martes, 29 de agosto de 2017

LA SOLEDAD DE LA MUERTE

La Soledad de la Muerte


Siempre me  ha gustado pasear por los cementerios, especialmente en las tardes gélidas de invierno, cuando la niebla, espesa, húmeda y fría,  empieza a envolver las tumbas, acrecentando el aspecto lúgubre y solitario del lugar.

Además de leer los epitafios, que despertaban mi morbosa curiosidad, me gustaba acariciar las losas para sentir la última energía de los muertos.

Las tumbas antiguas me producían un incómodo desasosiego. Era tanto el tiempo transcurrido desde el fallecimiento de sus ocupantes que parecía que nunca habían pertenecido a la vida.  Ya nadie se preocupaba de llevar flores,  mantener limpias sus sepulturas o rezar una simple oración por sus almas. Sus nombres se habían perdido en la memoria de los vivos.

Como tantos escritores románticos, amantes del misterio, cuyos relatos y poemas leía por las noches,   me preguntaba qué sentían los muertos en sus tumbas. Dónde quedaban sus recuerdos, sus sentimientos, sus almas.

Una vez vi fallecer a un ser querido. Se fue en silencio. Tuvieron que cerrarle los ojos. Desde ese momento también me preguntaba qué era lo último que veía un moribundo antes de cerrar los ojos para siempre. Quizás veía el rostro de la muerte mirando con burla nuestro miedo. Quizás no veía nada, porque nada era lo que nos esperaba tras el último suspiro.

Las preguntas me atormentaban tanto como la ausencia de respuestas. Era tan joven que no era consciente de que llegaría el día en que conocería la verdad.

Pero veía ese día muy lejano. Estaba lleno de vida. Y era lo suficientemente atrevido como para enfrentarme a la muerte de manera inconsciente realizando hazañas estúpidas y peligrosas, como correr en moto pasando los límites de velocidad, tirarme de cabeza desde un acantilado al mar, escalar montañas y rocas sin tener en cuenta todas las medidas de seguridad.

A veces iba con mis amigos a viejos cementerios para grabar psicofonías y sacar fotos a las tumbas, esperando fotografiar a los espíritus.

Toda mi vida giraba en torno a la muerte. A pesar de ello, jamás pensé que mi propia muerte estaba tan próxima.

Sucedió una tarde de verano. Iba en moto. Como siempre, aceleré lo máximo que pude y, despistado, me salté un stop. Me atropelló un camión.

Mi final duró escasos segundos que parecieron interminables. No sentía dolor físico. Me vi flotando junto a mi cuerpo. La gente corría a ayudarme. Me hablaban pero no oía nada. Me dieron por muerto. Yo no quería creerlo pero sentí una fuerza que tiraba de mí. Quise luchar pero era en vano. Me alejaron de la carretera.


No sabía dónde me encontraba. Lo único que veía era mi vida. Pasaban las imágenes de todos mis hechos una y otra vez. Algunas me hacían sentir alegre, nostálgico, otras me herían o enfadaban. Todo dependía de mis actos. Unos eran buenos, otros no tanto.

Todo se volvió oscuro y dejé de ver mi vida y de sentir. No sé cuánto tiempo transcurrió porque el tiempo en este lugar ya no era igual que antes. Ya no existían los minutos, las horas, los días. No había noche y día. Recordaba cómo bajaban el ataúd a una fosa. Todavía retumbaba el ruido de la losa en mis oídos. También pude escuchar llantos y rezos. Incluso reconocí la voz de mi madre, que me llamaba, llena de dolor.

A pesar de no ser consciente del tiempo, sé que tuvo que pasar meses, tal vez años, porque ya no oigo a nadie cerca de mi tumba, rezando ni sollozando. Me siento solo, aunque sé que no lo estoy. Puedo oír los lamentos de otros muertos que hay en otras tumbas. Ellos, igual que yo, están atrapados en sus fosas. Sienten el frío de la soledad, la angustia de la incertidumbre, la desesperación de sentirse atrapados. Porque si una cosa es segura en este lugar es que no sabemos si saldremos de él, ni cuándo.  

