domingo, 23 de diciembre de 2018

AMOR MALDITO (17)



Unos días más tarde, Bruno tuvo que ausentarse por motivos de trabajo. Tenía que viajar hasta la capital y estaría fuera algunos días. Conocedor de que Eira frecuentaba las mazmorras para hablar con Enrique, le pidió con insistencia que no fuera nunca sola. Ella le prometió que así lo haría.
Una mañana, Luisa bajó al pueblo y se reunió con una mujer anciana a la que llamaban “meiga” por ser conocedora de las propiedades de las hierbas. Le hizo saber que, desde hacía un tiempo, se sentía cansada y le faltaban energías para hacer las tareas cotidianas. La señora le entregó unas plantas que la ayudarían a estar más activa. Luisa le pagó con unas monedas y regresó al castillo.
Al llegar la noche, cuando llevó la cena al padre de Bruno, mezcló la infusión que había preparado con las hierbas en el vino. Mientras él cenaba, Luisa entró en el dormitorio con la excusa de que tenía que guardar unas ropas que había olvidado por la mañana. Segura de que él no la vería, dejó una copia de la llave de la puerta en el suelo, cerca del armario.
─Este vino tiene un sabor raro.
Luisa se sobresaltó al oír la voz de Enrique. Se aseguró de que la llave quedaba medio oculta y regresó al salón.
─Es el vino de siempre, señor.
─Pues debe de estar picado. Advierte a Bruno de ello para que compre otro.
─Sí, señor. Así lo haré. Vendré más tarde a recoger los platos. Si me dispensa.
Enrique asintió con la cabeza, y Luisa salió de allí.
Media hora más tarde, regresó para recoger el servicio de la cena y se despidió de Enrique hasta el día siguiente. Antes de salir de la mazmorra, le observó durante un rato. Parecía que el nerviosismo se apoderaba de él. Intentaba concentrarse en la lectura pero no lo conseguía. Sonrió satisfecha. Si todo salía bien, esa noche se haría realidad su sueño.
Enrique dejó el libro sobre la mesa y atizó el fuego. Desde el día que se había escapado del lugar que consideraba su cárcel, no había vuelto a convertirse en lobo. Tenía que admitir que dialogar con Eira le hacía sentirse más tranquilo y eso, quizás, le ayudaba a controlar su maldición.
Sin embargo, esta noche, se sentía extraño. Cuando se iba a convertir en lobo una fuerza, agresividad  y seguridad extremas se apoderaban de su cuerpo y mente, nada que ver con el nerviosismo que lo invadía y no conseguía controlar.
Empezó a pasear por la habitación para distraerse pero no lo conseguía. Los nervios aumentaron y con ello su malestar y rabia. Se desnudó, seguro de que iba a convertirse en lobo. Entró en el dormitorio para cerrar la puerta y quedarse allí. Entonces vio un reflejo en el suelo. Se acercó y cogió una llave. Supo que era la llave de la puerta. Sonrió mostrando unos incisivos que empezaban a crecer.
Convertirse en lobo no era una transformación fácil. El cuerpo sufría dolores intensos en los músculos y huesos. Cada poro de la piel sentía cómo ésta se estiraba con el cambio físico. Las mandíbulas crecían hasta coger la forma de un hocico. Los ojos cambiaban la tonalidad a un amarillo brillante. Cuando no conseguía salir de las mazmorras, se hartaba de golpearse contra la puerta y las paredes provocándose daño en el cuerpo. Las pocas veces que sí había salido, disfrutaba de la libertad corriendo por la montaña y buscando a algún animal que cazar, aun sin tener hambre.
Antes de terminar la transformación, pudo acercarse a la puerta y abrirla con la llave. El último proceso lo realizó en el pasillo y salí al exterior de las mazmorras convertido en lobo, aullando con fiereza.
Eira, que estaba en su habitación, oyó el aullido y se estremeció. Se apresuró a asomarse a la ventana y vio un gran lobo en el patio.
─¡No puede ser él! ─exclamó.
Poco después, Luisa llamaba a su puerta y Eira la abrió. La sirvienta lloraba desconsolada.
─¡Ay, señora, qué desgracia! ¡El señor me va a matar por lo que hice! ¡Tiene que ayudarme!
─Pero ¿qué ha pasado? ¿Qué sucede, Luisa? ─preguntó Eira haciendo entrar a la sirvienta en la habitación y llevándola hasta una silla para que se sentara e intentara tranquilizarse.
─Señora, necesito que me ayude ─sollozó.
