miércoles, 30 de mayo de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XI)




XI

¿La maldición de los Bahamonde? ¿Cuál sería esa maldición? ¿La posible existencia de un asesino?

Lejos de asustarme, deseaba llegar hasta el final del misterio. Se lo debía a mi hermana, a mi madre y a mí misma.

Esa noche cené en la habitación. No quería encontrarme con nadie. Necesitaba pensar en la estrategia que debía seguir para llevar a cabo mi investigación. Tras analizar varias ideas, tomé la decisión de ir hasta el pueblo la mañana siguiente. Hablaría con la gente. Estaba segura de que, entre los cotilleos más o menos verdaderos, podía extraer alguna verdad que me ayudaría a entender por qué alguien mencionaba que la familia tenía una maldición o ellos eran la maldición en sí mismos, y qué había podido ser de mi hermana en verdad.

Al día siguiente, durante el desayuno, Alonso se mostró esquivo conmigo y parco en palabras. Doña Virginia nos miraba con curiosidad pero parecía que estaba satisfecha con la distancia que había entre nosotros.

Comenté mi deseo de ir al pueblo. Alonso asintió.

─Pediré que preparen el carruaje ─dijo.
─Puedo ir en caballo ─repliqué.
─No. Eres una amazona pésima. Podrías tener un accidente.
─¿Temes que te acusase de mi desgracia?
─No, temo que el caballo resulte herido ─diciendo esto, se levantó, besó a su madre en una mejilla y se fue.

Me hirió su respuesta. Y me reprendí por ello. No tenía qué afectarme ni su actitud, ni sus palabras. Sin embargo, mi corazón estaba herido por algo tan simple como su frialdad e indiferencia.

Cogí mi bolso donde guardé la carta que había escrito a mi madre, una capa y me puse un sombrero.

Subí al carruaje y el cochero se puso en marcha. Quise disfrutar del paisaje, aunque hacía frío y el cielo estaba gris, pero no pude. No dejaba de pensar en Alonso y me sentía culpable por ello, como si traicionase la memoria de mi hermana, porque mis pensamientos sobre él se estaban convirtiendo en una obsesión. Aunque no me gustaba, tenía que reconocer que me estaba enamorando de él.

¡Enamorada de Alonso! Me llevé las manos a las mejillas. Sentía cómo ardían. Era imposible que me enamorase de alguien a quien apenas conocía y con quien solo había compartido unos pocos días de mi vida. Debía ser sincera. Solo había bastando unos segundos, una mirada, para que mi corazón se precipitara en un galopante palpitar. Suspiré. ¿Qué podía hacer? Existía la posibilidad de que él fuese el causante de la muerte de mi hermana, quizás su asesino. Tenía que pensar con más frialdad para no dejarme llevar por los sentimientos. No sabía si lo conseguiría. Yo no era experta en amores y temía que mi inexperiencia en este terreno me impidiese ocultar lo que sentía por él. La verdad era que a quien más temía era a doña Virginia. No quería que ella se diese cuenta de lo que sentía por su hijo. Estaba segura de que podía utilizarlo en mi contra.

Llegué al pueblo y el coche se detuvo en una pequeña plaza. El cochero me ayudó a salir. Miré alrededor. Vi una tienda de ultramarinos y me dirigí allí.

La tienda no era muy grande, ni luminosa. Estaba abarrotada de artículos de toda clase. Además de la tendera, había dos señoras comprando. Se
volvieron hacia mí cuando entré y me miraron con curiosidad.

─Buenos días ─saludé.
─Buenos días ─respondieron al unísono.
─¿Tengo que esperar mucho? ─preguntó la señora más mayor, a la tendera.
─Señora Conchita, ya le dije que el repartido llegará en una hora, más o menos. Puede esperar aquí, en el café o en su casa.
─¡Por favor, cómo voy a esperar en el café! Aguardaré aquí un rato ─me miró y sonrió.

Se hizo a un lado. Estaba segura de que había decidido esperar para saber a qué se debía mi presencia en la tienda.

La señora más joven compró algunos artículos, pagó y se marchó. Entonces, la tendera se centró en mí.

─¿Qué desea, señorita?

