domingo, 22 de octubre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Tercera Parte)

TERCERA PARTE


Entramos en la cocina. La señora Hope me presentó a la cocinera -la señora Bean-, a varias sirvientas y al mayordomo, el señor Stevenson.

Me explicó que Lady Susan no acostumbraba a madrugar, lo que permitiría disponer de casi toda la mañana para mis quehaceres personales. También me dijo que venía con frecuencia a visitarla el doctor Brown, y una de mis obligaciones era seguir sus instrucciones al pie de la letra, algo que la paciente se negaba a hacer.

─¿De qué mal adolece? ─me atreví a preguntar.

La señora Hope me sirvió una taza de té y acercó unas pastas a la mesa.


─Es un mal desconocido ─respondió─. Es algo que la consume lentamente, pero, a veces, tiene las fuerzas suficientes para luchar contra todos aquellos que la cuidan y quieren.
─¿Lleva mucho tiempo enferma?
─Unos meses. Enfermó durante un viaje a Londres, cuando fue a visitar a unos parientes ─bajó la mirada. Parecía estar realmente afectada.

Esa noche, antes de retirarme a dormir, fui a la habitación de Lady Susan para asegurarme de que no necesitaba nada y darle la medicina. La señora Hope me había entregado un pequeño frasco que era la medicina. Me había dicho que lo guardara yo y, bajo ningún concepto, se lo entregara a ella, pues tenía la costumbre de deshacerse de todas las medicinas y remedios que le habían dado. Me pregunté si lady Susan se estaba volviendo loca y su hermano no quería aceptarlo. Era muy extraño que una mujer, joven y bonita, se negara a cuidarse.

La habitación de lady Susan era amplia y acogedora. Reconocí algunas telas que habían sido vendidas por mi padre y tuve que contener la emoción. El color predominante era el rosa oscuro.

Lady Susan estaba sentada delante de la chimenea, que estaba encendida. Se había vestido un camisón y llevaba puesto un chal sobre los hombros. Cuando entré en la habitación me miró con interés.

─Le traigo la medicina, milady ─dije.
─No pienso beber ese veneno ─protestó.
─No es un veneno, milady. Es una medicina que el doctor Brown le ha recetado y la necesita para sentirse mejor ─dije.

Me acerqué a ella. Dejé la bandeja que portaba sobre una mesa velador y preparé la medicina. La señora Hope me había indicado que milady debía tomar una cuchara del preparado, todas las noches.

Acerqué la cuchara a la paciente y me dio un manotazo, tirándola al suelo.

─¡No pienso beber eso! ¡Dile a mi hermano que no necesito medicinas! ─empezó a llorar, histérica─. Yo sólo quiero irme con él.
─Milady, por favor, tome la medicina ─supliqué.
─¡Vete de aquí! ¿Por qué has venido a esta casa? ¿Acaso quieres conquistar a mi hermano? ─se rió a carcajadas─. Jamás lo conseguirás. Su alma está maldita, como la mía.

Cada vez me convencía más de que Lady Susan había perdido la razón. Y me preguntaba si yo en verdad era tan fuerte como pensaba para poder afrontar tanta responsabilidad.

Lord Terence, quien había oído los gritos de su hermana, entró en la habitación. Se había quitado la levita y parecía más relajado que por la tarde.

─¿Qué  ocurre? ─preguntó, pero no esperó respuesta pues, al ver la cuchara tirada en el suelo, se dio cuenta de lo sucedido─. Susan, debes tomar la medicina.
─No pienso hacerlo ─replicó ella, como una niña malcriada.
─No me obligues a utilizar la fuerza ─la amenazó.
Lady Susan le miró atemorizada. Se levantó, cogió el frasco de la medicina y bebió un trago.
─¿Satisfecho? ─preguntó, limpiándose la boca con la mano.
─Te pido, una vez más, que no lo hagas más difícil ─dijo él, con más suavidad─. Intento buscarte la mejor ayuda posible, pero es tan difícil.
─Sólo necesito una cosa y lo sabes bien. Quiero que me dejes ir con él.
─Ya conoces la respuesta a eso ─la miró con severidad.
Lady Susan se giró, con desdén, dándole la espalda. Me preguntaba quién era ese hombre que tanto daño había causado en lady Susan.
Lord Terence, se fijó en mí.
─Ayude a mi hermana a acostarse, por favor. Después venga a la biblioteca. Deseo hablar con usted.
─Sí, milord ─asentí.

Hice lo que me pidió. Por fortuna, lady Susan, no se rebeló. Se acostó en la cama y, tal vez, vencida por el cansancio o adormecida por la medicina, se quedó dormida en poco tiempo.



FIN TERCERA PARTE

AUTORA INDEPENDIENTE

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