De vez en cuando, reina el silencio, porque alguien, un vivo, se molesta en rezar por un muerto. Es el único consuelo que nos queda para no sentirnos abandonados.

                                               FIN

sábado, 19 de agosto de 2017

LA BOLA DE CRISTAL

LA BOLA DE CRISTAL
 
 
 
 
Rubén, tenía prohibido entrar en el despacho de su padre. Sin embargo, el sitio llamaba su curiosidad y no podía evitar entrar cuando nadie lo veía, sólo para contemplar las cosas extrañas que se guardaban allí: Un mapa de tierras desconocidas, una brújula que no marcaba el norte, un reloj de arena sin arena pero a la que su padre daba la vuelta de vez en cuando, y la bola de cristal  que estaba dentro de una vieja vitrina.
En una ocasión, su padre lo descubrió con la bola en las manos y se lo quitó de inmediato. No le riñó, no parecía enfadado, más bien preocupado y le exigió que jamás volviera a tocar ese objeto. El pequeño asintió, pero la curiosidad era demasiado grande.
 
 
Una tarde sus padres fueron a una fiesta y Rubén quedó al cuidado de una  niñera que, en vez de pasar el tiempo con el niño,  se entretenía mirando una película romántica en la televisión.
Rubén aprovechó esos minutos de soledad para acceder al despacho. Sabía dónde se guardaba una llave, copia de la original. Sólo tenía que subirse a una silla, quitar un pequeño cuadro, al lado del marco de la puerta, y coger la llave.
Después del gran esfuerzo para un niño de cinco años, entró en la habitación, encendió la luz del escritorio y miró a su alrededor con temor y curiosidad.
Se acercó al reloj de arena y lo miró fijamente esperando ver caer aunque sólo fuera un grano de arena. Era una pérdida de tiempo. Para Rubén aquel reloj era un objeto inútil.  
 
 
 
El mapa antiguo, en cambio,  era más interesante. Tenía dibujados tierras y animales exóticos que no había visto en los mapas del colegio.
La brújula era original pero no la entendía. No sabía dónde estaban los puntos cardinales, ni porqué su padre decía que esa brújula era especial por no señalar el norte. El objeto perdió su interés.
Corrió hacia la vitrina y se detuvo en seco esperando que la niñera no viniese a sacarlo de allí. Parecía que seguía entretenida con sus cosas.
Rubén corrió a la vitrina y se detuvo en seco. Había hecho ruido. Escuchó durante unos segundos si la niñera venía a por él. No, parecía que seguía viendo la película, así que podía seguir curioseando.
Cogió la bola de cristal  y contempló maravillado los colores brillantes que bullían en el interior.





El colorido era fascinante pero lo que más le gustaba al niño era observar la sombra que había dentro de la bola de cristal.  

Se podía ver con claridad que la sombra era la silueta de una persona, sin rasgos definidos, pero parecía lo suficientemente siniestra como dar miedo al pequeño.

Mientras la miraba fascinado, la sombra se movió hacia él, aumentando de tamaño. El niño se asustó tanto que le cayó la bola al suelo. La vio rodar por debajo del mueble y se detuvo en seco al chocar con la pared.

Por fortuna, no se había roto. Rubén la cogió y comprobó que no se había hecho ni una mella en su perfecta redondez. Estaba intacta. Suspiró aliviado. Pero la preocupación se adueñó de él. No entendía cómo podía moverse la sombra. Siempre la había visto estática, en medio de la bola.

Con tiento, volvió a mirarla de cerca. Una vez más la sombra se acercó a él, agrandándose. Esta vez, Rubén no se asustó tanto. Es más, empezaba a hacerle gracia que la bola de cristal tuviera esa características además de los brillos.

Decidió agitar la bola para comprobar si tenía otros efectos diferentes. Pero parecía que la sombra ya no quería moverse.



Enfadado la llamó “bola boba” y la escupió. Limpió con la manga del jersey la saliva y sonrió divertido. Otra vez, la sombra se acercaba a él. Rubén la agitó una vez más y la sombra se agrandó un poco más. Volvió a agitarla y la sombra cubrió toda la bola oscureciendo los brillos. El niño la miró asombrado pero no cesó en su juego. Agitó una vez más la bola y la sombra consiguió liberarse. Ante el pequeño se apareció una bruja, igual que las brujas de las que se hablaba en los cuentos infantiles.