─Traigo una carta para enviar por correo.
─Es pronto para que venga el correo. El cartero viene los miércoles.
─¡Oh, vaya, no lo sabía! ─mentí─. ¿Pero puedo dejarla aquí o corre el riesgo de perderse?
─No, no se perdería ─respondió señalando una pequeña cajonera que tenía sobre el mostrador─. Aquí guardo las cartas que debe recoger el cartero ─abrió uno de los cajones─, y aquí las que ha traído. Los paquetes van a aquella cesta ─señaló un cesto de mimbre que había detrás del mostrador.
─Entonces, la dejaré, si no le importa. Vivo lejos y no tengo oportunidad de venir todos los días aquí ─comenté.

Esperaba despertar la curiosidad de la tendera para poder mencionar la familia Bahamonde e intentar averiguar algo sobre ellos.

─¿Dónde vive, querida? ─me preguntó la señora que estaba esperando por el repartidor.
─Me alojo en el castillo de la familia Bahamonde.

Las dos mujeres dejaron escapar una exclamación de sorpresa y me miraron con más interés.

─¿Es sirvienta? ─me preguntó la misma mujer─. La familia jamás se molestaría en venir hasta aquí para comprar o traer correo. Para eso tienen al servicio.
─Soy familiar. Mi hermana era la esposa del conde.
─¿Cuál de ellas? ─preguntó la tendera.
─La… segunda. Amelia Pontes.
─¡Oh, ese angelito que nos dejó tan pronto! ─exclamó la tendera─. La acompaño en el sentimiento.
─Sí, yo también. Mi más sincero pésame ─habló la señora que se llamaba Conchita.
─Gracias.
─¡Cuántas desgracias ha vivido esa familia! ─exclamó la tendera.
─¿Ah sí?
─¡Oh, sí! ¿No lo sabe usted? La muerte ronda a esa familia ─respondió la otra mujer.
─¡No diga eso, señora Conchita!
─No estoy mintiendo.
─Yo sé que doña Virginia perdió a varios familiares en poco tiempo, así como sus antepasados, bueno, no los de ella directamente, sino los del conde ─explicó la tendera ante mi sorpresa.
─Sí ─asintió la señora Conchita─. El padre de don Alonso murió tras caerse del caballo. El animal se volvió loco de repente y lo tiró. El pobre hombre cayó sobre unas rocas y quedó muy mal herido.  Poco después murió el hermano de don Alonso. Era un muchacho de diecinueve años. Había salido a cazar y se le disparó el arma, provocándole la muerte instantánea. Las autoridades abrieron y cerraron la investigación más rápido que un parpadeo. Y dos años más tarde muere la señora condesa, Lourdes, poco después de perder a su primogénito en el parto.
─¡Qué mujer más hermosa y adorable! ─añadió la tendera─. ¡Qué triste estaba el conde! Creímos que se iba a volver loco de pena.
─Supongo que por eso dicen que la familia tiene una maldición ─comenté.

Me miraron perplejas y luego se miraron entre ellas, dubitativas. La tendera negó con la cabeza para impedir que la señora Conchita siguiese hablando pero parecía que no podía tener la lengua quieta.

─La maldición es otra cosa ─susurró.
─¡Señora Conchita! ─exclamó la tendera─. No haga caso, señorita. Esas cosas son supersticiones.
─¿A qué se refiere? ─pregunté a la señora Conchita.
─Hace muchos años, un antepasado de la familia Bahamonde, el conde Ramiro, se casó con una muchacha, con engaños, pues él estaba destinado a desposarse con la hija de otra familia. La joven quedó en estado y fue repudiada por el conde Ramiro. La familia de ella hizo todo lo posible para que el conde cumpliera con su obligación. En vez de eso, los Bahamonde hundieron a la familia de la joven en la pobreza, y consiguieron echarlos fuera de sus tierras y las colindantes. Se asegura que la madre de la joven pagó a una gitana para que maldijese a la familia Bahamonde.

