sábado, 14 de julio de 2018



XIX

Desperté tras oír un ruido cerca de mi habitación. Al principio no sabía de qué se trataba pero, una vez me despejé, pude oír con claridad que se trataba de voces y pasos en el corredor exterior del castillo. Me levanté, cogí un farol y salí para comprobar qué estaba pasando.

Vi a un hombre y me asusté. Levanté el farol para iluminarle y reconocí al cochero. Me sorprendí de encontrarlo allí.

─¿Qué hace usted aquí?
─Estoy ayudando al señor. Debería regresar a su habitación, señorita.
─¿Ayudando? ¿En qué?
─Por favor, regrese a su habitación. Podría ser peligroso que esté aquí. Hemos visto a alguien merodeando por el castillo ─me informó.

Le miré atónita. Quise decir algo pero vi venir a Alonso hacia nosotros. Me pareció que había salido de otra habitación y que traía un arma en la mano.

Al acercarse a nosotros, me miró sorprendido, guardó el arma en el cinturón y se dirigió a mí.

─Clarisa, regresa a tu dormitorio y cierra las puertas con llave.
─¿Qué está pasando?¿Por qué tengo que esconderme?
─Ya se lo dicho, señor ─habló el cochero.
─Los criados vieron a alguien merodeando por el castillo.
─Pero…
─Hablaremos más tarde.

Me cogió del brazo para conducirme hasta el dormitorio. Quise protestar pero lo impidió mirándome con severidad y decisión. Entonces, no me quedó más remedio que obedecer. Cerré las puertas con llave y me senté en una silla, esperando a que regresara.

La espera se me hacía interminable. Intenté salir al corredor en varias ocasiones pero sabiendo que eso enfadaría a Alonso, me contenía. Sin embargo, tras oír un grito de mujer, no dudé en salir al pasillo interior.

La mayor parte del pasillo estaba en penumbras pues solo había una lámpara encendida. Regresé al dormitorio y cogí el farol. Salí, otra vez, al pasillo y me encaminé hacia las escaleras. No estaba segura de dónde procedía el grito que había escuchado. Pasé por delante del dormitorio de doña Virginia y me detuve.

Llamé a la puerta pero nadie me respondió. Me atreví a entrar. Caminé hasta la cama y a la alumbré. Doña Virginia estaba dormida. Salí de allí agradeciendo que, al menos ella, tuviese una noche plácida, ajena a lo que estaba sucediendo en el castillo.

Bajé las escaleras y llegué al vestíbulo. Aparentemente todo estaba en orden. Me dirigí a las habitaciones de los criados, que estaban en la parte trasera del ala oeste del castillo.

A medida que me acercaba a ellas, pude escuchar murmullos. Vi luz que salía de debajo de una puerta y llamé. Me abrió la puerta la señora Emilia, vestía un camisón blanco y una toquilla cubría sus hombros.

─¿Qué hace usted aquí, señorita? ─me preguntó sorprendida.
─¿Es esta su habitación? ─pregunté─. He oído un grito. ¿Está usted bien?
─Esta no es mi habitación ─se hizo a un lado para dejarme pasar.

La habitación era un pequeño salón, sencillo. Con la señora Emilia se encontraban las demás criadas y la cocinera. Parecían muy alteradas.

─El señor nos pidió que nos refugiáramos todas aquí ─explicó la señora Emilia.
─¿Alguna de ustedes gritó? ─pregunté.
─He sido yo ─habló una joven, temblorosa─. Cuando salí de mi habitación tropecé con un hombre y me asusté mucho.
─¿Quién era ese hombre? ¿Pudo reconocerlo?
─No era nadie conocido por mí.
─¿Qué hizo el hombre cuando usted gritó?
─Se fue corriendo.

Miré a la señora Emilia y me acordé de doña Virginia. Ella estaba sola y podía ser atacada por el extraño.

─Quizás debería subir para hacer compañía a doña Virginia ─dije─. Ella está dormida pero necesita que alguien la cuide.
─No crea que no he intentado ir junto a ella, pero el señor Alonso dijo que se encargaría de ella ─me explicó la señora Emilia.
─Yo estuve en su habitación hace un rato y allí no había nadie cuidándola.
─Entonces, sí será mejor ir arriba. Quédese aquí señorita.
─No. Yo iré con usted. Cuando salgamos cierren bien la puerta y no dejen entrar a nadie conocido ─dije.

