miércoles, 29 de noviembre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Parte Décimo Novena)

PARTE DÉCIMO NOVENA 


Esa noche, lord Terence  y el doctor Brandt irían al pueblo para intentar encontrar a lady Susan. Yo quería ir con ellos, pero no me lo permitieron.
No me resultaba grato permanecer en la casa sola. Cierto era que se encontraban los sirvientes, y la señora Hope me hacía compañía en el pequeño salón verde, donde tomábamos un té, pero era la ausencia de lord Terence y el miedo lo que me hacía sentir incómoda e insegura.
De las muchas anécdotas que había comentado el doctor Brandt, recordé una que decía que los vampiros tenían que ser invitados por las víctimas para que pudieran entrar en los hogares. Sin embargo, ya sabíamos que  lord William no era un vampiro común. Ya había estado en la mansión y desconocíamos si lady Susan le había invitado o no.
Cuando se tienen preocupaciones o miedo, el tiempo parece detenerse y esa noche parecía que se negaba a dejar escuchar las horas punta del reloj que había en el vestíbulo.
─¿Tiene cuerda el reloj de pie del vestíbulo? ─pregunté en más de una ocasión a la señora Hope.
─¡Oh! Querida señorita Laura, por más que insista los minutos no duran menos segundos de lo que le gustaría. Sé que es difícil pero debe intentar tranquilizarse.
─Ya llevan mucho tiempo fuera.
─Poco más de una hora. El cementerio no está cerca y, si están buscando a… Bueno, supongo que no es fácil llevar a cabo esa tarea.
 La señora Hope sirvió más té. Cogí la taza para beber un poco. La bebida caliente me reconfortaba.  
Nos sobresaltamos al oír un golpe que parecía provenir del piso superior. Nos miramos horrorizadas. La señora Hope corrió hasta la puerta para tirar del cordón que avisaba a los criados. Se asomó al vestíbulo y no vio nada. Me levanté y me acerqué a ella. 
─Quizás deberíamos subir para comprobar qué ha provocado ese ruido ─sugerí. 
─Esperaremos a que venga el señor Stevenson. Él sabrá qué hacer. 
El señor Stevenson, que permanecía despierto para vigilar y cuidarnos, llegó de inmediato. Traía una escopeta consigo y, cuando entró en el salón, sacó un crucifijo del bolsillo de la chaqueta.  
─No se muevan de aquí. Iré a comprobar qué ha sido ese ruido ─nos dijo. 
─¡No! Iré con usted ─dije. La espera me suponía un suplicio. 
La señora Hope, indecisa al principio, también se animó a venir con nosotros. Le quitó de las manos el crucifijo al señor Stevenson y lo sujetó con fuerza contra su pecho. 
Subimos al primer piso, detrás del señor Stevenson. En el pasillo no había nada fuera de lo común. Entonces oímos otro ruido y, esta vez, supimos que procedía de la habitación de lady Susan. 
Nos miramos sorprendidos y algo asustados, pero nos encaminamos hacia el dormitorio, sin dudar.  
Antes de entrar, cogí un candelabro en el pasillo y encendí las velas. El señor Stevenson abrió la puerta y entramos.  
La puerta de la ventana estaba abierta y el viento apagó las velas. Me apuré a acercarme a una mesa donde había una lámpara. Me disponía a encenderla cuando alguien me cogió por el brazo, emitiendo un gruñido. 


─¡Ah! ─grité, sobresaltada. 
─¡Señorita, Laura! ─me llamó el señor Stevenson, preocupado─. ¡Aléjese! 
Entre las sombras que producía la luz de la luna llena,  pude reconocer a lady Susan. Su mirada era diabólica. El señor Stevenson se acercó a nosotras, apuntando a ella con su arma.  
Oímos ruidos que procedían del vestíbulo. Alguien subía corriendo las escaleras. Temí que fueran los otros vampiros. Me solté de lady Susan pero ella volvió a cogerme con más fuerza. Sus uñas se clavaban en mi brazo, haciéndome sangrar. La vi olfatear en el aire. Tiró de mí hacia ella y la empujé. Forcejeamos. 
─¡Lady Susan! ─reconocí la voz del doctor Brandt y sentí un gran alivio. 
─¡Laura! ─me llamó lord Terence─. ¡Susan, suelta a Laura! 
El doctor Brandt y lord Terence se acercaron a nosotras. El primero traía un crucifijo y lo acercó a lady Susan, quien me soltó de inmediato y gritó como si la estuviesen hiriendo. 
El doctor posó el crucifijo en la frente de lady Susan y, tras emitir un grito desgarrador, perdió el sentido. Lord Terence la cogió en brazos y la llevó hasta la cama. 

