viernes, 29 de septiembre de 2017

UN ATARDECER CON JULIO VERNE


UN ATARDECER CON JULIO VERNE


 

Esta historia sucedió mientras contemplaba el combate histórico de la espada durante la Fiesta de la Reconquista de Vigo, en un mes de marzo, en la Plaza da Pedra.

Quienes allí nos concentrábamos como espectadores no íbamos vestidos de época, por eso me llamo la atención la vestimenta de un señor de edad madura que fumaba en pipa. Sus ropas no se correspondían con las de los soldados franceses, ni con los trajes regionales gallegos. Eran más modernas, sin dejar de ser antiguas.

La curiosidad me llevó a acercarme a él. Entonces, sorprendida, comprobé que se trataba del escritor Julio Verne. Pero no podía ser él, por supuesto. El señor Verne falleció hace más de un siglo. Sin embargo, cuanto más miraba a ese hombre, más me recordaba a él. Su rostro era el mismo que se podía contemplar en los retratos que fácilmente se encontraban por la red de Internet. La frente ancha, rostro largo, rubicundo. Incluso llevaba el mismo gran bigote y la barba densa. Y su traje era de principios del siglo XX.

El señor Verne, aparentemente ajeno a mis miradas, se alejó de la plaza. Sin dudarlo, le seguí. Llegamos a la Plaza da Igrexa. Se detuvo ante la bella concatedral de Santa María (La Colegiata), de estilo neoclásico, y entró en el edificio. Yo sabía que si entraba detrás de él, se podía dar cuenta de que le estaba siguiendo, provocando, tal vez, su enfado,  pero temía perderle de vista, así que me arriesgué.

De un primer vistazo me fue imposible localizar al señor Verne, a pesar de que había la luz suficiente para ver bien dentro de la iglesia. Caminé hasta el altar comprobando que no estuviera oculto detrás de alguna columna. La poca gente que estaba rezando me miró  con curiosidad.  Me senté en uno de los bancos más cercanos al altar y esperé pacientemente a que apareciera por algún lado.

Minutos más tarde, convencida de que había desaparecido, decidí que lo mejor era disfrutar un poco más de la fiesta. Iría a  la Plaza de la Constitución donde podía escuchar música y bailar un poco.

Salí de la iglesia con tanta prisa que tropecé con alguien. Me disculpé, pasando del azoramiento a la sorpresa en cuestión de segundos, cuando me di cuenta de que había tropezado con el señor Verne. El hombre, con tranquilidad, guardando su pipa en el bolsillo interior de la chaqueta,  me sonrió y me preguntó si quería acompañarle en su paseo. Balbuceé, atónita por lo  que me estaba pasando. Sin perder su sonrisa me dijo que se había dado cuenta de que yo le seguía. No era habitual que la gente percibiera su presencia pero, si llegaba a suceder, no tenía problema en relacionarse con los mortales.  Encantada su propuesta, acepté ir con él.




Nos encaminamos hacia la Plaza de la Constitución. Pensé que también él quería disfrutar de algún espectáculo, pero me equivoqué. Se detuvo junto a la farola para echar un rápido vistazo a los edificios. Se acercó a los soportales y contempló el antiguo ayuntamiento. Tas asentir complacido, continuamos el paseo.

Le pregunté por qué se había aparecido en Vigo, siendo él de Francia. Ya nos habíamos adentrado en la Rúa Elduayen. Pronto llegamos al Paseo Alfonso XII.  Se detuvo ante el olivo centenario. Después contempló la belleza de la ría. Aspiró el aire y sonrió satisfecho. Antes de responder a mi pregunta, miró con curiosidad la estatua del dragón.

Dijo que, desde que había fallecido, tenía la suerte de poder visitar los lugares donde había estado en vida y que más le gustaran. Vigo era uno de ellos. Y, una vez más, deseaba contemplar la ría desde el Castro. Protesté. Me parecía que era una caminata demasiado larga. Se rió y me apremió para que continuáramos.

Vi pasar un autobús.  Estaba cansada. Corrí hasta alcanzar al señor Verne y le propuse que cogiéramos un taxi o un autobús pero su respuesta, entre risas, fue: “O un globo”. Resignada, seguí caminando.
 
Llegamos a una rotonda dibujada en el asfalto, antes de la Rúa Pi y Margall,  y nos adentramos en la Rúa da Falperra. Me detuve junto a la fuente. Desconocía si el agua era potable o no, así que me conformé con refrescarme un poco. 

Subimos una escalinata que nos conduciría a la Avenida de las Camelias. Tenía calor y sed pero el señor Verne  había apurado el paso y me vi obligada a hacer lo mismo si no quería perderle.

