jueves, 28 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XVII)



XVII

El fuerte olor a amoniaco me hizo recuperar la consciencia. Abrí los ojos y comprobé que estaba en la cama. Aun me sentía algo confusa y tardé unos minutos en recordar lo que había sucedido.  
En la habitación se encontraban Alonso y su madre, ambos sentados en sillas. También estaba la señora Emilia, de pie, al lado de doña Virginia. Me miraban con preocupación. 
─¡Ya ha despertado! ─exclamó doña Virginia. 
Alonso se levantó y se acercó a mí. Se inclinó para mirarme. 
─¿Cómo te sientes, Clarisa? Nos has dado un gran susto. Envié a alguien en busca del médico para que te examine. 
─Estoy un poco aturdida, nada más. No necesito un médico. 
─Sí lo necesitas ─replicó, tajante─. ¿Qué te ha pasado? ¿Te mareaste? 
─¡No! He sido atacada por alguien. 
─¿Atacada por alguien? ─preguntó incrédula doña Virginia. 
Alonso se sentó en la cama y me miró fijamente a los ojos. 
─Cuéntame todo lo que recuerdes ─pidió. 
Así lo hice pero, en ese momento, no quise decir que estaba segura de haber herido a mi agresor. 
Me abrió el camisón con cuidado y comprobó que tenía marcas en los hombros.  
─¡Dios mío! ¿Quién habrá podido hacer esto?  
─Sé que fue un hombre ─dije─. Sus manos eran grandes y fuertes.  
En ese momento me acordé del vestido y el encaje y miré hacia el armario, preocupada. Alonso también miró hacia allí, preocupado. Se dio cuenta del motivo de mi inquietud.  
─¿Guardaste las pruebas ahí? ─me preguntó. 
─Sí. En el fondo. 
Se levantó y fue a mirar si las prendas seguían guardadas en el sitio donde las había dejado unas horas antes. Al cabo de un rato, Alonso asintió sonriente y me las enseñó. Suspiré aliviada. 
─Entonces, no lo entiendo ¿por qué me han atacado? ─pregunté. 
Doña Virginia me miró preocupada. La señora Emilia también había perdido su compostura habitual y estaba afligida. En verdad, me conmovieron.
─Deberíamos avisar a las autoridades ─dijo doña Virginia a su hijo.
─No te preocupes, madre. Ya envié recado. El médico y los agentes de la autoridad tienen que estar a llegar.
Alonso, sin importarle lo que pudiera pensar su madre, me acarició una mejilla. Aunque estaba segura de que ella sospechaba que entre nosotros había nacido un sentimiento profundo. Nuestra forma de tratarnos nos delataba.
Entonces, horrorizada, comprobé que los brazos de él tenían arañazos. Me hundí en los almohadones y esquivé su mirada. No sabía si hablar ahora o esperar a que llegara algún agente de la autoridad. Pero, Alonso se percató de mi cambio.
─¿Qué sucede? ─me preguntó.
─No es nada. Estoy cansada.
─Lo entiendo. Deberíamos dejarte sola para que descanses.
Se levantó y ayudó a su madre a salir de la habitación. Tan pronto hubieron salido, me levanté y me vestí. Quería irme del castillo cuanto antes.
Mi corazón me decía que Alonso no era el asesino pero mi razón me indicaba que sí lo era. Si no me hubiesen atacado en la bañera, jamás dudaría de él, pero ¿qué otro hombre que hubiese en el castillo querría hacerme daño? Apenas me había cruzado con los sirvientes varones. Nada indicaba que ellos quisieran atentar contra mi persona, ni contra la familia Bahamonde.
Preparé mi equipaje. Tan pronto llegase el médico o las autoridades, pediría que me acercasen al pueblo y me iría de allí.
Me senté en una silla, cerca de las ventanas, para esperar. Me sentía tan decepcionada, triste y enfurecida a la vez.
Me repetía una y otra vez que las maldiciones no existían, pero no encontraba otra explicación para lo ocurrido. La familia de los Bahamonde estaba maldita. Sus varones eran crueles o perturbados. Sí, me convencí de que ellos eran quienes hacían daño a sus esposas e hijos. Y, luego, la locura podía llevarles al suicidio.
A medida que pasaba el tiempo, el miedo se apoderaba de mí. Estaba sola en la habitación. En cualquier momento podía regresar Alonso para hacerme daño.
Me levanté y empecé a caminar por la estancia, como un animal enjaulado. Retorcía las manos, miraba hacia la puerta, con angustia.
Salí al corredor exterior. Había dejado de llover pero hacía frío. Me acordé de cómo Alonso me había ayudado a coger la puntilla de encaje y, luego me ayudó a regresar al corredor. Si quisiera hacerme daño pudo haber aprovechado esa oportunidad. Entonces, ¿quién era el asesino? Yo estaba segura de que me había atacado un hombre, y no una mujer, cuando estaba en la bañera.
Entré en la habitación en el momento en que la señora Emilia me traía la comida. Me miró sorprendida.
─¿Qué hace ahí fuera, señorita? ¿Quiere enfermar? Entre y venga a comer. Le traigo consomé. Le hará bien tomar algo caliente.
─Gracias.
Me senté y la miré fijamente. Puso la bandeja en la mesa y, por primera vez, me sonrió.
─¿Hay alguien en el castillo que pueda tener interés en hacer daño a la familia Bahamonde? ─pregunté.
─Yo no soy quien debe responder a esa pregunta, señorita.
─¿Debo entender que eso es una afirmación?
─No debe entender nada, señorita.
Una doncella entró en la habitación y anunció la llegada del doctor. Un poco más tarde el médico y la señora Virginia entraban en el dormitorio.
El médico me examinó y comprobó que, aparte de las marcas que me había dejado el agresor, me encontraba bien, aun así me aconsejó que descansara.
Doña Virginia susurró algo a la señora Emilia y, tras despedirse de mí, salió con el doctor.
