lunes, 26 de febrero de 2018

LAS TRECE MONEDAS (Capítulo 4)



El sábado por la mañana, Tobías y Brais se dirigieron a la Facultad de Geografía e Historia, donde Brais tenía un amigo que, además de profesor de historia, había sido arqueólogo, especializado en egiptología y conocía alguna lengua antigua.  
─¿Crees que lo encontraremos? ─preguntó Tobías, mientras su amigo buscaba un hueco donde aparcar el coche, tarea nada fácil. 
─Sí, me ha dicho que nos esperará allí. Le gustan los misterios. 
─¿Ya no ejerce como arqueólogo? 
─Es mayor, está a punto de jubilarse y está enfermo y, por presiones familiares, decidió no ausentarse tanto como antes. Supongo que no ha perdido contacto con ese mundo pero… ya no es lo mismo. 
─¿Sois muy amigos? 
─Bueno…  
─¡Genial! Supongo que sabrá mantener un secreto. Aunque las monedas tengan valor, no quiero entregarlas a las autoridades, todavía. Es más, creo que ni debo entregárselas a nadie. Seguiré el consejo de Clara y las devolveré al escondite donde las encontré. 
─Se puede confiar en él ─aseguró. 
─¿De qué le conoces? 
─Fue ─carraspeó, incómodo─, fue un amigo especial de mi madre poco después de que enviudara. Es un tema del que no quiero hablar. 
─¡Ah, era el querido de tu madre! Sí, recuerdo que una vez casi los pillamos in fraganti. 
─¡Vale! ¡Ya está bien! No quiero hablar del tema. 
─Está bien. No insistiré ─guardó silencio unos segundos─. Recuerdo que tú influiste en la ruptura. No aprovechará esta ocasión para vengarse de ti, ¿verdad? 
─¿Qué dices? ¡Yo no rompí nada! Sólo dije que el cuerpo de papá aún estaba caliente. 
─Más lo estaba ella. 
─¡Oh, por favor! ─exclamó, molesto─. Eso ha sido de mal gusto. 
Tobías rió, pidiendo perdón con las manos juntas. 

El profesor Marcos, les esperaba en la biblioteca, como había prometido. Encima de una mesa tenía varios libros, al lado de un ordenador.

Brais le saludó y presentó a su amigo, Tobías, quien explicó cómo había encontrado el tesoro y se lo enseñó.
El profesor Marcos examinó detenidamente la vasija y las monedas. Comprobó algunos en los libros. Tras una larga pausa en la que Tobías empezaba a impacientarse, el profesor miró fijamente a Tobías.
─Son auténticas. Y la vasija también. Lo cierto es que sí tiene un tesoro entre sus manos. ¿Qué va a hacer con él?
─Supongo que debería ponerlo en conocimiento de las autoridades ─respondió, dubitativo.
─Sí, eso sería lo correcto.
─¿Qué dice la inscripción? ─preguntó Tobías.
─Es una inscripción cuneiforme sumeria. Increíble que estén mezcladas varias culturas en tan poco espacio ─se rió de su gracia─. Es evidente que alguien recopiló todo esto y, por alguna extraña razón, lo juntó a saber con qué fin.  Aunque puedo deducir algo por la inscripción ─añadió pensativo─. Estas monedas eran de bajo valor económico. Y eran utilizadas cuando se enterraban a los difuntos. Se ponían dos monedas en los ojos y una bajo la lengua. Así se pagaba a Caronte, que era el encargado de llevar las almas al otro lado del río. La inscripción dice: “La consciencia me hará libre”. Ciertamente, se pagaba a Caronte para recuperar la consciencia, no sólo para cruzar el río. La serpiente que muerde la cola representa el ciclo que se repite y la eternidad. Yo creo que, quien reunió estas monedas, quiso hacer una colección un poco macabra pero que carece de interés por el significado en sí misma. Espero haber satisfecho su curiosidad.
─Lo cierto es que me ha ayudado mucho, gracias ─contestó Tobías.
─Si se utilizaban tres monedas por difunto… y ahí tenemos doce, quiere decir que se corresponde con las monedas de cuatro difuntos ─comentó Brais.
─¡Mierda! ─exclamó Tobías y le miraron sorprendidos─. Acabo de recordar que, en realidad, encontré trece monedas. Una de ellas estaba en la tierra, fuera del cofre. La guarde en… ¡Oh, no! La guardé en un bolsillo de la chaqueta que ahora está en la tintorería.
─¡Ojalá no la haya perdido definitivamente! ─exclamó el profesor─. Pero es extraño que una de las monedas estuviese fuera. Es posible que el tesoro fuese manipulado por alguien.
─¿Y por qué no se lo llevó? ─preguntó Brais─. ¿Y dónde están las monedas que faltan? ¿Estás seguro de que no había más monedas cerca del lugar donde estaba el cofre? ─preguntó a Tobías.
─No lo puedo asegurar totalmente, pero no encontré nada más que eso y la que estará en alguna lavadora industrial.