─Si no me dices qué ha pasado no podre ayudarte ─le dijo, preocupada─. Intenta calmarte y habla.
─Señora. Se trata del señor Enrique. ¡Se ha escapado!
─Pero ¿cómo es posible? Bruno hizo que cerraran la única salida que tenía. ¿Cómo pudo salir?
─La culpa ha sido mía ─ocultó el rostro en el mandil.
─No entiendo. ¿Por qué dices que tú tienes la culpa?
─Esta noche, cuando le llevé la cena, aproveché para guardar unas ropas de don Enrique, que había dejado olvidadas en el cuarto de la plancha. Allí es donde se guardan las llaves de las mazmorras y las copias. Cuando oí el aullido, me encontraba en la cocina, ayudando a la cocinera a limpiar. Me pareció extraño que un lobo estuviera cerca, y tuve un presentimiento. Me acerqué al cuarto para asegurarme de que mi llave estaba allí. Recordaba haberla guardado después de regresar de las mazmorras, aunque pensé que podía haber caído delante de la puerta y el señor Enrique, con su destreza, bien pudo hacerse con ella de alguna forma. Comprobé que mi llave estaba colgada en s sitio, junto con las otras. Pero faltaba una copia. Las llaves están numeradas. El único que lleva una llave consigo siempre, además del señor Bruno, es Gerardo. Entonces pensé en cómo había podido desaparecer y creo que fue al coger la ropa, que era bastante. Al levantar la pila, ésta chocaría con las llaves haciendo caer una de ellas sobre el montón de ropa. Es posible que quedara en el armario del señor Enrique o ¡no sé! ¡No sé, señora, cómo ha podido pasar! Pero el señor Enrique ha huido y es un peligro. Tiene que ayudarme a hacer que regrese.
─¿Cómo puedo hacer eso? Don Enrique es muy peligroso cuando adquiere esa forma tan monstruosa. Hablaremos con Gerardo.
─Señora, si Gerardo se entera, me despiden ─dijo Luisa, con gravedad, poniéndose en pie.
Eira la miró preocupada. Miró hacia la ventana y oyeron un aullido.
─¿Cómo puedo hacer que regrese? ─preguntó Eira.
─Con usted está tranquilo. La conoce. Tal vez, si escucha su voz le haga caso y regrese a las mazmorras.
─Ahora es una bestia irracional. No creo que me obedezca.
─Podemos intentarlo. Si no lo conseguimos, hablaremos con Gerardo ─dijo Luisa y la miró suplicante.
Eira asintió, aunque no estaba segura de querer hacerlo. La sirvienta le acercó una capa y la guió hasta el exterior del castillo.
Antes de salir, Eira se detuvo, titubeante pero Luisa la animó a salir y le susurró, cerca del oído.
─Está cerca, lo presiento. Llámelo y pídale que regrese a la mazmorra. Yo esperaré cerca y cerraré la puerta con llave.
─Pero si la llave que has perdido está dentro, saldrá de nuevo.
─Con la forma de lobo no puede manejar una llave. Cuando adquiera la apariencia humana, me aseguraré de recuperar la llave.
Eira quiso regresar al castillo pero Luisa fue más rápida. Entró en el vestíbulo y cerró la puerta por dentro. Eira llamó para que la dejase entrar pero no le hizo caso. Se volvió bruscamente cuando escuchó un gruñido. Asustada, buscó un lugar donde ocultarse.
Se alejó de la puerta principal y vio un voladizo que sobresalía de uno de los muros. Echó a correr hacia allí. Había una puerta. Quiso abrirla pero la madera estaba hinchada. La empujó y entró en el interior. Comprobó que era un lugar donde se guardaba leña. Arrimó la puerta y miró por la abertura hacia el exterior. La luna llena le permitía ver con claridad la forma de los árboles. Durante un rato intentó escuchar algo que resultara alarmante pero los ruidos que se oían eran los normales de cualquier bosque en la noche.
Estaba decidida a regresar a casa cuando oyó los ruidos de unos cascos. Estaba segura que tenía que tratarse de Bruno. Temió por él. Salió de la caseta para ir hacia el camino y esperarle. Quería advertirle de que su padre estaba libre.
El caballo se acercó y Eira confirmó que era Bruno. En ese momento un gran lobo salió del bosque, corriendo, dispuesto a abalanzarse sobre ella.
─¡Bruno! ─gritó Eira, asustada.
Bruno se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y guió al caballo hacia el lobo para detenerlo. El animal relinchó y se levantó asustado sobre dos patas. El lobo saltó sobre Bruno y lo tiró al suelo. Eira gritó.