Desde esa avenida seguimos ascendiendo por el Castro. El monte tiene algo  más de cien metros de altitud, no es mucho, pero hacía demasiado calor para subir cuestas. Además, tenía que había una ruta más corta que la escogida por nosotros y así se lo hice saber al señor Verne. Pero se limitó a responder que era bueno caminar, sobre todo si se hacía por las calles de Vigo.
Llegamos junto al Monumento a los Galeones de Rande. El señor Verne admiró las anclas que forman parte del monumento. Entonces, me sorprendió con una pregunta:
—¿Sabe si encontraron el tesoro que se hundió en la batalla de Rande?
—¿El tesoro que quería encontrar el capitán Nemo? —pregunté y se echo a reír.
—Sí, ése mismo.
—No, creo que no. ¿Tiene intención de buscarlo? —le pregunté  y volvió a reír.
—¿Para qué quiero yo un tesoro?
Se acercó a los cañones, sin respetar el límite que marcaba una gruesa cadena. Yo, nerviosa, miré en todas direcciones esperando que no nos viera un policía. Seguro que le podían multar por pisar el césped, aunque no estaba segura de que alguien más, además de mí, pudiera verle.
—¡Magnifique! —exclamó. Mojó una mano en la fuente, quizás para sentir la frescura del agua. No creo que él sintiese calor. Se acercó al balcón que nos ofrecía el Castro y contempló la ría. Empezaba a anochecer.
—¿No está interesado en ver el poblado castreño? ¿O la fortaleza de San Sebastián? Hay más cosas que apreciar en este monte —propuse.
—En verdad, sólo hay una cosa que deseo ver —dijo—. Un atardecer en la ría.
—Hay otros miradores desde donde contemplar la ría y el atardecer —comenté.
El señor Verne cruzó las manos detrás de la espalda y esperó pacientemente a que el sol se ocultara.
Me situé a su lado para admirar la belleza de la naturaleza. El sol se ocultó poco a poco tras una estela púrpura. Esa noche no había luna, el cielo estaba limpio y se podían ver las estrellas. Era un espectáculo maravilloso. Comentó algo que no conseguí entender. Quise pedirle que me lo repitiera pero ya no estaba  a mi lado. Julio Verne había cumplido su misión y se había ido.


Regresé a mi hotel, cansada pero satisfecha con la experiencia vivida. No había disfrutado mucho de la Fiesta de la Reconquista pero sí de la insólita e inesperada compañía de Julio Verne.

Me quedé dormida intentando recordar qué había dicho el señor Verne antes de su desaparición.

Cuando desperté, recordando lo sucedido el día anterior, me convencí de que  había sido producto de una alucinación, quizá provocada por algo que comí o bebí la tarde anterior, durante la fiesta.

Sin embargo, a medida que pasaba la mañana, aceptaba que en verdad había estado con el fantasma de Julio Verne.

Por ello, cambié los planes. En vez de ir a la estación de tren para regresar a casa, me dirigí a la rúa As Avenidas. El lugar estaba cerca del hotel donde me había hospedado, el hotel “Compostela”.

 
Llegué hasta el monumento de Julio Verne y no pude contener la emoción. Allí estaba el escritor, convertido en una estatua de bronce; sentado sobre los brazos de un calamar, junto el Real Club Náutico. Era un buen lugar para un hombre que tantas aventuras vivió y escribió sobre el mar. Por un momento me pareció que me había sonreído. Pero no, eso sí que no podía ser posible. Sólo era una estatua.

 
Decidí alargar mi estancia en Vigo un día más para poder contemplar otro atardecer. Esta vez fui al Monte da Guía. Aproveché para visitar la ermita dedicada a Nuestra Señora de la Guía.

Desde ese lugar, admirando la ría, el puente de Rande, la ciudad, pude contemplar otro bello atardecer.

Mientras el cielo se teñía de tonos dorados y rojizos, recordé las palabras de Julio Verne. Había dicho que el amanecer en Vigo era el más bonito del mundo.  

FIN
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

viernes, 22 de septiembre de 2017

RON Y MIEL

RON Y MIEL
(Segunda y última parte)
(cc)



Transcurrieron los días, monótonos y aburridos sin la presencia de Eva. Tobías no podía concentrarse en el libro. No dejaba de pensar en la joven. Su mente y su cuerpo la echaban de menos. Se avergonzaba por sentirse como un adolescente enamorado.  

Escuchaba una y otra el sonido del mar de la caracola. Su editor le había llamado exigiéndole que terminara el libro. Y Tobías, quien se consideraba un buen profesional, se enfrascó en la tarea de terminar la novela, intentando olvidar a la muchacha.