Rubén dejó caer al suelo la bola de cristal. Estaba muy asustado pero no  conseguía gritar, ni moverse.

La bruja era una mujer vieja, fea. Vestía de negro y llevaba un sombrero cónico, arrugado y gastado por el tiempo. Miró al niño y se rió. Su risa era muy aguda y estridente.

Rubén tenía tanto miedo que se orinó encima. Pronunció el nombre de la niñera pero su voz sólo fue tan débil que nadie lo escuchó.

La bruja lo cogió por los hombros y le escupió a la cara. Mostró una sonrisa desdentada y pronunció unas palabras ininteligibles para el niño:

“Parvus sunt
Parva tibi erit
Velut umbra
Pila et vivet.[i]

Así fue como el pequeño Rubén pasó a formar parte de la bola de cristal.  Ahora él era la sombra que permanecía en su interior.

La bruja  pudo regresar a su mundo. La niñera no supo dar explicaciones sobre la desaparición del pequeño.

Sus padres siguen buscando al niño, intentando no perder la esperanza.

El padre de Rubén, entristecido por lo acontecido, está pensando en regalar su colección de objetos extraños y malditos.

  

FIN



[i] (Pequeño eres, pequeño serás. Como una sombra, en la bola vivirás)
 

 


sábado, 12 de agosto de 2017

RENATA (final)


RENATA
(final)
 
El doctor Vázquez me recibió con frialdad. Intentó evitar que entrara en su apartamento excusándose porque no tenía ganas de remover el pasado, si no era para recibir buenas nuevas.

Insistí en que era importante que hablara con él. Aceptó escucharme. Le expuse todo lo que me había comentado la espiritista, sin omitir detalle alguno. Me escuchó con interés, en silencio.

—¿Es cierto que usted habló con Madame Salomé para pedirle que dijera esas tonterías a Renata? —pregunté, finalmente.

—Sí —afirmó.

—¿Por qué hizo semejante estupidez? ¿Quería llevar a la locura a su esposa?

—No, no, no. En absoluto. Quería ayudarla.

—¿Ayudarla diciendo que el fantasma de Sara la atormentaba realmente y que deseaba su muerte?

—Déjeme explicarle, por favor. Mi intención no era asustar más a mi esposa. Y nunca esperé que el resultado fuera tan trágico. ¡Yo amaba a Renata! Lo único que quería era apartarla de la espiritista. Pensé que si le decía que en verdad Sara era quien se aparecía para atormentarla, buscaría la ayuda de un sacerdote o, si era necesario, la de un psiquiatra. Me equivoqué —lamentó—. Y ahora lo estoy pagando. Mi vida no tiene sentido si ella. Sólo espero que aparezca un día y decida llevarme con ella. No entiendo porqué se apareció a usted. ¡Yo soy su marido!  —Ocultó el rostro entre las manos, desesperado—. Quizás es porque no supe ayudarla cuando me lo pidió.

—¿Insiste en que está muerta? —pregunté, desconcertado.

—Sí. ¿Cree que yo no la busqué? Yo también fui a hablar con esa mujer, Madame Salomé. Ella me dijo que Renata se había suicidado. Y después la vi en el puente. ¡Vi como se arrojaba al vacío! He contratado un detective para buscarla aquí y en París. Nunca encontró rastro de ella. ¡Renata está muerta! Por favor, déjeme en paz. ¡Váyase! —pidió.

No sabía si sentir lástima o desprecio por él. Me fui. Era tarde. Más de las doce de la noche pero, en vez de ir a casa, me dirigí al puente del norte.

Aparqué el coche a un lado y bajé. Me acerqué a la balaustrada y miré el río. Apenas se podía ver nada. La luz de las farolas del puente no tenía fuerza suficiente para penetrar en la espesa niebla que se había formado sobre el río. Cogí el medallón de Renata que llevaba en un bolsillo de la gabardina. Lo dejé colgado en el vacío y pensé en tirarlo. Oí unos pasos que se acercaban a mí. Guardé el colgante y miré en ambas direcciones para comprobar si podía ser Renata.

