es totalmente irracional pero hay tantas cosas irracionales en este mundo… como el matrimonio… Lo cierto es que, ahora que lo pienso bien, la culpa de todo la tiene mi mujer.  Mi mujer, mi suegra, el fantasma…
Todo empezó cuando mi esposa, Paula, tuvo el capricho de comprar una casa. No, en realidad, todo empezó el  día que me casé. ¡Maldita la hora! ¡Con lo bien que estaba yo soltero! Si es que tenía de todo. Mi madre me hacía la comida, me lavaba la ropa, la planchaba, hacía la limpieza, me mimaba. Mi hermano pequeño, Pablo, no me incordiaba más de lo necesario. El fin de semana lo pasaba bien  con Paula y nadie nos molestaba. Ella estaba emancipada así que teníamos su piso para nosotros solos. Y se aseguraba bien de que sus padres no vinieran a molestarnos, sobre todo la histérica de su madre.
¿Qué puedo decir yo de las ventajas de la soltería que bien conocen los solteros y añoran los casados? ¡Bendita condición!  Estoy seguro de que en el cielo sólo admiten solteros o separados. Un buen ejemplo es Jesús… y los apóstoles, también.  De acuerdo, María también  está, pero porque quedó viuda.
 Desde que me casé aconsejo a mi hermano que se quede soltero. Y de momento parece que me hace caso. Ya tiene treinta años y ni novia se ha echado.
Lo cierto es que yo no quería casarme. Pero, Paula, como ya no era una niña, viendo que sus amigas se casaban, se puso rarita y empezó a hablarme de cosas  sin sentido. Decía que  se nos echaban  los años encima, que  se le pasaba el arroz, que si sus padres decían… ¡tonterías!
Recuerdo que, a veces, me daba pena y pensaba en comprarle un anillo de compromiso. Otras veces hacía una paella… De esas congeladas,  que uno no es cocinero. Al final, no sé cómo, consiguió convencerme y un día me casé.
He de reconocer que al principio la cosa no fue mal. Hasta que un día, mi esposa tuvo la brillante idea de traer a vivir a su madre con nosotros porque acababa de enviudar. Y mi madre, que también es viuda, decidió que no era menos y también se vino a vivir con nosotros, con mi hermano incluido. 
(...)
 

 

miércoles, 5 de julio de 2017

Una pequeña presentación

 
Todos tenemos una biblioteca, grande o pequeña. En ella guardamos nuestros libros más queridos, los que más nos han gustado e, incluso, los que no nos gustaron tanto,  y siempre dejamos un hueco en algún estante para ocupar con esos libros que todavía no poseemos pero nos gustaría tener.
 
Ahora las bibliotecas pueden ser virtuales. Entonces podemos almacenar más libros  sin tener problemas de espacio. A la mayoría, nos sigue gustando tener un libro de papel entre las manos, y disfrutar pasando las hojas, percibiendo el olor y la textura del papel, pero la falta de espacio, la comodidad, u otros motivos, nos obliga a acercarnos al formato digital.
 
 
 
Yo tengo tres bibliotecas. Una de ellas está llena de libros físicos de diferentes autores y géneros (terror, misterio, fantasía, romance, poesía, etc.). La segunda biblioteca es virtual. En ella almaceno libros electrónicos, también muy diferentes.
 
 
 
La tercera biblioteca es la más personal. En ella guardo los libros que voy creando y espero que ocupen ese estante vacío que tienen en sus casas, o algunos bytes en cualquier medio electrónico.
 
 
La primera vez que escribí un cuento tenía diez años. Lo tuve que leer en voz alta, en clases de literatura. Desde ese momento supe que la escritura sería mi compañera de viaje.
 
 
A lo largo de ese viaje he creado muchos personajes que vivían sus aventuras, unas veces en mundos reales, otras en mundos ficticios. Trabajé diferentes géneros: romántico, misterio, western... Ahora me gusta más escribir novelas que se engloban dentro del género fantasía, fantasía/terror.  
 
 
¿Por qué me inclino por el género fantástico? Porque dentro de este género se pueden englobar todos los demás. ¿Quién no ha leído una novela de hadas y tuvo miedo de un monstruo? ¿No existen los vampiros que se enamoran? ¿Los demonios sólo viven en el infierno?
 
Inventar mundos, crear personajes, enredar historias, es una de las acciones más apasionantes que una persona puede experimentar. 
 
 
 
En este blog, además de escribir alguna historia, os presentaré las obras que iré publicando en formato digital y papel en Amazon.
 
Algunos de mis escritos, relatos, poemas, fueron ganadores en concursos de literatura o elegidos para formar parte de algún libro impreso. Y, aunque esto siempre proporciona una satisfacción a una escritora, en realidad, lo que más me emociona es recibir buenas críticas de mis amigos, conocidos y desconocidos que se tomaron la molestia de leer mis obras.
 
Te preguntarás por qué deberías emplear tu tiempo en leer mi blog e interesarte por mis obras. Yo sé que merece la pena. Descubrirás nuevos mundos que pasarán a formar parte de tu biblioteca.
 
 
 
Si has llegado hasta aquí, te invito a adentrarte en mi biblioteca  y espero que disfrutes perdiéndote en ella. Un saludo.

LAS PALOMAS DE SAMUEL

Era una tarde soleada, cálida  y apacible. Samuel cogió una bolsa donde guardaba migas de pan, su sombrero  panamá, sus gafas de sol, y...