La señora Emilia se volvió a mí para anunciarme que habían llegado dos representantes de la autoridad y estaban hablando con Alonso.
─Me gustaría estar presente ─comenté, recordando que el vestido y la puntilla de encaje estaban el armario.
─Supongo que, si lo necesita, el señor la mandará llamar.
Intenté comer algo, aunque no tenía mucha hambre. La señora Emilia me dejó sola. El tiempo pasaba y, cada vez me sentía más impaciente.
Me vestí con rapidez, cogí el vestido verde y la puntilla de encaje y salí de la habitación en busca de Alonso.
Atravesé el pasillo y, antes de llegar a las escaleras, me detuve al oír las voces de doña Virginia y la señora Emilia.
─Creo que deberíamos decírselo, señora ─comentaba, con aparente preocupación, la señora Emilia.
─Sí, yo también creo que deberíamos decírselo pero temo su reacción.
─Pero después de lo que ha pasado… ¡Tantas muertes! Tiene derecho a saber la verdad. Además, la vida de la señorita Clarisa está en peligro. Tenemos que hablar con él para detener esta violencia.
─¿Crees que aceptará la verdad? Ha vivido una mentira desde que nació.
─Tiene que enfrentarse a la verdad por el bien de todos. Además, la señorita Clarisa ya ha dicho que fue un hombre quien la atacó. Alonso debe conocer la verdad para que se acabe la violencia en esta familia.
Me quedé petrificada al escuchar la conversación. Otra vez tenía la sospecha de que Alonso era el asesino de mi hermana y quien me había atacado cuando estaba en la bañera.
Pasé por delante de la puerta sin hacer ruido y bajé las escaleras. Escuché voces procedentes de la biblioteca y me dirigí allí.
Alonso estaba reunido con dos hombres. Entré en la estancia. Se levantaron para recibirme y correspondí a sus saludos pero no podía dejar de sentirme extraña ante la nueva situación. Miraba a Alonso y no conseguía ver maldad en él.
─¿Estás bien? ─me preguntó─. Deberías haberte quedado en cama. Nosotros habríamos subido para hablar contigo.
─Estoy bien, gracias ─susurré.
Me miró extrañado pues mis palabras no se correspondían con mi expresión.
─Siéntate. Permíteme las ropas.
Se las di y él se las dio, a su vez, a los agentes quienes las examinaron con interés.
─¿Está seguro de que llevaba esas ropas la noche que se ahogó? ─preguntó el comisario.
─Sí.
─Es extraño que las lavasen y guardasen ─comentó.
─Cuando el cuerpo de mi difunta esposa estaba en el depósito de cadáveres me entregaron sus pertenencias. Yo se las entregué a la señora Emilia. Supongo que decidió lavarlas y guardarlas.
─Comprendo. Y dice que la puntilla de encaje estaba enganchada en unas ramas en el acantilado.
─Sí. Crecen plantas y quedó sujeta a unas ramas.
─Pero usted no oyó que alguien pudiera empujarla desde el corredor, ¿verdad?
─Yo también salí de la habitación. No volví verla hasta que…, bueno, la trajeron muerta. Vinieron algunos de sus compañeros y se llevaron el cadáver para hacerle la autopsia.
─Sí, entonces yo no me encontraba aquí ─comentó el comisario─. Sospecho que algo no se hizo bien en esta investigación. Bien, señor Bahamonde, pediré que exhumen el cadáver para realizar una nueva autopsia. Aunque ha pasado tanto tiempo que dudo que encontremos algo relevante. Señorita… Clarisa ─se dirigió a mí─. Usted dice que fue atacada mientras estaba tomando un baño.
─Sí, así es. Intentaron ahogarme.
─¿Pudo ver al agresor?
─No, lo siento. Estaba detrás de mí y solo sentí la fuerza de sus manos.
─¿Eran unas manos fuertes?
─Eran grandes y fuertes. Podría asegurar que eran las manos de un hombre.
─O una mujer muy grande ─comentó el compañero del comisario.
─Aquí no hay mujeres grandes ─se apresuró a decir Alonso.
─¿Hay algún hombre aquí que pueda ser el atacante de la señorita?
─Además de los hombres que trabajan para mí, no hay nadie más, salvo yo, claro. Supongo que todos somos sospechosos.
El comisario asintió. Me miró con curiosidad. Me acordé de las notas que me habían hecho llegar de forma misteriosa pero dudé si debía comentarlo. Alonso se había deshecho de ellas y, tras la conversación que escuché entre doña Virginia y la señora Emilia, las sospechas caían solo sobre él. Si lo comentaba, estaba segura de que el comisario lo arrestaría en ese momento. Sabía que debía ser sincera y decir toda la verdad pero tenía miedo, más por implicar a quien aún consideraba inocente, que por tener que aceptar la realidad, que él era un asesino.
Antes de irse, el comisario quiso echar un vistazo al corredor exterior. Subimos con él. Accedimos al lugar desde el dormitorio de Alonso. Había empezado a llover y él me pidió que quedara en la habitación.
Paseé por la habitación. De pronto me sentí mareada y me tumbé en la cama. Cerré los ojos. Las voces de los hombres llegaban a mis oídos desde la lejanía pero eran incomprensibles. Me adormecí.
Cuando abrí los ojos, Alonso estaba sentado en la cama, contemplándome. Sonrió y se inclinó hacia mí. Me besó en los labios. Le acaricié los cabellos. Tenía ganas de llorar, en vez de eso, le abracé. Se tumbó sobre mí y volvimos a besarnos. Deseaba que el tiempo se detuviera en ese momento. No quería recordar el pasado, ni pensar en el futuro. No quería oír hablar más de muertes, ni posibles asesinatos. Solo quería disfrutar de nuestro amor. Se apartó de mí y sonrió.
─Con un poco de suerte se esclarecerá todo y podremos olvidarnos de todo para iniciar una nueva vida, juntos. ¿Te casarías conmigo, Clarisa?
─¿Casarnos?
(Continuará)