─¡Enrique, por favor, no! ¡Es su hijo!
El lobo y Bruno rodaron por el suelo. Bruno quiso zafarse de él pero la fiera era más fuerte y lo mordió en un hombro. Bruno profirió un grito e intentó cogerlo por el cuello para estrangularlo.
Luisa, que estaba viendo todo lo que sucedía en el exterior, desde una ventana, al advertir que Bruno estaba en peligro, no dudó en llamar a Gerardo para que le ayudara.
Gerardo, en medio de la confusión,  cogió una escopeta y salió corriendo del castillo. Eira lo vio venir y se acercó a él.
─¡Por favor, haz algo! ¡Enrique va a matar a Bruno! ─sollozó.
Gerardo apuntó con la escopeta al lobo. Bruno lo tenía cogido por el cuello. Por un momento temió que le fallaran las fuerzas pero sintió que éstas aumentaban. Consiguió que el lobo perdiera el conocimiento a tiempo de impedir que Gerardo disparara.
─¡No dispares! ─consiguió decir.
Bruno echó a un lado al lobo e intentó levantarse pero sintió un fuerte mareo y cayó. Gerardo y Eira corrieron a ayudarle.
─Está perdiendo mucha sangre, señor ─dijo Gerardo.
─¿Cómo ha pasado esto? ¿Por qué está Eira expuesta a este peligro? ─preguntó.
─Lo desconozco, señor. Hasta donde yo sé, todo estaba bajo control. No entiendo qué ha podido pasar.
Bruno se levantó y Eira se abrazó a él.
─Gerardo no tiene la culpa, mi amor. Ha sido un terrible accidente. Te lo explicaré más tarde.
─Pide ayuda al mozo y llevad a mi padre a las mazmorras ─ordenó Bruno.
Luisa estaba en el vestíbulo y miró horrorizada a Bruno pues tenía las ropas ensangrentadas.
─¡Oh, Dios mío! ¡Yo no quería que pasara esto! ─exclamó.
─¿Qué quieres decir? ─preguntó Eira, mirándola con extrañeza. Intentaba poner en orden los recuerdos sobre todo lo que le había dicho Luisa pero, la preocupación por su esposo, no le permitía concentrarse.
Luisa no respondió. Corrió a ayudar a Bruno para llevarlo hasta uno de los salones.
─Trae todo lo necesario para  hacerle la cura ─pidió Eira.
Luisa salió del salón corriendo. Bruno cogió una mano de Eira y la besó. Ella se arrodilló ante él y tomando la mano de él entre las suyas la llevó a su rostro.
─Mi amor, temí tanto por ti.
─¿Por qué estabas fuera?
─Luisa me advirtió de la huida de tu padre y me pidió que le ayudara a regresarlo a las mazmorras.
─¿Y cómo podrías hacer eso, Eira? Mi padre no razona cuando se convierte en lobo. Pero ¿qué demonios tiene en la cabeza esa mujer?  ─preguntó, enfadado─. No entiendo cómo pudo pedirte semejante temeridad.
Gerardo entró en el salón y poco después regresaba Luisa. Curaron la herida de Bruno, pero acordaron que era mejor hacer venir a un médico, pues era una mordedura profunda, con desgarro de tejidos y necesitaba ser tratada por un experto.
Bruno cayó en una especie de sopor. Las fiebres se adueñaron de él y perdió más sangre. Los cuidados del médico del pueblo más cercano no parecían suficientes para ayudarlo. La herida no cicatrizaba y Bruno se veía cada vez más débil.
Eira permanecía a su lado día y noche, ayudándolo, rezando por él y mostrándole su cariño. Gerardo no comentaba nada para no alarmar a la señora pero estaba seguro de que, en algunos momentos, el señor adquiría una ligera transformación. El mordisco que le había dado su padre había despertado la maldición en Bruno.
En su desesperación, pidió a Gerardo que viajara hasta el pueblo grande para enviar un telegrama a su hermano. Era urgente que se pusiera en contacto con su tío, el doctor Anselmo para que adelantara su regreso de Inglaterra, si es que seguía estando en ese país.
Enrique se mostraba muy preocupado por todo lo acontecido. Suplicaba a Gerardo que le permitiera visitar a su hijo pero éste, temeroso de que pudiera descontrolarse, desoía sus súplicas.
Habían hablado entre ellos de lo sucedido la noche en que Enrique atacó a Bruno y habían llegado a la conclusión de que Luisa había preparado todo con la intención de hacer daño a Eira. De momento, debido a la delicada situación que estaban atravesando, decidieron guardar silencio pero, una vez que Bruno estuviese recuperado, no dudarían en hablar con él para que despidiera a la criada.

