lunes, 30 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (OCTAVA PARTE)

OCTAVA PARTE 




El doctor Brandt llegó dos días después de haber recibido su carta. Durante ese tiempo no  tuve oportunidad de ver a lord Terence más que en los momentos en que venía a visitar a su hermana, y no me dedicaba mucha atención. Se pasaba la mayor parte del día fuera de casa, no sólo atendiendo sus negocios, reuniéndose con comerciantes en el puerto, sino también, y esto sólo era suposición mía que confirmé más tarde, buscando al hombre misterioso que ya no sólo rondaba la mansión, sino que era visto por los alrededores del pueblo.

Afortunadamente, esos días, lady Susan se mantuvo tranquila, aunque su estado parecía haber empeorado, así que aproveché para escribir una extensa carta a mi querido hermano. 

El doctor Brandt era un hombre alto, aunque no tanto como el lord, extremadamente delgado. De rostro alargado, pómulos marcados y ojos azules, de mirada inteligente. Se movía con gran agilidad y parecía que cualquier cosa, sonido o movimiento llamaba su atención de especial manera. 

Lo primero que hizo, casi obviando los saludos y presentaciones, fue insistir en ver a lady Susan. Fue milord quien le acompañó a la habitación.  

El doctor examinó a la enferma como si buscase algo que ni el lord, ni yo, alcanzábamos a comprender. Le interesó especialmente mirar el cuello, las pupilas y, extrañamente, la boca.  

Después de eso, salimos de la habitación. Lord Terence me invitó a participar de la reunión con el doctor Brandt. Una doncella quedó al cuidado de lady Susan. 
A petición del doctor Brandt, también estaban presentes el reverendo Paul y el doctor Brown. 

Mientras tomábamos un té, lord Terence explicó con gran detalle cómo se había desatado la extraña enfermedad de su hermana y como había evolucionado. El doctor escuchaba atentamente y, de vez en cuando, asentía como si estuviese familiarizado con todo lo que decía el lord. El doctor Brown añadió qué medicina había recetado a lady Susan.  

─Hemos hecho lo que ha pedido, doctor Brandt ─terminó diciendo lord Terence. 

─Ha hecho bien en seguir mis instrucciones, milord. Lo que voy a decirle puede parecer una locura pero le aseguro que he pasado por esta experiencia en más de una ocasión. La mayoría de las veces es una mujer quien presenta los mismos síntomas que su hermana, pero también hay hombres que han sufrido este mal, pues el monstruo que lo ocasiona puede ser macho o hembra. 

─¿Monstruo? ¿A qué se refiere? ─preguntó lord Terence, confuso. 

─Le estoy hablando de vampiros. 

─¡Vampiros! ─lord Terence dio un respingo y casi tira la taza de té. 

─Sí, vampiros. Esos seres que parecen formar parte de viejas leyendas pero son tan reales como ustedes y yo. Los vampiros seducen a sus víctimas y las someten física y psicológicamente. Su hermana tiene todos los síntomas de haber sido seducida por uno de ellos. Afortunadamente, su rápida decisión de traerla de Londres tan pronto supo que había enfermado, ayudó a que el vampiro no consiguiera adueñarse totalmente de su alma. Pero, lamentablemente, lady Susan sigue bajo el influjo de ese ser que la corrompió.

Se produjo un largo silencio en el salón. Supongo que estábamos intentando asimilar y comprender las palabras del doctor Brandt.

─Yo he oído hablar de algunos casos ─empezó a decir el reverendo─. Pero nunca me lo tomé en serio. Siempre creí que se debía a posesiones demoníacas.

─Y alguna habrá, no se lo discuto ─contestó el doctor Brandt─. Pero es más factible creer en vampiros. Cuando encontremos a quien ha corrompido a lady Susan, lo podrán comprobar por ustedes mismos. ¿Cómo ha dicho que se hace llamar, lord Terence?

─Lord William Hampsted.

─Puede estar seguro de que no es su auténtico nombre. Siempre se presentan en un lugar determinado con una identidad falsa. Incluso es posible que no sea inglés pero lleve tanto tiempo aquí, entre los vivos, que haya aprendido su idioma correctamente y tenga un acento exquisito.

─¿Qué debemos hacer ahora? ─preguntó lord Terence.

─Su hermana debe permanecer vigilada todo el día. El vampiro nunca deja escapar a sus víctimas, aunque ponga en peligro su existencia. Le sugiero ─se dirigió al reverendo─, que le aplique la extremaunción.


