lunes, 23 de abril de 2018

AUTORA INDEPENDIENTE



Hoy en día, gracias a algunas plataformas, quienes escribimos y soñamos que nuestro trabajo sea aceptado y reconocido por los lectores, podemos publicar nuestras obras.

No es un trabajo fácil y, seguramente, en muchas ocasiones, estará lejos de ser perfecto. Pero es la mejor forma de darse a conocer en un mundo tan difícil.

Aunque me gustaría que mis novelas fuesen publicadas por una editorial convencional, y sin dejar de intentarlo por un tiempo, de momento, me he decidido a auto-publicar algunos libros.

Al principio me parecía imposible publicar algo en una plataforma, debido a mi ignorancia en el tema pero, como soy autodidacta, no tengo miedo de aprender. 

Mi lema es: “si no se hace, no se aprende”. Y en ello estoy, aprendiendo cada día más para convertirme en una autora independiente (indie).

El primer libro que publiqué en formato ebook fue “El Fantasma”, una serie de relatos encadenados. Como estaba en “borrador”, la publicación del formato en papel. Y, solo por insistir en aprender todo lo relacionado con este mundo de la publicación “indie”, decidí sacarlo a la venta.

Otro libro que saqué recientemente a la venta, en los dos formatos, fue una recopilación de los relatos que he publicado en mi blog, además de incluir algunos que no están en él, y lo titulé “La sonrisa de la muerte y otros relatos”.

Y ya estoy pensando en cuál será el próximo…  ¿Vampiros? ¿Ángeles y demonios? ¿Romántica? ¿Fantasía? Tengo donde elegir.

Gracias por vuestra atención. Un saludo.


EL FANTASMA de Ana Lomba https://www.amazon.es/dp/1521751773/ref=cm_sw_r_tw_dp_U_x_swD3AbQY3G6KF vía @amazon












La Sonrisa de la Muerte y Otros Relatos de Ana Lomba https://www.amazon.es/dp/1980880514/ref=cm_sw_r_tw_dp_U_x_xwD3AbW0255W6 vía @amazon



viernes, 13 de abril de 2018

EL DUENDE DEL POZO




I


Fátima tenía quince años, era una chica normal que se creía poco agraciada y admiraba, con cierta envidia, a sus amigas que ya tenían novio. 
Todas las noches escribía en su diario los acontecimientos vividos en su rutina, que eran más bien pocos, y se mezclaban con sueños e ilusiones. 

Por las mañanas, antes de ir a la escuela, suplicaba vivir un día diferente. Deseaba que Hugo, el chico más guapo del instituto, le dirigiera una sonrisa. Se conformaba con eso. O que se impartieran de una vez por todas las clases de canto, materia en la que podría destacar. Pero nada de eso sucedía. Y para colmo, sus padres habían decidido ir al pueblo a pasar las vacaciones de Semana Santa, en vez de ir a la playa. Los partes meteorológicos anunciaban lluvias y vientos fuertes, así que no merecía la pena ir a la costa, eso le había dicho su padre. 
A Fátima no le gustaba estar en el pueblo. Las chicas de su edad se sentían incómodas con ella, pues no la conocían bien y no sabían de qué hablar con ella. Así que se pasaba la mayor parte del tiempo se dedicaba a pasear por el campo. 
Una mañana, después de asistir a misa con sus abuelos y sus padres, se excusó para ir a caminar hasta el río. Su abuela la advirtió de que tuviera cuidado. El río había crecido y no se podía seguir el viejo camino, que era el único que ella conocía.  
Fátima caminó por el andén de la carretera hasta que llegó al cruce. Tomó el camino que llevaba a los viñedos. Un poco más adelante estaba el campo de fútbol y se iniciaba el camino que bordeaba el río.  
Como había advertido su abuela, el río había inundado parte del camino. Entonces, siguió caminando por el bosque.  
Llegó a un claro donde los árboles formaban un círculo. El suelo estaba cubierto de hierba más cuidada. Aun así, parecía que el lugar estaba cuidado. No se veían malezas ocupando el lugar. En el centro había un pozo a ras de suelo. Estaba cubierto por maderas, podridas por la humedad. 
Fátima se acercó al pozo. Nunca había oído hablar a sus abuelos de ese lugar. Miró al cielo. El círculo que formaba el hueco formado por los árboles le permitía ver el cielo como una esfera azul. 
Se arrodilló delante del pozo y miró por los huecos entre los tablones. No podía ver nada. Cogió una piedrecilla y la arrojó al interior. Le pareció oír el chapoteo en el agua, pero no estaba segura. Pensó que debía tener mucha profundidad.  
Miró la hora en su teléfono móvil. Era casi mediodía, debía regresar a casa. Pero antes de hacerlo, dejándose llevar por sus sueños y los recuerdos de los cuentos infantiles, tiró una moneda de un euro al pozo, pidiendo un deseo: 
 ─Deseo que el chico más guapo del colegio, Hugo, se fije en mí.  
Después de hacerlo pensó que había desperdiciado un euro.  