Bruno no mejoraba. Tan delicada era su salud que, Gerardo se atrevió a decirle a Eira que debían solicitar los servicios de un sacerdote.
─¡No! ─negó ella, desesperada─. No ─susurró acercándose a su esposo─. Tiene que recuperarse. Lo va a hacer. Él es fuerte. Y no puede dejarme sola.
─Señora, no le bajan las fiebres. La herida tiene muy mal aspecto. Incluso el médico habla de… amputación. No hacemos mal alguno pidiendo a un sacerdote que venga a verlo. Si se recupera, lo celebraremos pero, si no sucede… Es mejor que se vaya en paz con Dios, ¿no cree?
─¡No! ─sollozó─. Bruno, mi amor, no puedes dejarme. Tienes que luchar, mi amor ─lo besó en los labios.
 Continuará.







miércoles, 19 de diciembre de 2018

AMOR MALDITO (16)



Eira y Bruno pasearon por el pueblo. Bruno presentó a su esposa a todos los vecinos con quienes se encontraban. Algunos se atrevieron a invitarlos a sus casas para hacerles algún agasajo y aceptaron. Incluso se quedaron a comer en casa de uno de los vecinos más respetables del pequeño pueblo. Todos se quedaron maravillados con la dulzura y amabilidad de la condesa.
 Después del paseo, regresaron al castillo. Gerardo anunció que las obras en la muralla habían terminado.
─Perfecto ─sonrió Bruno.
Gerardo entregó una nota a Bruno que la leyó con interés, bajo la atenta mirada de Eira.
─Mi padre desea verme ─dijo.
Gerardo miró sorprendido a la pareja y Bruno sonrió.
─Sí, Gerardo. La señora conoce la existencia de mi padre y todo lo que rodea a la maldición de mi familia.
─Yo no creo en maldiciones ─dijo ella y apoyó una mano en un brazo de Bruno.
─Yo tampoco, pero llevo tanto tiempo oyendo hablar sobre ello que, a veces, incluso me lo creo.
─¿Puedo ir contigo a ver a tu padre? Me gustaría conocerlo ─dijo Eira.
Bruno la miró extrañado primero, y luego asintió complacido por el interés que mostraba ella, lejos de estar asustada como hubiera esperado.
Bajaron a las mazmorras, acompañados por Gerardo. Bruno comprobó que su padre se encontraba bien y abrió la puerta.
Enrique, que estaba leyendo, sentado delante de la chimenea, miró a su hijo y sonrió agradecido de que, por fin, viniera a verlo. Se levantó al ver a Eira y se acercó a ellos, dejando el libro sobre la mesa.
─¡Vaya! Ahora entiendo que te enamoraras, hijo. Es una auténtica belleza.
─Eira, te presento a mi padre, Enrique. Padre, ella es Eira.
─Es un placer ─Enrique aceptó la mano que ella le ofreció y la besó.
─El placer es mío, don Enrique. Su hijo me habló de usted y tenía interés en conocerle. Lamento que no nos conociéramos antes y que no pudiera venir a nuestra boda, aunque entiendo las circunstancias que lo impidieron.
─Y, a pesar de saber todo, sigue al lado de mi hijo.
─Jamás lo abandonaré.
─Eres un hombre afortunado, Bruno. Por favor, entrad y tomad algo. Brindemos por vuestro enlace.
Gerardo cerró la puerta y se quedó en el pasillo. Enrique sirvió unas copas de licor para los tres.
─Me han dicho que querías hablar conmigo, papá ─dijo Bruno.
─Así es. Me gustaría hacerte una petición ─se sentaron─. Necesito salir de estas paredes aunque solo sea unos minutos. Llevo demasiado tiempo encerrado y mi salud empieza a resentirse.
Bruno bajó la mirada, pensativo. Eira se atrevió a hablar, dejando la copa sobre una mesa.
─Creo que tu padre tiene razón, Bruno. Por muy grave que sea su mal, no es justo que permanezca todo el día entre estas paredes.
─Mi padre no puede controlar la enfermedad. Sería peligroso dejarle libre… y tú lo sabes ─miró a su padre.
─No te pido que me dejes solo. Gerardo puede vigilarme. Llévame atado, si es necesario, pero quiero ver la luz del día.
─Lo pensaré ─dijo Bruno.
─¡Ya es algo! ─exclamó con sarcasmo.
─Papá, sabes bien que tenerte aquí, en las mazmorras, no es fácil para mí.
─Sí, lo sé. Lo siento.
─¿Has cenado?
─Sí. Luisa me atiende bien. De eso no tengo queja ─respondió y Bruno le miró dolido─. Lo siento. Lo siento, otra vez. No quiero ser sarcástico, ni desagradecido pero estar en estas paredes me está afectando mucho.
─Papá, ya te he comentado que el tío de Eira, el doctor Anselmo Castaño, puede ayudarnos.
─Y yo ya te he dicho lo que opino sobre eso.
─Me gustaría que cuando venga, hables con él. Solo te pido eso, por favor.
─Ya veremos.
─Por favor, hazlo por mí. ¿Te imaginas que pueda curarte? Dejarías de vivir aquí y podrías disfrutar de nuestra compañía para siempre.

Enrique se levantó para dar por terminada la conversación..
─Tenéis que perdonarme pero necesito descansar.
Bruno y Eira se levantaron.
─Sí, por supuesto ─dijo ella.
─Espero verla de nuevo, Eira.
─Sí, yo también espero que volvamos a vernos –sonrió.
─Que descanses bien, papá.
─Hasta mañana.
Continuará.












domingo, 16 de diciembre de 2018

AMOR MALDITO (15)