Encendí la lámpara y algunas velas más. La señora Hope tardó un rato en recuperarse del shock y se apresuró a cerrar la ventana.  
─Ha sido una gran suerte que llegaran a tiempo ─comentó el señor Stevenson. 
─No ha sido suerte ─dijo el doctor Brandt─. Nunca nos alejamos de la mansión. 
Les miramos perplejos. 
─Pero…, dijeron que iban a ir al cementerio ─comenté, confundida. 
─Así lo hicimos creer ─dijo lord Terence─. Pero, una vez que nos alejamos un poco, siguiendo el plan del doctor, regresamos caminando a la mansión. Permanecimos por los alrededor, vigilando las entradas de la mansión. 
─Entonces, usted sabía que lady Susan podía regresar a su hogar ¿verdad? ─ pregunté al doctor. 
─Así es. Como dije, los vampiros cuando están en el inicio de su nuevo estado, o en la transformación, tienen costumbres más propias de los animales y mantenerse lejos de su guarida o congéneres forma parte de ellas. Es como si conservaran el instinto territorial. 
─Parece que duerme ─comentó lord Terence. 
─Está desfallecida. El poder de la cruz le ha quitado las fuerzas. Y, supongo que está hambrienta. 
─¿Cree que es demasiado tarde para salvarla? 
─Voy a intentarlo pero no puedo garantizar nada, lord Terence─. Necesito mi maletín. Está en mi habitación. 
─Yo se lo traeré ─se ofreció el señor Stevenson. 
─Voy a practicarle una transfusión de sangre ─dijo el doctor Brandt. 
─Yo seré el donante ─se apresuró a decir lord Terence, mirando a su hermana, conmovido. 
─No, usted ha dado sangre hace poco, para la señorita Laura. Debe recuperarse. Yo seré el donante. Usted me ayudará.  
─Está bien.  
El doctor Brandt practicó una transfusión a lady Susan. Se podía ver cómo recuperaba color las mejillas de ella. En cambio, era evidente la pérdida de energía del doctor.  
Ayudé a vendarles los brazos a ambos cuando el doctor consideró que era suficiente la transfusión. 
─¿Debemos hacer algo más para salvarla? ─preguntó lord Terence. 
─Tenemos que acabar con el vampiro que le hizo esto o no se salvará. Está encadenada a él y en proceso de convertirse en vampiro.  
─¿Cómo podemos acabar con él? Parece que las armas convencionales no le afectan ─dijo lord Terence, exasperado. 
─No perdamos la paciencia, milord. Eso sería un grave error. Será mejor que descansemos. Pronto amanecerá y estamos cansados. Cuando estemos repuestos, hablaremos. 
La habitación de lady Susan volvió a convertirse en un santuario. Otra vez había ajos, y más de un crucifijo para protegerla. Una sirvienta, Mery, se quedó en la habitación para vigilarla. Los demás nos retiramos a descansar. 


FIN PARTE DÉCIMO NOVENA 

jueves, 23 de noviembre de 2017

NIEBLAS PROFUNDAS (Parte Décimo Octava)

 PARTE DÉCIMO OCTAVA


Por orden del doctor Brandt permanecí en cama dos días más y sin salir de la habitación tres días más. Casi una semana después de recuperar la consciencia estaba deseando salir a los jardines y respirar aire puro, aunque estuviese impregnado de húmeda niebla. 

Durante esos día de mi convalecencia, lord Terence y el doctor Brandt no permanecieron pasivos. Regresaron al castillo abandonado para rescatar a lady Susan pero se encontraron que los vampiros ya no se encontraban en ese lugar.  

Los dos hombres, aunque eran amables y cariñosos conmigo, tenían que hacer un gran esfuerzo para disimular su nerviosismo y enfado. 

La señora Hope también se deshizo en atenciones conmigo. Le dolió mucho perder a la pobre Betty de una manera tan horrible. Y al saber que había habido más víctimas, su aflicción la envejeció notablemente en poco tiempo.