Cansado y desesperado por no tener noticias de Eva, una mañana aprovechó que tenía que comprar algunas cosas en el pueblo, para averiguar si alguien conocía a la muchacha.

Después de preguntar a varias personas en el mercado, le indicaron que se dirigiera al bar que había en la plaza.

El bar era el típico negocio de pueblo donde se reunían los paisanos a tomar algo y jugar a las cartas o al dominó. No tenía la decoración bonita, sólo era funcional. Tobías se sentó y pidió un café.

La señora que atendía a los clientes, aunque no estaba cuidada, se veía que había sido bonita. Los ojos le recordaban a los de Eva, almendrados y color miel.

—¿Puedo hacerle unas preguntas? —preguntó Tobías.

La señora le miró sorprendida. Todo el pueblo sabía que Tobías era un escritor famoso que tenía la costumbre de encerrarse en la casa de la playa cuando escribía sus novelas, pero no frecuentaba el trato con la gente del lugar.

—¿Qué desea saber? —preguntó.

—Busco a una joven que conocí hace unos días. Se dejó algo olvidado en la playa y me gustaría devolvérselo —dijo. Era una media mentira pero no podía contar más detalles.

—¿Qué joven? En el pueblo hay más de una joven ¿Sabe su nombre?

—Dijo que se llama Eva. Tiene diecisiete años, es morena, de ojos color miel.

—¡Basta! —gritó la mujer—¡No siga, por favor! ¡Y olvídela! —salió de allí.

Tobías la miró perplejo y luego miró a su alrededor. Los cinco hombres que había en el bar le miraban con curiosidad.

—¿He dicho algo malo? —preguntó.

Uno de los hombres se acercó a él y se sentó a su lado, sin pedir permiso. Tenía un vaso de vino y lo apuró. Se enfrentó a la mirada, perpleja, de Tobías.

—Disculpe a Carmen. Le afecta mucho hablar de su hija.

—¿Eva es la hija de Carmen? —preguntó Tobías. El hombre asintió.

—¿Se ha acostado con ella? —preguntó sin rodeos.

—¿Cómo se atreve? —quiso fingir escandalizarse, pero no lo consiguió.

—Ella siempre lo consigue. Es su maldición.

—No le entiendo.

—Olvídese de Eva. La joven no está con nosotros.

—¿Qué quiere decir? ¿Se ha ido del pueblo?

—Sí, se ha ido pero no del pueblo…, del mundo. Murió hace cinco años.

Tobías sonrió, perplejo e incrédulo. Sabía que a la gente de pueblo le gustaba gastar bromas a los forasteros y ésa tenía que ser una broma, aunque de mal gusto.

—Será mejor que me vaya —dijo y dejó un euro en la mesa para pagar el café.

—Deje de buscarla. Ella ya no volverá. Al menos no con usted —dijo el hombre.

Tobías salió del bar y caminó por el pueblo. En una casa, cerca del bar, vio a Carmen. Parecía nerviosa. Quiso acercarse a ella pero la mujer cerró la puerta de su casa, con violencia.

El paseo le llevó hasta las afueras del pueblo, a un lugar donde nunca había estado antes, la iglesia que estaba rodeada por el cementerio.

Vio a unas ancianas limpiando una tumba y las saludó. Las mujeres respondieron con educación y le miraron con curiosidad.

Tobías se acercó a la puerta principal de la iglesia, la típica capilla pequeña de cualquier pueblo. Estaba cerrada. Rodeó el edificio. Había una puerta más pequeña en un lateral. Entró. El sacerdote estaba arrodillado en un reclinatorio, rezando.

Tobías se sentó en un banco. El sacerdote, llevado por la curiosidad, dejó de rezar, se levantó con dificultad, debido al reuma, y se acercó al escritor.

—Buenos días. Es extraño verle por aquí, don Tobías.

—Sí, lo sé. No frecuento mucho las iglesias, padre.

—¿Y qué le trae a esta humilde iglesia? —preguntó, sentándose a su lado.

Tobías suspiró. Dudaba si debía contarle su historia a un sacerdote pero lo que había sucedido esa mañana era tan extraño que necesitaba hablar con alguien.

—Hace unos días conocí a una muchacha. Tenía un comportamiento algo extraño. Parecía que me había buscado adrede. De hecho, quise alejarla de mí, pero regresó. Se llama Eva. Tiene diecisiete años y es muy bonita.

—Eva —repitió el sacerdote—. El nombre maldito —dijo el sacerdote.

—Sí. Eso mismo dije yo una vez —dijo Tobías, sorprendido.

