martes, 31 de julio de 2018

La Biblioteca de Ana Lomba: LA COPIA

La Biblioteca de Ana Lomba: LA COPIA: Rosa Prieto se estaba muriendo. Había llegado a la edad de ochenta y cuatro años y, tras unos problemas de salud, su vida se apagaba l...

LA COPIA



Rosa Prieto se estaba muriendo. Había llegado a la edad de ochenta y cuatro años y, tras unos problemas de salud, su vida se apagaba lentamente.  
Se encontraba en una habitación de hospital cuyas paredes estaban pintadas de azul. Los muebles eran blancos y las ropas de cama blancas, excepto la colcha que también era azul. Sobre una mesa había un jarrón con flores amarillas y blancas. Aunque ella no podía verlo, las ventanas tenían vistas al mar.  
Los últimos días de su enfermedad escuchaba todos los días el sonido de las olas. Pero hoy, su mente solo podía concentrarse en su última lucha.  
No estaba sola. La acompañaba su marido, Ramón. No tenían hijos. Habían tenido diferentes mascotas a lo largo de sus vidas, pero hacía varios años que había muerto el último perro.
Su marido, un hombre atractivo, elegante, la confortaba con caricias en las mejillas y sonrisas cariñosas. Rosa, moribunda, agradecía esas atenciones. Sin embargo, a pesar de tener los sentidos aletargados, sabía que había algo extraño en él.  
Sus ojos vidriosos escudriñaron el rostro del hombre. Los ojos castaños de Ramón seguían teniendo el mismo brillo que tanto llamó su atención cuando se conocieron, hacía más de sesenta años.  
Se habían conocido una noche de verano, en una fiesta familiar. Rosa todavía podía recordar cuánto habían bailado esa velada. Desde entonces, no se separaron jamás. Solo tardaron un año en prometerse y otro en casarse. En aquellos tiempos no se podía correr tanto como en los tiempos recientes. Habían pasado momentos buenos y malos pero siempre estuvieron juntos. ¿Siempre? 
Rosa hizo un esfuerzo y abrió más los ojos. Observó detenidamente el rostro del hombre. Tenía los rasgos viriles, la nariz ligeramente aguileña, la boca de labios bien delineados  y lucía un bigote fino que, a pesar de quedarle bien, era de estilo antiguo. Y fue ese detalle el que la hizo recordar lo sucedido hacía varios años. ¿Cuántos? Su memoria fallaba y no tenía la lucidez suficiente para pensar en ello pero, estaba segura, de que debían ser unos veinte años, más o menos. 
Su mente, en su última batalla, negándose a morir, tuvo un momento de lucidez y recordó el día que su esposo había dejado de estar con ella, a su lado. El día que la abandonó para siempre.  
No había sido un abandono por decisión propia, sino por circunstancias ajenas a las que se vio sometido. Sucedió una tarde, cuando regresaba a casa. Un coche conducido por un conductor imprudente, se cruzó con él, y chocaron. Sobrevivió al accidente unos días, tras los cuales, falleció.   
Durante esos días, Rosa recibió la visita de dos hombres que le ofrecieron la posibilidad de alargar la vida de su marido en un androide. Solo tenían que copiar los recuerdos del moribundo  y grabarlos en la memoria del androide, además de fabricarlo respetando los rasgos exactos de su esposo. 
Rosa, rota de dolor y temerosa ante un futuro en soledad, aceptó. Firmó el contrato y pagó el dinero que pedían. Era una cantidad cuantiosa, pero ella se lo podía permitir.  
El cuerpo de su esposo sería incinerado y le entregarían las cenizas. No podía constar que  Ramón había fallecido en ningún documento ni registro oficial, hasta el día que ella falleciera.
Al principio se le hizo extraño relacionarse con él pero, tanto era el parecido, que enseguida se olvidó de  que su marido había muerto. Se convenció de que él nunca había muerto, olvidó esos días tan duros y adoptó al androide como si realmente fuera su esposo. 
No quiso ver que, mientras ella envejecía, el androide no lo hacía. Ella adquiría nuevos conocimientos y recuerdos, sin embargo el androide permanecía anclado en el pasado. Solo recordaba lo que su esposo había vivido hasta el día de su muerte. No tenía capacidad de mejorar, ni adaptarse a los nuevos tiempos.
A Rosa eso no le importó, se conformó con tener a un esposo amante, cariñoso y dedicado a ella las veinticuatro horas del día.  
Ahora, en su lecho de muerte, se dio cuenta de su error. Allí estaba siendo confortada por un androide que solo repetía frases y acciones de lo que había sido un ser humano hacía dos décadas. Dejó de vivir, de buscar otra felicidad, por vivir al lado del cromo de su esposo.
Sí, eso es lo que veía en él ahora. El androide era una copia de su marido. Un recuerdo eterno.  
Ahora era tarde para lamentarse no haber sido más valiente y tomar la decisión de afrontar la vida sola, de buscar otras oportunidades. La muerte ya estaba a su lado y se la llevaría.
La copia seguía sonriendo. A Rosa le quedaba la esperanza de volver a encontrarse con su esposo. Pero ¿existía en verdad esa otra realidad?  