El primer día de clases, tras las vacaciones, empezó siendo un desastre para Fátima. No encontraba el libro de Sociales. Su bolígrafo favorito derramó la tinta y le manchó la mochila. En la ducha, el agua salía fría y su pelo, que siempre llevaba sujeto en una coleta, parecía electrizado.  
Pero su deseo  se vio cumplido. Hugo se fijó en ella. Sucedió cuando ella y sus compañeros se dirigían al gimnasio. En el pasillo se cruzaban con los alumnos mayores, Hugo entre ellos.  
Fátima se quedó mirando a él embobada y no vio que en el suelo había un trozo de papel celofán, seguramente caído de algún trabajo realizado por algún alumno. Tuvo la mala suerte de pisarlo y resbalar. Cayó al suelo, sentada.  
Todos los que vieron su caída, se rieron. Hugo, que estaba  cerca, la ayudó a levantarse, mostrando una gran sonrisa. 

 ─¿Estás bien?  ─preguntó. 
 ─Sí, gracias  ─respondió, aunque se sentía tan avergonzada y torpe que, tan pronto estuvo en pie, salió corriendo.  
Se refugió en los aseos y maldijo su mala suerte. 
Al llegar a casa, estaba tan alterada que su madre se preocupó por ella. Fátima le contó lo sucedido. Necesitaba hablar con alguien. Su madre intentó tranquilizarla pero no lo consiguió. Entonces, le aconsejó que escuchara un poco de música para relajarse antes de ponerse a estudiar. Pero, si necesitaba hablar otra vez, ella siempre estaría dispuesta a escucharla. 
Fátima hizo caso del consejo de su madre. Encendió la radio. Acababan de poner una canción de Malú. Se tiró en la cama y cerró los ojos. Intentaba relajarse pero sólo podía pensar en cosas negativas. Quería subir fotografías a Instagram pero no tenía seguidores. Bueno, sí tenía alguna amiga, que nunca comentaban nada. Había dejado de usar Twitter porque nunca sabía qué escribir. Era un auténtico desastre con las redes sociales. Y por whatsap seguía pocas conversaciones porque se terminaba perdiendo. Sus amigas hablaban de chicos, relaciones, secretos y demás cosas que ella no conocía.  
¡Cuán estúpida se sentía! 
Se levantó y apagó la radio. Tenía que hacer deberes y repasar las lecciones de historia. “Menos mal que en los estudios eres buena”, pensó con amargura.  
Se sentó ante el escritorio  y encendió la luz. Comprobó que al lado del lapicero había la figura de un duende. Medía unos cuarenta centímetros. Tenía la piel oscura, aceitunada. Llevaba un sombrero verde, picudo. Las ropas eran verdes y marrones, viejas. Su rostro era de rasgos grandes, exagerados, y arrugado. El pelo, ni corto, ni largo, blanco y despeinado. 
Fátima se preguntó si lo habría comprado su madre o lo había traído de la casa de los abuelos. No recordaba que le comentara nada y era extraño que estuviera allí, en su habitación.  
Durante la cena, agradeció a su madre el regalo del duende, gnomo lo que fuera, aunque a ella no le gustaban mucho esas figuras. 
Su madre sonrió extrañada. 
 ─No sé de qué figura me hablas, cariño. 
 ─Me refiero al duende que pusiste en mi escritorio. 
 ─Yo no puse ningún duende en tu escritorio, ni en ningún sitio de la casa  ─replicó mientras recogía los platos.  
Fátima miró a su padre, que traía el postre. 
 ─A mi no me mires. Yo no he vuelto a ver un duende desde que dejaron de echar en la televisión “David, el gnomo”. Que, por cierto, era un gnomo, no un duende. ¿Hay alguna diferencia?  ─miró a su mujer pero ella no supo responder. 
 ─Pues hay un duende en mi habitación. De algún sitio tuvo que salir. 
 ─Lo soñaría  ─le dijo su padre. 
Fátima resopló, molesta. Su madre la miró con comprensión. 
 ─Está bien, vamos a ver el duende. 
Entraron en la habitación, encendió la luz, y Fátima señaló el escritorio. 
 ─¡Está ahí! 
Pero el duende no estaba. Fátima miró a su alrededor. Su madre sonrió, divertida. 
 ─Estaba ahí. Te aseguro que estaba ahí, mamá. 
 ─Cariño, estuviste acostada, seguro que te quedaste dormida un rato y lo soñaste. Anda, ven a tomar el postre. 
 ─Pero… 
Su madre la cogió por los hombros y la guió hasta la cocina. 