─¿La extremaunción? ─preguntó sorprendido lord Terence─. ¿Cree usted que mi hermana… puede morir?

─Lamento tener que ser tan sincero, milord. Efectivamente, su hermana no está fuera de peligro. Pero esta medida tan drástica no se debe tomar pensado únicamente en un fatal desenlace, Dios no lo quiera, sino en tranquilizar su espíritu y alejarla un poco del vampiro. Necesita toda la ayuda posible para luchar contra él.

─Está bien, así lo haré ─contestó el reverendo.

─Otro paso a seguir es buscar al vampiro.

─Llevo varios días buscando a lord William por los alrededores pero ha sido en vano ─se lamentó lord Terence.

─Porque no sabía dónde buscar. Es un vampiro. Jamás se esconderá en un lugar que eligiese un ser vivo.


FIN OCTAVA PARTE

sábado, 28 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Séptima Parte)

SÉPTIMA PARTE



 Curé la herida que se había hecho en el dedo lady Susan. Palpé su frente y sentí que tenía fiebre. Pedí a la doncella que me trajera unos paños y agua fresca.

Cuando la doncella me trajo lo necesario, preparé compresas para poner en la frente a la enferma.

Su rostro había palidecido más, si cabe. Y estaba tan delgada que se dibujaba la calavera en su rostro. Daba lástima y miedo verla en ese estado.

Lord Terence llegó por la tarde. Parecía cansado. Como siempre, se preocupó por su hermana. Me preguntó cómo había pasado la mañana y le comenté lo sucedido, obviando los improperios que me había dirigido.

─Ya le comenté que sufría ataques histéricos ─dijo─. El señor  Stevenson me entregó una carta. En el membrete se puede leer que la escribe un doctor. Espero que sea la respuesta a mis plegarias. La espero en el salón verde, señorita Laura. Tomaremos allí el té.

Me aseguré de que lady Susan quedaba dormida. Le pedí  a una doncella que quedara con ella mientras yo me reunía con lord Terence.

Antes de entrar en el salón, me aseguré de que mi aspecto era inmaculado. Arreglé el recogido, alisé la falda y coloqué bien la toquilla que cubría mis hombros.

Lord Terence se levantó para recibirme. Me pidió que me sentara e hizo tocar la campana del servicio para que trajeran el té.

─Hoy he recibido buenas noticias, señorita Laura ─empezó a decir─. Esta mañana llegó una carta desde Austria. La envía el doctor Brandt.

Mientras me comentaba las buenas nuevas, la señora Hope se encargaba de servirnos el té.

─Dice que conoce la dolencia que padece mi hermana y asegura que existe la posibilidad de su total recuperación si seguimos sus instrucciones al pie de la letra ─hizo una pausa para beber un sorbo de té─. Me da unas indicaciones algo extrañas pero, en este momento, no tengo intención de contradecir a alguien que puede ser nuestro benefactor.

─Me alegro mucho de que, por fin, el padecimiento de su hermana y usted pueda tener fin ─dije─. ¿Qué medidas debemos tomar para ayudar a lady Susan?

─Insiste en que no salga de la habitación. Con esto estoy totalmente de acuerdo. Pero también pide que se ponga en la estancia un símbolo sacro, cristiano, preferiblemente una cruz…, como las que suelen utilizar los católicos.

─Sí. Sé a qué se refiere.

─Ya he pedido al señor Stevenson que adquiera una de inmediato. El doctor Brandt también insiste en que colguemos ajos en las ventanas y llenemos la habitación con rosas silvestres. Me atrevo a decir que se trata de un doctor supersticioso pero, supongo que nos dará explicaciones de todo este proceder cuando venga.

─¿Y cuándo llegará el doctor Brandt?

─En la carta dice que salió de Austria al día siguiente de enviar la carta. Así que llegará aquí mañana o pasado mañana, dependiendo de lo que pueda retrasarse el viaje.

─Ojalá sea mañana cuando podamos contar con su presencia.
─Así lo espero.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Dejé la taza sobre la mesa y le seguí. Había subido la niebla y no se veía más allá del muro que bordeaba la entrada.

─Cuando sube la niebla del mar es retenida por el bosque y tarda mucho en despejar. Hay días en invierno en que nos acompaña durante días ─comentó con un aire nostálgico.

