martes, 30 de enero de 2018

EL ESTADEA

SEGUNDA PARTE
La iglesia era pequeña, de estilo románico. Estaba consagrada al santo Antonio. Tenía todas las puertas cerradas. En el cementerio, que rodeaba a la iglesia, trabajaban dos hombres. Estaban abriendo una tumba, seguramente para enterrar al vecino recientemente fallecido. 
Me acerqué a ellos y les pregunté por el párroco. Me respondieron que estaba en su casa, un poco más lejos de la parroquia, en dirección al pueblo. Sabía a cuál se referían. Había pasado por delante de ella hacía unos minutos.  
─¿Cómo se llama el párroco? ─pregunté antes de irme. 
─Don Cosme. 
─Gracias.  
Llegué a la casa, un perro de gran tamaño, parecido al mastín, se acercó a mí y me olfateó. Detrás salió el párroco, don Cosme. Le saludé, me presenté, y le pregunté si podía robarle unos minutos de su tiempo. Asintió, encantado. Seguramente le agradaba hablar con alguien de fuera. 
─He ido al bar y estaba cerrado por defunción. Me gustaría saber quién falleció. 
─¡Menuda desgracia! ─exclamó─. Murió Pascual, el dueño. 
─¿Era muy mayor? 
─¡En absoluto! Sólo tenía cincuenta y dos años. Murió de un colapso al corazón. 
─Es extraño que mueran dos personas en tan poco tiempo en un pueblo tan pequeño. 
─Tres.  
─¿Tres? ─le miré sorprendido. 
─La semana pasada murió una mujer. Tenía algo más de setenta años. Es normal que muera la gente mayor. Pascual era joven pero no los demás. ¿Aún no saben nada de su cuñado¿? 
─No. La policía no tiene nuevas. ¿Usted tiene alguna opinión al respecto? 
─El campo es traicionero. Nunca se llega a conocer bien y su cuñado, aunque venía a menudo, era de ciudad. 
─Entonces ¿cree que sufrió un accidente? ¿No existe la posibilidad de que alguien pudiera hacerle daño? Cazadores furtivos… 
─Todo es posible. Espero que no fuera así, eso sería aún más triste. 
Me invitó a entrar en casa. Tenía el fuego encendido en la cocina de leña y se estaba a gusto. Me sirvió un vino de su propia cosecha y un poco de jamón. 
─¿Qué opina de la Santa Compaña? ─le pregunté─. Hay quien dice que se deja ver estos días. 
Dos Cosme me miró perplejo y soltó una carcajada.  
─¿No creerá en esas supersticiones ¿verdad? 
─No. Pero algunas personas creen y pueden llevar más allá sus creencias. No sé si me entiende. 
─Sí, Y le aseguro que los vecinos de esta parroquia no se dedican a asustar a nadie.  
Me despedí del párroco, agradeciendo sus atenciones, antes de que me invitase a comer y regresé a casa.  