A lo lejos distinguí una figura femenina. Estaba convencido de que se trataba de Renata pero no venía sola. La acompañaba una niña. Esperé a que llegaran junto a mí.

A medida que se acercaban, no podía creer lo que estaba viendo. Reconocí a la niña, era la hermana de Renata, Sara. Pero, se suponía que estaba muerta. Las contemplé atónito.

—Por favor, devuélveme el collar —me pidió Renata.

Tardé unos segundos en reaccionar. Cogí el colgante y se lo entregué. Renata  esbozó una débil sonrisa de agradecimiento.

—Renata, ¿quién es esta niña? —pregunté.

—Es Sara, mi hermana.

—Pero —no conseguía articular palabra—. Me han dicho que tu hermana falleció. Muró ahogada. Y era mayor que tú.

—Sara murió ahogada por mi culpa. Pero ya me ha perdonado, ¿verdad, Sara?

La niña la miró y sonrió.

—Renata esto tiene que tratarse de una broma o un error —comenté, exasperado—. Su tu hermana está muerta, esta niña no puede ser ella. Alguien está jugando contigo.

Cogí a la niña de un brazo y tiré de ella hacia mí. La pequeña me miró furiosa e intentó zafarse pero yo era más fuerte.

—Dime, ¿quién te ha pedido que hagas esto? ¿Por qué atormentas a Renata? ¿Es su marido, el doctor Vázquez, quien te obliga? —pregunté.

Sara me miró fijamente, abrió la boca todo lo que pudo y empezó a gritar. Su grito empezó siendo agudo, como el de una niña pero, poco a poco, se fue transformando en un sonido ronco, cavernoso, tétrico. Sus ojos se pusieron rojos y su tez muy pálida. Renata la cogió y la apartó de mí.

—¡Vámonos, Sara! —le pidió.

—¡No te vayas, Renata, por favor! —supliqué. La cogí de un brazo y la obligué a que me mirara—. No te vayas. Necesito estar contigo. Necesito aclarar todo esto.

—Debo irme o Sara se enfadará conmigo.

—¿Y qué pasa si se enfada esa niña? ¿Temes que tu marido se entere? ¿Es eso? ¿Te ha hecho daño? ¿Te escondes por su culpa?

—¿De qué hablas? —me preguntó, confusa.

—Hermanita, ven conmigo —dijo la niña, canturreando.

—¡Debo irme! Por favor, suéltame —me pidió Renata.

—¿Cuándo volveré a verte?

—¡Debo irme! —dijo y se alejó corriendo. La niña la siguió. Quise ir tras ellas pero, incomprensiblemente, me fallaron las fuerzas. Permanecí quieto, viendo como desaparecían en la niebla.

Regresé al apartamento del doctor Vázquez Quijano. No me importaba la hora que era. El portero no pudo impedir que accediera al ascensor, a pesar de mi aspecto, algo desaliñado y mi actitud, enajenada.

Timbré y aporreé la puerta con insistencia. Llamé al doctor a gritos, sin importar que se despertaran los demás vecinos.

Un hombre salió de otro apartamento y me amenazó con llamar a la policía si no me iba de inmediato. Le respondí que yo era policía. Se encerró en casa, asustado.

El doctor Vázquez abrió la puerta y me miró sorprendido. Me hizo pasar, no porque quisiera escucharme a esas horas, sino para evitar un escándalo mayor.

—¿Qué hace aquí a estas horas? ¿Se ha vuelto loco?

—He visto a Renata —le dije.

—¿Renata? ¿Y qué le ha dicho? —me preguntó con interés.

Entramos en el salón y me sirvió un whisky que bebí de un trago. Me sirvió otro. El alcohol no era lo que más necesitaba en esos momentos en los que mi mente estaba confusa y mis nervios alterados.

--¿Qué le ha dicho Renata? —me preguntó nuevamente el doctor.

