viernes, 29 de diciembre de 2017

LA ÚLTIMA NAVIDAD DE HARRY

El sheriff Harry salió a patrullar por las calles del pueblo. XXX siempre había sido un lugar tranquilo hasta esta Navidad.  

Habían desaparecido cuatro niños de edades comprendidas entre cuatro y diez años. No tenían ningún sospechoso. No había pistas. Parecía que nadie había visto nada.  


Los niños desaparecieron en el centro comercial cuando hacían cola para hablar con Papa Noel. Sus padres se habían despistado un momento.  
Comprobaron las cámaras de seguridad pero no funcionaban bien. En un lugar donde no se esperaba que sucediera nada extraño, se bajaba la guardia con frecuencia.  
Harry maldijo su suerte. Si al menos tuviese la certeza de que se trataba de un secuestro masivo podía avisar al FBI y dejar que ellos resolvieran el caso.  
No es que no supiera hacer su trabajo o no tuviera ganas, pero con los medios que disponía no era suficiente para llevar una investigación eficaz. Además, de su dos ayudantes, uno estaba  de baja médica por padecer una fuerte lumbalgia, y el otro…, bueno, Harry apreciaba mucho a Tim, pero solo lo consideraba apto para cubrir papeles, atender llamadas y poco más. 

Se detuvo delante de la vieja escuela, a las afueras de la ciudad. Era un edificio abandonado que muchos vecinos estaban deseando convertir en un centro cultural pero nunca disponían de la autorización del alcalde, por falta de recursos económicos, según él. A Harry le daba igual si le sacaban partido al edificio o lo tiraban de una vez. Lo importante era evitar que dejara de ser el lugar favorito de los adolescentes que querían desmadrarse un poco.  

Pensando esto se sorprendió de no ver a nadie por allí. Aún no eran las ocho de la tarde y siempre que pasaba por esa zona veía a algún grupo de muchachos salir corriendo al ver las luces del coche patrulla. Una vez, incluso tuvo que sermonear a su propia hija al llegar a casa, después de verla en compañía de un chico mayor que ella. 
Pero esta noche parecía que el lugar estaba desierto. Decidió que entraría en la escuela para echar un vistazo. Avisó por radio a Tim de su decisión, cogió una linterna y salió del coche. 

Se estremeció. Hacía más frío de lo esperaba. De hecho, esperaban que esa Navidad nevase en cualquier momento. 


Abrió la puerta de la escuela. Debería estar cerrada con candado pero siempre lo rompían. Entró en el interior y alumbró con la linterna. Aparentemente no había nada extraño. Sólo había suciedad.  
La vieja escuela era un edificio pequeño, Harry se paseó por él, comprobando cada aula. Todo estaba bien. Aunque seguía sorprendido de que no hubiese nadie. 
Bajó al sótano. A pesar de tener ventanas a ras de suelo, el lugar era más oscuro que la planta baja pues no entraba la luz de las farolas. Oyó un ruido y vio una rata junto una tubería.  
Todo parecía estar dentro de la normalidad, sin embargo había algo que le llamaba la atención. No supo precisar qué era. Echó un vistazo más al sitio y entonces se dio cuenta de qué era lo que sucedía. La temperatura era agradable, como si hubieran encendido la caldera. Pero eso no podía ser. No había combustible. Se sabía que los jóvenes hacían fogatas en el patio, pero nunca se habían atrevido a utilizar el mobiliario de la escuela para hacer vandalismo, detalle que se agradecía.  

Harry se acercó a la caldera y sintió el calor que desprendía. Tocó la puerta. Estaba caliente. La abrió con cuidado y alumbró el interior. Vio restos de algo que habían quemado. Y entre ellos había algo brillante. Se fijó especialmente en ese objeto. 
-¡No puede ser! -exclamó, perplejo- Parece una medalla -susurró. 

Buscó el atizador que se utilizaba para remover las cenizas y cogió con cuidado la medalla. Era cuadrada, tenía un ángel grabado en el anverso y en el reverso un nombre: Brian.  


Harry sintió que el corazón le daba un vuelco. Sintió escalofríos y sus manos empezaron a temblar. Uno de los niños desaparecidos se llamaba Brian. 


Rebuscó otra vez entre las cenizas y restos que había en la caldera y le pareció ver algún botón de metal, los típicos que se ponían en las prendas vaqueras.  

-¡Dios mío!  
Salió del colegio y llamó a Tim. Tenía que avisar a la policía científica y al alcalde.  
Harry se negaba a aceptar lo que pasaba por su mente. Había un asesino de niños en el pueblo. Los secuestraba y daba muerte, a saber de qué manera. Luego los incineraba para no dejar rastro. O, tal vez, el fuego era la herramienta con la que les daba muerte. Era demasiado duro pensar en esto.  