FIN


domingo, 22 de julio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XXI-FINAL)




XXI

Cuando desperté estaba lloviendo a cántaros. Sobre la chimenea había un reloj dorado que marcaba las doce y diez. Me levanté de inmediato. No había esperado dormir tanto.

Me arreglé los cabellos y salí de la habitación. Bajando las escaleras me encontré con una doncella y le pregunté dónde se encontraba el señor.

─Ha salido temprano y no dijo cuándo regresaría.
─¿Y dónde está doña Virginia?
─En su dormitorio. No se encuentra bien.
─Gracias.

Di media vuelta para visitar a la anciana. Llamé a la puerta y me abrió la señora Emilia.

─¿Cómo se encuentra doña Virginia? ─pregunté.
─Ahora está descansando.
─Me gustaría hablar con ella.
─No es posible.
─Tal vez pueda hablar con usted, entonces.

La señora Emilia miró hacia el interior de la habitación, para comprobar cómo estaba su señora y, con un gesto complaciente, salió al pasillo. Nos acercamos a una de las ventanas para tener más luz. Me miró expectante y le comenté lo que había sucedido cuando el intruso me había cogido en brazos.

─… Ese hombre hablaba como si conociera bien a esta familia y guarda un rencor hacia ella ─comenté.
─No entiendo por qué había de ser así ─repuso. Pude percibir que su rostro había palidecido. Así que, era obvio que me estaba mintiendo.
─Es posible que doña Virginia sepa algo.
─Lo dudo. Y no sería prudente molestar a la señora por los delirios de un loco.

Asentí, no por darle la razón, sino porque sabía que no conseguiría saber más a través de ella.

La acompañé hasta la puerta. La señora Emilia se despidió de mí y entró en la habitación. Doña Virginia me vio y me llamó, así que pude entrar en la habitación para hablar con ella.

─Buenos días, señora ─saludé.
─¿Ha podido descansar? ─me preguntó.
─Sí, gracias. ¿Y usted?
─No mucho. Pero yo soy vieja, los huesos no me dejan descansar.
─¿Ha hablado con Alonso antes de que se fuera? ─pregunté.
─Sí ─hizo un silencio─. Me comentó que el hombre que entró en el castillo anoche, la atacó a usted.
─Sí, así es ─me acerqué más a la cama y, sin importarme lo que había dicho la señora Emilia, decidí hablar la verdad─. ¡Doña Virginia, ese hombre se parecía a Alonso! Y habló con él con rencor. Parecía que odiaba a su familia por algo que no alcanzo a comprender.
─¡Señorita Clarisa! ─exclamó la señora Emilia, mirándome con reproche.
─¡Es la maldición! ─susurró doña Virginia.
─Por favor, señora, olvide eso y descanse ─le pidió la señora Emilia, colocando los almohadones para que se pusiera más cómoda.
─¿De qué maldición habla? ─pregunté─. Doña Virginia, por favor, dígame la verdad. Quizás así podamos evitar que hagan más daño a esta familia.

Mi súplica parecía no tener efecto en ella. Estaba dispuesta a irme cuando empezó a hablar.