─¿Qué maldición? ─pregunté intrigada.
─Una maldición muy cruel, aunque tal vez bien merecida.
─¡No diga eso señora Conchita! ─exclamó la tendera─. Las venganzas no son buenas.
─Les deseó que no conocieran el amor y que no tuvieran descendiente. Que conocieran el dolor de perder a un ser querido.
─¿Ustedes creen que se ha cumplido esa maldición? ─pregunté.
─Solo hay que saber qué fue de los miembros de esa familia para saber que sí se ha cumplido.
─¿Qué fue de los antepasados del conde Alonso? ─pregunté.
─¿Por qué no viene a mi casa y le comento la historia? Me cansa estar aquí de pie.

Acepté ir con ella para conocer la terrible historia de la familia Bahamonde. No creía en maldiciones pero esa historia me reconfortaba pues podía desechar la idea de que Alonso podía ser el culpable de la muerte de mi hermana. Sin embargo, me llevaría una sorpresa.
(Continuará)

sábado, 26 de mayo de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (X)



X

─Más lo ha pagado mi hermana, ¿no crees? 

Alonso me miró tan dolido que me conmoví y me arrepentí de haber sido tan dura con él. Bajó la mirada. 
─¿Me echas la culpa de lo que le pasó a tu hermana? 
─No sé qué pensar. No conozco los detalles de su muerte. Me han hecho dudar de que la causa sea el ahogamiento. Y tú has dicho que discutisteis esa noche.  
─Yo no hice daño a Amelia ─me miró, enfadado─. ¡Vamos!  

Caminó hasta el caballo y le seguí. Me ayudó a montar en el animal, sin dejar de mirarme con gravedad. 

Empezó a llover otra vez pero Alonso no se detuvo y llegamos al castillo empapados. Ordenó, con acritud, a la  señora Emilia que me atendieran. La mujer nos miró sorprendida pero se apresuró a obedecerle. 

No tardé mucho en poder darme un baño de agua caliente y cambiarme de ropas. Más tarde, bajé al comedor donde esperaba encontrarme con Alonso, pero solo estaba su madre. Comimos solas y en silencio. 

Después de la sobremesa, cuando estábamos en el pequeño salón tomando café, Alonso se unió a nosotras. Parecía estar más tranquilo. Se había cambiado de ropas y llevaba el cabello recogido. La señora Emilia le ofreció una taza de café, que aceptó. 

─¿Ha sido fructífera la mañana? ─le preguntó doña Virginia. 
─Sí. Solo tenía que comentar algo con el capataz de los viñedos del norte. Nada importante.
─¿Fuisteis al cementerio?  
─Sí ─respondió y me miró.

Yo bajé la mirada y me centré en el café. 

─Envié una carta al párroco para pedirle que el próximo domingo celebre una misa por el alma de Amelia ─me miró esbozando por encima de su taza─. Espero que eso la ayude a sentirse un poco mejor. Después podrá regresar junto a su madre. 
─La verdad es que… ─empecé a decir pero Alonso me interrumpió. 
─Ha aumentado el frío. Seguro que los caminos del norte se llenarán de nieve en estos días. Sería imprudente que Clarisa se marchara.  
─No pretendo ser descortés, hijo, pero su madre la echará de menos y querrá saber de ella y de la pobrecilla Amelia. 
─Por favor, no discutan entre ustedes por mi causa ─pedí, incómoda─. Solo me quedaré unos días más ─miré a Alonso─. Solo necesito hablar un poco más sobre mi hermana, para tranquilizar mi desasosiego. 

Vi como Alonso apretaba las mandíbulas y tensaba los músculos de la espalda. Dejó su taza sobre una mesa y, tras disculparse, se marchó. Yo también me disculpé y le seguí.  

─¡Alonso! ─le llamé. 
─¡Ahora no puedo hablar contigo! 

─¿Y cuándo podrá ser?  
─No lo sé. 
─Necesitamos hablar. 

Se volvió bruscamente y me señaló con un dedo amenazador.

─No. Yo no necesito hablar contigo. No sé qué tienes en la cabeza pero seguro que son ideas absurdas. No voy a hablar contigo de Amelia, ni de Lourdes, ni de nadie. No tengo nada qué decir. 
─¿Lourdes? ¿Era tu primera esposa? 

No me respondió. Se dio la vuelta y se alejó.  

