martes, 20 de marzo de 2018

EL TELÉFONO DE GÓNDOLA



Después del entierro de mamá, mi hermana y yo nos reunimos para guardar sus pertenencias personales en cajas, antes de vender la casa.

Teníamos pensado quedarnos con algunos recuerdos, aunque la mayoría de las cosas serían entregadas para beneficencia o tiradas en algún punto de recogida, conocido como “punto limpio”.

Cada vez que cogíamos algo nos entreteníamos comentando alguna anécdota del pasado, recuerdos que creíamos olvidados y nos sacaba una sonrisa, un sentimiento tierno que no esperábamos sentir en un momento tan triste.

Uno de los objetos que más nos llamó la atención porque no esperábamos que mamá lo conservase era un teléfono antiguo que, por tener una forma oval, le llamaban “de góndola”. Era de color verde claro. Nos pareció feo pero nos divirtió recordar las veces que lo utilizamos mi hermana y yo para hacer bromas.

Decidimos no desprendernos de él pero ninguna de las dos se decidía a llevarlo a su casa. Finalmente, como a mí me gustaba el estilo “vintage”, me quedé con él, aunque no sabía en qué lugar de mi piso podría poner el teléfono.

Terminamos de llenar cajas y más cajas y nos despedimos. Cada una se fue a su hogar. Y yo me llevé conmigo el teléfono, además de algunas fotografías y unos libros.
Cuando llegué a casa dejé el teléfono encima de la mesa del salón, aunque sólo era un lugar provisional. Y fui a la cocina para hacer la cena.

Después de cenar vi una película en la  televisión y, luego, me acosté. Al día siguiente tenía una reunión de trabajo y no quería llevar cara de sueño.

Habitualmente, mi sueño es profundo y muy pocas cosas consiguen alterarlo. Esa noche, un ruido extraño  consiguió despertarme.

Al principio oía el ruido, que me parecía una alarma, muy lejano. Pero, a medida que despertaba, me daba cuenta de que era el sonido de un teléfono. No se parecía al ruido que hacía mi teléfono móvil, así que pensé que se trataba del móvil de algún vecino.

El ruido consiguió despabilarme por completo y me senté en la cama. Encendí la luz y entonces, me di cuenta de que venía del salón. Me pareció realmente extraño y pensé que, quizás, había dejado la televisión encendida. Me levanté y fui a comprobarlo.

Entré en el salón y encendí la luz. Como esperaba la televisión estaba apagada. El ruido procedía del teléfono de góndola. Pero eso era imposible. El aparato estaba desconectado. Ni siquiera había sido utilizado en más de veinte años.

La insistencia del timbre me puso nerviosa. Pensé que, tal vez, al moverlo, se había activado algún cachivache dentro del teléfono y hacía que sonase el timbre. Lo cogí y lo examiné por fuera. No sabía cómo abrirlo. Descolgué el auricular y volví a colgarlo. El ruido no cesaba.

No sé por qué decidí descolgar el auricular una vez más, y llevarlo a la oreja, como si escuchar algo al otro lado. Era absurdo pero no supe actuar de otro modo en ese momento.

Por supuesto no esperaba oír nada al otro lado. El teléfono, como ya dije, no estaba conectado a la red telefónica. Pero, para mi sorpresa, se oía un ruido, como si en verdad estuviese conectado. Entonces, me atrevía a contestar.
-¿Diga?
-¿Cariño? ¿Cariño?
-¿Quién… es?
-Cariño, soy mamá.





martes, 6 de marzo de 2018

LAS TRECE MONEDAS (Capítulo 5 - Último)


Brais examinó los moratones que tenía Tobías  en la espalda y los brazos. Insistió en llevarlo al hospital, pero su amigo se negó rotundamente.
─¿Cómo has hecho para golpearte así? ─preguntó Brais.
─Yo no me he golpeado. Me han golpeado. Sé que es difícil de creer pero es la verdad. Hay un montón de fantasmas que me han cogido manía. Y la culpa la tiene ese tesoro. Lo voy a devolver a su sitio.
─Sí, habíamos quedado en eso pero tienes que esperar al lunes para…
─¡A la mierda el lunes! ¡A la mierda la moneda! Me voy ahora mismo a ese maldito lugar. ¿Vienes conmigo?
─Sí, claro.
Sin más demora, Tobías cogió el cofre y se pusieron en camino hacia el pueblo donde lo había encontrado. Tenía pensado dejarlo en el mismo lugar, oculto bajo una roca, enterrado. Cuando tuviese la otra moneda en su poder, si aparecía, también la llevaría allí. Pero, confiaba en que fuese suficiente con devolver la mayor parte de las monedas y la vasija, para tranquilizar a los fantasmas.