—No estaba sola —respondí. Me miró desconcertado—. Y estoy seguro de que usted  sabe con quién estaba. Era una niña. Renata me dijo que era Sara. Por supuesto no creo que se tratara de un fantasma.

—Si vio a Sara, usted vio un fantasma —me dijo, con absoluta tranquilidad.

—Los fantasmas no existen. Yo creo que usted está atemorizando a Renata con algún tipo de farsa. Lo que no sé es por qué lo hace.

—Eso que dice es absurdo. ¿Cómo puede creerme capaz de hacer semejante locura? ¿Qué sentido tendría hacer pasar a una niña por la hermana de Renata durante todos estos años?

—No lo sé. Pero lo averiguaré.

—Le ruego que se vaya. ¡Se ha vuelto usted loco!

—Quizás exista una infidelidad por parte de ella y usted haga todo esto para vengarse —dije—. Le sorprendería saber los casos tan extraños que investigamos la policía.

—¡Váyase de mi casa! —me gritó.

—Llegaré al final de esta historia y descubriré que usted perjudicó a Renata. La obligó a alejarse de su mundo y la sigue atormentando.

—Si no se va de inmediato, llamaré a la policía —me amenazó y me reí—.  ¡Oh, ya sé que usted es detective pero eso no le da derecho a acusarme de nada! ¡Olvídese de mi mujer!

Me empujó hasta la puerta principal. Me zafé de él y me marché.

Los días siguientes los viví en un estado febril. Los acontecimientos me habían superado y mi mente se sentía tan confusa que se negaba a ordenar la información y pensar con coherencia.

Apenas dormía, no comía y bebía más de lo normal. Visitaba el puente del norte de la ciudad todas las noches, sin importar si hacía frío o llovía.

Abandoné el trabajo temporalmente y me olvidé de relacionarme con Marta y mis amigos. Sólo tenía en mente una cosa: encontrar a Renata una vez más.

A veces, me acercaba al edificio del doctor Vázquez pero el portero me echaba a empujones.

Intenté averiguar algo más sobre el pasado de Renata y de su esposo pero no encontré nada que me ayudara a confirmar mi teoría.

 
Un día me atropelló un coche. No me hirió pero insistieron en llevarme al hospital. Ese día comí, descansé y no bebí. Cuando salí me sentí despejado. Por la noche fui al puente una vez más. Esperé pacientemente la llegada de ella.

Estaba tan concentrado en el sonido del ruido que no oí que alguien se acercaba a mi lado. Me volví, sobresaltado, esperando que fuera Renata. Me sorprendió comprobar que era el doctor Vázquez Quijano.

—Se está consumiendo —me dijo. Encendió dos cigarrillos y me ofreció uno, que acepté.

—¿Qué hace aquí? —pregunté.

—En el hospital me han contado lo de su accidente. Se está haciendo muy conocido y no por su buen hacer. Olvídese de esta historia. A mí me gustaría que Renata regresara a mi lado pero he aceptado que eso es imposible. Los muertos no regresan con los vivos… o no deberían hacerlo —comentó.

—Renata no está muerta —dije.

—¿Y dónde está? ¿Cree que está perdida por ahí viviendo como una demente? —preguntó, amargado—. No, amigo, no. Renata se suicidó. No soportaba la culpa que pesaba en ella.

Guardamos silencio y fumamos el cigarro, con calma, mirando el río. Los últimos rayos del sol brillaron sobre la superficie del agua. Oscureció y la niebla empezó a subir, lentamente.

—Deberíamos irnos —dijo el doctor Vázquez—. Tiene que cuidarse o enfermará.

Estaba dispuesto a hacerle caso, tal vez por cansancio, cuando oímos unos pasos que se acercaban a nosotros.

Sorprendido comprobamos que venía Renata acompañada, otra vez,  por una niña.

—¡Renata! —exclamé.

—¡Dios mío! —exclamó el doctor—. ¿Y esa niña? ¿Es… Sara? Renata, amor mío, ven conmigo —le pidió, acercándose a ella.

Renata quiso ir junto a él pero la niña se lo impidió interponiéndose entre ellos. El doctor se detuvo.