Enrique se paseaba nervioso por el salón. El ruido procedente de la chimenea hacía eco en la estancia y se le hacía insoportable, aunque no tanto como saber que su salida secreta estaba siendo sellada por algún tipo de enrejado.  
Se sentía desolado. Era consciente de que no podía controlar su maldición, como así había podido hacer en su juventud, pero tampoco se consideraba tan peligroso como temía su hijo, por lo que no creía necesario que lo mantuviese encerrado todo el día. Después de todo, ya era viejo y le faltaban las fuerzas, incluso cuando se convertía en un lobo.  
Pensar en que no tenía ninguna vía de escape le provocaba un nerviosismo extremo que podía convertirlo en el salvaje animal en cualquier momento. 
Luisa bajó a atenderlo, como hacía todas las mañanas y llamó a la puerta antes de entrar. Era su obligación esperar oír a don Enrique responder antes de abrir la puerta para evitar cualquier incidente.  
Enrique respondió aunque de una manera tan brusca que la sirvienta dudó si debía entrar o irse. Finalmente, abrió la puerta y le saludó. 
─¡Buenos días, don Enrique! 
─¡No tienen nada de buenos, Luisa! ¿A qué se debe ese ruido informal al que me están sometiendo? Sé que estoy viviendo en las mazmorras, lugar donde se encarcelaba y torturaba a los presos, pero de eso ya hace varios siglos. O así lo creía hasta hoy. 
─Don Enrique ─sonrió─, solo están reparando una de las murallas ─dejó el desayuno en una mesa. 
─Ese ruido no procede de una muralla ─murmuró él. 
Se sentó y dejó que ella hiciera sus labores. Avivó el fuego con la esperanza de que el humo molestase a quienes estuviesen cerrando la chimenea y se viesen obligados a alejarse. Sonrió con malicia cuando oyó unas toses. 
─¿Dónde está mi hijo? ─preguntó a la sirvienta que salía del dormitorio con la ropa sucia en una cesta. 
─¿No va a desayunar? 
─No tengo hambre. 
─Debería comer algo, don Enrique.  
─Está bien. Tomaré café. Te he preguntado dónde está mi hijo. 
─Salió a pasear con su esposa. 
─¡Ah, bien! Están recién casados. Es normal que quieran tontear. Cuando regrese dile que quiero hablar con él.  
─Así lo haré, señor. ¿Necesita algo más?  
─No… ¡Sí! Dime, Luisa. ¿Qué te parece la mujer de mi hijo? 
─Apenas la conozco, señor.  
─Pero te habrá causado alguna impresión. 
─Es una mujer muy bonita y parece buena. 
─Ya. Y me atrevería a decir que no te gusta. 
─¡Señor! ─fingió molestarse. 
─Sé que estás enamorada de mi hijo. Las criadas soléis cometer la estupidez de enamoraros de vuestros jefes, sin importaros sufrir por saber que jamás seréis correspondidas. Supongo que os gustan los dramas. Bueno, puedes irte. Y recuerda que quiero hablar con mi hijo. 
La criada asintió y salió de la habitación. Se apoyó en ella un rato pensando en lo que le había dicho don Enrique. Desde luego que estaba enamorada de Bruno y odiaba a su mujercita con ese aspecto tan angelical que tenía. Sabía que nunca podría optar a convertirse en la esposa de un conde pero podía recuperar sus favores en la cama si él no se hubiese casado. Cierto que solo se había acostado con Bruno una vez. Él había bebido más de la cuenta y estaba demasiado afligido. Se dejó llevar por ella y terminaron haciendo el amor en el salón, junto a la chimenea. Después él se arrepintió pero ella siempre albergó la esperanza de repetir esa experiencia e, incluso, convertirse en su amante. Ahora sus esperanzas se echaban a perder. Cuanto más pensaba en Eira, más la odiaba y deseaba perderla de vista. Y, quizás, su deseo se viese cumplido. Se le había ocurrido una idea  que iluminó su rostro.
(Continuará)




domingo, 9 de diciembre de 2018

AMOR MALDITO (14)



Bruno entró en su dormitorio. Eira estaba acostada y parecía dormir. La contempló admirando su belleza serena.
Ella abrió los ojos y le sonrió. Se incorporó y se sentó en la cama. Él se sentó a su lado. Le acarició una mejilla y esbozó una tímida sonrisa.
─Tenemos que hablar ─le dijo.
Eira asintió. Sabía que había algo oculto a lo que debían enfrentarse, aunque temía que eso pudiera repercutir de una manera negativa en su matrimonio.
─He pedido a tu tío, el doctor Anselmo Castaño, que nos hiciera una visita cuando regrese de Inglaterra.
─Recuerdo que parecías muy interesado en sus investigaciones.
─Lo estoy y tengo una buena razón para ello.
─¿Quieres hablar de ello?
─Para mí es un tema difícil de tratar pero creo que tienes derecho a saberlo. Te pido perdón por no haberlo hecho antes pero… temía que si lo hiciese, me rechazarías.
─¿Cómo crees eso, mi amor? ─se abrazó a él─. No hay nada en este mundo que pudiese apartarme de ti.
─Vístete y baja a desayunar. Luego, hablaremos con calma, en el salón. Te espero allí.
Le dio un beso en los labios y salió de la habitación. Eira suspiró. Ella también tenía que decirle lo que había visto en las mazmorras. No quería que hubiese secreto entre ellos.