Por la tarde me despedí de mi hermana y realicé el camino que había hecho Luis. Quería descartar que se tratase de un accidente.  
El bosque donde Luis había estado buscando setas no era difícil de caminar. Tenía senderos marcados por el uso de la gente. La vegetación ─malezas y arbustos─, no invadían esos caminos. Y no tenía sentido subir hacia la montaña donde los tojos y las grandes rocas de granito indicaban que no era el lugar adecuado para que nacieran las setas, al menos las comestibles.  
Llegué al lugar donde la guardia civil había encontrado la cesta de Luis. De hecho, todavía podía encontrarse un trozo de la cinta que había marcado el perímetro de la investigación. 
Como me habían dicho, no se veían signos de violencia. No había rastro de sangre, pelea, nada que indicara que Luis se hubiese visto envuelto en un suceso violento.  
Aunque empezaba a oscurecer, decidí adentrarme más en el bosque pero en dirección contraria a la montaña. En algún tramo tuve que encender la linterna del teléfono móvil, pues los árboles ensombrecían el lugar. Me pareció ver un claro en dirección al pueblo, paralelo a la carretera. Me dirigí allí sorteando algunos troncos caídos, llenos de musgo.  
El lugar se correspondía con un tortuoso camino embarrado. Pude escuchar el ruido de un regato. Seguí caminando, confiando en que durase la batería del teléfono lo suficiente para no quedar en medio del bosque en la noche. Empezaba a escuchar los animales nocturnos y, aunque yo no era miedoso, se hacía inquietante. 
No tardé en localizar la procedencia del agua. No era un regato. Era una mina de agua que estaba muy llena. Inundaba el camino de agua y lo hacía poco transitable. Desde allí se podían ver las luces del pueblo y la carretera. Seguí el camino. Aunque no conocía el lugar, deduje a dónde llevaba.  
Anocheció y decidí llamar a mi hermana para tranquilizarla, aunque no le dije dónde me encontraba. 
Continué avanzando. Calculé que había caminado casi dos kilómetros cuando llegué al final del camino. Había llegado a la parte de atrás del cementerio.  
Me sentí decepcionado. Mi investigación no había dado resultado. Apagué la luz del móvil. Recorrería el camino de vuelta siguiendo el arcén de la carretera.  
Nada más guardar el teléfono, pude escuchar el ruido de una campana. Miré instintivamente hacia el campanario de la iglesia. Era absurdo pensar que alguien podía estar allí a esas horas, aunque sólo pretendiera gastar una broma. Sin embargo, decidí quedarme un rato más, esperando que saliera alguien de la iglesia. 
Lo que vi a continuación me sorprendió y horrorizó a partes iguales. Delante de la iglesia se formó una niebla más oscura y espesa que la se había adueñado de algunas partes del pueblo. La niebla se disipó lentamente dejando ver luminarias que formaban unas siluetas humanas. Delante de esas siluetas iba un hombre vestido con ropas normales. Portaba una cruz y empezó a caminar portando una cruz, encabezando una procesión… de muertos.  

Me oculté tras un arbusto y seguí contemplando aquello que sólo debería formar parte de una vieja leyenda: la Santa Compaña.  
Pero lo que hizo que se me erizaba el cabello fue comprobar que la persona que encabezaba el desfile era Luis. Quise salir de mi escondite para socorrerle pero, afortunadamente, me acordé de las advertencias que acompañaban a la leyenda y decidí permanecer en el escondite. Cuando se alejaron, siguiendo el camino por el que yo había venido, salí a la carretera y corrí lo más rápido que pude hasta llegar a mi coche.   
Esa noche no pude conciliar el sueño.
 Al día siguiente, salí temprano de casa. Quise regresar a la casa de don Cosme. Necesitaba hablar con él, aunque me tildase de loco. 
El párroco notó mi agitación y me hizo entrar hasta la cocina. Me ofreció un café, que agradecí. La falta de sueño me hacía sentir más frío de lo habitual. 
Le expliqué lo que me había sucedido por la noche. Insistí en que yo, profesor de física y química, era un hombre razonable, que no creía en nada. Esperaba que no le molestara mi sinceridad.  
El párroco se quedó pensativo largo rato antes de responderme. 
─Le contaré algo. Ese camino que ha recorrido usted ayer por la noche, era la antigua ruta que utilizaba la gente para ir a la iglesia y el cementerio. Quedó en desuso cuando se abrió la carretera.  Hace unos dos años, desapareció un hombre en el pueblo vecino. Lo buscaron durante días pero nunca lo encontraron, ni vivo, ni muerto. Sin embargo, algunos vecinos, juraban que lo habían visto alguna que otra noche. Según decían, iba a la cabeza de la Santa Compaña. Yo no creo en eso… Nadie cree ya en esas historias… Pero, ahora viene usted…  
─¿Qué se puede hacer para salvar a alguien que ha quedado atrapado en esa maldición? ─pregunté. El párroco se sorprendió ante  mi brusquedad. 
─No lo sé. ¿Quiere usted ocupar el lugar de su cuñado para liberarle de su cruz? 
─No. Estimo a mi cuñado pero no puedo abandonar a mi familia. No puedo hacer ese sacrificio.  
─Entonces,  le aconsejo que se olvide de su cuñado y deje que la vida siga su curso. 
Me despedí de don Cosme y regresé a casa de mi hermana. La acompañé unos días más mientras la guardia civil seguía con sus investigaciones. Investigaciones que, como era de esperar, no dieron resultado.  
Una noche, antes de irnos del pueblo, regresé al camino viejo que conducía al cementerio. Permanecí oculto esperando que volviera a aparecer la procesión de los muertos, aunque nada garantizaba que fuese así. Sin embargo, esa noche las almas volvieron a formar la procesión. Luis, mi cuñado, iba delante. Su rostro demostraba un horror y cansancio infinitos. Su cuerpo había adelgazado. Sentí lástima por él.  
Al pasar cerca de mí, instintivamente retrocedí un paso. Bajo mis pies crujió una rama. El estadea, como así se conocía al hombre o mujer vivos que encabezaban la procesión, se detuvo. Las almas que le seguían también se detuvieron. El olor a cera llenó mis fosas nasales. Luis miró en dirección hacia mí y se acercó, seguido de las almas. Me vio. Me sentí paralizado. Le llamé pero no me respondió. Me quiso entregar la cruz y yo, recordando la leyenda que me habían contado siendo niño, acerté a decir: 
─Ya tengo cruz. 
Luis, el estadea, se volvió y siguió su camino, condenado a vagar todas las noches con las almas de ese cementerio, buscando a alguien a quien pasar su cruz y anunciando la muerte de los vivos. 