Tras despedirse del profesor, se detuvieron en un restaurante para comer y después regresaron a la casa de Tobías. Brais cenó con su amigo y se marchó a su casa.
Tobías sabía que el lunes tendría de vuelta la chaqueta, así se lo había dicho la señora que le hacía la limpieza en su casa. Esperaría a que llegase ese día con la esperanza de recuperar la moneda faltante y, luego, sin más demora, llevaría el cofre al lugar donde lo encontró.
Esa noche, seguro de que podía ser atacado por algún fantasma relacionado con las monedas, se quedó a dormir en el salón, con la televisión y las luces encendidas.
A los vecinos les molestaría el ruido y le harían alguna queja en la siguiente reunión, pero no le importaba. Estaba seguro de que si ellos sufriesen el mismo acoso desde el Más Allá, harían lo mismo que él.

Sobre las dos de la mañana, tras un primer sueño profundo y tranquilo, se despertó. La televisión seguía encendida y estaban echando una película antigua.
Fue a la cocina para beber agua y regresó al salón. Le extrañó comprobar que la televisión estaba apagada. Cogió el mando y pulsó el botón de encendido. No respondió. Se acercó a la televisión y pulsó el botón. Se encendió pero no había señal. La pantalla estaba negra.
─¡Genial! ─exclamó.
Apagó la televisión y encendió el equipo musical, una emisora de FM. La música le ayudaría a relajarse.
Se tumbó en el sofá. Al cabo de unos minutos dejó de escucharse la emisora y sólo se oía ruido blanco (el típico ruido que hace la radio sin sintonizar). Se levantó para coger el mando a distancia y buscar otra emisora o cargar un disco compacto. Entonces, se fue la luz.
Asustado caminó a tientas hasta la ventana. Miró a su alrededor y no vio nada. Sólo oía el ruido de la radio y eso lo ponía más nervioso.
Durante unos minutos no se dio cuenta de que detrás de él había sombras. Al cabo de ese tiempo, sintió que alguien quería cogerle por detrás y se giró sobre sus talones.  Vio las sombras proyectadas en los cristales de los ventanales. Retrocedió varios pasos. Las sombras adquirieron forma y avanzaron hacia él. Tobías gritó. Sintió que le golpeaban y se tiró al suelo.

─¡Nooo! ¡Dejadme! ¡Prometo que os devolveré las monedas! ¡Dejadme, por favor!
Perdió el sentido. Cuando lo recuperó, sintió que le dolía todo el cuerpo. Fue al baño y se miró al espejo. Tenía magulladuras en todo el cuerpo.
Entró en el dormitorio y vio pasar sombras por delante de la puerta. Llamó a su amigo.
─Siento molestarte una vez más pero… los fantasmas me han golpeado.
CONTINUARÁ...

jueves, 22 de febrero de 2018

LAS TRECE MONEDAS (Capítulo 3)