—¿Sabe qué significa el nombre de Eva? —preguntó. Tobías negó con la cabeza—. “Que da la vida”… Sin embargo, para el ocultismo guarda otro significado. Eva fue engañada por la serpiente y eso provocó que ella y Adán fueran expulsados del paraíso. De ahí que a Eva se la considere maldita. Y a su nombre. Eva es la mujer que es engañada, que busca el engaño, huye de la verdad. No es nada bueno.

—¿Y eso qué tiene que ver con la joven? —preguntó Tobías—. Sólo me está hablando de supersticiones, padre.

—Deje que le explique, por favor —pidió el sacerdote—. La joven que usted conoció era la hija de los dueños del bar que hay en la plaza.

—Sí, eso me han dicho.

—Era una joven muy bonita, alegre, llena de vida, como cualquier adolescente. Pero un día enfermó de cáncer. Leucemia. Sólo tenía catorce años. Luchó todo lo que pudo hasta que la enfermedad pudo con ella. Tenía diecisiete años cuando Dios la llamó a su seno. Hasta ahí no deja de ser una historia más —hizo una pausa—. Sin embargo, Eva convirtió su muerte en algo diferente. La joven nunca había conocido el amor, ni las relaciones sexuales. Para los jóvenes es lo mismo amor que sexo. Algunos vecinos comentan que, pocas semanas antes de morir, vieron a Eva hacer una promesa delante del roble que hay en la entrada principal del pueblo. ¿Sabe a cuál me refiero? —Tobías asintió. Era imposible no ver un árbol tan grande y viejo que daba la bienvenida a los forasteros—. Eva prometió que buscaría el amor de un hombre después de muerta, si no lo encontraba de viva. Nadie le dio importancia a ese hecho. Después de todo era el deseo de una joven moribunda. Pero el roble tiene su historia. Hace varios siglos, era el lugar donde colgaban a las brujas, tras los juicios de la Santa Inquisición. De ahí que la gente crea que la promesa de Eva se convirtió en una maldición.

—¿Una maldición? Explíquese, padre.

—De vez en cuando, cerca del día de su fallecimiento, Eva se aparece a un hombre, sea joven o mayor. Lo seduce y tiene una relación con él. Después desaparece.

Guardaron silencio un rato. Tobías necesitaba asimilar lo que estaba oyendo. Todavía no quería creer que había tenido un encuentro con un fantasma.

—No creo en fantasmas, padre. Además, la experiencia fue muy real —dijo.

—Puedo acompañarle a su tumba. Tiene una fotografía de la joven. Así sabrá si hablamos de la misma persona.

—Se lo agradezco, padre.

El sacerdote le acompañó hasta el lugar donde se encontraba la tumba de la joven. Era de mármol blanco y tenía la figura de un ángel custodiándola. Tobías leyó el nombre completo y observó la fotografía. Reconoció a Eva. En la fotografía, la joven tenía el pelo recogido en una trenza, sonreía, formando sus hoyuelos característicos. Era una imagen tan expresiva que no parecía que fuese el retrato de alguien que ya no estaba entre los vivos.

—Es ella —dijo—. Esto es tan… confuso. ¿No hay alguna forma de evitar que regrese otra vez? Está viviendo una maldición —dijo Tobías.

—Se ha intentado pero no ha sido efectivo. Supongo que el deseo de sentirse amada es más fuerte que cualquier oración o ritual, cristiano o no. Además, don Tobías, la maldición no es sólo para ella —dijo el sacerdote, mirándole con gravedad—, sino también para quien se encuentra con ella pues, dicen que jamás consigue olvidarla. Alguno se volvió loco deseando reencontrarse con la muchacha. Debería intentar olvidarla y acercarse más al mundo de Dios.

 

Tobías, impresionado por lo vivido, decidió irse del pueblo de inmediato. No era una persona que se asustase fácilmente. Y, lo cierto era que no estaba asustado. Fuese producto o no de la maldición, en verdad, deseaba reencontrarse con Eva, pero sabía que era algo imposible, así que no tenía sentido permanecer más tiempo en un lugar que lo atormentaba.

Antes de abandonar el pueblo definitivamente, se acercó al cementerio. Caminó hasta la tumba de Eva y depositó en ella la caracola.

Quizás sólo fue su imaginación, pero cuando se alejaba, pudo oír el ruido del mar y una risa jovial. Recordó las fotos y el vídeo que le había hecho y los buscó en la memoria del teléfono. Curiosamente, donde estaba la joven, sólo se veía una figura de humo. Tobías  sintió un escalofrío.

Después del éxito de su novela, escribió un relato, en memoria de Eva. Se convenció de que hacerle un homenaje, le ayudaría a olvidarla: “Eva era embriagadora como el ron, dulce como la miel (…)”.