Se volvió hacia mí y me sonrió.

─Sé que su estancia aquí no es fácil, señorita Laura. Pero confío en que no nos deje…, incluso si mi hermana se recupera. Ella está sola y necesita compañía.


─Entiendo que ahora está enferma y mi presencia le disgusta, pero cuando se recupere, Dios lo quiera así, no sabemos si lady Susan querrá contar conmigo como asistente personal ─dije.

La verdad es que confiaba en que así fuera, pues no quería alejarse tan pronto de lord Terence, aunque sabía que sería lo mejor para mí ya que me estaba enamorando de él y lo único que iba a conseguir permaneciendo en la mansión era hacerme daño a mí misma por  tener sentimientos que jamás serían correspondidos.

─Le aseguro que el carácter de mi hermana no tiene nada que ver con lo que muestra ahora. Es una mujer dulce, agradable, alegre y caritativa. Confío en que se recupere y vuelva a ser la misma de antes, a pesar de todo lo que ha sufrido.

Su rostro se ensombrenció y deseé abrazarlo para transmitirle mi apoyo, mi afecto. Nuestras miradas se encontraron. No pude sostenerla mucho tiempo. Sentí como mis mejillas se ruborizaban. Me alejé de él deseando que no hubiese dado cuenta.

─Gracias por el té, milord. Regresaré junto a lady Susan ─dije, haciendo un esfuerzo para mirarle.

─Sí, por supuesto ─asintió, sin dejar de mirarme con tanta intensidad que salí con rapidez para que no notara que el rubor se acentuaba más.



FIN PARTE SÉPTIMA




viernes, 27 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Sexta Parte)

Sexta Parte



Regresé al dormitorio de lady Susan y me senté frente a la chimenea, en un escabel. Miré de soslayo al lord. Estaba recostado en el sofá. Tenía los ojos cerrados. Su respiración era tranquila, pero no dormía .

Lady Susan dormía plácidamente y supuse que él se retiraría en cualquier momento, sin embargo, parecía no tener prisa por irse.

Se incorporó y me miró. Se levantó y se acercó a mí. Entonces decidí comentarle lo que me había parecido ver en el bosque.

Frunció el ceño preocupado. Comprobó que su hermana realmente dormía y no podía escucharnos.

─¿Está segura de haber visto a un hombre?
─Era una sombra pero sí, parecía un hombre. Aunque desapareció de forma tan rápida que no puedo asegurarlo.
─Recientemente, los criados han comentado ver algo similar. Temo que lord William pretenda rondar a mi hermana. Vaya a descansar, señorita Laura. Yo pasaré la noche aquí. Usted necesita recuperar fuerzas para permanecer mañana junto a mi hermana. No sabemos en qué estado se despertará.

Obedecí. Le deseé una buena noche y regresé a mi habitación.

A la mañana siguiente, muy temprano, una doncella me despertó para decirme que debía levantarme e ir a la habitación de lady Susan.

En el vestíbulo me encontré con lord Terence. El mayordomo le ayudaba a ponerse la capa.  
─¡Señorita, Laura! ─me llamó─. Voy a ausentarme un rato. ¿Ha desayunado?
─Todavía, no, milord.
─Desayune con lady Susan, entonces. Vigile que no salga de su dormitorio.
─Así lo haré, señor.
─Bien. Stevenson ─se dirigió al mayordomo─. No olvide transmitir mi mensaje al servicio. Por esta vez pasaré por alto el incidente de anoche. Pero será la última vez.
─Sí, milord.

Lord Terence me miró una vez más, antes de salir de la mansión. Subí a la habitación de lady Susan. Todavía estaba en cama, dormida.

Me asomé a la ventana y, un poco más tarde, vi salir al lord montado en un precioso corcel negro.

Me sorprendió comprobar que, en vez de tomar el camino de la casa, se adentraba en el bosque. Sentí temor y preocupación. Mi intuición me decía que iba a investigar si, por alguna extraña casualidad, se encontraba con el misterioso ser que parecía rondar la mansión, en busca de lady Susan.

Lady Susan se despertó y me miró extrañada. Se la veía desfallecida y parecía no recordar nada de lo que había pasado por la noche.

Se levantó y aceptó desayunar y tomar la medicina, sin rechistar. Como tenía prohibido salir de la habitación, no quiso vestirse. Además, su estado parecía tan débil, que estaba segura de que querría regresar a la cama en cualquier momento.