lunes, 25 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XVI)



XVI

Sé que mi comportamiento no fue el más correcto en ese momento. Hacía poco tiempo que había muerto mi hermana, estaba investigando su muerte, Alonso era mi cuñado, y hasta hacía pocas horas todavía sospechaba que él pudiese ser el asesino de mi hermana. Pero me sentía tan enamorada de él que no pude contener mis impulsos. También sé que debía arrepentirme por haber actuado tan a la ligera, pero no lo hice. Al contrario, me sentía feliz. Estaba profundamente enamorada de Alonso desde el primer día que le vi y me emocionaba ser correspondida. Aun así, hice un esfuerzo para centrarme en el caso.  

Alonso me llevó hasta una habitación que había en el piso superior del castillo donde guardaban muebles y otros objetos que ya utilizaban. No sé si sería correcto llamarlo “desván”, pues los castillos carecen de estas dependencias.  

Señaló un baúl y un viejo armario que tenía la luna de cristal rota. 

─Ahí deberían estar guardados los vestidos de tu hermana. Quizás encontremos el vestido al que pertenece esa pieza. 

Me acerqué al armario y abrí la puerta. Dentro había colgados algunos trajes de hombre y vestidos de mujer, pero no parecía que perteneciesen todos a mi hermana. Algunos tenían colores oscuros y tenían alguna talla más grande. Comprobé si a alguno le faltaba un trozo de puntilla de encaje. Mientras, Alonso miraba en el baúl. 