FIN

miércoles, 20 de septiembre de 2017

RON Y MIEL

RON Y MIEL
Primera parte 
(cc)
 
 
 
Cansado de escribir, Tobías, cogió una botella de ron y bajó a la playa. Era muy temprano y no había gente.  Caminaría un poco por la orilla para intentar tener ideas buenas que ayudasen a mejorar su novela en calidad y no sólo en cantidad.
Enrolló los bajos del pantalón de lino y desabrochó algunos botones de la camisa azul. Estaba descalzo. En verano le gustaba caminar descalzo.
La arena estaba fría y el agua más, pero no le importó. Era agradable sentir las olas golpeando los tobillos. Bebió un trago de ron y aspiró profundamente. La brisa, cargada de salitre, mezcló el aroma con el del ron. Sonrió satisfecho.
 Se detuvo para contemplar el horizonte. Las gaviotas volaban en busca de alimento, cerca del puerto.
Empezaban a llegar los primeros veraneantes para disfrutar de la soledad de la playa.
Le sorprendió ver a una joven que caminaba hacia él. No debía de tener más de quince o dieciséis años. Contoneaban sus caderas con el desenfado de una adolescente que todavía no es consciente del poder de su sensualidad. O, tal vez, lo era y sólo trataba de engañar a los demás, utilizando su aparente ingenuidad como arma de seducción.
Cuando se acercó, Tobías, descubrió que era muy bonita. Tenía los cabellos muy largos, de color castaño, los ojos, almendrados, eran de color miel y sus labios, sensuales, se abrían en una hermosa sonrisa que formaba hoyuelos en las mejillas.
Bebió otro trago. Se sentó. La joven se detuvo a su lado. Tobías la saludó.
— ¡Buen día! No es normal que una adolescente deje la cama para pasear tan temprano.
—No soy una adolescente normal —sonrió.
—¿Cómo te llamas?
—Eva.
—Eva… El nombre maldito —se miraron y se rieron—. Yo me llamo Tobías.
—Lo sé. Eres el escritor —dijo ella y él asintió.
Eva se sentó a su lado y miraron al horizonte. Vieron un grupo de delfines que saltaban entre las olas, ofreciendo un espectáculo maravilloso.
La joven se levantó y se adentró en el agua, sin desvestirse. Caminó hasta donde el agua casi le llegaba al cuello y se dejó mecer por las olas. Tobías la miraba embelesado. A su edad, la juventud era un tesoro lejano que despertaba envidia, admiración y nostalgia.
—Deberías salir del agua —le dijo—. Está fría.
Ella le miró perpleja y se rió divertida. Tobías maldijo su ocurrencia. No pretendía parecer un abuelo. Bebió otro trago de ron y ella regresó  junto a él. Sus ropas, blancas, se adherían al cuerpo, marcando las curvas. Extendió la mano, para pedir que le diese la  botella. Tobías se la dio y bebió con avidez. Tosió. Sonrió y bebió un poco más. Le devolvió la botella. Tobías la cogió, le guiñó un ojo y se marchó. Tenía que seguir escribiendo, aunque no le importaría pasar el resto del día en la playa, con la joven.
Tardó un poco en darse cuenta de que ella le había seguido y entró en la casa, detrás de él.
Guardó la botella de ron en la nevera y regresó al escritorio para seguir escribiendo. No le importaba que ella se paseara por la casa con absoluta desvergüenza.
Las ideas se agolpaban en su mente y empezó a ponerlas en orden en el ordenador. No era fácil escribir sobre guerras, matanzas, sufrimiento. Y menos cuando alguien tan joven, como Eva, se paseaba delante. Tobías, mirando de soslayo a la muchacha, admitía que no sólo su juventud le perturbaba, también era su belleza y la incipiente sexualidad que emanaba de sus poros.
—Tengo frío —dijo ella, de pronto.
Tobías dejó de escribir, se quitó las gafas, y fue en busca de una toalla para que se secara. La ayudó a envolverse en ella. Se miraron. Eva se puso de puntillas y le dió un beso en los labios.
—Eres muy joven —dijo Tobías, acariciándole una mejilla.
 