Me pidió que le hablara de mí pero, en seguida se cansó de escuchar la historia y, poco a poco, el sueño la fue venciendo.

Aproveché para leer un libro de poemas. Más bien lo intenté. Mis pensamientos estaban con lord Terence y no podía concentrarme en el libro.

Curioseé la habitación de lady Susan. Sobre una mesa que estaba cerca de la chimenea había algunos retratos. Uno de ellos era de lord Terence. Lo cogí para examinarlo más detenidamente. Me volví y dejé escapar un grito ahogado. Lady Susan estaba a mi lado y me miraba con una maldad que nunca antes había visto en ella. El marco cayó al suelo y se partió el cristal.

─¡Qué torpe eres, Julia!
─Mi nombre es Laura, lady Susan.
─¡Oh, sí! ¿Qué importa el nombre de una criada? Nunca pensaste en que terminarías sirviendo a alguien, ¿verdad? Seguro que cuando tu padre vivía te creía superior a otras niñas de tan baja estopa como tú. Es lo que pasa entre los nuevos ricos. Os creéis algo cuando no sois nada. ¡Dime! ¿Quién va a recomponer el retrato, ahora?

Se agachó para recoger los pedazos de cristal. Intenté impedírselo y, entonces, se cortó en un dedo.

─¡Ah! ─se quejó.

Se quedó mirando a la herida de la que empezó a brotar sangre.

─¡Déjeme ayudarla! ─dije.

Se apartó de mí, con violencia. Metió el dedo en la boca y empezó a saborear la sangre, con placer.

─Lady Susan, permítame hacerle la cura ─insistí.
─¿Alguna vez has probado la sangre?
─Por favor, siéntese y deje que le cure la herida.

─William lo hacía. Una vez me dio a probar un poco de su propia sangre. ¡Era tan dulce!

La miré horrorizada. Ella, a su vez, me miró perpleja y luego se echó a reír, a carcajadas. Corrió hacia la cama y se acostó.

─¡William! ¡William! ─susurraba─. Ven a buscarme, amor mío.

Sabía que sería inútil insistir con ella, así que limpié el estropicio del retrato. Hice sonar la campana del servicio para pedir ayudar a una doncella.


FIN SEXTA PARTE

miércoles, 25 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Quinta Parte)

Quinta Parte


Me acosté y, aunque estaba cansada, no conseguía conciliar el sueño. Me preocupaba no ser capaz de hacer bien mi trabajo. Pero lo que más me alteraba era lord Terence. Mi corazón se desbocaba cuando recordaba su intensa mirada, sus rasgos viriles y su porte elegante. Sentía su tristeza como mía y desearía poder consolarle. 

Me quedé dormida regañándome por mi osadía. Yo no podía aspirar a que un hombre de la clase social del lord se fijara en mí, así que debía ser realista, intentar no pensar en él como hombre, sino como patrón, y tenía que controlar mis sentimientos.  

En mitad de la noche el sonido de un lejano lamento me despertó. Me levanté y encendí una vela. Me asomé a la ventana que daba al jardín y pude ver una figura fantasmagórica que paseaba entre la niebla. Por un momento me asusté. Pero, en seguida, reconocí a la mujer. Era lady Susan. Tras cubrirme con un chal y calzarme unas zapatillas salí de prisa en su busca.  

Lady Susan se dirigía a un corredor que había en el jardín y conducía hasta el acantilado. La llamé para que se diera la vuelta. Caminaba de forma errática y temía que no fuera consciente del peligro que corría si se acercaba al precipicio.  

─¡Lady Susan, deténgase! ─suplicaba. 

Por fin pude darle alcance y la cogí por un brazo. Se detuvo y me miró perpleja, como si no me reconociera. 

─Lady Susan, venga conmigo ─le pedí.  

Sólo llevaba puesto el camisón y le eché mi chal por los hombros. Giró sobre sus talones y parecía que estaba dispuesta a obedecerme pero, de pronto, se detuvo y miró en dirección al bosque.  

─-¡No! ─gritó─. ¡Déjame! ¡Quiero ir con él! Está allí, ¿no lo ves? Ha venido a buscarme -señaló hacia el bosque pero yo  no pude ver a nadie. 

El frío húmedo de la noche era intenso y empecé a tiritar. Cogí a lady Susan por la cintura para conducirla a la mansión pero me empujó con tanta fuerza que me hizo caer al suelo. 
 