“El profesor”, o Brais, como era conocido por Tobías y otros amigos, se presentó en el piso de éste, sobre las ocho de la tarde. Traía bajo el brazo su ordenador portátil, y un par de libros.
Tobías supo que el encuentro duraría horas y pidió una pizza para cenar. Lo que había comprado para picotear se acabaría en un santiamén.
Cogió dos cervezas en la nevera, un palto de jamón y queso, y regresó al salón. Brais ya había conquistado la mitad de la habitación. Tenía los libros abiertos encima del sillón, el ordenador en la mesa y su chaqueta en un sillón.
─¿Dónde está el tesoro? ─preguntó sin preámbulos, más entusiasmado que un niño.
─No creo que se pueda considerar un tesoro. Es más, estoy seguro de que forma parte de algún tipo de broma o juego de rol. Ya sabes que hay gente muy rarita en el mundo.
─Enséñamelo y juzgaré ─dijo Brais, totalmente seguro de sí mismo─. Juzgaremos ─rectificó ante la mirada cargada de fastidio de Tobías.
Tobías le dio una cerveza y dejó el plato en una esquina de la mesa. Cogió el cofre y se lo entregó a Brais.
─Parece el cofre de un pirata. Visto así, sí que se puede pensar que esto forma parte de un juego.
─El cofre no es el tesoro. Ábrelo.
Brais abrió el cofre y se quedó sorprendido con lo que vio en el interior. Cogió la vasija y examinó la tapa con forma de serpiente en círculo. Luego extrajo las monedas y las estudió concienzudamente.
Sin decir ni una palabra, algo que empezaba a exasperar a Tobías, examinó los libros, dejó caer cerveza en la alfombra, comió jamón, y buscó algún tipo de información en su ordenador.
─¡Increíble! ─exclamó de pronto.
─¿Qué es increíble?
─Es auténtico.
─¿En serio?
─Bueno, no  soy un experto pero por mis escasos conocimientos, que en realidad son más de lo que me gusta presumir, sí, puedo asegurar que es auténtico. Estas monedas egipcias son de la época ptolemaica, unos doscientos años antes de Cristo. Y estas otras son griegas, son dracmas de Atenas, de unos cuatrocientos años antes de Cristo. Las romanas son de la época republicana, unos doscientos años después de Cristo.
─O sea, que tienen valor.
─Sí, por supuesto. Deberías venderlas. Salvo que quieras convertirte en coleccionista. Entonces, deberías asegurarlas.
─¿Y qué me dices de la vasija con esa forma tan extraña? ¿Y tiene algún sentido esa inscripción? ─preguntó Tobías adquiriendo un nuevo interés por el tesoro.
─Esto es un uróboro. La serpiente que se muerde la cola es un símbolo muy antiguo. Simboliza el ciclo eterno de las cosas o el esfuerzo inútil, pues por mucho que intentes evitarlo, todo termina y empieza otra vez.
─No te vayas por las ramas filosóficas, por favor. Tú eres historiador.
─¿Quieres que hablemos de dinero? ¿Qué valor tendrá esto en el mercado? ─preguntó Brais mirando el ordenador.
─No. Sólo quiero saber qué significa esa inscripción y qué tiene que ver ese uro… con las monedas.  Y ¿cómo pudo aparecer eso en un monte gallego? Estaba enterrado junto a unas rocas. No era un lugar ideal para encontrar un yacimiento arqueológico y menos de algo como eso.
─Creo que sólo puedo responder a la primera pregunta ─sonrió Brais─. Pero tengo que estudiarlo detenidamente. Haré unas fotos… con tu permiso ─Tobías asintió─, y lo estudiaré. Ya te enviaré un mensaje o vuelvo a encontrarme contigo. ¿Tienes algo más para comer?
─He pedido una pizza. Llegará en cualquier momento.
─¡Buena idea! Siento lo de la cerveza. ¿Me traes otra?