─¿Tienes alguna teoría de lo que pudo haber pasado? ─pregunté acercándome a él. 

Alonso tenía un vestido rojo entre sus manos. Lo reconocí. Era uno de los favoritos de mi hermana. Tenía puntillas y lazos de adorno pero estaban intactos. 

─Estoy pensando en ello. Todavía no alcanzo a comprender qué pudo haber pasado para que esa puntilla apareciera en el acantilado. La noche que discutimos, tu hermana se fue de la habitación por la galería exterior -me miró con gravedad. 
─Entonces, debió encontrarse con alguien que la arrojó al vacío. 
─No ─negó─. Eso no es posible. El cadáver de tu hermana no presentaba heridas. Si la hubiesen arrojado por el acantilado… 
─Entiendo. 
─Es posible que esa puntilla llegara a ese lugar en otro momento. Quizás tuvo algún altercado que desconozco… 
─¿Algún altercado? -pregunté confusa. 
─Era muy impetuosa. Es posible que discutiera con alguien… Quizás tropezó. ¡No lo sé! Intento pensar en algo que sea menos hiriente que pensar que la mataron ─me miró atormentado. 

Sentí su dolor y le acaricié el rostro.  

─¿Te das cuenta de que no he sabido protegerla? La traté como si fuera una niña caprichosa y la dejé por imposible. Hubo momentos en los que llegué a aborrecerla. Pero jamás podía esperar un final trágico para ella, ya sea porque suicidara o… porque la hubiesen matado. 

Siguió buscando entre las ropas. Le ayudé. De pronto, cogió un vestido verde que tenía pequeñas flores blancas. Se quedó parado mirándolo fijamente.  

─¿Qué sucede? 

No me respondió. Le quité el vestido de las manos. Observé que el corpiño estaba adornado con puntillas de encaje. Estaban rotas y a una de ellas le faltaba un trozo. Cogí la puntilla que había encontrado en el acantilado y la puse sobre el corpiño del vestido. Era idéntica a las del vestido. Miré a Alonso, preocupada. Su expresión había pasado del desconcierto a la rabia. Se levantó. 


─¿Quién habrá hecho esto? 
─¿Tú no oíste nada extraño esa noche, después de vuestra discusión? ─pregunté. 
─No. Yo… yo también salí de la habitación después que lo hizo ella. Fui a mi despacho.  No volví a preocuparme por ella. Creí que se había refugiado en su habitación o la biblioteca.  
─Pero si alguien luchó con ella en la galería, ¿quién habrá podido ser? 
─No lo sé. Pero quien fuese, tuvo que cogerla y llevarla a la playa a la fuerza.  
─¿Crees que la señora Emilia…? ─me levanté. 
─¡No! ─negó rotundamente─. Es una mujer mayor. No tendría fuerzas para ejecutar semejante acción. 
─Entonces, ¿quién ha podido hacer daño a mi hermana? 
─No lo sé. Será mejor que entreguemos esas pruebas a las autoridades y que ellas se hagan cargo de la investigación.  

Recogí el  vestido y la puntilla de encaje para llevarlos a mi habitación. Alonso me detuvo. 

─¡Qué descuidado he sido! Debí pedirte que te cambiaras antes de venir aquí. Estás empapada y puedes enfermar. 
─Tú también. 
─Yo estoy acostumbrado ─sonrió─.Vamos. Pediré que te preparen un baño.  

Guardé el vestido y la puntilla en el fondo del armario de mi habitación. Me prepararon el baño, como había pedido Alonso y me bañé. 

La tibieza del agua era reconfortante y me quedé adormecida. En ese estado de duermevela me acordaba del beso que había compartido con Alonso. Todavía sentía su boca, firme y la cálida lengua en mi boca. Y sonreía, risueña, estremeciéndome. 

Fui sacada de ese agradable sopor de una manera violenta. Alguien me había cogido por los hombros y me empujaba hacia abajo. Abrí la boca para gritar pero solo conseguí tragar agua. Intenté luchar con todas mis fuerzas para liberarme de quien me quería ahogar. No era fácil, resbalaba en la bañera y me golpeaba. Aun así, estuve segura de que había conseguido arañar sus brazos. Cuando me fallaban las fuerzas y pensé que iba a morir, el agresor me soltó. Saqué la cabeza a la superficie y aspiré aire con fuerza. Tosí violentamente varias veces, escupí agua y me atraganté. Salí de la bañera, resbalé y caí al suelo. 