Pasaron unos días después del macabro encuentro en el sótano de la vieja escuela. No se había podido confirmar con total exactitud que los restos pertenecieran a todos los niños, pero se suponía que era así. Los padres estaban desolados. Todo el pueblo estaba de luto y tenía miedo. Ni siquiera había un sospechoso. 

La nieve había llegado al pueblo, aunque finalmente no en tanta cantidad como temían. XXX no era un pueblo acostumbrado a lidiar con la nieve y las nevadas que sufrían de vez en cuando alteraban la tranquilidad. Pero la navidad estaba llegando a su fin. Sólo faltaba celebrar la noche de fin de año.  
Harry esperaba que en el próximo año pudiera poner punto final al caso de los niños desaparecidos.  

Otra vez salió a patrullar. Tim seguía atendiendo la centralita, y Larry, que ya se había incorporado al servicio, vigilaba la vieja escuela. 
Harry entró en el restaurante de Patty y pidió un café para llevar. Patty se lo dio, bien cargado, sin azúcar, como sabía que era desde hacía mucho tiempo. Harry esbozó una sonrisa y se despidió. 
Regresó al coche y bebió un poco antes de seguir patrullando. Entonces, le llamó la atención un hombre vestido de Papa Noel. Arrastraba un saco rojo por la acera.  
Aunque aún era Navidad, ya no era normal ver disfraces de Noel. Lo observó detenidamente.


No le parecía nadie conocido. Le sorprendió comprobar que el pelo y la barba parecían auténticos. Se veían descuidados y no eran totalmente blancos. 
Harry dejó el café en el reposa vasos y salió del coche. Se dirigió hacia el hombre vestido de Papa Noel y le dio un voz para que se detuvieran. 
-¡Eh! ¡Usted! ¡Santa, deténgase! 
El hombre no le hizo caso. Ni siquiera se molestó en mirarle. Siguió caminando, despacio, arrastrando el saco.  
Harry llevó la mano a la pistola y desabrochó la funda por si tenía que desenfundarla.  
-¡Usted! ¡El de rojo! ¡Deténgase! 
Una vez más, su orden no fue acatada. Apuró los pasos y lo cogió por un brazo. El hombre se detuvo y le miró. No parecía sorprendido. Tenía un aspecto desaliñado y rudo. Era realmente extraño que alguien así pudiera representar a Papa Noel.  
-Identifíquese -le exigió. 
El hombre no dijo nada. Miró con dureza a Harry y dejó escapar un gruñido. Tim quería ponerse en contacto con él por la radio, pero el sheriff no podía atenderlo en ese momento. 
-¿Cómo se llama? ¿Qué lleva en ese saco? -Harry observó que el hombre sujetaba con fuerza el saco. 

El hombre dio un tirón al saco para acercarlo a él, como si quisiera protegerlo.

Harry se cansó de intentar ser un policía educado. Retrocedió un par de pasos y desenfundó la pistola.  

-¡Suelte el saco y levante las manos! -ordenó. 

El hombre no le hizo caso. Ante la sorpresa de  Harry, reanudó la marcha. Harry repitió la orden una vez más. A la tercera amenazó con dispararle. Pero el hombre siguió caminando, arrastrando el saco. 
Harry corrió junto a él y lo empujó contra la pared. El hombre aulló, enfurecido. Harry le obligó a levantar los brazos. Retiró el saco a un lado y, entonces, se dio cuenta de que dentro había algo pesado, blando. No parecía que se tratase de paquetes de regalo, ni juguetes. 
Harry esposó al hombre y abrió el saco. Dentro había una niña pequeña, de unos cuatro años. Horrorizado reconoció a su hija pequeña, Shanny. La cogió en brazos. La niña no respiraba. Hizo todo lo posible para reanimarla. Incluso se puso en contacto con Tim para que pidiera una ambulancia.  
Harry cogió el arma y apuntó al hombre vestido de Papa Noel. Disparó. La bala entró en el corazón y el hombre cayó al suelo, muerto. 


Nunca se supo quién era el hombre vestido de Papa Noel que secuestrara y asesinara niños en el pueblo XXX. Ni se supo de dónde había venido. Pero a nadie le importaba realmente. Agradecían el final que había tenido, después de todo el daño que había hecho. 
Harry… no pudo superar la pena y le dio otro uso macabro a su arma. Hoy descansa en paz. Su tumba está al lado de la de su hija. 



 FIN

AUTORA INDEPENDIENTE

Hoy en día, gracias a algunas plataformas, quienes escribimos y soñamos que nuestro trabajo sea aceptado y reconocido por los lectores...