Pasó un mes desde el fatídico día del ataque de los vampiros. El doctor Brandt tuvo que viajar a Londres para hacerse cargo de unos asuntos importantes.  

Lord Terence y yo vivimos nuestro amor con menos pasión de la que nos gustaría, por culpa de la pena y la preocupación que nos invadía. Pero, aun así, éramos muy felices.  

Nos gustaba pasear por los jardines, sin adentrarnos en el bosque, por desconfianza de lo que pudiera aguardarnos en donde la niebla era más profunda. 

A veces, bajábamos al pueblo llegando hasta el puerto o acercándonos a la playa. 



Los vecinos nos saludaban con gran regocijo y nos invitaban a probar sus cervezas o licores. Procurábamos no disgustar a nadie con negativas e intentábamos corresponder con presentes.  



Los momentos más dulces sucedían cuando lord Terence se recostaba en el sillón del salón verde y dejaba que el sueño le venciera. Entonces le miraba embelesada y recorría con mis dedos su rostro y los labios dibujando sus líneas, delgadas pero firmes. En algunas ocasiones sólo fingía su sueño, y me sorprendía sonriendo y besando mis dedos. Nos mirábamos y reíamos divertidos para, luego, fundirnos en un apasionado beso.  

Pero la felicidad no es constante en el tiempo. Y nuestra vida y nuestro futuro dependían de las decisiones de unos vampiros.  

Las malas noticias llegaron dos días antes del regreso del doctor Brandt. Los vecinos empezaron a comentar que una mujer rondaba las calles por las noches con la intención de robar niños. Algunos creyeron reconocer a lady Susan. Y, como supimos más tarde, no se equivocaban, aunque nadie conocía la verdadera suerte de ella, pues suponían que su enfermedad le impedía salir de casa.  

─¿Usted cree que en verdad puede tratarse de mi hermana? ─preguntó lord Terence mientras cenábamos, pocas horas después de la llegada del doctor Brandt. 

─Sí, lo creo. Los vampiros en el inicio de su nuevo modo de ser, son más irracionales que los más viejos, y tienen costumbres propias de una animal. Son territoriales, insaciables y más salvajes, si cabe. Es normal que lady Susan merodeé por los lugares que conoce. 

─¿Debemos esperar que se acerque a la mansión? ─pregunté y un escalofrío me recorrió por la espalda. 

─Así lo espero ─asintió el doctor con gran tranquilidad─. Esa será nuestra oportunidad de recuperarla. Le tenderemos una trampa. La invitaremos a entrar en la casa y la conduciremos a su habitación. Ahí la atraparemos.
 

─Permítame manifestar mi malestar, doctor Brandt. No estamos hablando de un animal, sino de mi hermana ─comentó, disgustado. 

─Lo siento, lord Terence. Pero le aseguro que ese ser ya no es su hermana. Es un monstruo y lo podrá comprobar cuando la apresemos. 

─Disculpe mi sensiblería, doctor Brandt. 

─No hay nada que disculpar, querido amigo. Le entiendo perfectamente. Lo más difícil para los familiares que pasan por estas situaciones es aceptar la realidad, que sus seres queridos ya han abandonado este mundo y lo único que pulula por él sólo es un cuerpo poseído por el mal. 

─Supongo que esta noche iremos en su busca ─comentó lord Terence. 

─Sí. Y si la vemos la conduciremos hasta aquí. De eso se encargará usted. Espero que tenga la fuerza de ánimo suficiente para hacerlo. 

─Sí, no se preocupe. Por mucho que me duela el final que sufrió mi hermana, soy consciente de que debemos liberar su alma para que pueda descansar en paz. 

─¿No sería conveniente que pidiéramos la ayuda del reverendo Paul? Después de todo se trata de salvar un alma ─pregunté. 

─No. De momento nos bastamos nosotros ─respondió el doctor Brandt. 


Supliqué para que tuviera razón y no se aparecieran todos los vampiros y, una vez más, nosotros fuésemos las presas y no los cazadores. 




FIN PARTE DÉCIMO OCTAVA 

AUTORA INDEPENDIENTE

Hoy en día, gracias a algunas plataformas, quienes escribimos y soñamos que nuestro trabajo sea aceptado y reconocido por los lectores...