Asintieron, temblorosas. La señora Emilia y yo salimos de la habitación y caminamos hasta el vestíbulo.

En el momento en que empezamos a subir las escaleras oímos unos golpes y voces de hombres. Nos miramos sorprendidas y asustadas y apuramos el paso.

Llegué al piso superior antes que la señora Emilia. Alumbré con el farol el largo pasillo y entonces pude ver a un hombre tirado en el suelo. Me acerqué a él con sigilo. La señora Emilia se apresuró para llegar al lugar.

─Es el cochero ─dije─. Tiene una herida en la cabeza y ha perdido el conocimiento pero está vivo.
─¿Dónde estará el señor Alonso? ─preguntó la señora Emilia.

Yo también deseaba saber dónde se encontraba y sentí miedo por él.

─¡Quédese aquí! ─le pedí y me apresuré a entrar en la habitación de doña Virginia.

Doña Virginia estaba sentada en la cama y tenía un rosario entre las manos. Parecía que estaba rezando. Me miró y suspiró aliviada.

─¡Gracias a Dios que es usted, Clarisa! He oído golpes y gritos.
─Ya ha pasado todo. ¿Por qué no intenta dormir de nuevo?
─¡No me trate como si fuera una vieja tonta! Dígame, ¿qué está pasando en mi castillo? ¿A qué se debe tanto revuelo?
─¿Ha visto a Alonso?
─No. ¿Le ha sucedido algo a mi hijo?
─No. Él está bien ─respondí, suplicando que fuera así.
─Entonces, ¿por qué me hace esa pregunta? ¿Qué ha ocurrido en el pasillo? Los ruidos provenían de ahí. ¡Dígamelo de una maldita vez! ─exigió, impaciente.
─Hay un intruso en el castillo y, no estoy segura, pero parece que golpeó al cochero en la cabeza. La señora Emilia está con él.
─¿Alguien ha atacado al señor Joaquín? ─preguntó perpleja─. ¿Y dónde está Alonso?
─La última vez que le vi me ordenó que me quedase en mi habitación. Él y el cochero, o sea, el señor Joaquín, iban a buscar a ese intruso.
─No entiendo nada. ¿Por qué iba a querer alguien atacarnos en medio de la noche? ─me miró horrorizada─. ¡Es la maldición! ¡Usted misma lo ha dicho! Mi familia tiene una maldición.
─¡Oh, por favor, no diga eso! ─supliqué─. Seguramente se trata de algún ladrón.
─No quise creerlo, aunque mi difunto esposo me advirtió sobre ella cuando nos casamos. Dijo que la familia Bahamonde estaba maldita desde hacía años. Una fuerza maligna impedía que fuésemos felices arrebatándonos a nuestros seres queridos o llevándonos a la locura. Y ahora, se está cumpliendo esa maldición.

─Eso no tiene sentido ─dije─. Se trata de un intruso, ¿entiende? Alguien ha entrado en el castillo, seguramente para robar, y si ha hecho daño al señor Joaquín, es porque se interpuso en su camino. El castillo es muy grande y quizás, hasta ahora, ni sabía que le estaban buscando para detenerle.
─No. Emilia también me lo comentó hace unas semanas, poco después de morir su hermana de usted. Hay una fuerza maligna que insiste en hacernos daño ─se santiguó.
─Eso son supersticiones.
─Debí creer en ello y pedir ayuda a la Santa Iglesia. Y usted ─me miró fijamente─. ¡Oh, usted también corre peligro y solo por enamorarse de mi hijo! Si se hubiese ido hace días, como le pedí, ahora no estaría viviendo este horror.

No supe qué decir. Yo no creía en la maldición, pero escuchar las palabras de doña Virginia, en medio de una noche tan inquietante, me hacía olvidar mis planteamientos lógicos para dejarme llevar por los irracionales e inclinarme a darle la razón. Y me pondría a rezar el rosario con ella si en ese momento no irrumpiese en la habitación Alonso. Corrí a abrazarlo.

─¿Estáis bien? ─preguntó y me sonrió.
─Sí, estamos bien. ¿Y tú?
─No he podido atraparle. Es como si fuera… una sombra ─dijo, preocupado.