II




Fátima se acostó después de repasar las lecciones. Apagó la luz y cerró los ojos para dormir. Tenía facilidad para quedarse dormida de inmediato.  
Sus padres también se quedaron dormidos pronto. Incorporarse a la rutina, después de las vacaciones fue agotador. 
En la casa reinaba el silencio. En la habitación de Fátima se encendió la luz de la lámpara que tenia sobre la mesilla de noche. Pero eso no fue suficiente para despertarla. Fue necesario que alguien la sacudiera.  
La joven se despertó sobresaltada convencida de que su madre la llamaba con brío porque se había quedado dormida.  Pero su madre no estaba en la habitación. Se sentó en la cama. Miró la hora y comprobó que solo eran las tres y media de la mañana. Abrió la boca y los ojos, perpleja. Pero más sorprendida y asustada se quedó cuando vio ante ella al mismo duende que había visto en el escritorio unas horas antes. 
 ─¿Qué hace esto aquí? 
 ─¿Esto?  ─preguntó, a su vez, el duende, molesto ─. A mí me tratas con respeto. ¿Qué te crees que soy yo? ¿Un duende cualquiera? 
 ─Esto es una pesadilla  ─susurró Fátima. 
 ─Todos los humanos decís lo mismo cuando os encontráis con un duende. ¡Qué poco originales sois! 
Fátima se frotó los ojos. Abrió y cerró los ojos varias veces pero el duende no desaparecía. Estaba delante de ella, encima de la cama, sentado, mirando para ella fijamente. Tenía la cara surcada de arrugas y parecía enfadado. 
 ─¿Eres un enano?  ─preguntó Fátima, intentando aceptar la visión como algo real. 
 ─Ahora vienen las preguntas estúpidas  ─comentó el duende, aburrido  ─. Pero como quiero zanjar este asunto de una vez por todas, voy a explicar mi presencia aquí. Seré breve. Has pedido un deseo delante de mi pozo. He concedido tu deseo y vengo a exigir que me pagues. 
Fátima se quedó pensativa un momento. Intentó aclarar sus pensamientos, los recuerdos.  
 ─No entiendo…  ─empezó a decir. 
 ─¡Lo que me faltaba!  ─exclamó el duende ─. Me ha tocado una lela. 
 ─¡Oye, no me insultes! ¿Cómo te llamas? 
 ─Mi nombre no importa  ─respondió con desaire. 
Los duendes sabían desde los tiempos inmemorables que era peligroso que los humanos conociesen sus nombres pues eso  les otorgaba el poder de llamarlos cuando quisieran y conseguir sus favores. 
 ─Recuerdo que pedí un deseo pero jamás esperé que alguien me hiciera caso y menos un…un… 
 ─Un duende. Soy un duende. Y vivo en un pozo. 
 ─Los duendes no existen  ─se rió. 
 ─Si no existo, ¿por qué hablas conmigo? 
 ─Tienes razón. Es que esto es muy “heavy” . 
 ─¿Heavy? ¿Qué es eso?  ─preguntó el duende con curiosidad. Le gustaba aprender palabras nuevas. 