Llegaron al pueblo pero no pudieron ir al monte. Llovía si parar, así que hicieron una parada en el café-bar.
Tobías dejó el cofre sobre la mesa, mientras Brais pedía la consumición.
Mientras tomaban un café con leche, miraban las noticias que emitían por una canal de la televisión, sin prestar mucha atención.
Un hombre se acercó a ellos y, con una gran sonrisa, señalando el cofre, les dijo:
─Así que ustedes también han caído.
─¿Qué? ─Tobías salió de su ensimismamiento.
─Veo que ustedes han encontrado el tesoro maldito.
─¿El tesoro maldito? No sé de qué me está usted hablando ─respondió Tobías, sin salir de su asombro.
─Me permiten que me siente con ustedes ─el hombre, un señor de más de cincuenta años, no esperó a que asintieran para tomar asiento─. Yo soy el padre David. Llevo esta parroquia que incluye varios pueblos… Conozco ese cofre. Lo compré yo, hace un par de años.
─¿Usted? ─preguntaron los amigos al unísono.
─¿Usted ha enterrado la vasija y las monedas? ─preguntó Tobías.
─Sí. Pero no lo hice por capricho. Todo tiene una explicación.
─Somos todo oídos ─dijo Brais.
─Ese tesoro forma parte de otras antigüedades que coleccionó un vecino de aquí, ya hace mucho tiempo. Tanto que él ya no se encuentra entre nosotros. El hombre se llamaba Anselmo Torres. Era un hombre que normal. Tenía un par de vacas, algunas ovejas…, sin estudios. Un buen día, vendió todo y se fue a América. A México. Cuando regresó traía tanto dinero que no le llegarían dos vidas para gastarlo. Construyó una casa enorme y la llenó de objetos que fue encontrando por medio mundo. Nadie sabe con exactitud qué vivió en esas tierras pero se convirtió en un erudito en arqueología y un fanático de todo lo antiguo. Ese tesoro forma parte de su colección, como ya dije. Pero le acompaña una maldición ─sonrió.
─¿Qué maldición? ─preguntó Tobías, sin estar muy seguro de querer conocerla.
─Dicen que las monedas fueron encontradas en diferentes tumbas. Eran el pago que hacían los mortales a Caronte. Además de las monedas, según se comenta, había escritas algunas maldiciones que avisaban a los profanadores de tumbas  de lo que les podía pasar si las robaban. Anselmo no hizo caso y al coger las monedas, trajo con él la maldición. Desde entonces, los incautos que se han atrevido a coger las monedas de la casa, venían un tiempo después, atemorizados, dispuestos a devolverlas.
─Entonces, ¿usted cree que la historia es verdad o no? ─preguntó Tobías.
El padre David se echó a reír. Los demás paisanos que estaban en el café-bar, y escuchaban la conversación, también rieron, aunque se miraron nerviosos entre ellos.
─Las maldiciones son ciertas si se creen en ellas ─respondió el padre David─. Si quiere, yo puedo hacerme cargo del cofre.
─Tengo más preguntas ─dijo Tobías─. ¿Por qué lo ocultó en el monte? ¿Faltan monedas? Yo sólo encontré trece, y una de ellas estaba fuera del cofre.
─No conozco el número exacto de las monedas ─respondió el sacerdote─. Unas veces, cuando la gente devuelve el cofre, traen más monedas, porque piensan que tienen que reponer las que creen que faltan; otras veces, se pierden algunas. ¿Usted ha perdido alguna?
─Ya le he dicho que encontré trece monedas. Una de ellas no estaba dentro del cofre.
─Es posible que le cayera a alguno que intentado devolver el cofre, con anterioridad.
─Sigo sin comprender… ─Tobías se quedó pensativo─. Yo no he venido a buscar ningún tesoro. Ni siquiera sabía que existía esa historia que usted ha contado… ¿Cómo se puede encontrar algo que no se busca?
─Quizás las monedas quisieron encontrarlo a usted ─se rió─. ¿Por qué no van a visitar la casa de Anselmo? La hemos conservado como si fuera un museo.
Tobías y Brais se miraron contrariados pero aceptaron la propuesta. El sacerdote se ofreció a guiarlos hasta la casa de Anselmo Torres.