En ese momento una doncella entró en el cuarto y gritó al verme en ese estado. Me cubrió con una toalla y pidió ayuda. 

Quise levantarme pero perdí las fuerzas. Me desmayé. 
(Continuará)

martes, 19 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XV)



XV
  
A la mañana siguiente me desperté temprano.  Bajé al comedor creyendo que sería la primera en llegar pero me llevé una sorpresa. Alonso se encontraba en el vestíbulo interrogando a los criados. Me detuve en mitad de las escaleras. Me miró y me sonrió. 

─Por favor, baja ─me pidió.  

Así lo hice. Me situé a su lado. La señora Emilia me miró con disgusto. Supongo que le molestaba que Alonso me tratara con tanta familiaridad. 

─Acabo de preguntar al servicio si saben escribir ─me informó Alonso. 

Fruncí el ceño. No me parecía prudente que hiciera esa pregunta. Yo esperaba que la investigación se hiciera con discreción. Tenía que haber otra forma de averiguar lo que nos interesaba sin poner sobre aviso al posible culpable de escribir las notas.  


Le cogí de un brazo y lo retiré a un lado para poder hablar sin que nos oyeran. 

─¿Crees que estás haciendo lo correcto? ─le pregunté. 
─Desde luego. Estoy seguro de que la señora Emilia sabe leer pero no recuerdo si los otros tienen algún conocimiento. 
─¿La señora Emilia sabe escribir y anoche no me lo dijiste? ─me quedé perpleja. 
─Es un ama de llaves. Es normal que no sea analfabeta. A veces lee las cartas y algún libro a mi madre. 
─Pero anoche no me lo dijiste ─insistí. 
─Lo siento. Estaba cansado y no reparé en ello. 
─De todos modos, creo que estás cometiendo un error interrogando a los sirvientes. No creo que te digan la verdad. Sospecharán cuál es tu interés y mentirán. 
─No seas tan desconfiada. No conoces a mis empleados. 
Se apartó de mí y regresó junto a los sirvientes. Repitió la pregunta. 
─¿Quién de ustedes sabe escribir y leer? 

Los criados se miraron entre ellos, confusos. Parecían reticentes a responder. La señora Emilia carraspeó y habló. 

─Yo sé escribir y leer, señor. 
─Sí, lo sé ─respondió impaciente, Alonso. 

La cocinera levantó la mano pero nadie más lo hizo. Entonces, Alonso se acercó a una mesa velador. Había puesto un papel, una pluma y un tintero sobre ella y le pidió a las dos mujeres que escribieran su nombre. Así lo hicieron. Alonso cogió el papel y lo guardó. 

─Gracias. Pueden regresar a sus obligaciones ─dijo y me miró.  

Se acercó a mí y me cogió de un brazo para conducirme al comedor. Por el camino me enseñó el papel. 

─¿Reconoces alguna de estas letras? 

Las estudié con calma y negué con la cabeza. O habían cambiado la letra para despistar o, en verdad, ni la cocinera, ni la señora Emilia habían escrito las notas que me habían enviado. La primera tenía la letra más grande y de trazos más abiertos. La segunda hacía una letra más perfecta. Era evidente que disponía de una mejor educación.

─Si no han sido ellas, y los demás no saben escribir no han podido enviarte las notas… o te han querido gastar una broma, como me inclino a creer. 

Me detuve bruscamente.  

─Creo que cualquiera de los habitantes de este castillo son lo suficiente mayores como para gastar ese tipo de bromas. Cuando llegué aquí la primera noticia que recibí es que  mi hermana ha muerto. ¿Por qué iban a querer hacerme daño con una broma tan macabra? 
─¿Insistes en que hay un asesino en el castillo?
─Sí. Y seguiré insistiendo en solucionar este asunto ─dije con convicción y entré en el comedor. 

Poco después llegaban doña Virginia y la señora Emilia. Decidí no callar lo que sabía y para disgusto de Alonso, pregunté directamente a su madre si la señora Emilia era su hermana. La mujer me miró fijamente pero, para mi sorpresa no mostró emoción alguna. En cambio, la señora Emilia sí parecía alterada. 