—Renata, no me vayas otra vez. Por favor, ven conmigo —dijo el doctor.

—Mi lugar ahora está con mi hermana —dijo Renata.

Me acerqué a ellos. Renata me miró y me sonrió. La niña, en cambio, me dirigió una mirada cargada de odio y maldad.

—Renata, ven con nosotros —dije—. No hay nada que te obligue a estar con esa niña, sea quien sea.

—Es Sara, mi hermana. Y me necesita —dijo Renata.

—Tú me pediste ayuda en alguna ocasión. Si quisieras estar con ella no lo habrías hecho. Permite que te ayude, por favor —le pedí.

—No puedo —susurró—. Sara me necesita.

—Sara  es un ser cruel que te hace daño. Aléjate de ella —dije. Empezaba a aceptar que esa situación no era normal, que tenía que ver más con el mundo de los espíritus que el mundo de los vivos.

Sara extendió los brazos para evitar que Renata viniera con nosotros…”

En ese momento lo recordé todo. Mire a Marta y a mis amigos con pesar. Me acerqué a la ventana. Había dejado de llover.

—El doctor Vázquez quiso apartar a Sara pero no lo consiguió. Ella tenía una fuerza endemoniada. Lo golpeó y lo arrojó por el puente al río. Yo quise poner a salvo a Renata pero Sara me lo impidió. Luché con ella. No era una niña. ¡Era un demonio! Me golpeó, me empujó con fuerza y, finalmente, me tiró del puente. No recuerdo nada más —les miré. No sabía si me miraban con pena o incredulidad—. Yo no maté al doctor Vázquez.

Marta se levantó y salió de la habitación. Cuando regresó me enseñó algo que traía entre sus manos. Era el ópalo negro.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunté.

—Lo tenías contigo, cuando te rescataron.

—Es de Renata —dije y lo cogí—. Sé que no me creéis pero os he contado la verdad. Yo también me negué a aceptarla al principio. Creí que Renata sólo se escondía de su marido, ahora sé que no era así. Murió el mismo día de su desaparición. También sé que el doctor Vázquez estaba confundido. Renata no se suicidó… la mató su hermana, Sara.

En los días sucesivos, mi situación como sospechoso de la muerte del doctor Vázquez Quijano quedó solucionada a mi favor, más por falta de pruebas que porque creyeran en mi inocencia.

Mis amigos confiaban en mí, aunque no creían mi historia, pero tampoco se atrevían a hacer conjeturas sobre lo que me había pasado.

Marta nunca me dijo si me había creído o no, simplemente se fue. Rompimos el compromiso y no volví a saber de ella.

De vez en cuando me acerco al puente del norte. También voy a las sesiones espiritistas de Madame Salomé. No tengo intención de hablar con los muertos a través de ella. Sólo quiero encontrar la manera de  ayudar a Renata y, tal vez, vengar su muerte.
FIN

viernes, 11 de agosto de 2017

RENATA (quinta parte)

RENATA
(continuación)


 
           Pasé en un bar las horas que faltaban hasta las diez de la noche. Tomé varios café, una cerveza y un bocadillo para cenar.


A las 10:45 había llegado al piso del doctor Vázquez. Me recibió una doncella y me hizo pasar a un gran salón elegante, de colores claros.

Entró el doctor Vázquez. Vestía una bata corta y traía un cigarro en la mano.

—¿Desea tomar algo? ¿Un cigarrillo? —me preguntó.

—No, gracias —respondí—Sólo deseo resolver este caso —dije.

El doctor se acercó a un escritorio y cogió un álbum de fotografías. Lo abrió por una determinada página y me lo enseñó.

Eran las fotografías de dos niñas, casi de la misma edad. Miré extrañado al doctor. Me pidió que me sentara.