Bruno estaba agachado ante la chimenea, removiendo el fuego. Se levantó al oír entrar a Eira y le ofreció asiento. Se sentó frente a ella.
─Como te dije antes, hay algo que debo confesar y tiene que ver con un secreto que guarda celosamente mi familia desde hace varias generaciones ─hizo una pausa. Eira le escuchaba atentamente─. Te pido que me escuches con atención hasta el final, pues lo que voy a decir es difícil de aceptar y entender ─ella asintió─. Hace mucho tiempo, un antepasado mío, fue atacado por una bestia. En un principio creyeron que se trataba del ataque de un lobo. Y era un lobo, pero no uno corriente. Se trataba de un hombre lobo.
Eira abrió los ojos, sorprendida pero no dijo nada. Recordó la imagen que había visto en la chimenea de las mazmorras.
─Eso lo convirtió en uno de ellos y la maldición pasó de generación en generación. Mi padre también la sufrió y mi madre fue víctima de ello. Un día que mi padre sufrió la terrible transformación, mi madre quiso persuadirlo de que no saliera del castillo para evitar que pudiera herir a alguien del pueblo. Mi padre en ese estado tenía un comportamiento totalmente irracional, así que, en vez de dejarse convencer, atacó a mi madre, quien resultó herida de gravedad. Pocos días después fallecía ─guardó silencio.
En su rostro se veía el dolor que le provocaban los recuerdos. Eira se levantó para abrazarle.
─No puedo imaginarme a un ser humano convirtiéndose en un animal. Es algo que se escapa a mi capacidad de comprensión. Pero entiendo tu dolor. Yo también perdí a mi madre cuando solo era una niña pero no fue en circunstancias tan trágicas ¿Tú también has sufrido ese tipo de transformación?
─No. Hubo un pariente que nunca se transformó pero mi padre siempre dijo que fue porque murió joven. No hay edad para empezar a mostrar los síntomas, aunque suele producirse a partir de los cuarenta, si no se producen antes.
─¡Dios mío! Entonces, temes que te pueda suceder algún día.
─Sí. Por eso confío en las investigaciones de tu tío. Es la única esperanza que me queda.
─Estoy segura de que él puede ayudarte. Dime, Bruno ─le miró a los ojos─. ¿Quién vive en las mazmorras? He estado allí y me pareció ver a alguien.
Bruno se levantó y caminó hasta la ventana. Aspiró aire como si ello le ayudase a coger fuerzas y se enfrentó a Eira.
─Es mi padre.
─¿No está muerto?
─No. Está encerrado en las mazmorras porque la maldición, o enfermedad, está descontrolada y supone un gran peligro para los demás.
─Creo que le vi bajando por la chimenea.
Bruno miró sorprendido a Eira. Y, por primera vez en su vida, sintió temor. Se acercó a ella.
─Prométeme que no bajarás nunca a ese sitio ─le exigió.
─Yo pensé que tú estabas ahí y por eso fui..
─Por favor, es importante que permanezcas alejada de él. No controla sus instintos y puede hacerte daño.
─No volveré a ese sito ─dijo Eira y se abrazó a él para tranquilizarlo.
─Gracias.
─¿Nadie conoce su existencia?
─No, a excepción de los criados. Pero son leales.
─Estoy deseando que llegue mi tío. Si hay alguien que puede ayudarnos es él.
─Sí, yo también quiero creerlo.
Se besaron. Además de sentirse liberados por haber confesado sus secretos, sabían que estaban más unidos que nunca.
Continuará. 




martes, 4 de diciembre de 2018

AMOR MALDITO (13)




A Eira le sorprendió que la mazmorra, al contrario de lo que le había dicho Bruno, no presentaba ningún desperfecto. Llegó hasta una puerta que estaba entreabierta y se asomó. Con asombro comprobó que la estancia disponía de todo lo necesario para que una persona pudiese sentirse cómoda, aunque el fuego de la chimenea estaba apagado.
Sobre una mesa había un libro abierto. Lo cogió. Era de teatro, “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca. Dejó el libro y curioseó las otras habitaciones. Todo indicaba que allí vivía alguien.
Eira se preguntó si era una especie de refugio para Bruno o si tenía a alguien oculto allí, en ese caso, ¿dónde podía estar esa persona y quién era?