─Sí, claro. Cervezas no me faltan ─rió Tobías.
Después de unas cervezas, la pizza y un capítulo de la serie “Expediente X”, Tobías se atrevió a contar a su amigo lo que le había pasado la noche anterior y lo que opinaba sobre ello su compañera Clara.
Brais guardó silencio un rato largo, como si estuviera analizando lo que le había contado su amigo, y en cierto modo lo estaba haciendo, aunque tenía clara su respuesta.
─Los fantasmas no existen. No dudo que tuvieras una alucinación. No habrás comido algo en el bosque ¿verdad? No sé, una baya de dudosa comestibilidad, una seta…
─No voy comiendo productos naturales cuando camino. Como mucho puedo llevar agua y una barrita energética que ¡a saber de qué están hechas!
─Insisto, eso fue una alucinación. No te preocupes, seguro que no vuelve a pasar. Unas simples monedas no pueden provocar alucinaciones.
─Salvo que estén impregnadas en algo tóxico.
─Eso sería muy rebuscado.
─Sí, lo sería.
Brais se despidió de Tobías y prometió dedicarse a descifrar el grabado con la mayor celeridad posible, detalle que agradeció Tobías.
Después de cerrar la puerta con llave y comprobar que en el pasillo no se veía nada extraño, recogió el salón, y se preparó para ir a la cama.
Esta vez, cuando se cepilló los dientes, no se miró en el espejo. La imagen terrorífica del otro día, seguía en su mente.
Se metió en cama y cerró los ojos. Dudó si debía dejar una luz encendida pero se dijo que no era un niño e intentó dormir.
 Y consiguió dormir tranquilamente hasta cerca de las dos de la mañana cuando, nuevamente un ruido extraño, lo despertó bruscamente.
Se levantó de inmediato, aunque no salió de la habitación. Encendió todas las luces de la habitación. Se acercó a la puerta y dudó si mirar al pasillo o hacerse el tonto y regresar a la cama.
Finalmente, le echó valor y salió al pasillo. No había nada, ni nadie. Caminó despacio, encendiendo luces.
Llegó al salón y se acercó al estante donde estaba el cofre. Miró hacia la ventana.
─Otro susto y te juro por la memoria de mis abuelos que te tiro a la calle desde un séptimo ─dijo.
Oyó un grito a sus espaldas y se giró mirando con sorpresa y horror la figura de una mujer, vestida con ropas antiguas, seguramente griegas, que lo miraba a su vez,  enfadada e, incluso, con odio. Se dirigió a él y pronunció unas palabras que pudo escuchar perfectamente, pero no entendió.
Una vez desapareció el fantasma o la alucinación, Tobías regresó corriendo al dormitorio pero, en el pasillo, resbaló y se calló de bruces. Se levantó y, una vez más, vio la sombra que se cruzaba en su camino pero, de momento, no parecía darse cuenta de su presencia, o si lo hacía, dejaba la parte activa a los fantasmas. Tobías no estaba seguro de nada en ese momento. Sí parecía algo amenazante pero prefería no pensar más en ello y, tan pronto se levantó, entró en el dormitorio, cerró la puerta, sabiendo que eso no sería una barrera infranqueable para los fantasmas.
─¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué hago? ─se preguntó desesperado, caminando por la habitación─. ¿Llamo a la policía? ¡Se reirían de mí! ¿Un exorcista? ¿Y qué le digo? ¿Que tengo una invasión de fantasmas romano-greco-egipcios en mi casa?  Además, un fantasma no es lo mismo que un demonio, creo yo. Entonces, ¿qué puedo hacer? ─se detuvo─. ¡Ya está! ─palmoteó─ ¡Llamo a Brais! Para eso están los amigos.