Se acercó a su madre y la besó en la frente.

─Es la maldición de los Bahamonde ─susurró doña Virginia.
─No, madre, no es una maldición. Alguien ha entrado en el castillo y consiguió salir sin que le diéramos caza.
─El señor Joaquín está herido ─dije.
─Sí, lo sé. Ya lo han llevado a su dormitorio para curarle la herida. Al amanecer irán en busca del médico.

La señora Emilia entró en el dormitorio y se acercó a comprobar que su señora se encontraba bien. Alonso le pidió que quedara con ella. Me cogió de la mano y salimos. Me llevó hasta mi dormitorio. Entramos en la estancia. Estaba oscura, entonces me acordé de que había dejado el farol en la habitación de doña Virginia. Alonso encendió las velas de un candelabro.

─¿Qué ha pasado realmente, Alonso? ─pregunté.
─Estaba en mi despacho cuando vino el señor Joaquín para decirme que una doncella aseguraba que había visto a un desconocido cerca de la cocina. Cogí mi arma y salimos a investigar. Entonces, la señora Clotilde ─enarqué una ceja inquisidora─, la cocinera ─me explicó─, también aseguró ver a un hombre. Nos pareció oír sus pasos y, en ocasiones, ver su sombra. Le seguimos por diferentes estancias y pasillos. Pedí al señor Joaquín que se quedara en este pasillo para vigilaros a ti y a mi madre. El señor Marcos, el jardinero ─puntualizó─, y yo seguimos la búsqueda, pero fue infructuosa. En algún momento dejamos de oír los pasos. Debes permanecer aquí o, si tienes miedo, regresa a la habitación de mi madre. Pero, por favor, no deambules por ahí tú sola. Iré a ver cómo está el señor Joaquín y seguiré en guardia. Desconozco si ese hombre se fue o permanece oculto en algún lado.
─Yo salí de mi habitación porque escuché un grito.
─¿Un grito? No oí nada.
─Fue una de las doncellas. Se tropezó con él y se asustó.
─Iré a informarme.
─Tu madre dice que esto tiene que ver la maldición.
─No hay ninguna maldición, Clarisa. Ha entrado un intruso y eso puede ser más grave que cualquier maldición. Ya ha atacado al señor Joaquín. Permanece aquí, encerrada y no abras hasta que yo regrese.
─Ten cuidado, por favor ─sonrió y me besó en los labios.
(Continuará) 

sábado, 7 de julio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XVIII)



XVIII

  ¿Casarnos? ¡Alonso quería casarse conmigo! 

Me aparté de él, que se había echado a un lado, y me levanté. Estaba perpleja. Alonso también se levantó. 

─En verdad me has pedido que nos casemos?  
─Sé que es muy precipitado. No tendríamos que casarnos de inmediato. Podría esperar el tiempo que considerases necesario. Pero me harías muy dichoso si me aceptases como prometido y futuro marido ─sonrió. 

En ese momento me olvidé de todo lo que había pasado hasta ahora y de mis últimas sospechas sobre la culpabilidad de Alonso. Solo vi su maravillosa sonrisa y su intensa mirada azul. Sonreí y me arrojé a sus brazos. Nos besamos y reímos emocionados.


Bajamos al salón azul para comunicarle la noticia a doña Virginia. Entonces regresaron mis temores. A medida que bajaba los escalones mi corazón latía más deprisa y un mal presentimiento nublaba mi felicidad. 

Entramos en el salón donde se encontraban doña Virginia y la señora Emilia. Nos miraron con curiosidad y extrañeza. Nuestros semblantes sonrientes desentonaban con los acontecimientos vividos. 

Alonso se apresuró a servir unas copas de Oporto y las repartió entre todos, incluida la señora Emilia.  

─Hijo, querido, ¿a qué se debe esta muestra de alegría? ─preguntó doña Virginia. 
─Madre ─extendió una mano hacia mí para que me acercara a él─, Clarisa y yo tenemos que daros una buena noticia. 
─¡Habla! Me tienes intrigada. 
─Es para mí un honor y una dicha anunciar mi compromiso con la señorita Clarisa. 

Como era de esperar, ninguna de las mujeres mostró alegría, sino perplejidad e, incluso, vi como cruzaban una mirada entre ellas, llena de preocupación. 