─¿Qué es lo que quiere saber? ─me preguntó doña Virginia. 

Abrí la boca, sorprendida y horrorizada. No esperaba que esa mujer se enterase de mi discusión con Alonso pero allí estaba, en el pasillo, contemplándonos.  

─Tal vez yo pueda satisfacer su curiosidad ─añadió. 

Me di la vuelta. Quise rechazar su ofrecimiento. Intuía que solo me contaría mentiras, pero acepté hablar con ella. Regresamos al salón.  

─No me gusta que altere a mi hijo ─me dijo nada más sentarnos─. El pobre ya está sufriendo mucho con su reciente viudedad y no necesita que nadie le cause más problemas. 
─Solo quiero saber… 
─Sí ─levantó una mano con autoridad para hacerme callar─. Usted quiere saber qué ha sido de su hermana. Parece que se niega a aceptar que Amelia ha muerto ahogada. La pobre tenía un carácter impetuoso y no aceptaba de buenas maneras las normas de esta casa. Se negaba a vivir como una señora, una mujer casada, empeñándose en vivir como una niña. Yo  no debería decirle esto. Con ello puedo poner en riesgo la confianza que me tiene mi hijo, pero prefiero arriesgarme a ello para evitar que usted lo siga alterando con su insistencia ─hizo una breve pausa─. Su hermana se negó a aceptar a mi hijo en el lecho de bodas.  

La miré sorprendida, si saber si podía dar crédito a lo que me estaba diciendo. 

─¿Está usted diciendo que mi hermana y Alonso no consumaron el matrimonio? 
─Creo que he hablado claro. Su hermana soñaba con un caballero de brillante armadura y ─sonrió divertida─, por supuesto, eso solo existe en los libros de caballerías. Amelia tenía demasiada imaginación y confundía sus sueños y sus anhelos con la realidad. La inmadurez de ella, su actitud infantil desesperaba a Alonso. Bueno, a mí también. Intenté aconsejarla para que entrara en razón pero se reía de mí ─suspiró─ Mi hijo cometió un grave error casándose con ella. Amelia era muy joven para él. Pensó que ella traería alegría a esta casa. No fue así. Desde que entró por la puerta su presencia fue un incordio para todos.

La miré disgustada. No podía creer que me hablase con tanta frialdad, aunque agradecía su sinceridad, así sabía qué clase de persona era.

─Mi hermana escribió una carta en la que daba a entender que usted no la quería.
─No era mi intención no llevarme bien con ella. Era la mujer de mi hijo y estaba dispuesta a aceptarla. Yo solo quiero la felicidad para Alonso. Pero su hermana, como ya le he dicho, no puso las cosas fáciles.  

Me disculpé y me fui. No quería seguir hablando con ella. Subí a mi habitación. Necesitaba pensar con calma en todo lo que había pasado ese día.

Me senté delante de una ventana. Afuera, el mar era gris como el cielo. Analicé lo que había descubierto sobre Alonso y mi hermana. No podía imaginar a un hombre como Alonso viviendo en la castidad. Me preguntaba si la negativa de mi hermana a no respetar los derechos conyugales de él, había provocado su ira. No quería dejarme llevar por la imaginación pero tampoco podía evitar pensar que él podía ser el causante directo de su muerte. Era una idea terrible que Alonso pudiese ser el asesino de mi hermana. Me levanté de la silla, asustada ante esa posibilidad. Sentí un vértigo y me dejé caer en la silla. Estaba tan cansada y mareada que decidí tumbarme un rato. El sueño me venció.

Cuando desperté y me levanté pude ver una nota que habían pasado por debajo de la puerta. La cogí de inmediato y la leí:

“Váyase de aquí. No permita que la alcance la maldición de los Bahamonde”.

(Continuará)

martes, 22 de mayo de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (IX)



IX

Dormí toda la noche profundamente, pero eso no impidió que tuviera sueños pesados. Me desperté temprano pero sin ganas de levantarme, y estuve un rato en la cama, escuchando el sonido del mar, que se mezclaba con el ulular del viento.

La señora Emilia vino a buscarme para que bajara a desayunar. Me había despistado con la hora y llegué tarde al comedor.