─¿Por qué me hace esa pregunta tan absurda? ─me preguntó doña Virginia 
─Se rumorea que la señora Emilia es su hermana y que ella desea que la familia de usted no sea feliz. 
─¡Esto es ridículo! ─exclamó doña Virginia─. No debería hacer caso de los chismes, jovencita. 
─Yo no creo que sean chismes. Me he enterado de que la noche que mi hermana murió, el mar estaba agitado y no habría podido acercarse a la playa sin ser llevada por las olas ─la señora Virginia iba a decir algo pero no la dejé hablar─. Me aseguraron que una persona sensata jamás se acercaría a la playa con esas condiciones y menos de noche. Le aseguro que mi hermana era sensata, a pesar de su inmadurez. 
─Señorita Clarisa, usted no vivió con su hermana los últimos meses de su vida. Y le aseguro que no me importan los chismes que se comentan acerca de nuestra familia en el pueblo. Usted misma ha narrado cómo sucedieron los acontecimientos esa fatídica noche. Acéptelo. Regrese a su casa y déjenos en paz. Su estancia en esta casa empieza a ser un auténtico incordio ─se levantó mirando a la señora Emilia, quien la ayudó a retirarse─. Llévame al invernadero, por favor. 
─Mamá, deberías desayunar ─le aconsejó Alonso. 
─Se me ha quitado el apetito. 

Alonso me miró con reproche. Se levantó y salió del comedor. Me quedé un rato más, pensativa. No tenía hambre y no comí nada. Subí a mi habitación y salí al corredor exterior. Hacía frío y empezaba a llover. Me asomé al vacío. Las olas se precipitaban contra las rocas. Ya no sabía qué más podía hacer para averiguar algo. Solo tenía dudas y preguntas pero mucho me temía que regresaría a casa sin saber realmente quién había matado a mi hermana, porque estaba segura de que su muerte no había sido accidental.  

Me disponía a regresar a la habitación cuando algo llamó mi atención. Observé bien lo que estaba viendo y, ante mi sorpresa, reconocí un trozo de tela de color crema. Parecía una puntilla de encaje. Seguramente pertenecía a algún vestido. Estaba enganchado en unas plantas que crecían entre las rocas. 

─Dios mío! ─exclamé.  

Tenía que recuperar esa tela. Calculé la distancia que había desde la balaustrada hasta el lugar donde se encontraba la puntilla. También comprobé el terreno. Era un precipicio pero había rocas salientes a las que podía sujetarme.  

Aunque llovía y el acantilado estaría resbaladizo, preferí arriesgarme a perder la puntilla. Así que me incorporé a la balaustrada de piedra y, sujetándome bien, pasé al otro lado.  

Apoyé un pie en la primera roca que encontré.  Y me quedé así, pensando en que estaba cometiendo una locura pero no me amedranté. Bajé el otro pie. Sujetándome a los pilares, me fui agachando hasta que mis manos llegaron a la peana. Entonces tanteé el terreno para buscar otro saliente que me acercara hasta mi objetivo. Estaba resbaladizo y dudé si debía regresar. Llegaría un momento en el que tendría que abandonar la zona segura de la balaustrada y no sabía si las rocas y la vegetación que había ofrecían la seguridad suficiente para que siguiera adelante. Cerré los ojos y vi el rostro de mi hermana.

─Está bien, Amelia. Lo haré por ti. Por descubrir a tu asesino ─dije en voz alta para infundirme valor.

Me sujeté a unas ramas de cytisus, que eran fuertes. Y seguí descendiendo hacia mi izquierda. Un poco más abajo, me apoyé en otra roca y resbalé. Grité.

En ese momento, oí que me llamaban. Miré hacia arriba. Vi a Alonso. Parecía perplejo y asustado. Me di cuenta de que me había alejado bastante de la balaustrada pero todavía no había llegado a la puntilla. Estaba a medio camino. Desde arriba me había parecido que la distancia era más corta.

─¡Sube! ¡Dame la mano! ─me exigió Alonso, tendiendo su mano hacia mí.

Se había inclinado sobre la balaustrada para acercarse a mí. Aun así yo no podía alcanzarle.

Había empezado a llover con más intensidad pero yo no quería irme sin coger la puntilla de encaje. No hice caso de Alonso y seguí descendiendo, aunque la falda, que estaba mojada, me impedía moverme con la agilidad suficiente.

Volví a oír mi nombre y vi que Alonso también estaba descendiendo el acantilado. Venía hacia mí.

─¡Quédate ahí! ─gritó.