─Se que puede parecer una decisión precipitada. Pero ha bastado que pasemos unas horas juntos, el intercambio de unas pocas palabras, para que conociéramos nuestras almas y nos enamoráramos. Desde luego, el enlace matrimonial se celebraría cuando hayamos cumplido un tiempo prudente de noviazgo ─explicó Alonso. 
─Te aseguro que me alegro de vuestra alegría ─empezó a decir doña Virginia-, pero no sé si habéis obrado correctamente. Después de lo que le ha pasado a la señorita Clarisa, ¿no te parece que es cierto que existe una maldición sobre esta familia? 

Alonso se separó de mí para acercarse a su madre. Se acuclilló ante ella y le cogió una mano entre las suyas.

─Madre, ¿cómo puedes decir eso?
─Después del nuevo descubrimiento sobre la posible muerte de la pobre Amelia, y la experiencia vivida por Clarisa, es evidente que alguien quiere hacer daño a nuestra familia.
─Yo pienso lo mismo, señor ─añadió la señora Emilia.
─Sí, yo también creo que alguien, por algún motivo que aún desconocemos, ha atacado a Amelia y a Clarisa… Pero las autoridades ya se encargan de eso ─se levantó─. No podemos permitir que afecte a nuestras vidas más de lo estrictamente necesario.
─Pero, hijo, yo creo que Clarisa no debe permanecer en nuestro castillo mientras no se encuentre a quien la atacó. Su vida puede estar en peligro si permanece aquí.

Alonso me miró, preocupado. Yo no sabía qué decir. No quería irme del castillo, ni alejarme de él, pero la señora Virginia tenía razón. Alguien había querido matarme y podía intentarlo de nuevo.

─¿Quieres regresar con tu madre? ─me preguntó Alonso.
─Me gustaría saber qué es de ella, pero… no sé…
─Tal vez, sea lo mejor ─dijo Alonso, serio─. Te irás mañana temprano ─salió del salón─. Solo espero que se solucione pronto este asunto ─fueron sus últimas palabras.

Me quedé sola, con su madre y la señora Emilia, sin saber qué hacer o decir. Me senté en una butaca.

─Es la mejor decisión que habéis tomado ─dijo doña Victoria.
─Yo no he decidido nada ─repliqué.
─Estás confusa, y es normal. Pero en el fondo sabes que mi hijo y yo tenemos razón. Es razonable que te pongamos a salvo.

Tuve el presentimiento de que estaban deseando que me alejara del castillo y de la vida de Alonso.

Pasé el resto del día encerrada en la habitación. No volví a ver a Alonso. No quise comer, ni cenar, aunque por la noche, una sirvienta me trajo un consomé, no lo tomé.

Permanecí tumbada en la cama, pensado en todo lo sucedido y no encontraba ninguna explicación.

El único consuelo que encontraba era que pronto vería a mi madre. Esperaba que su salud hubiese mejorado. Me quedé dormida pensando en ella.
(Continuará) 


jueves, 28 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XVII)