—Esas niñas son Renata y su hermana mayor, Sara —hizo una pausa y se sentó—. Sara falleció cuando tenía doce años. Las niñas estaban nadando en un río. Llegó un momento en que Sara decidió que era hora de regresar a casa pero Renata no obedeció a sus llamadas. De pronto, un remolino la atrapó y la hundió varias veces. Sus pies se liaron con las plantas del fondo y no pudo salir. Sara se apresuró a salvarla y lo consiguió pero… ella no pudo salir. Desde entonces, Renata vivió sintiéndose culpable de la muerte de su hermana. Pero eso no fue lo peor —guardó silencio—. Renata estaba convencida de que el espíritu de su hermana no descansaba tranquila y venía a atormentarla, con el único objetivo de llevar a Renata con ella… al Más Allá. Cuando conocí a Renata era un ser asustadizo, atormentado. Hice todo lo posible para ayudarla. No lo conseguí. Se refugiaba en encuentros espirituales, tanto católicos, como parasicológicos. De nada le servían. Siempre decía que Sara conseguiría llevarla con ella… al río.

La confesión del doctor era desconcertante. Le enseñé las fotos de la galería de arte.

—¿Las ha visto antes? —pregunté.

—No —respondió, sorprendido—. Es Renata. No hay duda —las miró con detenimiento—. El vestido es el que le regalé para asistir a una fiesta que organizaban en mi honor. Me declaraban el cardiólogo del año. Y lleva puesto el ópalo negro. Aquella noche llovía, como en las fotos. Parece que estas fotografías las sacaron la noche que desapareció. Pero no entiendo porqué está en el puente y quién pudo fotografiarla.

—¿Recuerda si alguien más se pudo ausentar de la fiesta con ella? —pregunté.

—Había bastante gente pero recuerdo que un portero la vio irse sola.

—Así consta en el informe la declaración de ese señor —dije.

—Hay algo que debe saber —el doctor bajó la mirada, con pesar—. Durante estos años de ausencia de Renata, la he visto un par de veces.

—¿Cómo dice? ¿Y por qué no se lo comunicó a la policía? —pregunté, perplejo.

—Por favor, déjeme explicarle. Fueron encuentros muy extraños. Las dos veces la encontré en el mismo puente del norte de la ciudad. Renata parecía que quería arrojarse al vacío e intenté evitarlo. Me pidió ayuda. Pero no especificó qué quería que hiciese por ella. Le pedí que viniera a casa conmigo pero, la segunda vez que la vi, sabía que era una petición absurda —me miró, horrorizado—. Renata se suicidó delante de mí. Las dos  veces que la encontré no pude evitar que se arrojara al vacío.

—No le entiendo —susurré.


—La primera vez que se tiró al río, salí del puente y corrí hacia la orilla. Nadé hasta el lugar donde había caído. Apenas se veía nada. La busqué y la busqué pero no pude encontrarla. De pronto, alguien me cogió por la camisa y tiró de mí. Era un pescador que se retiraba a su casa. Pensó que era yo quien me estaba ahogando. Le pedí ayuda para buscar a Renata pero insistió en que él no había oído caer a nadie del puente. Sólo me había visto a mí entrar en el agua y nadar como un desesperado hacia la perdición —se dejó caer hacia atrás y su cabeza golpeó el respaldo—. Quise hablar con la policía pero me sentía tan confuso que no sabía si me creerían. Habían pasado cuatro años desde la desaparición de Renata. ¿Cómo podía explicar que había venido para suicidarse? Además, ¿Quién creería que mi encuentro con ella era fortuito? Me convencí de que había tenido una alucinación y no hablé nunca con nadie de lo sucedido. Dos años más tarde, sucedió lo mismo. Otra vez la vi en el puente, dispuesta a tirarse al río. Una vez más intenté evitarlo. Pero no pude hacerlo. Renata se suicidó delante de mí. Sé que no me creerá pero estoy seguro de que está muerta y es su espíritu el que vemos.

—No puedo creer eso —dije—. Yo no la vi tirarse al río. Estuvo en mi casa —añadí.   El doctor me miró atónito—. Y también estuvo en la galería de arte. La vi y hablé con ella. Y creo que fue ella quien donó las fotografías a la galería. No puede estar muerta —añadí—. La buscaré y la ayudaré —dije.