─Alonso no sabe nada de esto ─me miró fijamente─. Aunque, supongo que ha llegado el momento de que sepa la verdad.
─No debería hablar ─suplicó la señora Emilia.
─¿Y de qué sirve callar, Emilia? Esta familia ha vivido con demasiado dolor durante muchos años. La señorita Clarisa tiene razón. Ha llegado el momento de hacer algo para intentar poner remedio a esta situación.
─Ellos no comprenderán nada ─susurró la señora Emilia.
─Yo no voy a juzgar a nadie ─me apresuré a decir─. Solo quiero ayudar. Amo a su hijo, doña Virginia, y no quiero hacerle daño, ni que sufra por culpa de otros.
─Existe una maldición ─admitió doña Virginia─. Algunas personas no creen en ellas, otras sí, pero se equivocan cuando creen que las desgracias de la vida son maldiciones. Todos vivimos momentos malos, pero pocos saben lo que es vivir bajo el influjo de una maldición. Hace muchos años, como ya sabe, uno de los antepasados de mi esposo, cometió un error al burlarse de una joven.  La familia de esa joven buscó la ayuda de una gitana para maldecir a los Bahamonde. Desde entonces, los hombres estaban condenados a morir de forma trágica, pero antes verían enloquecer o morir a sus mujeres y a sus hijos. Sí ─bajó la mirada─, hubo varios bebés muertos antes de conseguir que alguno llegara a la edad de adulto. Eso no está en conocimiento de todo el pueblo. Hay cosas que deben ser guardadas en la intimidad ─miró hacia la puerta y abrió los ojos, sorprendida.

Me volví. Alonso estaba bajo el marco de la puerta, escuchando. Parecía que no se atrevía a entrar pero, después de percatarnos de su presencia, entró y se puso a los pies de la cama. Doña Virginia titubeó. Le apreté una mano, con ternura, para instalar a que siguiera hablando, por muy doloroso que fuera.

─Me casé con mi esposo sabiendo de la existencia de la maldición. Desde luego, no quise creer en ella, pero el primer hijo que tuve falleció a las pocas horas. No había nada que indicara que fuese un niño enfermo. La noche que murió… apareció sobre la cuna una carta de tarot. Era la carta de la luna, la que anuncia las maldiciones, la locura y los engaños. ¿Cómo no hacer caso de la maldición? Pensaréis que fui una estúpida pero sucedían cosas extrañas en el hogar que llamaron mi atención. Las cosechas se echaban a perder. Los animales enfermaban de pronto, sin razón aparente. Algunos morían. Nosotros también enfermábamos de pronto y curábamos antes de haber recurrido a la medicina. Y no, no estoy hablando de un malestar pasajero como un dolor de cabeza, una indigestión. Es difícil de explicar, pero parecía que nos sacaban la vida. El primogénito de mi esposo, Francisco, enfermó varias veces durante su infancia. Y más de una vez se temió por su vida. Incluso le llegaron a dar la extremaunción en dos ocasiones. La primera vez sucedió cuando solo era un bebé. Por eso me asusté tanto que ─su voz empezó a temblar─, quizás cometí el mayor error de mi vida. Pero yo solo quería salvarte ─miró a Alonso y empezó a llorar.

La señora Emilia le acercó un pañuelo. Alonso se apoyó en la cama y miró fijamente a su madre.

─¿Qué hiciste, madre? ─le preguntó.
─Cuando quedé embarazada, temiendo que mi hijo corriese la misma suerte de Francisco, o que yo misma sufriera la influencia de la maldición, y pudiera hacer daño a mi bebé cuando naciera, me puse en contacto con una gitana. Le pedí que me ayudara a proteger a mi hijo y a mí misma para que pudiera cuidarlo. La gitana accedió, tras cobrar una buena cantidad de dinero ─sonrió con amargura─. Me creí a salvo de la maldición. Hasta que un día, la gitana apareció en el castillo y me anunció que tendría gemelos pero que su sortilegio solo tendría efecto sobre uno de ellos. Creí enloquecer de dolor pero no me dejé vencer. Le pedí ayuda para los dos niños. Me dijo e insistió en que no podía hacer nada. Uno de los bebés sufriría la maldición. Sin embargo, unos días después, me indicó que, tal vez, sí podíamos encontrar una manera de burlar la maldición pero sería igualmente dolorosa para mí. Me ordenó que no permitiera que nadie supiera que iba a tener gemelos, salvo la mujer que me ayudase en el parto ─miró a la señora Emilia─. El primer bebé en nacer sería entregado a la gitana y se lo llevaría lejos para alejarlo de la influencia de la maldición. Quise hacerlo pero ¿cómo puede una madre separarse de uno de sus hijos? Sería tan cruel como entregárselo a la muerte. Desoí la petición de la gitana y quise anunciar a mi esposo que había tenido gemelos. Sin embargo, la dicha duró poco. La gitana se personó en el castillo exigiendo, por el bien de uno de los bebés, que le entregara al primero en nacer ─calló y se llevó el pañuelo a la boca para contener el llanto.