 ─Fuerte. Impresionante  ─respondió Fátima y se levantó de la cama ─. ¡Es increíble! Si lo cuento nadie me creerá. 
 ─No tienes que contarlo. Solo tienes que darme mi pago. 
 ─¿De qué pago hablas? Yo ya te pagué. ¡Además, no cumpliste el trato! 
 ─¿Qué no he cumplido el trato?  ─se levantó, y señaló con un dedo acusador a Fátima.  
 ─Te pedí que Hugo se fijara en mí y no has cumplido. 
El duende frunció el ceño y la boca. Su rostro empezó a enrojecer. Fátima pensó, por un momento, que le iba salir humo por las orejas, como así sucedía a estos personajes en series animadas. Se cruzó de brazos. 
 ─Eso he dicho. Hugo no se ha fijado en mí. 
 ─¡Se ha fijado! ¡Se ha fijado!  ─repitió bufando. 
 ─¿Ah sí? ¿Cuándo ha sido eso?  
 ─Esta mañana, cuando te has caído. Se fijó en ti y te ayudó. Yo diría que te he dado un premio extra. 
 ─¡Oh! ¿No habrás sido tú quien me hizo caer, verdad? 
 ─¡Por supuesto que he sido yo! ¿Cómo si no iba a conseguir que él se fijara en ti? 
 ─¡Si serás…!  
 ─Yo he cumplido. Me tienes que pagar. 
 ─Ya te he pagado.  
 ─¿Consideras que esto es un pago?  ─sacó la moneda de un euro del bolsillo y se lo enseñó a Fátima. 
 ─Sí, exactamente. 
Fátima se sentó en la cama. El duende resopló. Volvió a fruncir el ceño y los labios. Su rostro enrojeció. Fátima se sujetó a la cama, como si esperase que el duende fuese a estallar. 
 ─¿Te parece que esto es un pago? ¿Qué diantres es esto? ¿Qué valor tiene? 

 ─Es un euro. No tiene mucho valor pero puedes comprar algunas cosas. ¿Te gusta el maíz frito? 
 ─¿Me has visto cara de gallina? 
 ─Mmmm…  ─se quedó pensativa. 
 ─¿Intentas decir algo?  ─la miró enfadado.   
 ─No. Pero te aseguro que es una moneda auténtica. Yo hice mi pago. 
 ─¡Esto no tiene valor alguno! ¡No es oro!  
 ─Es una moneda de curso legal. Tiene valor. 
 ─No me hagas reír. Esto no es un metal precioso. ¡Pero si en mi pozo hay piedras que tienen más valor que esta mierda! 
 ─¡No seas mal hablado! 
 ─Hablo como quiero. Y quiero mi pago. Yo hice realidad tu deseo. Tú tienes que pagarme. 
 ─Yo ya te he pagado. En ningún sitio está escrito que debía pagarte con oro. Esa moneda tiene valor y ya está.  
 ─¿Hablas de libro? ¡Pues claro que está escrito en el libro de sabiduría de seres mitológicos! Puedo venir con una copia del “Tratado del cumplimiento de deseos a los humanos con contrapartida de monedas y piedras preciosas”. Creo recordar que está en la página 111346. Fue firmada por Rumpelstilstkin y Harumh, en el año…. 
 ─¡Ya!  ─gritó Fátima ─. Me abrumas. Quiero que te vayas. No me importa ese libro, ni tus tradiciones. Quiero que te vayas.  
 ─Me iré… de momento. Pero lo lamentarás. 
El duende se esfumó de repente y Fátima intentó conciliar el sueño. 