Me fui de allí con la sensación de que había algo oscuro en toda la historia,  pero estaba seguro de que no tenía nada que ver con fantasmas. La sospecha de que el doctor Vázquez era el culpable de cuanto había sucedido a Renata se afianzaba en mí.

A medida que aumentaba mi ansia por reencontrarme con Renata, me fui alejando de Marta. Me sentía culpable por ello. Pero no podía luchar contra esa sensación de vacío por no ver a Renata, la desesperación por no encontrarla.

Pasó el verano y no tuve más noticias de ella. Durante esos meses aproveché para hablar con quienes habían sido sus amigos y conocidos.

Así averigüé que Renata había sido una modelo famosa y bien cotizada que se paseaba por los salones de modistos famosos y salía en las revistas y folletines de moda más conocidos.

En el mundo de la moda todavía la recordaban, por su elegancia y belleza y esa triste y hermosa mirada que jamás volvieron a encontrar en nadie.

También hablé con una mujer que se hacía llamar Madame Salomé y se dedicaba a hablar con los espíritus. Yo no creía en esas cosas y me sorprendía que Renata hubiera requerido de los servicios de esta señora, en más de una ocasión.

Madame Salomé se acordaba de Renata. Me habló de lo atormentada que se sentía por creerse culpable de la muerte de su hermana. También dijo que estaba segura de que Sara no había perdonado a Renata.

—¿Le dijo a Renata eso? —le pregunté, molesto—. ¿No se da cuenta de que pudo ayudarla a tomar una decisión nefasta en su vida por haberle dicho semejante estupidez? —añadí.

— Le aseguro que no quería decírselo pero su marido insistió en que le dijera la verdad.

—¿El marido de Renata le pidió que le dijera que Sara no había perdonado a Renata? —preguntó, perplejo.

—Sí —afirmó, Madame Salomé.

—¿Está usted segura de que se trataba del marido de Renata?

—Por supuesto. Es médico y me citó en su consulta. Sabía que su mujer frecuentaba mis sesiones espiritistas y quería que le dijera la verdad. Supongo que no soportaba la angustia de su esposa y prefirió que se enfrentase a la verdad, por muy dura que fuese.

—Perdone que sea franco pero ¿Cómo puede un médico,  un hombre de ciencia, pedir a alguien que se aparta totalmente de ésta, que le diga a su esposa, una mujer frágil, que el fantasma de una niña la atormenta porque no le ha perdonado un error infantil?

—Desconozco las razones del doctor Vázquez para hacerme semejante petición. Pero le aseguro que el espíritu de Sara siempre estuvo al lado de Renata con la única intención de llevarla con ella al mundo de los muertos. Yo la vi, así como veo que Renata ya no se encuentra entre nosotros.

—¿Qué quiere decir? —pregunté, confundido.

—Renata ya no está entre los vivos, aunque su espíritu se niega a irse. Pero no lo hace por maldad, sino por desconocimiento. Cree que sigue viva pero siente el impulso de cometer el mismo acto del día de su muerte, una y otra vez. Por eso pide ayuda.

—¡Miente! —exclamé—. Yo abracé a Renata. Estuvo en mi casa.

—Sólo un breve tiempo ¿verdad? Luego habría desaparecido sin que usted supiese cómo —añadió.

Sentí un escalofrío, pero no porque me asustasen los fantasmas. Ni siquiera terminaba de creer esa historia. Me asustaba pensar que Renata podía cometer la locura de suicidarse, realmente.

La teoría de la vidente era demasiado absurda para mí.  Estaba seguro de que el doctor Vázquez Quijano había impulsado a su mujer a actuar de alguna manera irracional, por alguna razón desconocida. Empezaba a tener claro que Renata no huía del fantasma de una niña, sino de su marido.

Al llegar la noche, me presenté en el apartamento del doctor. Tenía que hablar con él para intentar que me dijera la verdadera razón de porqué Renata había decidido huir. Le exigiría la verdad, me negaba a escuchar más historias grotescas de fantasmas.

LAS PALOMAS DE SAMUEL

Era una tarde soleada, cálida  y apacible. Samuel cogió una bolsa donde guardaba migas de pan, su sombrero  panamá, sus gafas de sol, y...