XVII

El fuerte olor a amoniaco me hizo recuperar la consciencia. Abrí los ojos y comprobé que estaba en la cama. Aun me sentía algo confusa y tardé unos minutos en recordar lo que había sucedido.  
En la habitación se encontraban Alonso y su madre, ambos sentados en sillas. También estaba la señora Emilia, de pie, al lado de doña Virginia. Me miraban con preocupación. 
─¡Ya ha despertado! ─exclamó doña Virginia. 
Alonso se levantó y se acercó a mí. Se inclinó para mirarme. 
─¿Cómo te sientes, Clarisa? Nos has dado un gran susto. Envié a alguien en busca del médico para que te examine. 
─Estoy un poco aturdida, nada más. No necesito un médico. 
─Sí lo necesitas ─replicó, tajante─. ¿Qué te ha pasado? ¿Te mareaste? 
─¡No! He sido atacada por alguien. 
─¿Atacada por alguien? ─preguntó incrédula doña Virginia. 
Alonso se sentó en la cama y me miró fijamente a los ojos. 
─Cuéntame todo lo que recuerdes ─pidió. 
Así lo hice pero, en ese momento, no quise decir que estaba segura de haber herido a mi agresor. 
Me abrió el camisón con cuidado y comprobó que tenía marcas en los hombros.  
─¡Dios mío! ¿Quién habrá podido hacer esto?  
─Sé que fue un hombre ─dije─. Sus manos eran grandes y fuertes.  
En ese momento me acordé del vestido y el encaje y miré hacia el armario, preocupada. Alonso también miró hacia allí, preocupado. Se dio cuenta del motivo de mi inquietud.  
─¿Guardaste las pruebas ahí? ─me preguntó. 
─Sí. En el fondo. 
Se levantó y fue a mirar si las prendas seguían guardadas en el sitio donde las había dejado unas horas antes. Al cabo de un rato, Alonso asintió sonriente y me las enseñó. Suspiré aliviada. 
─Entonces, no lo entiendo ¿por qué me han atacado? ─pregunté. 
Doña Virginia me miró preocupada. La señora Emilia también había perdido su compostura habitual y estaba afligida. En verdad, me conmovieron.
─Deberíamos avisar a las autoridades ─dijo doña Virginia a su hijo.
─No te preocupes, madre. Ya envié recado. El médico y los agentes de la autoridad tienen que estar a llegar.
Alonso, sin importarle lo que pudiera pensar su madre, me acarició una mejilla. Aunque estaba segura de que ella sospechaba que entre nosotros había nacido un sentimiento profundo. Nuestra forma de tratarnos nos delataba.
Entonces, horrorizada, comprobé que los brazos de él tenían arañazos. Me hundí en los almohadones y esquivé su mirada. No sabía si hablar ahora o esperar a que llegara algún agente de la autoridad. Pero, Alonso se percató de mi cambio.
─¿Qué sucede? ─me preguntó.
─No es nada. Estoy cansada.
─Lo entiendo. Deberíamos dejarte sola para que descanses.
Se levantó y ayudó a su madre a salir de la habitación. Tan pronto hubieron salido, me levanté y me vestí. Quería irme del castillo cuanto antes.
Mi corazón me decía que Alonso no era el asesino pero mi razón me indicaba que sí lo era. Si no me hubiesen atacado en la bañera, jamás dudaría de él, pero ¿qué otro hombre que hubiese en el castillo querría hacerme daño? Apenas me había cruzado con los sirvientes varones. Nada indicaba que ellos quisieran atentar contra mi persona, ni contra la familia Bahamonde.
Preparé mi equipaje. Tan pronto llegase el médico o las autoridades, pediría que me acercasen al pueblo y me iría de allí.
Me senté en una silla, cerca de las ventanas, para esperar. Me sentía tan decepcionada, triste y enfurecida a la vez.
Me repetía una y otra vez que las maldiciones no existían, pero no encontraba otra explicación para lo ocurrido. La familia de los Bahamonde estaba maldita. Sus varones eran crueles o perturbados. Sí, me convencí de que ellos eran quienes hacían daño a sus esposas e hijos. Y, luego, la locura podía llevarles al suicidio.
A medida que pasaba el tiempo, el miedo se apoderaba de mí. Estaba sola en la habitación. En cualquier momento podía regresar Alonso para hacerme daño.
Me levanté y empecé a caminar por la estancia, como un animal enjaulado. Retorcía las manos, miraba hacia la puerta, con angustia.
Salí al corredor exterior. Había dejado de llover pero hacía frío. Me acordé de cómo Alonso me había ayudado a coger la puntilla de encaje y, luego me ayudó a regresar al corredor. Si quisiera hacerme daño pudo haber aprovechado esa oportunidad. Entonces, ¿quién era el asesino? Yo estaba segura de que me había atacado un hombre, y no una mujer, cuando estaba en la bañera.
Entré en la habitación en el momento en que la señora Emilia me traía la comida. Me miró sorprendida.
─¿Qué hace ahí fuera, señorita? ¿Quiere enfermar? Entre y venga a comer. Le traigo consomé. Le hará bien tomar algo caliente.
─Gracias.
Me senté y la miré fijamente. Puso la bandeja en la mesa y, por primera vez, me sonrió.
─¿Hay alguien en el castillo que pueda tener interés en hacer daño a la familia Bahamonde? ─pregunté.
─Yo no soy quien debe responder a esa pregunta, señorita.
─¿Debo entender que eso es una afirmación?
─No debe entender nada, señorita.
Una doncella entró en la habitación y anunció la llegada del doctor. Un poco más tarde el médico y la señora Virginia entraban en el dormitorio.
El médico me examinó y comprobó que, aparte de las marcas que me había dejado el agresor, me encontraba bien, aun así me aconsejó que descansara.
Doña Virginia susurró algo a la señora Emilia y, tras despedirse de mí, salió con el doctor.