—No, no lo soy —replicó ella—. Te lo aseguro —se acercó más a él para sentir el calor de su cuerpo.
Tobías sabía que debería alejarse de ella pero la curiosidad por sentir un cuerpo joven entre sus brazos era más fuerte. La abrazó.
—¿Cuántos años tiene? —le preguntó.
—¿Importa algo la edad? —preguntó ella a su vez.
—No debería pero…
—Diecisiete —respondió.
—Es una buena edad para el amor —la apartó de sí—, con alguien joven.
Eva sonrió y se alejó. Miró por la ventana, hacia el mar y salió de la casa, sin despedirse.
Transcurrió el día en aparente normalidad. Tobías siguió escribiendo su novela, comió, descansó un rato, bebió más ron. Pero su mente estaba atrapada en el recuerdo de la joven.
Seguramente era una turista más que había tenido alguna aventura por la noche y se encontró con él de madrugada o, simplemente, había decidido madrugar para pasear un rato, como había hecho él. La verdad es que poco le importa saber quién era o qué hacía allí exactamente. Lo único que deseaba era volver a verla y disfrutar de su presencia. Con eso tenía suficiente.
Al atardecer bajó a la playa otra vez, con la esperanza de reencontrarse con Eva. Se sentó en la arena, cerca de la orilla, en el lugar exacto donde estaba por la mañana, cuando apareció ella.
Una ola trajo una caracola y la dejó a sus pies. La recogió. Era de color blanco, arena y rosa. La acercó a la oreja para escuchar el eco del mar. Decidió que se la regalaría  a Eva, si volvían a encontrarse.
 
Al día siguiente, despertó temprano. La caracola seguía en donde la había dejado, encima del escritorio. Se duchó, desayunó algo y tomó un trago de ron. Se sentó y continuó escribiendo. Cuatro capítulos más, y ya podría entregar la novela a su editor.
En mitad de la mañana, abrieron la puerta principal. Tobías se sobresaltó. Miró por encima de las gafas y vio entrar a Eva.
La joven corrió hacia él y le abrazó deseándole buenos días.
—Esto es para ti —le entregó la caracola.
Eva cogió el objeto y lo observó como si fuera algo mágico. Escuchó el sonido.
—¿Por qué suena el mar? —preguntó.
—Tiene una explicación científica que es mejor dejar para otro momento. No rompamos la magia del momento.
—Tienes razón. Me gusta. ¡Gracias! —le besó en una mejilla.
Se acercó a la estantería y encendió la cadena musical. El CD que estaba puesto era de música china, la que empleaba Tobías para concentrarse, cuando la musa de la inspiración se negaba a ayudarle.
Eva empezó a bailar con movimientos sensuales, dejándose llevar por las cautivadoras notas de la música.
Tobías intentó concentrarse en su trabajo y siguió aporreando el teclado. Confiaba en no equivocarse. De vez en cuando miraba a la joven. Sus movimientos eran muy sensuales. El pelo ondeaba en el aire  como las olas en el mar.
Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de las persianas bañaban la habitación con una luz dorada y, en medio, estaba ella, como una diosa morena y  etérea.
Tobías cogió el teléfono móvil y le sacó unas fotos, además de grabar un pequeño vídeo. A ella pareció no importarle. Le sonreía y ya no bailaba por bailar, sino que empezó a bailar para él.
Eva dejó la caracola en el escritorio. Se acercó a Tobías y empezó a acariciarle los hombros.
—Ven conmigo —le susurró al oído.
—¿A dónde?
—Ven —le cogió de la mano. Tobías la siguió.
Salieron de la casa y caminaron hasta el mar. Eva se desnudó bajo la atenta mirada de Tobías. Él hizo lo mismo. Se adentraron en el mar y nadaron hasta que no podían tocar el fondo y tenían que mantenerse a flote moviendo los brazos y las piernas.
Eva le abrazó y le besó en los labios. Tobías saboreó los tiernos labios, dulces como la miel. La apartó y la miró con ternura y pasión. Le peinó los cabellos hacia atrás, con las manos.
—¿Por qué me buscas a mí? —preguntó.
—Shhh… No rompas la magia del momento —le besó otra vez.
Se fundieron en un abrazo apasionado. Tobías sabía que no era correcto lo que estaba haciendo. Ya tenía cincuenta años y ella era demasiado joven. Incluso era menor de edad. Pero se sentía demasiado embriagado con su belleza y juventud como para resistirse.
Las olas los empujaron a la orilla y terminaron extasiados y abrazados, recibiendo el empuje de las olas.
Eva se levantó y se vistió.  Empezó a alejarse ante la atónita mirada de él. La cogió por la falda, para retenerla, pero ella sonrió y se liberó. Echó a correr.
—¡La caracola! —exclamó él.
El sol, que se levantaba en el horizonte, le cegó y la vio alejarse como una sombra en medio de un resplandor dorado.
Continuará...



martes, 12 de septiembre de 2017

LA SONRISA DE LA MUERTE

LA SONRISA DE LA MUERTE
(cc)


Claudia dejó de mecanografiar para atender el teléfono. La llamaba su hermano para comunicarle que el fatídico momento había llegado: mamá se estaba muriendo.  