FIN 

miércoles, 24 de enero de 2018

EL ESTADEA

PRIMERA PARTE

“Hace cinco días que Luis ha desaparecido en el bosque. Por favor, ven. Te necesito”, así decía el mensaje que me envió mi hermana, Sorprendido y preocupado por la situación, hice la maleta, me despedí de mi mujer y regresé a Galicia. 
Mi hermana, Sira, vivía en Ourense, pero tenía una casa rural en un pequeño pueblo. Ella y su marido solían pasar allí  algunos fines de semana y parte de las vacaciones. Como amantes de la naturaleza les gustaba pasear por el bosque, nadar en el río y degustar los productos que los paisanos cultivaban y no tenían inconveniente en regalarles. A mi cuñado también le gustaba recolectar setas.  
Y fue ejerciendo esta actividad cuando desapareció. De eso hacía cinco días. La búsqueda por el bosque que hicieron los vecinos, guiados por la Guardia Civil, no dieron resultado.  
Conocía a Luis, mi cuñado, desde hacía más de veinte años y sabía que era un hombre tranquilo, pacífico, prudente, que no tenía enemigos. Mi hermana aseguraba que no tenían ningún problema matrimonial y, salvo que engañase bien a todos, se podía decir que era un hombre feliz. Yo la creía, y así se lo hice saber a la Guardia Civil cuando hablé con ellos. 
Según me contaron, mi cuñado salió sobre las seis de la tarde de casa. Condujo hasta el bar más cercano, a unos dos kilómetros y medio de su casa, y se detuvo para tomar un café con leche. Uno de los vecinos intentó persuadirle de que no se adentrara en el bosque, pronto se haría de noche, y empezaba a subir la niebla. Pero, Luis, quería coger setas para  cenarlas esa noche. 
Pasaron las horas y, sobre las nueve de la noche, mi hermana decidió llamar a una vecina, con la que más relación tenía, para preguntarle si Luis estaba con el marido de ella. Pero los vecinos no habían visto a mi cuñado ese día. El señor tuvo la amabilidad de acercarse al bar para comprobar si Luis estaba allí. Encontró el coche de Luis, cerrado. Preguntó por él en el bar. Nadie le había vuelto a ver desde que se adentró en el bosque. Así se lo hizo saber a mi hermana y, sin demora, se lo comunicaron a la guardia civil. 
Después de una extensa e intensa búsqueda, lo único que encontraron fue la cesta que llevaba para recoger las setas,  y dentro estaban la navaja que utilizaba para cortar los tallos y algunas setas, ya mustias.  
No había signos de violencia en los alrededores. Y, aunque carecía de lógica, la guardia civil estaba convencida de que Luis se había alejado por algún motivo, dejando la cesta en un punto, y debió sufrir un accidente con  fatal desenlace. Al parecer, no confiaban en encontrarle con vida, aunque seguirían buscándole.
La tarde del mismo día de mi llegada, llevé a mi hermana a la iglesia para asistir al entierro de un vecino. Me quedé con ella en el sepelio para acompañarla y darle ánimo. Su salud era delicada y en su aspecto podía verse reflejado el estrés y la angustia que estaba padeciendo.
El cementerio estaba en el mismo recinto que la iglesia, así que pudimos ir caminando hasta el lugar donde se sepultaría el ataúd.
Cuando estábamos presenciando el entierro, una mujer mayor, vestida de negro, se acercó a nosotros y nos habló en voz baja.