La casa que había construido Anselmo Torres se parecía a un pazo, sin serlo. Era grande, de granito, estructura rectangular, con unas amplias escaleras que ascendían hasta el primer piso, la planta principal. Tenía una pequeña torre hacia el norte adornada con almenas arqueadas.
En los jardines proliferaban las hortensias, camelias y alguna fuente de piedra. Entre ellos se podían apreciar esculturas de ángeles. Uno de ellos representaba claramente al ángel caído.
En el dintel de la puerta principal había una inscripción incomprensible para ellos. El padre David la leyó:
─Hombre, traspasa esta puerta si todo lo conoces. Si tu búsqueda es insaciable permanecerás en el Sheol por los siglos.
─¿Si consigues salir? ─susurró Brais─. ¿Y esto sólo va dirigido a los hombres?
─Ya saben que la mentalidad de antes era machista. Hoy habría que escribir “persona”, seguramente ─sonrió el padre─. Pero eso no resta inquietud, ¿verdad?
─No, para nada ─asintió Brais.
─¿Es usted el responsable de este lugar? ─preguntó Tobías─. ¿No debería serlo el alcalde o un concejal de cultura?
─La casa fue donada a la vecindad por el propio Anselmo Torres. Y los vecinos quieren que sea la Iglesia quien se encargue de su custodia ─explicó.
Abrió la puerta y encendió las luces del vestíbulo. Entraron. Lo primero que se podía encontrar era una pila bautismal cubierta, haciendo de mesa, justo en el centro del vestíbulo. En las columnas de la habitación había diferentes estatuas egipcias.
Entraron en un amplio salón donde abundaban esculturas de diferentes culturas: Egipto, Grecia, Roma, México, Brasil, etc.

Lo que más llamó la atención a Tobías era que la mayor parte de las figuras representaban a un ser del inframundo. Así se encontraba una figura alada que representaba a Ek Balam, de Yucatán. Había deidades asirias, que se representaban mitad hombre, mitad aves, conocidos como “genios”.
Tobías desconocía estos detalles que le eran dados por su amigo, Brais.
Sobre una mesa había varios tecolotes. Éstos y los búhos representaban a los mensajeros del Más Allá.
También había representaciones de sarcófagos egipcios y, en una estantería, se exponían vasos coptos, que parecían auténticos.   
─En la biblioteca hay muchos libros de arqueología, ciencias ocultas y más antigüedades, como papiros, piezas de arcilla con inscripciones cuneiformes,  algún mapa antiguo ─explicó el padre David.
─Parece que a ese hombre…, Anselmo, le interesaba mucho todo lo que concierne al inframundo ─comentó Tobías.
─Sí, así es. Su objetivo era convertirse en un discípulo de los seres del inframundo ─contestó el padre.
─¿Un discípulo? ¿Practicaba algún culto? ─preguntó Tobías.
─Sí. Acompáñenme, por favor. Les enseñaré el lugar favorito de Anselmo Torres.
Salieron del salón y atravesaron el vestíbulo. Pasaron una puerta que les llevó a un pasillo corto, al final del cual había una puerta. El padre David la abrió con llave, giró la bombilla de una lámpara que colgaba del techo y bajaron unas escaleras.
Accionó una pequeña palanca y se encendieron varias antorchas que iluminaron una amplia estancia de piedra. En el centro había un altar y, frente a él, bancos de madera, detrás una cortina negra ocultaba algo. El lugar podía parecer una capilla pero no había imágenes religiosas.
─¿Qué es esto? ─preguntó Brais, un poco nervioso─. Huele a humedad.
─Estamos en el sótano, es normal ─comentó el padre David─. Bienvenidos al Sheol.
─¿Qué es el Sheol? ─preguntó Tobías.
─Es un lugar muy malo ─dijo Brais, perplejo al ver que, de detrás de la cortina negra, empezaban a salir encapuchados, de negro, portando velas negras encendidas.
Tobías miró a Brais, sin comprender qué estaba pasando pero supo que debían salir de allí. Miró al padre David, pero ya no estaba con ellos.
Se dirigieron a la puerta por donde habían entrado pero estaba cerrada y no conseguían abrirla. La empujaron varias veces, con fuerza. Los intentos fueron en vano.