─Buenos días. Siento el retraso ─me disculpé.
─Buenos días ─me saludó Alfonso.

Doña Virginia se limitó a saludarme con una breve sonrisa que más parecía una mueca de disgusto, o así me lo pareció a mí.

Observé que Alfonso no se había recogido el cabello, lo que le daba un aire más juvenil e, incluso, salvaje, que me agradó.

─Esta mañana tengo que visitar unos viñedos. Tal vez quieras venir conmigo y, de paso, nos acercaremos al cementerio ─me dijo.
─Sí, me gustaría ir.
─Bien. Abrígate. Ha cambiado el tiempo y parece que va a llover. Iremos en mi caballo ─me sonrió.

Después del desayuno, Alonso me esperaba en la entrada del castillo, al lado de un magnífico caballo de color marrón. Me miró de arriba abajo y asintió complacido.

─Menos mal que ha sabido vestirse para la ocasión.
─¿Esperabas lo contrario? ─pregunté un poco sorprendida.
─Sí. Tu hermana no habría dejado de llevar alguno de sus vestidos pomposos. Venga, te ayudaré a subir al caballo.
─Esperaba que preparases un caballo para mí.
─¿Sabes montar?
─No, pero tú no lo sabía ─añadí antes de que hiciera un comentario.
─Sí lo sabía. Tu hermana te admiraba y hablaba mucho de ti.

Me cogió por la cintura y me levantó para que pudiera sentarme en el caballo. Luego se montó él, detrás de mí. Cogió las riendas y tiró suavemente. El animal entendió el mensaje de su dueño y nos alejamos del castillo.

Era inevitable que sus brazos me tuvieran atrapada. Sentía su fuerza y su pecho contra mi espalda, su calor. Cerré los ojos y me dejé llevar por la imaginación. Me preguntaba cómo habría sido todo si en vez de casarse con mi hermana, me hubiera elegido a mí. Intentaba luchar con estos pensamientos porque tenía que centrarme en la investigación de la muerte de mi hermana. Había algo oscuro en ello y, mientras no supiese toda la verdad, no podía considerar a Alonso, ni a nadie cercano a él, como alguien de confianza y, mucho menos, como alguien especial. Sin embargo, mi corazón latía desbocado como el trote del caballo.

Llegamos a los viñedos. Era una extensión amplia aunque, supe un poco después, que no era la única propiedad de Alonso.

Mientras Alonso hablaba con el capataz yo me quedé en la entrada de la bodega, esperando por él. Los trabajadores que pasaban por allí me miraban con curiosidad pero me saludaban cortésmente.

Vi que Alonso se adentraba en los viñedos y lo perdí de vista unos minutos. Luego regresó a mi lado. Se despidió del capataz y volvió a ayudarme a subir al caballo.

Atravesamos un monte y llegamos al pueblo, pero no entramos en él, Alonso siguió por un camino que bordeaba al mismo y llegamos a la iglesia, donde estaba el cementerio.

Me ayudó a bajar del caballo. Nuestras miradas se encontraron, la suya era tan intensa que me hizo sentir débil. La esquivé y me aparté de su lado lo más rápido que pude. Tuve la impresión de que sonreía divertido, pero no lo pude asegurar.

Entramos en el cementerio y me guió hasta una tumba que estaba cerca de la entrada de la iglesia. Era sencilla. Tenía una placa de mármol y un pequeño ángel sobre ella. Leí el nombre de mi hermana y la fecha de su muerte, solo el año. Sentí una pena profunda pero fui incapaz de derramar una sola lágrima.

─¿Por qué no está enterrada con tu familia? ─pregunté.
─No tenía ganas de tener su cuerpo cerca de mi presencia ─respondió.

Le miré perpleja. Ahora su rostro estaba sombrío, contrariamente al que vi por la mañana, relajado, más jovial.

─¿Por qué? ¿Qué sentías por ella? Tu madre dice que no te casaste enamorado.

Me dio la espalda. Vi como apretaba los puños. Se volvió hacia mí.

─Será mejor regresar.
─¡No! ─negué─. Quiero saber toda la verdad. ¿Por qué te casaste con mi hermana si no la querías? Ella era tan distinta a ti.