─Ese hombre era mayor pero estaba sano. Aún así, la Parca decidió que había llegado su hora y así se lo anunció la Santa Compaña. ¿Ustedes no escucharon las campanas en mitad de la noche hace dos días?
─Yo no estaba aquí ─respondí.
─Deberían buscar a su familiar en el bosque, pero de noche. Últimamente la Santa Compaña se deja ver mucho por este pueblo. Es que nos estamos haciendo mayores ─se alejó.
Mi hermana me miró, nerviosa y sonreí para tranquilizarla.
─No hagas caso a lo que ha dicho. Los viejos tienen sus manías y supersticiones.
Después del entierro, regresamos a casa. Encendí fuego en la chimenea y preparé algo para cenar.
Mientras cenábamos, vimos las noticias locales en la televisión. Recordaron el caso de desaparición de mi cuñado y mi hermana empezó a llorar. Apagué la televisión y la tranquilicé.
─Te prometo que haré todo lo posible para encontrarle.
─Agradezco mucho que estés aquí. No sé qué habría sido de mí si estuviese sola.
─Debiste llamarme antes.
─No quería molestar.
─¿Molestar? ¡Sira, no digas eso, por favor!
Nos abrazamos y, una vez estuvo más tranquila, le aconsejé que se acostara e intentara dormir.
Yo no podía dormir. Aunque hacía frío, salí al exterior para pensar un poco. Me senté en un banco que había al lado de la puerta. Aunque yo no era creyente en sucesos extraños, conocidos como “paranormales”, no dejaba de pensar en lo que nos había dicho la anciana en el cementerio.
Desde luego, no me planteaba la posibilidad de que mi cuñado se hubiese encontrado con una procesión de almas en medio del bosque, pero podía haber algún otro misterio más racional en el que se hubiese visto implicado, sin poderlo evitar.  Y estaba pensando, en concreto, en la posibilidad de que hubiese tenido la mala suerte de encontrarse con cazadores furtivos o, un grupo de delincuentes que buscaba la policía nacional, junto con la guardia civil, desde hacía una semana, más o menos. Según la investigación, tenían pensado ir a Portugal, y el pueblo donde nos encontrábamos tenía una ruta antigua por el monte que era la ideal para cruzar la “frontera” de manera furtiva.
La media noche me cogió sumido en mis pensamientos, convenciéndome de que mis teorías tenían fundamento y, seguramente, la guardia civil barajaba esa posibilidad aunque no me lo habían querido decir.  Tan concentrado estaba que no me di cuenta de que hacía realmente frío y mi ropa estaba húmeda por la niebla.
Me levanté dispuesto a entrar en casa y, de pronto, me pareció percibir un olor a cera, mezclado con incienso. Miré hacia el camino y no vi nada extraño. Entré en casa y me dirigí a mi habitación. Era hora de que me acostara. Quería madrugar para iniciar la búsqueda de Luis.
Antes de acostarme, me asomé a la ventana. El olor que había percibido momentos antes, me había inquietado. Me pareció oír el tañido de una campana. Recordé, una vez más, las palabras de la anciana. Me sentí inquieto y cerré la ventana. Luego, me reí por lo absurdo de la situación. Yo era un hombre racional y no podía dejarme llevar por historias de viejas.
Al día siguiente, después de desayunar y asegurarme de que mi hermana se encontraba bien, me dirigí al bar del pueblo para hablar con los paisanos. Quería saber si ellos estaban de acuerdo con mis teorías. Y esperaba que me ayudasen y no guardasen silencio, como solían hacer los paisanos, sobre todo por temor a posibles represalias.