─El Sheol ─empezaron a escuchar una voz que reconocieron como la del padre David, si es que era sacerdote. En ese momento dudaban de todo─. Es un lugar donde van a parar las almas rebeldes. Es la región de los muertos. Es la deidad que reclama a quienes se atrevieron a dudar, a quienes se burlaron de lo sagrado.
─¡Este tío está loco! ─exclamó Brais.
─¡Déjennos salir de aquí! ─exigió Tobías.
 ─Eso no puede ser ─el padre David, que había aparecido entre los encapuchados, vestía una túnica blanca con bordados dorados─. ¡El Sheol reclama las almas de los rebeldes y nosotros se las entregaremos!
─Pero ¿qué dice este majadero? ─preguntó Brais─. Tenemos que buscar una salida, Tobías.
─¡Ustedes han tenido la osadía de robar las monedas que aseguraban el viaje de los muertos hacia el Más Allá! ¡Y deben pagarlo con sus vidas!
Tobías y Brais se miraron estupefactos. Los encapuchados se acercaron a ellos.
─¿En verdad creen que con una vela pueden intimidarnos? ─preguntó Brais.
En ese momento, de debajo de las túnicas, sacaron unas dagas egipcias. El filo era curvilíneo y en el mango se representaba la diosa Neftis, asociada al oscurantismo y el misterio.
─Con eso sí ─susurró Brais, asustado.

Tobías y Brais se miraron, asustados y desesperados. No sabían qué podían hacer pero eran conscientes de que tenían que actuar rápido si querían salir de allí o, al menos, intentarlo.
El padre David siguió hablando, aunque ellos ya no le prestaban mucha atención. Sus mentes estaban analizando la situación y buscando una posible salida.
─La avaricia, el hurto, el orgullo les ha traído hasta aquí. Los espíritus de la noche, cuyo sueño ha sido perturbado, ahora exigen un pago para tranquilizar su estancia en el Sheol. Su sangre les proporcionará esa paz que tanto ansían…
Tobías cogió a su amigo por un brazo y tiró de él, señalándole las cortinas negras. Brais entendió su intención y, antes de que los encapuchados terminasen de rodearlos, echaron a correr hacia ellas. Las cruzaron y se encontraron con una verja de hierro en la que había una puerta cerrada.
Tobías la empujó, desesperado y la verja cedió. Por fortuna, los encapuchados no habían tenido la pericia de cerrarla con llave.
Al otro lado de la verja había un pasillo que se extendía hacia ambos lados. Tobías y Brais no sabían qué camino coger, si el de la izquierda o el contrario.
El padre David ordenó a los encapuchados que no los dejaran escapar. Tobías buscó algo con que trabar la puerta pero no había nada. Sin esperar más, echaron a correr hacia la izquierda. El pasillo estaba mal alumbrado por alguna que otra bombilla sucia.
Al final del pasillo había otra puerta. Tobías suplicó que estuviera abierta.

Un año después…

Tobías y Brais habían denunciado los hechos vividos a la guardia civil. Con el tiempo se descubrió que el pueblo había formado un grupo sectario que seguía las doctrinas del ya desaparecido Anselmo Torres. Doctrinas que incluían sacrificios de animales y personas.
Habían tenido suerte de poder escapar de aquel lugar y destapar un asunto tan turbio. Las poblaciones de los alrededores, que siempre sospecharon que en ese pueblo sucedía algo extraño, pero no eran escuchados, agradecieron la valentía de los dos amigos.

Tobías, ante su sorpresa, recuperó la moneda que creía haber perdido cuando la chaqueta fue llevada a la lavandería por la señora de la limpieza. No dudó en tirarla bien lejos, en el mar. Pero eso no fue suficiente para que, de vez en cuando, alguna entidad malévola lo molestara por las noches. Así que se centró en el estudio de las creencias antiguas, sobre todo haciendo hincapié en todo lo que tenía que ver con el inframundo, para intentar encontrar una solución a su problema.
Su amigo, Brais, no dudó en ayudarlo en lo que pudiera. Y este año tenían pensado viajar a Egipto.
FIN

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)