III



Al día siguiente Fátima se levantó recordando todo lo sucedido durante la noche como si fuera un sueño. Pero pudo comprobar que había sido una experiencia real cuando vio que sus deberes estaban emborronados y su libro de inglés parecía escrito en otro idioma desconocido para ella. Lo peor fue que todo esto lo descubrió durante las clases, dejándola como una tonta antes sus compañeros y los profesores cuando no pudo corregir los deberes, ni leer la lección como le había pedido la profesora
de inglés. 
Durante las clases de natación sintió que alguien tiraba de ella hacia el fondo de la piscina y tragó agua.  
Fátima sabía que el culpable de todo era el duende. Tenía que hacer algo para alejarlo de su vida para siempre pero no sabía qué podía hacer. Ella no tenía monedas de oro. ¿Cómo podía pagarle? Se acordó de sus ahorros. Sus padres tenían una cuenta corriente al nombre de ella donde ahorraban dinero para sus futuros estudios en la universidad. El problema era que ella no podía acceder a esa cuenta.  
Otra opción que tenía era ignorar al duende. Aguantaría la mala suerte que él le provocaba con estoica paciencia. Estaba segura de que el duende se terminaría aburriendo de ella y la dejaría en paz. Después de todo, no le había regalado un gran deseo. Y ella le había pagado, lo aceptase o no.  

La semana transcurrió con bastantes incidentes que Fátima atribuía al duende. A punto estuvo de fingir una enfermedad para no ir a clases y dejar de ser el centro de atención por culpa de su mala suerte. 
El viernes hizo los deberes y después fue al cine con unas amigas. Confiaba en que no sucediese nada malo, pero no fue así. Durante la proyección de la película, Fátima empezó a tener picores en el cuerpo. Al principio solo le picaba la espalda y, con disimulo, se rascaba. Pero los picores empezaron a extenderse a otras zonas del cuerpo y se hacían insoportables. Una de sus amigas le exigió que se estuviera quieta o saliera de la sala. 
Fue a los aseos y pudo comprobar en el espejo que tenía la cara y el cuello lleno de ronchas rojas. Se levantó el jersey. Asustada vio que esa extraña erupción se extendía por todo el cuerpo. Llamó por teléfono a su madre, quien la recogió y la llevó a urgencias. 
Según la médica que la había atendido, parecía que había caído en un campo de ortigas. Fátima, una vez más, pensó en el duende. 
Se preguntó qué más podía hacer el duende contra ella. Y cómo podía hacerle entender que ella ya le había pagado y no tenía manera de conseguir oro.  
Esa noche, el duende se apareció a ella nuevamente. Fátima lo miró enfadada. Tuvo la tentación de coger un libro y aplastarlo con él. El duende, que intuyó sus pensamientos, sonrió divertido. 
 ─Lo sé. Estás cansada de soportar tu suerte, que no se puede decir que sea buena en estos días, ¿verdad? ¿Vas a pagarme lo que me debes o prefieres seguir sufriendo mi ira? 
 ─¡Maldito seas, duende estúpido!  ─gritó.  
Se llevó las manos a la boca y miró a la puerta, asustada, esperando que sus padres no la hubiesen escuchado.  
 ─¿Estás bien, Fátima?  ─oyó preguntar a su padre. 
 ─Sí. Puse la radio demasiado alta, lo siento.  
 ─Así que eres una pequeña mentirosilla, ¿eh?  ─se rió el duende. 
 ─¿Prefieres que te descubran mis padres? Créeme si te digo que mi padre podría matarte 
 ─Aún no ha nacido el humano que se atreva a hacerme daño, niña tonta. 
 ─Quizás nunca nadie se  atrevió a intentarlo antes… 
El duende la miró desconfiado. Fátima se sentó en la cama y se cruzó de brazos.  
 ─¿Qué quieres de mí? Ya te dije que yo no tengo oro. Y la moneda que te di es válida. Puedes comprobar en multitud de pozos y fuentes que la gente utiliza las monedas de curso legal para pedir deseos. Nadie recurre a oro ni piedras preciosas como se pudo hacer antaño. 
 ─Yo no vivo en un pozo ni fuente cualquiera. Yo no soy cualquiera. Soy un duende milenario y no otorgo favores sin recibir el pago en oro. 
 ─Pues a mí me hiciste el favor por un euro. Tonto que fuiste. 
 ─ ─¡Oye, niña, me estás cabreando!  ─se encaró a ella, furioso ─. Hasta ahora solo te he mostrado una parte de mi poder pero puedo ser mucho más cruel, créeme. 
Fátima frunció el ceño. No quería mostrarse asustada pero en verdad lo estaba.  
 ─Tienes que entender que no soy rica. Y el favor que me hiciste tampoco es de gran relevancia. Deberías ser magnánimo conmigo. 
 ─No me importa de dónde sacas el oro pero o me pagas o sufrirás las consecuencias de la peor manera que te puedes imaginar. 
El duende desapareció. Fátima se quedó pensativa. Quería creer que el duende había exagerado en su amenaza. Se preguntó qué podía hacer. 