La señora Emilia se volvió a mí para anunciarme que habían llegado dos representantes de la autoridad y estaban hablando con Alonso.
─Me gustaría estar presente ─comenté, recordando que el vestido y la puntilla de encaje estaban el armario.
─Supongo que, si lo necesita, el señor la mandará llamar.
Intenté comer algo, aunque no tenía mucha hambre. La señora Emilia me dejó sola. El tiempo pasaba y, cada vez me sentía más impaciente.
Me vestí con rapidez, cogí el vestido verde y la puntilla de encaje y salí de la habitación en busca de Alonso.
Atravesé el pasillo y, antes de llegar a las escaleras, me detuve al oír las voces de doña Virginia y la señora Emilia.
─Creo que deberíamos decírselo, señora ─comentaba, con aparente preocupación, la señora Emilia.
─Sí, yo también creo que deberíamos decírselo pero temo su reacción.
─Pero después de lo que ha pasado… ¡Tantas muertes! Tiene derecho a saber la verdad. Además, la vida de la señorita Clarisa está en peligro. Tenemos que hablar con él para detener esta violencia.
─¿Crees que aceptará la verdad? Ha vivido una mentira desde que nació.
─Tiene que enfrentarse a la verdad por el bien de todos. Además, la señorita Clarisa ya ha dicho que fue un hombre quien la atacó. Alonso debe conocer la verdad para que se acabe la violencia en esta familia.
Me quedé petrificada al escuchar la conversación. Otra vez tenía la sospecha de que Alonso era el asesino de mi hermana y quien me había atacado cuando estaba en la bañera.
Pasé por delante de la puerta sin hacer ruido y bajé las escaleras. Escuché voces procedentes de la biblioteca y me dirigí allí.
Alonso estaba reunido con dos hombres. Entré en la estancia. Se levantaron para recibirme y correspondí a sus saludos pero no podía dejar de sentirme extraña ante la nueva situación. Miraba a Alonso y no conseguía ver maldad en él.
─¿Estás bien? ─me preguntó─. Deberías haberte quedado en cama. Nosotros habríamos subido para hablar contigo.
─Estoy bien, gracias ─susurré.
Me miró extrañado pues mis palabras no se correspondían con mi expresión.
─Siéntate. Permíteme las ropas.
Se las di y él se las dio, a su vez, a los agentes quienes las examinaron con interés.
─¿Está seguro de que llevaba esas ropas la noche que se ahogó? ─preguntó el comisario.
─Sí.
─Es extraño que las lavasen y guardasen ─comentó.
─Cuando el cuerpo de mi difunta esposa estaba en el depósito de cadáveres me entregaron sus pertenencias. Yo se las entregué a la señora Emilia. Supongo que decidió lavarlas y guardarlas.
─Comprendo. Y dice que la puntilla de encaje estaba enganchada en unas ramas en el acantilado.
─Sí. Crecen plantas y quedó sujeta a unas ramas.
─Pero usted no oyó que alguien pudiera empujarla desde el corredor, ¿verdad?
─Yo también salí de la habitación. No volví verla hasta que…, bueno, la trajeron muerta. Vinieron algunos de sus compañeros y se llevaron el cadáver para hacerle la autopsia.
─Sí, entonces yo no me encontraba aquí ─comentó el comisario─. Sospecho que algo no se hizo bien en esta investigación. Bien, señor Bahamonde, pediré que exhumen el cadáver para realizar una nueva autopsia. Aunque ha pasado tanto tiempo que dudo que encontremos algo relevante. Señorita… Clarisa ─se dirigió a mí─. Usted dice que fue atacada mientras estaba tomando un baño.
─Sí, así es. Intentaron ahogarme.
─¿Pudo ver al agresor?
─No, lo siento. Estaba detrás de mí y solo sentí la fuerza de sus manos.
─¿Eran unas manos fuertes?
─Eran grandes y fuertes. Podría asegurar que eran las manos de un hombre.
─O una mujer muy grande ─comentó el compañero del comisario.
─Aquí no hay mujeres grandes ─se apresuró a decir Alonso.
─¿Hay algún hombre aquí que pueda ser el atacante de la señorita?
─Además de los hombres que trabajan para mí, no hay nadie más, salvo yo, claro. Supongo que todos somos sospechosos.
El comisario asintió. Me miró con curiosidad. Me acordé de las notas que me habían hecho llegar de forma misteriosa pero dudé si debía comentarlo. Alonso se había deshecho de ellas y, tras la conversación que escuché entre doña Virginia y la señora Emilia, las sospechas caían solo sobre él. Si lo comentaba, estaba segura de que el comisario lo arrestaría en ese momento. Sabía que debía ser sincera y decir toda la verdad pero tenía miedo, más por implicar a quien aún consideraba inocente, que por tener que aceptar la realidad, que él era un asesino.
Antes de irse, el comisario quiso echar un vistazo al corredor exterior. Subimos con él. Accedimos al lugar desde el dormitorio de Alonso. Había empezado a llover y él me pidió que quedara en la habitación.
Paseé por la habitación. De pronto me sentí mareada y me tumbé en la cama. Cerré los ojos. Las voces de los hombres llegaban a mis oídos desde la lejanía pero eran incomprensibles. Me adormecí.
Cuando abrí los ojos, Alonso estaba sentado en la cama, contemplándome. Sonrió y se inclinó hacia mí. Me besó en los labios. Le acaricié los cabellos. Tenía ganas de llorar, en vez de eso, le abracé. Se tumbó sobre mí y volvimos a besarnos. Deseaba que el tiempo se detuviera en ese momento. No quería recordar el pasado, ni pensar en el futuro. No quería oír hablar más de muertes, ni posibles asesinatos. Solo quería disfrutar de nuestro amor. Se apartó de mí y sonrió.
─Con un poco de suerte se esclarecerá todo y podremos olvidarnos de todo para iniciar una nueva vida, juntos. ¿Te casarías conmigo, Clarisa?
─¿Casarnos?
(Continuará)