Claudia se levantó del escritorio y bajó al parking. Por el camino, sus compañeros tenían miradas de dolor, preocupación o incertidumbre. En momentos así, nadie sabe cómo se debe actuar.

En el ascensor se dio cuenta de que había empezado a temblar. Estaba nerviosa. Nadie está preparado para enfrentarse a la pérdida de alguien, aunque sea una muerte anunciada. Y es que su madre, además de tener más de ochenta años, llevaba tres de ellos luchando contra un cáncer. La muerte sería un alivio para todos. Dejarían de sufrir, aunque los hermanos sabían que tendrían que añadir un nuevo dolor a sus corazones, y era el de la pérdida de un ser querido.

Intentó tranquilizarse. Habían sido tres años muy duros. El divorcio, la disputa por la custodia de los niños, la muerte de papá, la enfermedad de mamá, cambio de jefe, la hipertensión… Necesitaba tener un respiro en su vida.

Cuando salió del ascensor tropezó con una mujer que le pareció conocida. Incluso casi podía jurar que le sonreía como si la conociera. Por un breve momento le pareció que se trataba de su antigua jefa. Pero eso no podía ser. Ella había fallecido hacía más de dos años.

Las puertas del ascensor seguían abiertas, por lo que se volvió para comprobar quién había entrado en él. Sorprendida, comprobó que no había nadie, ni dentro, ni cerca del ascensor.

Si hubiera alguien cerca, lo vería. En ese tramo del parking, no había lugar donde esconderse. Además, quien quisiera alejarse del ascensor tenía que coger el camino recto antes de poder seguir hacia otra dirección, lo que le obligaba a pasar cerca de ella.

Claudia sacudió la cabeza, era absurdo que se preocupase por una tontería cuando tenía otra preocupación mayor. Torció hacia su izquierda y camino unos metros hasta llegar a su coche, un Alfa Romeo MITOBI, que había comprado hacía poco.

Entró en el vehículo. Encendió el motor y miró por el espejo retrovisor. Dio un grito de horror. En el espejo vio el reflejo de una calavera. Cerró los ojos e intentó calmarse. Se acordó de que, en la bandeja trasera, tenía una muñeca mexicana con la cara de la muerte. Era el recuerdo que le había traído su amiga de México. Sintió deseos de coger la muñeca y tirarla en el primer contenedor de basura que encontrara, pero tenía una cosa más importante que hacer. Volvió a mirar por el espejo retrovisor y no vio nada.

Salió del parking y se dirigió a la salida del polígono industrial. Puso la calefacción. Hacía frío y estaba lloviendo a cántaros. Parecía que el cielo también quería manifestar tristeza y rabia.


Detuvo el coche en  un cruce y miró por el espejo retrovisor al oír llegar otro coche que se situó detrás de ella. Era un acto reflejo pero, en ese momento, se dio cuenta de que no veía la muñeca mexicana. Miró hacia atrás. La muñeca estaba situada del lado del conductor, arrinconada en una esquina. Era imposible verla desde el espejo retrovisor ocupando el centro y, menos ver solamente su cara. Y Claudia sólo había visto una calavera sin pelo, sin lazos, sin ropas mexicanas.

La sirena de una ambulancia, que parecía dirigirse a la empresa donde trabajaba ,  la sacó de su ensimismamiento y decidió no pensar más en lo que había visto. Los nervios siempre podían jugar malas pasadas. Miró una vez más por el espejo retrovisor y le sorprendió comprobar que el coche de antes ya no estaba detrás. No lo había visto adelantar y era imposible que diera la vuelta en ese tramo. Movió un hombro con indiferencia y siguió conduciendo.

Salió del polígono industrial y siguió por una carretera convencional. Tenía poco tráfico y no tenía necesidad de adentrarse en la ciudad para ir al hospital.

Encendió la radio. Necesitaba distraerse. Los recuerdos de su madre se agolpaban en su mente y no le permitían concentrarse en la conducción. Además, no quería llorar.

Siempre tenía el dial en la radio clásica. Le ayudaba a relajarse antes de llegar al trabajo, y más cuando salía. Intentó escuchar la música pero el ruido de la lluvia no le permitía oír bien, así que subió el volumen.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó, perpleja.

La música que sonaba era “La marcha fúnebre”, de Chopin. Claudia rio  atónita, y apagó la radio.

Llegó a un punto de la carretera donde hacía unos años se había producido un choque frontal entre un coche y una furgoneta. En el accidente, fallecieran una niña y su abuela. Los familiares, en el lugar de los hechos, colocaron una cruz de piedra y, de vez en cuando, se podía ver un ramo de flores.