IV



El fin de semana no sucedió nada extraño y Fátima pensó que el duende había recapacitado y había decidido olvidarse de ella.  
Pero se había equivocado.  El lunes por la tarde su padre llegó a casa en taxi. Al parecer había pinchado dos ruedas del coche y tuvo que llamar a la grúa.  
 ─La verdad es que tuve suerte  ─comentaba su padre ─. Me salí de la carretera pero pude detener el coche a tiempo de evitar un terraplén bastante pronunciado. Y no provoqué ningún accidente. 
Fátima le miró horrorizada. Su padre sonrió para tranquilizarla. 
 ─¡Pudiste matarte!  ─exclamó. 
 ─Estoy bien, cariño. No te preocupes. 
 ─Esto es más de lo que puedo soportar  ─dijo y salió corriendo a su habitación.  
Sus padres se miraron desconcertados. Y unos minutos más tarde, su madre llamaba en la puerta y entraba en la habitación. 
Fátima estaba tumbada boca abajo en la cama, sollozando. Su madre se sentó a su lado y le acarició la melena. 
 ─Deberías llevar el pelo suelto más veces. Tienes una melena preciosa. 
 ─¡Mamá, es horrible! 
 ─Cariño, no ha pasado nada. Papá está bien y mañana podrá ir al taller a por el coche. 
 ─No me refiero a eso, mamá  ─se dio la vuelta. Cogió un peluche que tenía a un lado y lo abrazó con fuerza. 
 ─Entonces, dime, ¿cuál es el problema?  ─preguntó preocupada. 
 ─Si te lo cuento no me creerías. 