Echó a correr hacia el bosque. Me levanté y fui tras ella. Me preguntaba cómo era posible que una enferma pudiera tener tanta energía y recordé las palabras de lord Terence. En algunos momentos, lady Susan, podía ser extremadamente fuerte.  

─¡Lady Susan! ¡Espere!  

Corrí lo más rápido que pude y la alcancé. Se volvió contra mí y quiso empujarme otra vez pero conseguí retener su embiste. Luchamos. Intenté sujetarle los brazos.  

─¡Por favor, lady Susan!  Tenemos que regresar a la mansión. Su estado puede empeorar. 
─¡Apártate de mí! ¡Nada impedirá que vaya con él! ¡William, espérame, amor! ¡No me dejes aquí! 

Sus gritos despertaron a otros criados. No tardé en ver al mayordomo, el señor Stevenson, y a la señora Hope, entre otros.

Me sentí aliviada, pues ellos me ayudarían a llevar a lady Susan a su habitación. Pero, lo que más me alegró, fue ver a lord Terence detrás de ellos, aunque no tardó en adelantarlos. 

Lord Terence cogió a su hermana. Ella no dejaba de gritar por lord William y luchaba con su hermano pero el lord consiguió abrazarla. Se arrodilló con ella y la tranquilizó. Lady Susan pareció sufrir un ligero desmayo. Cogí el chal que había caído al suelo y se lo puse encima. 

Era conmovedor ver al lord abrazado a su hermana, intentando calmarla con afecto y firmeza.

Regresamos a casa. Antes de entrar miré una vez más hacia el bosque y, entonces, pude ver una silueta dibujada en medio de la niebla. Parecía un hombre. Pero su sombra se esfumó con tanta rapidez que termine dudando si lo que había visto era cierto. 

Acompañé a lord Terence a la habitación de lady Susan. La señora Hope también venía con nosotros.  

Lord Terence acostó a su hermana en la cama y me apresuré a ayudarle a arroparla. Lady Susan le miró con preocupación. 

─-Qué me está pasando, Terence? ─preguntó y se echó a llorar. 
─Shhh. No te preocupes. Todo saldrá bien ─le dijo él y la besó en la frente. 
─Quédate aquí, hasta que me quede dormida, por favor ─le pidió.

Él asintió. Acercó un sillón y se acomodó.

─Puede retirarse, señora Hope. Pero mañana temprano quiero que el señor Stevenson reúna a todo el servicio, por favor. 

─Sí, milord ─asintió.

La señora Hope, me miró con extrañeza y desdén contenido. Supongo que no esperaba que lord Terence no me pidiera que también me retirara.

Recogí el chal y me disponía salir cuando el lord se acercó a mí. Me miró fijamente. Era tan alto que tenía que bajar la cabeza para encontrarse con mi mirada.

─Si no fuera por usted… ─empezó a decir pero la emoción le impidió continuar.
Me cogió por los hombros y esbozó una breve sonrisa. Pero su rostro, de inmediato, mostró preocupación.
─Está helada, señorita Laura. Debería cambiarse. Por favor, coja un camisón de mi hermana y vístase en la habitación contigua. Luego siéntese aquí, junto al fuego.


Quise negarme y pedir que me permitiera regresar a mi habitación pero mi voluntad se sometió a la suya,  y obedecí.


FIN QUINTA PARTE

lunes, 23 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Cuarta Parte)

CUARTA PARTE



Fui a la biblioteca, como me había pedido lord Terence. Confiaba en que me explicara algo acerca del padecer de su hermana.

Lord Terence estaba sentado delante de la chimenea. En la pared colgaba un retrato de milord. Aunque parecía reciente, por su semblante, risueño, parecía que había sido pintado en un momento más feliz para los miembros de la mansión.

Se percató de mi presencia y se apresuró a levantarse para acercarse a una mesa donde había una licorera.

─¡Siéntese, por favor!  ─me pidió.

Mientras me sentaba, sirvió dos copas de licor y me ofreció una.


─No bebo ─dije.
─Le sentará bien. Le ayudará a asimilar lo que tengo que decirle ─se sentó frente a mí─. Sé que no está aquí por decisión propia, señorita Laura. Fue su tío, el señor Larry, quien decidió que viniera a trabajar a esta casa. También conozco su pasado y las circunstancias que le llevaron a tener que vivir bajo la autoridad de ese hombre.