─Uno de los bebés empezó a toser de una forma extraña ─continuó la señora Emilia─. Nos asustamos y, temiendo que muriese, se lo entregamos a la gitana. Pero nunca supimos si entregamos al niño que nació primero.
─Con el tiempo ─siguió hablando doña Virginia─, supimos que nos habíamos equivocado. Solo la maldición pudo llevarse a Lourdes a tu hijo ─miró a su hijo─. Pero no fue la maldición lo que acabó con Amelia. Mientras estabas en el pueblo de la pobre Amelia, Emilia supo que la familia de gitanos había regresado al pueblo y vio a tu hermano. Tuvo que ser él quien mató a Amelia y quien ha querido matar a Clarisa.
─Así que tengo un hermano ─susurró Alonso, incrédulo─. ¿Por qué no le habías dicho antes? Si le hubiese conocido quizás podríamos evitar la muerte de Amelia ─se lamentó, dolido.
─Lo siento, hijo. Debes comprenderme ─sollozó.

Alonso se acercó a ella y se sentó en la cama. Abrazó a su madre con ternura. La anciana lloró desconsoladamente.

Salimos de la habitación, él y yo, y bajamos al salón. Una doncella nos anunció que la comida estaba preparada, pero ninguno de los dos teníamos hambre.

─¿Qué harás ahora? ─pregunté.
─Esta mañana fui a hablar con las autoridades sobre lo que aconteció anoche. Supongo que debo enviarles una nota para ponerles en conocimiento sobre lo que hemos averiguado. Así podrán poner fin a esta pesadilla.

Me acerqué a él y nos abrazamos.



Ha pasado un año desde que las autoridades arrestaron al hermano gemelo de Alonso. Se llama Pedro. Supo, desde muy pequeño, quién era su verdadera familia. La mujer que se hizo cargo de él se lo contó en el lecho de muerte. Creció lleno de amargura y rencor por el destino que le había tocado vivir. Seguro de que su madre y su hermano vivían una vida cómoda a la que él también tenía derecho, alimentó el odio que nació en su corazón hacia ellos.

Cuando lo arrestaron confesó que había matado a mi hermana Amelia. Al principio no tenía pensado matarla. Se había sentido atraído por ella y quería llevarla consigo y convertirla en su mujer. Pero mi hermana consiguió huir, entonces la ahogó en el mar. También admitió que quería matar a Alonso y ocupar su lugar, aunque sabía que eso sería muy difícil, por ello decidió finalmente, hacerme daño a mí, para que Alonso no pudiera ser feliz jamás.

Antes de ser condenado a muerte, Alonso fue a visitarlo a la cárcel. Me dijo que apenas hablaron. Aunque se parecían físicamente, no tenían nada que pudiesen compartir.

A pesar de ello, a Alonso le dolió el final del hermano desconocido y estuvo un tiempo alejado de mí y su madre.

Finalmente, nos casamos. Mi madre, que se había recuperado de su enfermedad, bendijo nuestro enlace deseándonos la mayor de las felicidades, y ese fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Estoy segura de que la maldición no existe. Todas las desgracias vividas por la familia Bahamonde se corresponden con los caprichos de la vida, que nos regala momentos buenos y malos. Pero el miedo nos aparta de la razón, llevándonos por caminos más cercanos a la superstición. Por ello, porque todos tenemos miedo alguna vez en la vida, Alonso y yo decidimos irnos del castillo para vivir en una mansión, en otro lugar. Deseamos que nuestros futuros hijos y nuestras madres tengan una vida más tranquila lejos del lugar que nos trae tristes recuerdos. Quizá, algún día, seamos capaces de regresar sin temor a que la maldición nos influya de alguna manera.