Como había pronosticado, Alonso, empezó a llover. Me miró y me cogió de la mano. Echamos a correr hasta el campanario. La puerta estaba cerrada. Alonso la empujó y entramos.

─¿Por qué has venido? ─me preguntó─. Intentaba hallar la paz en mi vida y tú lo has estropeado.
─¿Yo? ¿Qué hice para alterar tu vida? Solo quiero saber cómo fue la muerte de mi hermana.
─¿Cuántas veces tengo que decirte que murió ahogada?
─¡Eso no es cierto! ─negué rotundamente.

Alonso me miró sorprendido pero, en seguida frunció el ceño. No había mucho espacio entre nosotros, así que solo necesitó dar un paso para estar a mi lado. Bajó la cabeza para mirarme. Su respiración llegaba a mi rostro. Por un momento le miré temerosa y miré a la puerta preguntándome si podría escapar de allí en caso de que él quisiera hacerme daño.

─¿Por qué dices eso? ─preguntó.

Su profunda voz hizo eco en mis oídos. Dudé en si debía comentar el descubrimiento de la nota o si debía callar.

─Yo… Yo sé que mi hermana no cometería la estupidez de ir al mar.
─Tu hermana era estúpida.
─¡Oh! ─exclamé sorprendida y empezando a sentirme enfadada, lo que me dio valor para enfrentarme a él.
─Estás empapada. Si no entras en calor puedes enfermar.

Su observación me dejó perpleja y no fui capaz de contraatacar como me hubiera gustado.

─Tú también estás mojado. Puedes enfermar igual que yo pero no parece importarte.
─Yo soy más fuerte que tú. Ha dejado de llover. Regresemos al castillo.

Me cogió de la mano y salimos del campanario. No salía de mi asombro con su actitud, de pronto, protectora.

─¿Seguiremos esta conversación allí? ─pregunté.
─No hay nada más que comentar ─respondió sin dejar de caminar.
Iba tan rápido que me vi obligada a correr.
─Alguien ha insinuado que mi hermana no murió ahogada. Y también me gustaría saber por qué nunca has dicho que ya habías estado casado anteriormente.

Se detuvo con tanta brusquedad que choqué con él. Me miró y sus ojos parecían negros, de pronto. Intenté soltarme pero él no aflojó la mano.

─Seré breve, Clarisa. Mi pasado no es de tu incumbencia. Tu hermana era una niña que pensaba que el matrimonio tenía que vivirse como en las novelas medievales. Cometí el error de casarme con Amelia porque pensé que necesitaba a alguien como ella en mi triste y vacía vida. Un ser alegre, ingenuo, virgen de cuerpo y alma, alguien a quien formar para mi entera satisfacción. Lo sé, fui egoísta y mezquino. Y ahora lo estoy pagando.

Me soltó y suspiró profundamente, como si se hubiese quitado un peso de encima. Empezó a llover otra vez.

─Más lo ha pagado mi hermana, ¿no crees?
(Continuará)

sábado, 19 de mayo de 2018

La Biblioteca de Ana Lomba: LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (VIII)

La Biblioteca de Ana Lomba: LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (VIII): VIII  “Su hermana no ha muerto ahogada”.  No salía de mi asombro. Me preguntaba si esa afirmación era cierta y quién había pod...

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (VIII)



VIII 

“Su hermana no ha muerto ahogada”. 

No salía de mi asombro. Me preguntaba si esa afirmación era cierta y quién había podido escribir la nota. Cogí mi bolsito de terciopelo en el armario y la guardé dentro.  Ahora tenía una excusa para permanecer en el castillo de Alonso pero no podía decírselo a él y, desde luego, menos a doña Virginia. Tenía que pensar en algo para justificar mi decisión. 

Salí de la habitación. No sabía exactamente a dónde podía dirigirme. Crucé el pasillo y bajé las escaleras. Dudé si regresar al salón azul pues no sabía si doña Virginia seguía allí. No tenía ganas de encontrarme con ella pero para llevar a cabo mi investigación era necesario que me enfrentase a esa mujer.  

Una voz que reconocí como la de la señora Emilia me sacó de dudas. Me volví cuando la escuché. 