Brais no entendió nada de lo que le había contado su amigo, sólo entendió que estaba en medio de una crisis nerviosa y necesitaba ayuda. No dudó en personarse en su casa, sin importarle la hora y vestido con el pijama y un abrigo.
Tobías le contó lo sucedido. Hablaba tan rápido que tuvo que repetirlo varias veces para que Brais asimilara la información.
─Tiene que ser una alucinación, Tobías. O estás pasando la crisis de los cuarenta, o ese tesoro tenía algo tóxico que te ha afectado.
─¡La crisis de los cuarenta no existe! ¡Ya la tuve a los treinta y cinco, cuando me divorcié! No, Brais. Clara va a tener razón. Esto tiene que ver con el Más Allá.
─¡Tontería! Escucha. Mañana es sábado, analizamos la frase de la vasija y buscamos información sobre el tesoro en el pueblo donde lo has encontrado. ¡Quién sabe, es posible que alguien sepa algo! Todos los pueblos tienen sus misterios y secretos.
Tobías asintió. Agradeció que su amigo le apoyara y se tranquilizó un poco.
─¿Tienes una cerveza y algo para comer? ─preguntó Brais.
 CONTINUARÁ...

lunes, 19 de febrero de 2018

"LAS TRECE MONEDAS" CAPÍTULO 2




Tobías cerró los ojos y los abrió después de contar hasta cinco. La imagen que se reflejaba en el espejo era su rostro, sin cambios. Resopló, aliviado. Entró en el dormitorio.  Al cruzar la puerta le pareció ver una sombra que pasó detrás de él. Se volvió para asegurarse pero no vio nada. Se metió en la cama e intentó tranquilizarse. Nunca antes en su vida había sufrido de alucinaciones pero tampoco había vivido un día tan extraño como el de hoy, en el que había encontrado un tesoro, seguramente de gran valor, y tras el estrés, sólo a él se le había ocurrido ver el programa de misterio “Cuarto Milenio”, y hoy precisamente habían hablado de experiencias al borde de la muerte y algún que otro fantasma. Se rió y se acomodó para dormir.  
No le fue fácil conciliar el sueño pero, finalmente, consiguió quedarse dormido hasta que en mitad de la noche, sobre las dos de la mañana le despertó un ruido que provenía del salón. Encendió la luz de la lámpara que tenía en la mesilla de noche y se levantó. Vivía en un piso séptimo, la puerta de la entrada era blindada, así que no temía que entrase algún ladrón. Sin embargo, ante esa posibilidad, buscó un arma pero como no tenía cogió una zapatilla y la llevó en alto.  
Se produjo otro ruido en el salón y sujetó con más fuerza la zapatilla. 
─He llamado a la policía ─dijo en voz alta y se preguntó por qué no lo había hecho. Dudó si debía seguir adelante o regresar al dormitorio para coger el teléfono móvil y pedir ayuda. Pero desechó la idea llamándose cobarde. 
Entró en el salón con sigilo. Encendió la luz y no vio nada extraño. Bajó el brazo, sin soltar la zapatilla. Caminó por el salón. Todo estaba en su sitio, incluso el cofre de las monedas no se había movido del estante donde lo había dejado. Se convenció de que debió tratarse de una pesadilla. Regresó a la habitación y entonces vio una figura humana delante de él. Era un hombre vestido con ropas antiguas, tal vez romanas o griegas. El hombre le miraba fijamente, parecía enfadado. De hecho se acercó a él con pasos rápidos, gritando y señalándolo con un dedo acusador. Tobías retrocedió lo más rápido que pudo hasta que tropezó con el mueble de la entrada y cayó al suelo. La aparición desapareció. Se levantó y encendió la luz del pasillo. En realidad, no tardó nada en encender todas las luces de la casa. Quería sentirse seguro y la luz le ayudaba. Cogió una cerveza en la nevera, regresó al salón, encendió la tele, subió el volumen del sonido, sin importarle molestar a los vecinos, e intentó centrarse en la programación, evitando pensar en lo sucedido. Aunque su cuerpo estaba tenso.  
En algún momento de la noche quedó dormido nuevamente, y fue el ruido de la televisión lo que le despertó. Durante unos segundos no se acordaba del motivo por el que había decidido quedar en el salón. Cuando lo recordó sintió que la bilis le subía por la garganta y corrió al baño para vomitar. 
Tobías, que era ingeniero en informático y trabajaba  como auditor de sistemas de información, llegó al trabajo, cabizbajo y distraído. Sus compañeros recordaban que la última vez que le habían visto así fue durante su divorcio, y de eso ya hacía más de cinco años. Se preguntaban qué le pasaba y Clara, una chica muy extrovertida, no dudó en acercarse a él durante el descanso. No se conocían bien, pues ella llevaba poco tiempo en la empresa, pero no tenía reparos en intentar ayudar a una persona cuando parecía tener problemas. Era su instinto solidario.
Tobías, en un primero momento, se mostró reacio a hablar de sí mismo pero, finalmente, se desahogó y le contó lo sucedido el día anterior y por la noche.
Clara le miraba como si realmente comprendiera la situación y no le pareciera nada extraña. De hecho, su respuesta sí le sorprendió a él.
─No sé qué has encontrado en el bosque, pero deberías devolverlo a su lugar. Es evidente que está unido a alguien del Más Allá y no dejará de incordiarte mientras no le devuelvas lo que es suyo.
─Pero ¿qué dices? ¿Me estás hablando de fantasmas? ¡Yo no creo en fantasmas!¡Eso es absurdo y ridículo! ¡Fantasma! ─soltó una carcajada.