FIN

miércoles, 18 de julio de 2018

LA MALDICIÓN DE LOS BAHAMONDE (XX)



xx

Era difícil permanecer encerrada en la habitación. Los nervios me hacían oír ruidos procedentes de todas partes. Miraba con pavor hacia las ventanas para comprobar si pasaba alguien por el corredor exterior.
En una ocasión me pareció ver una sombra y retrocedí asustada hasta que me oculté entre el armario y la pared.  Me parecía absurdo comportarme así pero el cansancio y la angustia me estaban venciendo.
Salí del escondite y me acerqué a una ventana. Había empezado a llover. Faltaba algo más de una hora para que empezara a amanecer. Me preguntaba dónde estaría Alonso y cuánto tardaría en regresar. Por un momento estuve a punto de ir al dormitorio de doña Virginia, para no estar sola, pero desistí de la idea. Seguramente ellas me harían rezar o dormir hasta que el regreso de Alonso. Y no tenía ánimos para ninguna de esas dos cosas.
Apagué las velas del candelabro y me senté en una silla, junto a la mesa, para esperar que pasara el tiempo.
Apoyé los brazos en la mesa y terminé por apoyar la cabeza sobre ellos. Me sentía cansada y, poco a poco, me venció el sueño.
Me despertó un golpe. Aún no había amanecido, así que supuse que había dormido poco rato. Escuché atentamente y oí otro golpe. Procedían del corredor exterior. Mi corazón se encogió. Miraba horrorizada hacia las ventanas esperando ver aparecer algo o a alguien del otro lado.
No tardó en suceder. Pocos minutos después del segundo golpe, se acercó alguien a mis ventanas. Parecía un hombre muy corpulento. Se detuvo y miró hacia dentro. Me quedé petrificada, confiando en que no me viera. Se acercó a la puerta y la abrió de un empujón. El golpe fue tan fuerte que se rompieron los cristales de la puerta y de las ventanas. Grité y eché a correr hacia la puerta principal para salir al pasillo interior y refugiarme en la habitación de doña Virginia.
Pero había cerrado la puerta con llave. Intenté girar la llave pero el hombre me alcanzó. Me cogió por la cintura y levantó en volandas sin esfuerzo. Grité y pataleé con todas mis fuerzas. Me acordé de la suerte que había podido correr mi hermana y, temiendo que a mí también me arrojaran por el acantilado, grité más fuerte para que me escucharan.
─¡Deténgase! ─oí gritar a Alonso y me sentí aliviada por unos breves segundos.
─¿Por qué tú tienes que tener lo que debería ser mío? ─preguntó el hombre que me tenía en brazos. En su voz se detectaba mucha rabia y dolor.
─No sé quién eres. Ni sé de qué me hablas pero puedo escuchar tus alegaciones. Solo te pido que liberes a la señorita.
─He sufrido el abandono, la indiferencia y el desprecio de mi familia y de la sociedad cuando tú vivías como un rey. Ahora eres tú quién debe sufrir.
─Por favor, suéltala. Deja que Clarisa venga conmigo ─suplicó Alonso. Entonces vi que no estaba solo, debía acompañarle el jardinero, el señor Marcos.
La fuerza de los brazos de mi secuestrador cedió y pensé que iba a acceder a la súplica de Alonso. Sin embargo, me equivocaba. Se acercó a la balaustrada y me asomó al vacío. Me agarré a él con fuerza. Si me tiraba, él vendría conmigo al precipicio.
─¡Por favor, no me suelte! ¡Deje que me vaya con Alonso! ─supliqué─. Yo no le hice nada malo.
La lluvia nos empapó y sentía cómo me resbalaban las manos de su ropa. Estaba aterrada.
─Tú no me has hecho nada malo pero esta familia sí me hizo mucho daño y alguien debe pagar por ello.
─Clarisa tiene razón. Ella no te hizo nada. Déjala marchar ─pidió Alonso.
Rodeé su cuello con los brazos y pude ver sus ojos. Eran azules como los de Alonso. Me mostré sorprendida y él se dio cuenta.
─¿Quién eres? ─pregunté.
Me miró fijamente. Entonces vi su rostro. Se parecía mucho a Alonso, aunque sus rasgos eran más bruscos.
No sé qué pensó de mi actitud, quizás se conmovió o decidió que no era el momento adecuado para llevar a cabo su acción, sea lo que fuere, me benefició pues me alejó del precipicio y me dejó en el suelo, a salvo. Corrí junto Alonso y me refugié en sus brazos.
El hombre echó a correr. Alonso quiso ir tras él pero se lo impedí. Temía que le hiciera daño y necesitaba su consuelo.
Me cogió en brazos y me llevó a su dormitorio. Me dejó en la cama y se sentó a mi lado. Pidió al señor Marcos que fuera a comprobar cómo se encontraba doña Virginia, y los miembros del servicio.
─Podía haberlo alcanzado, aunque bien sabe Dios que ese hombre es rápido como el diablo ─comentó Alonso.
─Parece muy fuerte. ¿Sabes quién es? ¿Por qué te culpa de su desgracia?
─No sé quién es, Clarisa. Seguramente se trata de algún perturbado. A unas dos leguas de aquí hay una institución psiquiátrica. Es posible que escapara de allí. Informaré a las autoridades de todo esto.
─Tenía el mismo color de tus ojos ─dije.
─No me fijé.
─Se parecía a ti ─añadí.
Alonso me miró con gravedad, luego sonrió y me acarició una mejilla. Me dio un beso en los labios.
─Eso es imposible. Seguramente tu mente te jugó una mala pasada.
No insistí en que estaba segura de lo que había visto porque se notaba que estaba muy cansado, y yo también. Me dejó allí para que durmiera un poco, mientras él iba a visitar a su madre.
(Continuará)