lunes, 25 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XVI)



XVI

Sé que mi comportamiento no fue el más correcto en ese momento. Hacía poco tiempo que había muerto mi hermana, estaba investigando su muerte, Alonso era mi cuñado, y hasta hacía pocas horas todavía sospechaba que él pudiese ser el asesino de mi hermana. Pero me sentía tan enamorada de él que no pude contener mis impulsos. También sé que debía arrepentirme por haber actuado tan a la ligera, pero no lo hice. Al contrario, me sentía feliz. Estaba profundamente enamorada de Alonso desde el primer día que le vi y me emocionaba ser correspondida. Aun así, hice un esfuerzo para centrarme en el caso.  

Alonso me llevó hasta una habitación que había en el piso superior del castillo donde guardaban muebles y otros objetos que ya utilizaban. No sé si sería correcto llamarlo “desván”, pues los castillos carecen de estas dependencias.  

Señaló un baúl y un viejo armario que tenía la luna de cristal rota. 

─Ahí deberían estar guardados los vestidos de tu hermana. Quizás encontremos el vestido al que pertenece esa pieza. 

Me acerqué al armario y abrí la puerta. Dentro había colgados algunos trajes de hombre y vestidos de mujer, pero no parecía que perteneciesen todos a mi hermana. Algunos tenían colores oscuros y tenían alguna talla más grande. Comprobé si a alguno le faltaba un trozo de puntilla de encaje. Mientras, Alonso miraba en el baúl. 

─¿Tienes alguna teoría de lo que pudo haber pasado? ─pregunté acercándome a él. 

Alonso tenía un vestido rojo entre sus manos. Lo reconocí. Era uno de los favoritos de mi hermana. Tenía puntillas y lazos de adorno pero estaban intactos. 

