viernes, 29 de septiembre de 2017

UN ATARDECER CON JULIO VERNE


UN ATARDECER CON JULIO VERNE


 

Esta historia sucedió mientras contemplaba el combate histórico de la espada durante la Fiesta de la Reconquista de Vigo, en un mes de marzo, en la Plaza da Pedra.

Quienes allí nos concentrábamos como espectadores no íbamos vestidos de época, por eso me llamo la atención la vestimenta de un señor de edad madura que fumaba en pipa. Sus ropas no se correspondían con las de los soldados franceses, ni con los trajes regionales gallegos. Eran más modernas, sin dejar de ser antiguas.

La curiosidad me llevó a acercarme a él. Entonces, sorprendida, comprobé que se trataba del escritor Julio Verne. Pero no podía ser él, por supuesto. El señor Verne falleció hace más de un siglo. Sin embargo, cuanto más miraba a ese hombre, más me recordaba a él. Su rostro era el mismo que se podía contemplar en los retratos que fácilmente se encontraban por la red de Internet. La frente ancha, rostro largo, rubicundo. Incluso llevaba el mismo gran bigote y la barba densa. Y su traje era de principios del siglo XX.

El señor Verne, aparentemente ajeno a mis miradas, se alejó de la plaza. Sin dudarlo, le seguí. Llegamos a la Plaza da Igrexa. Se detuvo ante la bella concatedral de Santa María (La Colegiata), de estilo neoclásico, y entró en el edificio. Yo sabía que si entraba detrás de él, se podía dar cuenta de que le estaba siguiendo, provocando, tal vez, su enfado,  pero temía perderle de vista, así que me arriesgué.

De un primer vistazo me fue imposible localizar al señor Verne, a pesar de que había la luz suficiente para ver bien dentro de la iglesia. Caminé hasta el altar comprobando que no estuviera oculto detrás de alguna columna. La poca gente que estaba rezando me miró  con curiosidad.  Me senté en uno de los bancos más cercanos al altar y esperé pacientemente a que apareciera por algún lado.

Minutos más tarde, convencida de que había desaparecido, decidí que lo mejor era disfrutar un poco más de la fiesta. Iría a  la Plaza de la Constitución donde podía escuchar música y bailar un poco.

Salí de la iglesia con tanta prisa que tropecé con alguien. Me disculpé, pasando del azoramiento a la sorpresa en cuestión de segundos, cuando me di cuenta de que había tropezado con el señor Verne. El hombre, con tranquilidad, guardando su pipa en el bolsillo interior de la chaqueta,  me sonrió y me preguntó si quería acompañarle en su paseo. Balbuceé, atónita por lo  que me estaba pasando. Sin perder su sonrisa me dijo que se había dado cuenta de que yo le seguía. No era habitual que la gente percibiera su presencia pero, si llegaba a suceder, no tenía problema en relacionarse con los mortales.  Encantada su propuesta, acepté ir con él.




Nos encaminamos hacia la Plaza de la Constitución. Pensé que también él quería disfrutar de algún espectáculo, pero me equivoqué. Se detuvo junto a la farola para echar un rápido vistazo a los edificios. Se acercó a los soportales y contempló el antiguo ayuntamiento. Tas asentir complacido, continuamos el paseo.

Le pregunté por qué se había aparecido en Vigo, siendo él de Francia. Ya nos habíamos adentrado en la Rúa Elduayen. Pronto llegamos al Paseo Alfonso XII.  Se detuvo ante el olivo centenario. Después contempló la belleza de la ría. Aspiró el aire y sonrió satisfecho. Antes de responder a mi pregunta, miró con curiosidad la estatua del dragón.

Dijo que, desde que había fallecido, tenía la suerte de poder visitar los lugares donde había estado en vida y que más le gustaran. Vigo era uno de ellos. Y, una vez más, deseaba contemplar la ría desde el Castro. Protesté. Me parecía que era una caminata demasiado larga. Se rió y me apremió para que continuáramos.

Vi pasar un autobús.  Estaba cansada. Corrí hasta alcanzar al señor Verne y le propuse que cogiéramos un taxi o un autobús pero su respuesta, entre risas, fue: “O un globo”. Resignada, seguí caminando.
 
Llegamos a una rotonda dibujada en el asfalto, antes de la Rúa Pi y Margall,  y nos adentramos en la Rúa da Falperra. Me detuve junto a la fuente. Desconocía si el agua era potable o no, así que me conformé con refrescarme un poco. 