─¿Ah, no? La aparición que has tenido esta noche es la de un fantasma. Y si no la habías visto antes es porque está relacionada con esas monedas que has encontrado. Investiga de dónde proceden y me darás la razón ─diciendo esto, Clara apuró su café y regresó al trabajo.
Tobías también regresó al trabajo pero antes comprobó que tenía un mensaje de su amigo el profesor, Brais. Le decía que iría a visitarle por la tarde y así podría ver el tesoro. Tobías resopló. No tenía ganas de hablar del mismo tema pero no sabía cómo excusarse con Brais. Regresó al trabajo sintiéndose más desanimado que antes.
Antes de regresar a casa, pasó por un supermercado para comprar cerveza y algo para picar.
Entró en el ascensor y se dirigió a la puerta de su piso. Hizo girar la llave y, antes de entrar, metió la mano, tanteó la pared para buscar el interruptor de la luz y la encendió. Entró en el vestíbulo. Meneó la cabeza pensando que era un estúpido por dejarse llevar por un miedo infundado. Ya era un adulto, tenía que actuar con más sensatez.
Guardó las cosas en la nevera y, después de ponerse cómodo, fue al salón, encendió al televisión y esperó la llegada de su amigo, bebiendo una cerveza.
 CONTINUARÁ....

jueves, 15 de febrero de 2018

LAS TRECE MONEDAS

 CAPÍTULO 1

El cielo amenazaba con lluvia pero eso no menguó las ganas de Tobías, para salir a caminar por el monte como hacía todos los domingos desde hacía algo más de un año, cuando se propuso llevar una dieta sana y hacer ejercicio.  
Nunca seguía la misma ruta. Le gustaba explorar nuevos sitios y, si podía, visitaba los pequeños pueblos que se encontraba, con sus iglesias, a veces de gran riqueza arquitectónica; así como los bares donde se juntaban los vecinos a jugar a las cartas  o al dominó, a la vez que degustaban un café o una copa de licores tradicionales.  
Tobías, cumpliendo con la nueva rutina adquirida, cogió su mochila, el sombrero de lana, un bastón de senderismo, la chaqueta de pana y se dirigió al coche.  
Condujo unos seis kilómetros hasta que encontró un pequeño pueblo donde, por fortuna, la niebla había despejado, y el sol iluminaba entre las nubes que empezaba a dispersarse. Con suerte no llovería, al menos no esa mañana. 
Detuvo el coche delante de un café-bar y empezó a caminar por el pueblo. Sabía que en algún punto encontraría algún sendero que le llevaría al monte.  
Y así fue, pasó una fuente y saludó a unas mujeres que estaban cogiendo agua. Torció hacia su izquierda, pasó unas casas y se adentró en un camino que atravesaba unos viñedos. El sendero se adentraba en una colina y después siguió caminando por el bosque. Siguió subiendo el monte y escaló unas rocas de granito. Se sentó en una de ellas. Bebió un poco de agua y contempló el horizonte. El pueblo estaba a los pies del monte. Admiró los colores otoñales de los árboles y los viñedos.
Se disponía a seguir caminando cuando se dio cuenta de que tenía los cordones de una bota desatados. Se agachó para atarlos y, entonces, se fijó en que, al lado de una pequeña roca, sobre la tierra húmeda, había un objeto que parecía una moneda. La cogió y la examinó detenidamente pensando que seguramente estaba perdiendo el tiempo con una tontería. 
Efectivamente era una moneda, aunque estaba oxidada y sucia. La limpió con un pañuelo. Pudo leer parte de la leyenda de la moneda. Se sorprendió al comprobar que podía tratarse de una moneda romana. Sonrió divertido. No podía ser. Tenía que estar equivocado. Pero, por muy ignorante que fuera en antigüedades, no cabía duda de que la moneda tenía una inscripción romana. 
Investigó el terreno para comprobar si, por casualidad, había más monedas por el lugar.  Al cabo de un rato, tras no encontrar nada, continuó caminando.  
De regreso al coche, se detuvo nuevamente junto a las rocas donde había encontrado la moneda y buscó otra vez en los huecos que había entre las piedras. Agradecía que fuera invierno, eso aseguraba que no hubiera culebras u otros reptiles merodeando por los escondites.  
Rascó la tierra y le pareció sentir algo de textura diferente a la tierra y las piedras. Siguió removiendo la tierra y se asomó para ver lo que había encontrado. Se sorprendió al comprobar que se trataba de un cofre. Sacó más tierra y extrajo el cofre. Lo limpió con un pañuelo. Era de madera  con remaches dorados, oxidados. Tenía un candado que pudo abrir fácilmente pues también estaba oxidado.
Abrió el cofre y comprobó que dentro había una vasija de arcilla con extrañas inscripciones grabadas a su alrededor. La vasija tenía una forma extraña, muy parecida a un vaso canopo, aunque de tamaño mucho menor. Y la tapa era la representación de una serpiente mordiéndose la cola. O eso le pareció. Tobías no era un entendido en arqueología. Levantó la tapa. Dentro había más monedas. Exactamente doce monedas. Su aspecto era mejor que la moneda que había encontrado en la tierra. Parecían antiguas, y  no sólo romanas. Cogió todo y lo llevó consigo.  
Cuando llegó a casa se cambió de ropa y la dejó en el baño, incluida la chaqueta, necesitaba una limpieza en la tintorería. La señora que venía a casa para hacer la limpieza, se encargaría de ello.  
Se sentó ante el ordenador y buscó información que pudiese ayudarle a saber qué había encontrado exactamente en el monte. Había tanta información sobre Egipto, Roma antigua y Grecia que se sintió abrumado. Pero se convenció de que había encontrado un tesoro, aunque todavía no quería ponerlo en conocimiento de las autoridades. Necesitaba saber que no se trataba de un fraude. Entonces decidió que sería conveniente buscar la ayuda de un experto. Envió un mensaje de Washap a un amigo que era profesor de historia en la universidad. 