Se disponía a salir cuando oyó ruido procedente de la chimenea. Parecía que rascaban en las paredes. Quiso salir de la habitación pero la curiosidad que sentía la hizo quedar quieta, esperando para saber qué estaba sucediendo en el conducto de la chimenea. Un poco más tarde vio aparecer unos pies desnudos con abundante vello y uñas largas. Abrió la boca, sorprendida y asustada y salió de la habitación. Echó a correr por el pasillo hasta llegar a las escaleras. Subió lo más rápido que pudo y salió al vestíbulo para cerrar la puerta. Se apoyó en ella e intentó calmar la respiración.
En ese momento entraron en el castillo Bruno y Gerardo. Ambos la miraron confusos. Eira se arregló la falda y caminó hacia Bruno, intentando sonreír.
─¿Sucede algo? ─le preguntó él.
─Te estaba buscando ─le dijo─. Me desperté y al comprobar que todavía no habías regresado, me preocupé.
Bruno entregó el arma a Gerardo y se acercó a Eira. La abrazó y la besó en los labios.
─Ya estoy aquí. ¿Por qué no subes a descansar? Dentro de un rato me reúno contigo.
─Bruno…, yo…
Bruno enarcó una ceja, expectante pero Eira no se atrevió a decirle lo que había visto en la mazmorra. De hecho, intentaba convencerse de que había sufrido algún tipo de alucinación.
─Está bien ─dijo y se dirigió a la habitación.
Bruno y Gerardo bajaron a las mazmorras. Estaban casi seguros de que Enrique, el padre de Bruno, había regresado al castillo todavía conservando la forma de lobo.
Gerardo entregó el arma a Bruno y entraron en la estancia acomodada como salón. Para sorpresa de los dos, Enrique estaba sentado delante de la chimenea encendida, leyendo un libro.
─Aunque hemos dejado esta puerta abierta, antes estaba bien cerrada, igual que todas las demás, señor.
Bruno se acercó a su padre, quien lo miró con complacencia. Se sentó a su lado y dejó escapar un suspiro.
─En verdad no sé qué hacer contigo, papá ─dijo y dejó el arma sobre una mesa.
─¿Por qué lo dices? ¿Qué he hecho yo ahora?
─Sabemos que te has escapado. Aunque seguimos sin saber por dónde huyes.
─Yo creo que tenéis imaginaciones ─sonrió divertido.
Bruno le miró a los ojos y luego observó el  libro que estaba leyendo, o fingía leer. Estudió sus rasgos. Entonces vio algo que le sorprendió. Se levantó y se acercó a la chimenea. Con disimulo, tocó las paredes de la misma y observó que no desprendían el calor que debería si hubiese estado encendida todo el día y la noche. Echó un leño al fuego y miró a su padre. Tenía manchas de hollín en el cuello y en la cabeza.
─Pediré que te bajen más leña. Aquí hace frío ─dijo Bruno.
─Te lo agradezco.
─Me he casado ─anunció.
─Has cometido la mayor de las imprudencias.
─Papá, tengo algo importante que decirte ─Bruno se volvió a sentar al lado de Enrique─. Un tío de Eira es un médico científico experto en licantropía, entre otras cosas. Y asegura que encontró una cura para esta enfermedad.
Enrique dejó el libro sobre una mesa y se quedó pensativo un rato. Miró a su hijo con pesar y el dijo:
─No es una enfermedad, Bruno. Es una maldición.
─Le he pedido que viniera al castillo para hablarle sobre nuestra… maldición. Si existe una posibilidad de cura, deberíamos tenerla en cuenta.
─Yo no creo en milagros, hijo. Pero tú eres dueño de hacer lo que te parezca bien para aliviar el peso de la maldición. ¿Tú esposa ya lo sabe?
─Todavía no.
─Cuanto antes hables con ella, mejor. Así sabrás si quiere pasar el resto de su vida contigo, o aún está a tiempo de huir de tu lado.
Bruno se levantó. Apoyó una mano en el hombro de su padre y éste le dio una palmada y, junto con Gerardo, salieron de la habitación, después de coger el arma. Cerraron la puerta. Bruno apuró el paso y cuando llegaron al vestíbulo se detuvo y miró a su sirviente.
─Creo que ya sé por dónde huye. He visto que tenía manchas de hollín en el cuello y la cabeza. Seguramente no le dimos tiempo de acicalarse. Estoy seguro de que sube y baja por la chimenea. He comprobado que las piedras estaban frías, cuando deberían estar calientes, si el fuego durase todo el día y la noche. Tenemos que encargar unas rejas para cerrar la boca de la chimenea y evitar que pueda salir.
─Tan pronto amanezca bajaré al pueblo para hablar con el herrero.
─Dile que debe hacerlo con urgencia. Le pagaré lo que sea.
─Sí, señor.
Continuará.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (12)




Con la ayuda de Carmen y una sirvienta, Eira se vistió el traje de novia. Le ataron el corsé, aunque no fue necesario apretarlo mucho para realzar su cintura de avispa. Se ató las ligas de las medias blancas, los cordones de las botas, también blancas. Se perfumó  con un perfume de azahar. Vistió las enaguas y el vestido de encaje y bordados. Finalmente le pusieron el velo. Estaba preciosa y así se lo dijo Carmen.
La boda fue sencilla. Por falta de tiempo no habían podido invitar más que solo a un número pequeño de amigos y familiares. Pero fue muy bonita y romántica.
Durante la ceremonia, Bruno y Eira se dedicaron miradas cómplices llenas de amor. Comieron y bailaron hasta cansarse. Hablaron con todos los invitados y se retiraron al llegar el anochecer.
Bruno cerró la puerta tras de sí y se acercó a la chimenea para echar otro leño. Eira se sentó ante el tocador y empezó a deshacer el peinado. Él se quitó la levita, los puños y el cuello de la camisa y desató el cordón para dejar al descubierto el pecho. Se acercó a Eira y la ayudó a desenredar el cabello. La besó en el cuello y se miraron a través del espejo. La cogió de una mano y la guió hasta la cama. Entre besos y caricias la desnudó lentamente. Ella se dejó llevar por él, hasta que la pasión la obligó a abrazarse a él con la misma intensidad que demostraba él. Se amaron con pasión toda la noche.