Subimos una escalinata que nos conduciría a la Avenida de las Camelias. Tenía calor y sed pero el señor Verne  había apurado el paso y me vi obligada a hacer lo mismo si no quería perderle.

Desde esa avenida seguimos ascendiendo por el Castro. El monte tiene algo  más de cien metros de altitud, no es mucho, pero hacía demasiado calor para subir cuestas. Además, tenía que había una ruta más corta que la escogida por nosotros y así se lo hice saber al señor Verne. Pero se limitó a responder que era bueno caminar, sobre todo si se hacía por las calles de Vigo.
Llegamos junto al Monumento a los Galeones de Rande. El señor Verne admiró las anclas que forman parte del monumento. Entonces, me sorprendió con una pregunta:
—¿Sabe si encontraron el tesoro que se hundió en la batalla de Rande?
—¿El tesoro que quería encontrar el capitán Nemo? —pregunté y se echo a reír.
—Sí, ése mismo.
—No, creo que no. ¿Tiene intención de buscarlo? —le pregunté  y volvió a reír.
—¿Para qué quiero yo un tesoro?
Se acercó a los cañones, sin respetar el límite que marcaba una gruesa cadena. Yo, nerviosa, miré en todas direcciones esperando que no nos viera un policía. Seguro que le podían multar por pisar el césped, aunque no estaba segura de que alguien más, además de mí, pudiera verle.
—¡Magnifique! —exclamó. Mojó una mano en la fuente, quizás para sentir la frescura del agua. No creo que él sintiese calor. Se acercó al balcón que nos ofrecía el Castro y contempló la ría. Empezaba a anochecer.
—¿No está interesado en ver el poblado castreño? ¿O la fortaleza de San Sebastián? Hay más cosas que apreciar en este monte —propuse.
—En verdad, sólo hay una cosa que deseo ver —dijo—. Un atardecer en la ría.
—Hay otros miradores desde donde contemplar la ría y el atardecer —comenté.
El señor Verne cruzó las manos detrás de la espalda y esperó pacientemente a que el sol se ocultara.
Me situé a su lado para admirar la belleza de la naturaleza. El sol se ocultó poco a poco tras una estela púrpura. Esa noche no había luna, el cielo estaba limpio y se podían ver las estrellas. Era un espectáculo maravilloso. Comentó algo que no conseguí entender. Quise pedirle que me lo repitiera pero ya no estaba  a mi lado. Julio Verne había cumplido su misión y se había ido.


Regresé a mi hotel, cansada pero satisfecha con la experiencia vivida. No había disfrutado mucho de la Fiesta de la Reconquista pero sí de la insólita e inesperada compañía de Julio Verne.

Me quedé dormida intentando recordar qué había dicho el señor Verne antes de su desaparición.

Cuando desperté, recordando lo sucedido el día anterior, me convencí de que  había sido producto de una alucinación, quizá provocada por algo que comí o bebí la tarde anterior, durante la fiesta.

Sin embargo, a medida que pasaba la mañana, aceptaba que en verdad había estado con el fantasma de Julio Verne.

Por ello, cambié los planes. En vez de ir a la estación de tren para regresar a casa, me dirigí a la rúa As Avenidas. El lugar estaba cerca del hotel donde me había hospedado, el hotel “Compostela”.

 
Llegué hasta el monumento de Julio Verne y no pude contener la emoción. Allí estaba el escritor, convertido en una estatua de bronce; sentado sobre los brazos de un calamar, junto el Real Club Náutico. Era un buen lugar para un hombre que tantas aventuras vivió y escribió sobre el mar. Por un momento me pareció que me había sonreído. Pero no, eso sí que no podía ser posible. Sólo era una estatua.

 
Decidí alargar mi estancia en Vigo un día más para poder contemplar otro atardecer. Esta vez fui al Monte da Guía. Aproveché para visitar la ermita dedicada a Nuestra Señora de la Guía.

Desde ese lugar, admirando la ría, el puente de Rande, la ciudad, pude contemplar otro bello atardecer.

Mientras el cielo se teñía de tonos dorados y rojizos, recordé las palabras de Julio Verne. Había dicho que el amanecer en Vigo era el más bonito del mundo.  

FIN
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

XIX Desperté tras oír un ruido cerca de mi habitación. Al principio no sabía de qué se trataba pero, una vez me despejé, pude oír ...