Al llegar la noche, una vez pasada la euforia del momento, empezó a pensar en lo que había pasado esa mañana y a analizarlo con calma y raciocinio. Ya no le  parecía que el tesoro pudiese ser auténtico. ¿Cómo habían llegado esas monedas a un monte gallego? ¿Quién las había escondido allí? ¿Por qué había una moneda fuera de la vasija y el cofre? ¿Podía haber más monedas? No dejaba de dar vueltas a estas preguntas cuando sonó el teléfono móvil. Era su amigo, el profesor. Tobías le contó lo sucedido, aunque le restó quizás demasiada importancia al hallazgo del tesoro, fuese o no auténtico, seguía siendo un descubrimiento extraño y sorprendente. 
Su amigo insistió en ver las monedas y la vasija y quedaron de encontrarse al día siguiente por la tarde, aunque, Tobías no estaba muy convencido de querer seguir tratando ese tema. 
Después de cenar, miró algún que otro programa en la televisión hasta que decidió que era hora de acostarse. Al día siguiente tenía que madrugar.
Entró en el aseo para lavarse los dientes. Era un acto rutinario que hacía sin pensar en ello. Cepilló los dientes con la pasta dentífrica, sabor de menta, enjuagó la boca, hizo gárgaras y se miró al espejo. La imagen que le devolvió era la de siempre. Un hombre de poco más de cuarenta años, de aspecto resultón. Frunció el ceño. Parecía que las canas invadían sus sienes. Cerró los ojos y volvió a abrirlos para asegurarse de que no se trataba del reflejo de la luz. La imagen que le devolvió el espejo fue terrorífica y se apartó un paso hacia atrás, sobresaltado. Acababa de ver la imagen de una calavera con restos de carne putrefacta donde tenía que estar su rostro.
Continuará...



TORMENTA DE PRIMAVERA (15)