No me sorprendía que tuviese conocimientos sobre mí, era de esperar que quisiese tener la mayor información posible a cerca del personal que contrataba, aun así me hizo sentir incómoda, más bien, desprotegida ante su seguridad.

─Cuando solicité los servicios de una doncella para mi hermana, pedí expresamente que viniera una joven fuerte de ánimo, pues la tarea que tiene encomendada es difícil ─guardó silencio y bajó la mirada, con preocupación─. Espero que esté preparada para esto ─me miró fijamente.

─Creo que lo estoy, milord.

─Lo que ha visto esta noche sólo es una pequeña muestra de la gravedad del asunto.

─No le entiendo. Tal vez, si me hablara de la enfermedad de su hermana, podría prepararme mejor para asumir mi responsabilidad, milord.

Apuró la copa y la dejó sobre una mesa velador que había al lado del sillón. Aspiró profundamente y cruzó las piernas. No dejaba de mirarme, estudiando mis gestos, mis expresiones. Yo no podía sostener su mirada. Sentía algo dentro de mí, una especie de timidez e inseguridad, que me era ajeno hasta ese momento.

─Los médicos que han visitado a mi hermana desconocen el mal que la adolece. No sabemos si es sólo locura o enfermedad física. A veces, muestra una fuerza extraña para una mujer. Otras veces, está desfallecida como si estuviera a punto de exhalar el último suspiro.  Cuando se muestra enérgica, su estado febril la hace decir cosas incoherentes y pide que la dejen ir junto a alguien.

─Así le oí decir antes ─comenté─. Pedía que la dejaran ir con “él”.

─Hace unos meses, mi hermana fue a Londres a visitar a la hermana de mi padre, lady Margaret. Bajo su tutela asistiría a diferentes fiestas y reuniones para relacionarse con la sociedad y ¡quién sabe!, quizá conocer a su futuro esposo. Este pueblo está bien, pero es muy solitario, sobre todo para una joven en edad casadera ─se levantó y fue a llenar la copa de licor. Se volvió hacia mí y continuó hablando─. Quiso la mala fortuna que conociese a alguien que se hacía llamar lord William Hampsted. Ese hombre tuvo la osadía de corromper el alma y el cuerpo de mi hermana ─apretó los dientes─. Un día desapareció y, desde entonces, mi hermana está enferma.

─Perdone mi atrevimiento, si su hermana padece de mal de amores, quizás deba regresar a la vida londinense para conocer gente nueva y olvidarse de lord William.

─No ─sonrió con amargura─, no se deje engañar, señorita Laura. No se trata de un simple capricho de enamorada. Al principio de su enfermedad, mostraba síntomas físicos. Estaba más pálida que ahora, le faltaba sangre. Su pulso era muy débil. Aunque se ha restablecido un poco, no conseguimos que se recupere. Me he puesto en contacto con diferentes médicos de varios países para encontrar a alguien que tenga conocimientos sobre este mal pero, de momento, no he obtenido respuesta.


Se sentó nuevamente y dejó la copa en la mesa. Se inclinó hacia mí.

─Señorita Laura, es muy importante que la vigile, sobre todo, los días en que su arrebato está exaltado. Cuando está débil no tiene ganas de hacer nada, sin embargo, en los días en que su espíritu está inquieto, es capaz de salir de la mansión, sin importar la hora, el tiempo que hace, ni a dónde se dirige. Y es capaz de utilizar la fuerza contra quienes tratan de impedírselo.

─Le aseguro que cumpliré lo mejor posible con mis obligaciones.

Asintió complacido. Se reclinó hacia atrás y cerró los ojos durante unos segundos. Me miró nuevamente y esbozó una breve sonrisa.

─Puede retirarse a descansar. Mañana se trasladará de habitación para ocupar una contigua a la lady Susan.

─Sí, milord. Buenas noches ─me disponía a salir de la biblioteca, y volvió a llamarme.

─¡Señorita Laura! Hay otra cosa que debe tener en cuenta. A mi hermana le molesta la luz, así que las habitaciones deben estar en penumbra.

─Sí, milord ─asentí y me retiré.



FIN CUARTA PARTE

LAS PALOMAS DE SAMUEL

Era una tarde soleada, cálida  y apacible. Samuel cogió una bolsa donde guardaba migas de pan, su sombrero  panamá, sus gafas de sol, y...