Claudia, redujo la velocidad, por precaución. A pesar del día tan malo que hacía, comprobó que, junto a la cruz, estaba una anciana y, a su lado, parecía que jugaba una niña, de unos cinco o seis años.

 Se preguntó a sí misma si debía detenerse y preguntar a aquella señora si necesitaba ayuda. No era normal estar bajo la lluvia y menos con una niña tan pequeña. Sin embargo, no se sintió cómoda con la situación y decidió continuar.

La niña detuvo el juego y la miró, sonrió y la saludó. Claudia respondió a la sonrisa de la niña pero se horrorizó al ver el rostro de la anciana, una calavera.

Aceleró para alejarse de allí cuanto antes. Aspiró hondo. Cada vez estaba más convencida de que los nervios la estaba traicionando haciendo que viera visiones.

Intentó recordar cuántas pastillas para la hipertensión había tomado por la mañana. Estaba segura de que tomara la dosis adecuada, como hacía todos los días pero ahora no podía pensar con claridad.

—Céntrate en llegar al hospital —se dijo en voz alta.

El resto del viaje lo hizo sin contratiempos, cosa que agradeció. Necesitaba olvidarse de los absurdos incidentes ocurridos anteriormente.

Aparcó el coche en el parking del hospital y entró en el edificio. Varias personas que se agolpaban en la sala de espera, vestidas con camisón y bata de hospital, la miraron y le sonrieron. Claudia pensó que era extraño que la gente fuese tan atenta. Esbozó una ligera sonrisa y subió a la planta donde estaba ingresada su madre.

Llegó al pasillo y vio a su hermano abrazado a su nueva novia. Lloraba desconsoladamente. Se asustó. Esperaba no haber llegado demasiado tarde. Nunca se perdonaría no despedirse de su madre. Quiso ir junto a él para preguntar por ella pero, al acercarse a la habitación donde estaba la anciana, la vio sentada en un sillón.

Le pareció desconcertante que tuviera las fuerzas suficientes para permanecer sentada. Y no entendía por qué su hermano, en vez de estar con la madre, acompañándola y disfrutando de esa leve mejoría, estuviera llorando abrazado a su querida.

Claudia, un poco enojada, entró en la habitación. Sonrió a su madre y se arrodilló ante ella.

—¡Oh, mamá! ¡Cuánto me alegro de verte tan bien!

—Mi querida niña, estaba esperando por ti.

—Ya estoy aquí, mamá —se miraron.

La anciana cogió el rostro de su hija entre las manos y le acarició una mejilla. Sonrió.

—Es hora de irnos, pequeña.

—¿Irnos? ¿A dónde? —Claudia pensó que su madre deliraba—. ¿Quieres meterte en la cama?

—¡Mi niña! ¿Acaso no te has dado cuenta todavía? —preguntó la anciana, preocupada. Claudia la miró si comprender—. Mira… ha venido tu padre —señaló hacia la puerta—. Debemos irnos.

—Mamá ¿Qué dices? —preguntó con tristeza pero miró a la puerta y, ante su asombro, vio a su padre, sonriente—. ¡No puede ser! —Exclamó— ¿Qué está pasando?

—Esta mañana has muerto, Claudia. Intenta recordar, mi niña.

Claudia cerró los ojos y, todo cuanto había sucedido por la mañana, empezaba a cobrar sentido.

Cuando recibió la noticia de que su madre se estaba muriendo, sufrió un derrame cerebral. Ahora entendía las miradas de sus compañeros, preocupados, tristes. Recordó a la mujer del ascensor. Realmente era su antigua jefa, fallecida. El conductor que se había situado detrás de ella, en realidad no lo estaba, y continuó su viaje sin haberla visto. La ambulancia se dirigía a su lugar de trabajo para atenderla a ella. La señora mayor y la niña, en verdad eran las muertas del accidente de tráfico. Y en el hospital, toda esa gente que la saludaba con familiaridad, estaba muertos. Y la máscara de la muerte… era la muerte que había venido a llevársela.

—¡No! —gritó—. ¡No estoy muerta! —insistió. Pero su madre ya la había cogido de la mano y la llevaba con ella. Por el camino se reunieron con otros muertos. Y al final del pasillo del Más Allá, aguardaba la Muerte, con su eterna sonrisa.
 
FIN

LAS PALOMAS DE SAMUEL

Era una tarde soleada, cálida  y apacible. Samuel cogió una bolsa donde guardaba migas de pan, su sombrero  panamá, sus gafas de sol, y...