Llegué al bar y me sorprendió comprobar que estaba cerrado. Tenía un cartel pegado en la puerta, hecho con un cartón vulgar. Leí la nota: “Cerrado por defunción”. Miré extrañado a mí alrededor.  Sin dudarlo, me dirigí a la parroquia. Necesitaba saber quién había fallecido y en qué circunstancias.

(CONTINUARÁ...)

viernes, 12 de enero de 2018

LAS PALOMAS DE SAMUEL


Era una tarde soleada, cálida y apacible. Samuel cogió una bolsa donde guardaba migas de pan, su sombrero panamá, sus gafas de sol, y salió de casa.
Se dirigía al parque, como venía haciendo habitualmente desde hacía unas semanas. 
Se sentó en su banco favorito que, por fortuna, no estaba ocupado, a pesar de que el parque estaba lleno de gente. 
Samuel empezó a tirar migas de pan en el suelo y no tardaron en venir las palomas a comer el preciado manjar.  
Al poco rato,  un grupo de niños de diferentes edades se maravillaban por el espectáculo ofrecido por las palomas y se acercaron a Samuel para ayudarle a alimentar a las aves. 
Los más pequeños reían, nerviosos y alegres, y daban palmas con sus regordetas manos. Los más mayores recogían las migas del suelo que las palomas no habían alcanzad a ver, y se las volvían a arrojar.
Las madres miraban complacidas la escena, algunas sonreían a Samuel. Hacía varios días que lo veían en el parque, siempre echando de comer a las palomas. Parecía un hombre agradable. Desconocían de dónde venía pero, sospechaban que debía estar ingresado en un geriátrico que habían abierto hacía pocas semanas, cerca del parque. Aunque no podían precisar su edad con exactitud, el sombrero y las gafas de sol no lo permitía.
A los niños les gustaba ver como los pájaros picoteaban  el pan, moviendo sus pequeñas cabezas, arriba y abajo, sin parar, emitiendo su característico gorjeo. 
Y Samuel sonreía ante la curiosidad y alegría de los pequeños. Agradecía sus risas agudas, sus exclamaciones jubilosas.  
El pan se acabó y los niños regresaron a sus juegos. Samuel los observaba con atención. No tardaron en olvidarse de las palomas y distraerse en sus juegos.

A Samuel le fascinaban los niños. Las bocas sonrientes, los dientes pequeños y blancos, o la ausencia de ellos. Los cuerpecitos rechonchos o delgaditos, torpes o ágiles; las voces chillonas, las risas espontáneas, y los ojos, grandes, curiosos. Pero lo que más le gustaba era cuando esos ojos se agrandaban, llenos de terror, en el momento en que se hacían conscientes de que Samuel no quería enseñarles el escondite donde se ocultaban las palomas. Claro que, para que eso sucediera, para poder volver a disfrutar de ese momento tan emocionante, tenía que tener la suerte de poder coger a algún pequeño.
Las madres miraban a sus hijos para comprobar que seguían jugando con absoluta normalidad pero, de vez en cuando, seguras de la paz que se respiraba en el parque, se abstraían en sus conversaciones entre ellas, o comprobando mensajes recibidos en los teléfonos móviles. 
 Así fue pasando la tarde.  Nadie se fijó en el momento en que Samuel abandonaba el parque. Las palomas también se retiraban a sus nidos. Y una madre tardó más tiempo de lo normal en darse cuenta de que su pequeño hijo no estaba en el parque. 


 FIN

AUTORA INDEPENDIENTE

Hoy en día, gracias a algunas plataformas, quienes escribimos y soñamos que nuestro trabajo sea aceptado y reconocido por los lectores...