Se fueron de madruga. El doctor Anselmo aseguró que, a su regreso de Inglaterra, iría al castillo de Bruno y Eira para hacerles una visita.
Samuel abrazó a su hermana con ternura y le deseó la mayor de las felicidades. Carmen hizo lo mismo.
─Escríbeme, por favor ─le pidió.
─¡Pues claro que lo haré! ─dijo Eira.
─Bruno, cuida bien de mi hermana ─le dijo Samuel.
─Lo haré.
Bruno ató su caballo al carruaje. Ayudó a Eira a subir y subió tras ella. Eira miró a su familia y se despidió de ellos. Miró su casa para recordar esa imagen.
─No estés triste, mi amor. Vendremos a visitarlos de vez en cuando ─dijo Bruno.
─Es la primera vez que me distancio de mi hermano.
─Lo sé. Pero ahora me tienes a mí y cuidaré de ti ─Bruno la besó en las manos.
Nada más llegar al castillo, entrada la noche, Gerardo salió al encuentro de Bruno, apresurado y nervioso. Eira lo miró temerosa.
─Don Bruno. Doña Eira. Sean bienvenidos. Permítanme transmitirles las felicitaciones del servicio.
─Gracias, Gerardo.
─Gracias ─sonrió Eira, aunque estaba confusa pues el mayordomo tenía una expresión de preocupación que no concordaba con sus palabras.
─¿Todo bien, Gerardo? ─preguntó Bruno.
─Me temo que ha surgido un problema, señor. Es de vital importancia que le ponga al corriente sin demora.
─Está bien. Que Luisa acompañe a la señora al dormitorio y la ayude en todo lo que sea menester. Y que el mozo se ocupe del equipaje ─se volvió hacia Eira─. Querida, no dudes en pedir lo que necesites. Voy a mi despacho. Intenta descansar. Nos vemos más tarde ─le cogió una mano y la besó.
Gerardo no tardó en venir acompañado por la criada, Luisa, quien acompañó a Eira hasta el dormitorio de Bruno, que ahora sería el suyo también.
Bruno y Gerardo entraron en el despacho para asegurarse de no ser oídos por Eira.   
─Señor, su padre ha huido otra vez. No entendemos cómo lo consigue.
─¿Cuándo se fue?
─Hace dos noches.
─¿Hay constancia de que haya sucedido alguna desgracia?
─De momento, no.
─Saldremos en su búsqueda. Prepara las armas y los caballos.
─Sí, señor.
Bruno subió al dormitorio para cambiar las ropas, mientras Gerardo se disponía a seguir sus indicaciones. Eira se había puesto el camisón y le miró preocupada.
─¿No vas a acostarte?
─Debo salir. Parece que este año ha aumentado el número de lobos y la gente del pueblo está nerviosa. Espero poder apaciguar sus ánimos antes de que decidan hacer batidas sin sentido por el monte.
─Pero es de noche. No creo que sea prudente salir al monte a estas horas, Bruno.
─No te preocupes, mi amor ─la abrazó─. Voy con Gerardo y estaremos bien.
─Pero… ─las palabras de Eira fueron silenciadas por un beso de Bruno.
─Volveré pronto ─le dijo y salió de la habitación.
Eira se acercó a la ventana. Unos minutos más  tarde vio salir del castillo a Bruno y a Gerardo montados en sus caballos. Se preguntó qué estaba pasando. Ella no sabía nada de las costumbres de la gente que vivía en los pueblos, pero no era tan tonta como para no darse cuenta de que tenía que pasar algo muy grave para que Bruno decidiera irse en medio de la noche, y armado. La explicación que le había dado no la convencía. Ya le había dicho que en esa zona proliferaban los lobos pero no suponían un gran peligro. No entendía por qué quería disuadir al pueblo de que no se protegiera de los lobos. Se acostó pero sabía que no podría dormir hasta que él regresase.
Cansada de dar vueltas en la cama y preocupada porque el tiempo pasaba y Bruno no regresaba, Eira se levantó, se abrigó, cogió un candil, y bajó al salón pero se detuvo en el vestíbulo al comprobar que una puerta, que siempre estaba cerrada, ahora estaba abierta. Sabía que era la puerta que conducía a las mazmorras. Una noche había visto salir de ese lugar a Bruno.
Se acercó a la puerta y escuchó atentamente si oía algo extraño o la voz de su marido, pero no oyó nada. Confiando en que Bruno estuviese en las mazmorras, se adentró en el lugar.
 Continuará.




TORMENTA DE PRIMAVERA (15)