sábado, 14 de julio de 2018



XIX

Desperté tras oír un ruido cerca de mi habitación. Al principio no sabía de qué se trataba pero, una vez me despejé, pude oír con claridad que se trataba de voces y pasos en el corredor exterior del castillo. Me levanté, cogí un farol y salí para comprobar qué estaba pasando.

Vi a un hombre y me asusté. Levanté el farol para iluminarle y reconocí al cochero. Me sorprendí de encontrarlo allí.

─¿Qué hace usted aquí?
─Estoy ayudando al señor. Debería regresar a su habitación, señorita.
─¿Ayudando? ¿En qué?
─Por favor, regrese a su habitación. Podría ser peligroso que esté aquí. Hemos visto a alguien merodeando por el castillo ─me informó.

Le miré atónita. Quise decir algo pero vi venir a Alonso hacia nosotros. Me pareció que había salido de otra habitación y que traía un arma en la mano.

Al acercarse a nosotros, me miró sorprendido, guardó el arma en el cinturón y se dirigió a mí.

─Clarisa, regresa a tu dormitorio y cierra las puertas con llave.
─¿Qué está pasando?¿Por qué tengo que esconderme?
─Ya se lo dicho, señor ─habló el cochero.
─Los criados vieron a alguien merodeando por el castillo.
─Pero…
─Hablaremos más tarde.

Me cogió del brazo para conducirme hasta el dormitorio. Quise protestar pero lo impidió mirándome con severidad y decisión. Entonces, no me quedó más remedio que obedecer. Cerré las puertas con llave y me senté en una silla, esperando a que regresara.

La espera se me hacía interminable. Intenté salir al corredor en varias ocasiones pero sabiendo que eso enfadaría a Alonso, me contenía. Sin embargo, tras oír un grito de mujer, no dudé en salir al pasillo interior.

La mayor parte del pasillo estaba en penumbras pues solo había una lámpara encendida. Regresé al dormitorio y cogí el farol. Salí, otra vez, al pasillo y me encaminé hacia las escaleras. No estaba segura de dónde procedía el grito que había escuchado. Pasé por delante del dormitorio de doña Virginia y me detuve.