Le hice caso. No llevaba el calzado adecuado para continuar sin resbalar. Pero me faltaba tan poco para llegar que tenía que intentarlo de alguna manera. Donde me encontraba no había vegetación, aun así, me sujeté con fuerza a una roca y me estiré hacia donde estaba el encaje.

Para mi desesperación no pude alcanzarlo. La tela se agitaba tanto con el lluvia que temí que pudiera caer en cualquier momento. Hasta ahora había aguantado pero se podía ver que estaba rompiendo y terminaría por caer.

Me invadió la rabia y frustración y empecé a llorar. Intenté una vez más alcanzar la tela pero fue en vano. Estaba mojada y cansada. No tendría fuerzas suficientes ni destreza para ascender y tenía que hacerlo.

Alonso se acercó a mí y me cogió por la cintura. Le miré, dolida.

─Sujétate fuerte ─me dijo.

Pasó por detrás de mí y alcanzó el encaje. Temí que lo dejase volar, después de todo era una prueba que podía incriminarle a él, a su madre o a la señora Emilia, si no había nadie más a quien poder acusar.

Sin embargo, guardó la tela en el bolsillo de su chaqueta y regresó junto a mí. Me ayudó a subir.

Nos dejamos caer en el pasillo. Estábamos cansados. Me miró con incredulidad. Sacó la tela de encaje de la chaqueta y la puso ante mis ojos.

─¿Has arriesgado tu vida por esto?
─Creo que pertenece a un vestido de mi hermana ─respondí.
─¿Y qué? ¿Qué importa eso?
─¿Es que no lo entiendes? ─pregunté furiosa─. Puede ser una prueba. ¿Cómo ha podido llegar esa tela al acantilado?
─¿Qué intentas decirme?
─Quizás mi hermana no fue a la playa.

No necesité decir más. Alonso me miró sorprendido y luego miró hacia el acantilado. Me ayudó a ponerme en pie. Me dio la tela.

─¿En verdad crees que alguien pudo tirar a tu hermana desde aquí?
─No he dicho eso. Pero quizás alguien la cogió a la fuerza y se la llevó a la playa. Esto está roto. Y no me refiero a la parte que se rompió por culpa de las ramas. Fíjate en los extremos. No está descosida. Está rota. Tú dijiste que discutiste con ella aquella noche.
─¡No! ─me miró, amenazante─. Yo no hice daño a tu hermana. No insistas con eso.
─Estoy segura de que alguien lo hizo. Deberíamos pedir la exhumación del cadáver.
Alonso se apoyó en la balaustrada y quedó pensativo. Tenía los cabellos mojados y el agua caía por su rostro. Me miró y, para mi sorpresa, asintió. Se volvió hacia mí.
─Así se hará. Pondré en conocimiento de las autoridades este descubrimiento para que se abra una investigación.

Sonreí emocionada y me abracé a él. Me devolvió el abrazo. Nos miramos y nos fundimos en un apasionado beso.
 (Continuará)

martes, 12 de junio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XIV)



XIV


“La maldad habita en esta casa”

Me impactó tanto leer la nota que sentí un leve mareo y tuve que sujetarme a la pared para no caer.

Tomé una decisión. Cogí las tres notas que me habían hecho llegar y las guardé en un bolsillo de la falda. Bajé al comedor.

En el camino me encontré con doña Virginia que, como siempre, iba acompañada de la señora Emilia.

Sentí  que el corazón me daba un vuelco pero aparté de inmediato de mi mente los pensamientos que sobre ellas me inundaban.

Durante la cena, miraba a ambas mujeres intentado encontrar un parecido, mas no lo hallaba. Mientras que doña Virginia tenía entre sus cabellos blancos algún vestigio de haber sido rubia, y sus ojos eran azules, la señora Emilia era morena, de ojos oscuros. Sus rasgos tampoco se asemejaban. Ambas tenían una expresión severa, bien por sus años vividos, bien por sus caracteres, pero no se parecían entre ellas.

Alonso habló con su madre de la llegada de una carta en la que le hablaban de unas mejoras que había tenido el patrimonio familiar. No presté mucha atención. Solo podía mirar su rostro y estremecerme recordando el beso que me había dado. Sin embargo, él se mostraba como si no hubiese sucedido y apenas se fijaba en mí.

Después de la cena, me quedé en el salón azul. La chimenea tenía un fuego magnífico que invitaba a disfrutar de él. Me puse una manta sobre las rodillas y descansé sobre el respaldo.