 ─Yo siempre creeré lo que me cuentas. Dime qué te pasa, Fátima. 
 ─No es nada, en serio. Me asusté. 
 ─Fátima, si no me dices qué te sucede, no puedo ayudarte. 
Fátima dudó pero necesitaba contar lo sucedido. Seguro que su madre tenía alguna idea y podía poner fin a esta pesadilla. 
 ─Está bien te lo cuento pero prométeme que no te reirás de mí. 
 ─Jamás haría eso. 
 ─¡Promételo! 
 ─Te lo prometo. 
Fátima contó todo lo sucedido a su madre, quien la escuchaba atentamente sin mostrar emoción alguna. Cuando terminó, sollozó un poco.  
 ─¿Me vas a ayudar?  ─preguntó. 
Su madre resopló y sonrió con dulzura, aunque no pudo evitar fruncir el ceño.  
 ─Creo que tengo una solución. 
 ─¿Ah sí? ¿Cómo podemos deshacernos de ese duende? 
 ─Cariño, el duende está aquí  ─señaló la frente de Fátima ─. Supongo que el estrés que te provoca este curso te ha hecho fantasear de algún modo pero todo tiene solución. 
 ─¡No me crees!  ─exclamó decepcionada ─. Sabía que no debía comentarte nada  ─sollozó. 
 ─Fátima, creo que tienes un problema. No entiendo porqué lo ves como un duende. Supongo que tiene que haber una explicación científica. Te aseguro que no es grave. Todo tiene solución  ─insistió.  
Fátima se levantó. Dejó caer el peluche en el suelo y miró enfadada a su madre. Abrió la puerta de la habitación. 
 ─¡Vete! No debí contarte nada. ¿Crees que estoy loca? ¡Esto es increíble! ¡Vete, por favor! Necesito estar sola. 
Su madre se disponía a salir de la habitación cuando se fue la luz. Fátima no comentó nada pero estaba segura de que el duende era el culpable.  
 ─No os mováis. Ya levanto yo el diferencial  ─oyeron decir al padre. 
Permanecieron quietas, en silencio. Podían oír los coches que circulaban por la carretera y las voces de algunos vecinos. Pero el ruido que las sobresaltó fue el quejido del padre. 
 ─¡Miguel!  ─llamó la madre ─. ¿Estás bien, Miguel? 
Oyeron otro quejido y se alarmaron. Fátima no dudó en acercarse con cuidado a la mesilla de noche. Cogió el móvil y encendió la linterna.  Las dos salieron al pasillo y se dirigieron al vestíbulo. Su madre levantó el diferencial y regresó la luz. Los quejidos del padre procedían de la cocina. Corrieron hacia allí. 
Miguel estaba tirado en el suelo. Tenía la pierna derecha ensangrentada. A su lado había un duende que le estaba clavando un tenedor con saña.  
El duende miró enfurecido a Fátima y gritó: 
 ─¡Dame mi oro! 
Y desapareció. La madre de Fátima miraba la escena perpleja. No conseguía dar crédito a lo que había visto e intentaba convencerse de que había sido una alucinación. Pero el padre seguía tirado en el suelo, sangrando y quejándose. Corrieron a socorrerle. 
 ─¿Qué demonios era esa cosa?  ─preguntó Miguel quien también dudaba de que lo que hubiera visto fuera cierto. 
 ─Es un duende  ─dijo Fátima ─. ¿Ves, mamá? No mentí ni he tenido alucinaciones.  
 ─¿Quiere alguien explicarme qué está pasando?  
Fátima y su madre ayudaron a su padre a levantarse. Le curaron las heridas y, Fátima explicó todo. 
 ─Está bien. Si quiere oro, se lo daremos. Tenemos algunas joyas ¿no? Solo tenemos que ir al pozo y tirarlo. 
 ─¿Harías eso, papá? Las joyas que tenemos son recuerdos de familia. 
 ─Solo son joyas. Mañana iremos al pueblo  y nos libraremos de ese monstruo para siempre. 
Por fortuna, Fátima pudo dormir tranquila. Confiaba plenamente en que su padre solucionaría el problema del duende. 



(…)



Miguel y Fátima dejaron caer en el pozo un anillo de oro con un rubí. Era un recuerdo de la bisabuela de Fátima. Se miraron, tristes por el sacrificio, y satisfechos porque confiaban en que así se pondría punto final a la pesadilla.
─¿En verdad crees que esto será suficiente para aplacar la ira de ese duende? ─preguntó Fátima.
─Así lo deseo.

“Deseo”, esa palabra retumbó en los oídos de un duende que pasaba cerca. Observó a los humanos y sonrió. Así que deseaban que el duende engreído del pozo dejara de molestarles. Bien, no tendría ningún problema en ayudarles. Sellaría el pozo con su poder mágico. Hechizo que dudaría unos cien años humanos. Ahora solo tenía que exigir el pago a los humanos. Los siguió.


FIN 

AUTORA INDEPENDIENTE

Hoy en día, gracias a algunas plataformas, quienes escribimos y soñamos que nuestro trabajo sea aceptado y reconocido por los lectores...