─Estoy pensando en ello. Todavía no alcanzo a comprender qué pudo haber pasado para que esa puntilla apareciera en el acantilado. La noche que discutimos, tu hermana se fue de la habitación por la galería exterior -me miró con gravedad. 
─Entonces, debió encontrarse con alguien que la arrojó al vacío. 
─No ─negó─. Eso no es posible. El cadáver de tu hermana no presentaba heridas. Si la hubiesen arrojado por el acantilado… 
─Entiendo. 
─Es posible que esa puntilla llegara a ese lugar en otro momento. Quizás tuvo algún altercado que desconozco… 
─¿Algún altercado? -pregunté confusa. 
─Era muy impetuosa. Es posible que discutiera con alguien… Quizás tropezó. ¡No lo sé! Intento pensar en algo que sea menos hiriente que pensar que la mataron ─me miró atormentado. 

Sentí su dolor y le acaricié el rostro.  

─¿Te das cuenta de que no he sabido protegerla? La traté como si fuera una niña caprichosa y la dejé por imposible. Hubo momentos en los que llegué a aborrecerla. Pero jamás podía esperar un final trágico para ella, ya sea porque suicidara o… porque la hubiesen matado. 

Siguió buscando entre las ropas. Le ayudé. De pronto, cogió un vestido verde que tenía pequeñas flores blancas. Se quedó parado mirándolo fijamente.  

─¿Qué sucede? 

No me respondió. Le quité el vestido de las manos. Observé que el corpiño estaba adornado con puntillas de encaje. Estaban rotas y a una de ellas le faltaba un trozo. Cogí la puntilla que había encontrado en el acantilado y la puse sobre el corpiño del vestido. Era idéntica a las del vestido. Miré a Alonso, preocupada. Su expresión había pasado del desconcierto a la rabia. Se levantó. 


─¿Quién habrá hecho esto? 
─¿Tú no oíste nada extraño esa noche, después de vuestra discusión? ─pregunté. 
─No. Yo… yo también salí de la habitación después que lo hizo ella. Fui a mi despacho.  No volví a preocuparme por ella. Creí que se había refugiado en su habitación o la biblioteca.  
─Pero si alguien luchó con ella en la galería, ¿quién habrá podido ser? 
─No lo sé. Pero quien fuese, tuvo que cogerla y llevarla a la playa a la fuerza.  
─¿Crees que la señora Emilia…? ─me levanté. 
─¡No! ─negó rotundamente─. Es una mujer mayor. No tendría fuerzas para ejecutar semejante acción. 
─Entonces, ¿quién ha podido hacer daño a mi hermana? 
─No lo sé. Será mejor que entreguemos esas pruebas a las autoridades y que ellas se hagan cargo de la investigación.  

Recogí el  vestido y la puntilla de encaje para llevarlos a mi habitación. Alonso me detuvo. 

─¡Qué descuidado he sido! Debí pedirte que te cambiaras antes de venir aquí. Estás empapada y puedes enfermar. 
─Tú también. 
─Yo estoy acostumbrado ─sonrió─.Vamos. Pediré que te preparen un baño.  

Guardé el vestido y la puntilla en el fondo del armario de mi habitación. Me prepararon el baño, como había pedido Alonso y me bañé. 

La tibieza del agua era reconfortante y me quedé adormecida. En ese estado de duermevela me acordaba del beso que había compartido con Alonso. Todavía sentía su boca, firme y la cálida lengua en mi boca. Y sonreía, risueña, estremeciéndome. 

Fui sacada de ese agradable sopor de una manera violenta. Alguien me había cogido por los hombros y me empujaba hacia abajo. Abrí la boca para gritar pero solo conseguí tragar agua. Intenté luchar con todas mis fuerzas para liberarme de quien me quería ahogar. No era fácil, resbalaba en la bañera y me golpeaba. Aun así, estuve segura de que había conseguido arañar sus brazos. Cuando me fallaban las fuerzas y pensé que iba a morir, el agresor me soltó. Saqué la cabeza a la superficie y aspiré aire con fuerza. Tosí violentamente varias veces, escupí agua y me atraganté. Salí de la bañera, resbalé y caí al suelo. 

En ese momento una doncella entró en el cuarto y gritó al verme en ese estado. Me cubrió con una toalla y pidió ayuda. 

Quise levantarme pero perdí las fuerzas. Me desmayé. 
(Continuará)

XIX Desperté tras oír un ruido cerca de mi habitación. Al principio no sabía de qué se trataba pero, una vez me despejé, pude oír ...