Doña Virginia prefirió regresar a su habitación y Alonso se había ausentado sin decir a dónde iba, así que me sentí con la libertad suficiente para disfrutar de ese momento de soledad, con absoluta comodidad.

Cerré los ojos, centrándome en cómo el calor calentaba mi cara. Por momentos, parecía que me iba a quedar dormida, y así debió ser pues, cuando me desperté, vi a Alonso, sentado en un sillón, contemplándome fijamente. Me preguntaba cuánto tiempo llevaba allí. Tenía una copa en su mano derecha, medio llena.

─Incluso cuando duermes no puedes evitar fruncir el entrecejo ─comentó─. ¿Tanto te atormentan tus sueños?
─No… Yo… ─me puse derecha y alisé el corpiño de mi vestido.

Escuché el crujido que hizo el papel de las notas que tenía en el bolsillo y me acordé de ellas. Las cogí. Las coloqué en orden, poniendo encima la más antigua y se las ofrecí a Alonso, dudando si estaba haciendo lo correcto.

─¿Qué es? ─preguntó, cogiéndolas.
─Alguien me las hizo llegar en estos días. La última la recibí esta tarde ─respondí.

Alonso las leyó con calma. Durante unos minutos se produjo un tenso silencio en la estancia que parecía que no nos atrevíamos a romper. De pronto, ante mi sorpresa, se levantó, tiró las notas al fuego, dejó la copa sobre la repisa de la chimenea, y se volvió hacia mí, con violencia.

─¿Cómo puedes insistir con esto?
─Y ¿qué quieres que haga? Alguien me ha hecho llegar esas notas. Tienen que tener algún significado.
─¡Sí, claro! ─exclamó, mordaz─. Quizás exista una maldición. Quizás la señora Emilia sea una despiadada asesina ─se acercó a mí─. Incluso es posible que sea yo el asesino. ¿Por qué no iba a querer matar a mi hermano para quedarme con todo? Ya sabes que el primogénito hereda la mayor parte de la herencia.

─No he pensado que tú seas el asesino ─me levanté para enfrentarme a él. Recogí la manta para no enredarme con ella y evitar caer.
─¡No mientas! Admite que durante un tiempo has pensado que yo había sido el asesino te tu hermana.
─No ─negué, aunque sabía que estaba mintiendo─. Está bien. Pensé que tú habías podido ser el causante de su muerte pero no su asesino. Tú mismo aceptaste que habías discutido con ella.

─¿Y crees que yo la llevé al mar y la ahogué con mis propias manos?
─No. No lo creo.
─¿Entonces qué crees, Clarisa? ¿Por qué insistes en buscar algo que no hallarás jamás? Tú hermana se ahogó porque cometió una imprudencia. Todas las muertes que han ocurrido en esta familia han sido fruto de la mala suerte o la enfermedad.
─Quizás fuese así pero ¿y si hay alguien que cree que fueron fruto de una maldición y crea que tiene la obligación de hacer que perdure en el tiempo?

─¿Por qué iban a querer eso? ¿Qué podrían ganar con ello? ─me preguntó, cansado, sin perder su enfado.
─No lo sé.
─¿Te das cuenta de que te dejas llevar por suposiciones sin fundamento? Quieres condenar a esta familia a sufrir por algo que no existe.
─No, yo no quiero haceros sufrir.
─Entonces, déjanos en paz.

─¿Cómo explicas esas notas? No debiste quemarlas ─le reproché─. ¿Por qué me iban a hacer llegar esas notas? La primera de ellas me la enviaron antes de que yo sospechase que podía haber algo extraño en tu familia ─expliqué.
─Desde el principio dudaste de mi versión de los hechos. Es evidente que alguien lo oyó y ha estado jugando contigo. Seguramente es un criado. Me gustaría saber de quién se trata para despedirlo.
─¿Tus criados saben escribir? ─pregunté.

Alonso me miró dubitativo. Se acarició los cabellos hacia atrás y exhaló un hondo suspiro.

─No lo sé.
─Pues alguien sabe escribir. ¿Por qué iban a querer asustarme con esas notas? ¿Habrían ganado algo?

Nos miramos en silencio. Vi como se relajaban sus músculos faciales. Su respiración era más tranquila.

─Está bien. Intentaremos averiguar quién  te ha enviado esas notas y por qué lo hizo.
─Gracias ─esbocé una débil sonrisa.

Me pasó un dedo por una mejilla y se fue. Me llevé la mano a la cara para retener el calor de su huella.
(Continuará)

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)