─Doña Virginia se encuentra en el invernadero. 

─¿Hay un invernadero en este castillo? ─pregunté con curiosidad. 

─Sí. El castillo sufrió varias modificaciones para adaptarse al gusto y las necesidades de la familia Bahamonde. El invernadero se instaló en el antiguo patio de armas. Está en el lado este del castillo. Sígame, por favor. Podrá comprobar que en el invernadero se encuentran plantas tan maravillosas como exóticas --hablaba con admiración. 

Cruzamos algunas habitaciones, dos pasillos, uno de ellos era exterior. Se podía ver una parte del acantilado, la playa llena de peñascos en su mayor parte, el monte que se perdía en el horizonte por el que pasaba el camino, el único acceso al castillo que había.

─Desde fuera el castillo parece más pequeño ─comenté. 
─ Como habrá observado una parte de los muros del castillo forman parte del acantilado. Es difícil percibir donde termina uno y donde empieza el otro. Aunque el edificio parezca más pequeño, no le resta majestuosidad. 

Asentí dándole la razón. Llegamos al invernadero. Era asombroso. Había una gran variedad de plantas colocadas de manera que no se restaban belleza e importancia entre unas y otras. Algunas plantas tenían flores y hacían que el lugar pareciese mágico. 

Doña Virginia estaba sentada en el centro del invernadero, donde había un conjunto de jardín, de forja pintada en blanco. Me acerqué a ella, seguida por la señora Emilia, y esperé a que me invitara a sentarme. Así lo hizo con un gesto de la mano. 

─No se parece a su hermana ─comentó─. Ella era más bonita pero demasiado casquivana. 
─¿Casquivana? ¿Me está diciendo que mi hermana era coqueta? 
─No en el sentido que usted está pensando ─sonrió, divertida─. Era una muchacha que actuaba sin pensar. Y era muy presumida. No me gusta hablar mal de los difuntos ─se santiguó─, pero su hermana no era la mujer idónea para mi hijo.  
─Sin embargo, su hijo se caso con mi hermana.  
─Estoy segura de que tenía una buena razón para ello y no tenía nada que ver con el amor.  

La miré sorprendida y dolida pero no repliqué porque prefería hablar con Alonso sobre ese tema para confirmar si doña Virginia decía la verdad o solo trataba de herirla. 

─¿Cuándo murió mi hermana? -pregunté. 
─¿No se lo dijo Alonso? 
─No. Y yo estaba tan aturdida que no se lo pregunté. 
─Murió a finales de septiembre. No recuerdo el día exacto ─respondió─. Emilia, me duele la cabeza. Acompáñame a mi habitación ─se levantó y la señora Emilia se apresuró a ayudarla. 

Antes de irse me miró con desdén. 

─¿Hasta cuándo se va a quedar en el castillo?  
─Hablaré con Alonso sobre ello ─respondí.

Después de que se retiraran doña Virginia y la señora Emilia, paseé un rato por el invernadero, luego regresé a mi habitación para escribir la carta a mi madre.

Ese día no volví ver a Alonso. Comí y cené sola. Doña Virginia pasó todo el día en su dormitorio, excusándose porque no le había pasado el dolor de cabeza. Yo, en cambio, pensé que no tenía ganas de compartir su tiempo conmigo, temerosa de que la hostigase con mis preguntas.

Después de escribir la carta a mi madre, pregunté a una de las sirvientas quién se encargaba de llevar la correspondencia a la oficina de correos.

─En el pueblo más cercano no hay oficina de correos ─sonrió divertida ante mi ignorancia─.  La correspondencia y los paquetes se entregan en la tienda de ultramarinos. Una vez a la semana viene un cartero.
─Exactamente qué día ─pregunté, impaciente.
─Los miércoles.

Hoy era jueves. Miré la carta con pesar. Agradecí a la sirvienta su ayuda. Pensé que, hasta que pudiese llevar la carta al pueblo, existía la posibilidad de que pudiese añadir más nuevas para mi madre. Incluso podía ser que terminase de averiguar todo lo que deseaba y no llegase a ser necesario enviar la carta.
(Continuará)

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)