Llamé a la puerta pero nadie me respondió. Me atreví a entrar. Caminé hasta la cama y a la alumbré. Doña Virginia estaba dormida. Salí de allí agradeciendo que, al menos ella, tuviese una noche plácida, ajena a lo que estaba sucediendo en el castillo.

Bajé las escaleras y llegué al vestíbulo. Aparentemente todo estaba en orden. Me dirigí a las habitaciones de los criados, que estaban en la parte trasera del ala oeste del castillo.

A medida que me acercaba a ellas, pude escuchar murmullos. Vi luz que salía de debajo de una puerta y llamé. Me abrió la puerta la señora Emilia, vestía un camisón blanco y una toquilla cubría sus hombros.

─¿Qué hace usted aquí, señorita? ─me preguntó sorprendida.
─¿Es esta su habitación? ─pregunté─. He oído un grito. ¿Está usted bien?
─Esta no es mi habitación ─se hizo a un lado para dejarme pasar.

La habitación era un pequeño salón, sencillo. Con la señora Emilia se encontraban las demás criadas y la cocinera. Parecían muy alteradas.

─El señor nos pidió que nos refugiáramos todas aquí ─explicó la señora Emilia.
─¿Alguna de ustedes gritó? ─pregunté.
─He sido yo ─habló una joven, temblorosa─. Cuando salí de mi habitación tropecé con un hombre y me asusté mucho.
─¿Quién era ese hombre? ¿Pudo reconocerlo?
─No era nadie conocido por mí.
─¿Qué hizo el hombre cuando usted gritó?
─Se fue corriendo.

Miré a la señora Emilia y me acordé de doña Virginia. Ella estaba sola y podía ser atacada por el extraño.

─Quizás debería subir para hacer compañía a doña Virginia ─dije─. Ella está dormida pero necesita que alguien la cuide.
─No crea que no he intentado ir junto a ella, pero el señor Alonso dijo que se encargaría de ella ─me explicó la señora Emilia.
─Yo estuve en su habitación hace un rato y allí no había nadie cuidándola.
─Entonces, sí será mejor ir arriba. Quédese aquí señorita.
─No. Yo iré con usted. Cuando salgamos cierren bien la puerta y no dejen entrar a nadie conocido ─dije.

Asintieron, temblorosas. La señora Emilia y yo salimos de la habitación y caminamos hasta el vestíbulo.

En el momento en que empezamos a subir las escaleras oímos unos golpes y voces de hombres. Nos miramos sorprendidas y asustadas y apuramos el paso.

Llegué al piso superior antes que la señora Emilia. Alumbré con el farol el largo pasillo y entonces pude ver a un hombre tirado en el suelo. Me acerqué a él con sigilo. La señora Emilia se apresuró para llegar al lugar.

─Es el cochero ─dije─. Tiene una herida en la cabeza y ha perdido el conocimiento pero está vivo.
─¿Dónde estará el señor Alonso? ─preguntó la señora Emilia.

Yo también deseaba saber dónde se encontraba y sentí miedo por él.

─¡Quédese aquí! ─le pedí y me apresuré a entrar en la habitación de doña Virginia.

Doña Virginia estaba sentada en la cama y tenía un rosario entre las manos. Parecía que estaba rezando. Me miró y suspiró aliviada.

─¡Gracias a Dios que es usted, Clarisa! He oído golpes y gritos.
─Ya ha pasado todo. ¿Por qué no intenta dormir de nuevo?
─¡No me trate como si fuera una vieja tonta! Dígame, ¿qué está pasando en mi castillo? ¿A qué se debe tanto revuelo?
─¿Ha visto a Alonso?
─No. ¿Le ha sucedido algo a mi hijo?
─No. Él está bien ─respondí, suplicando que fuera así.
─Entonces, ¿por qué me hace esa pregunta? ¿Qué ha ocurrido en el pasillo? Los ruidos provenían de ahí. ¡Dígamelo de una maldita vez! ─exigió, impaciente.
─Hay un intruso en el castillo y, no estoy segura, pero parece que golpeó al cochero en la cabeza. La señora Emilia está con él.
─¿Alguien ha atacado al señor Joaquín? ─preguntó perpleja─. ¿Y dónde está Alonso?
─La última vez que le vi me ordenó que me quedase en mi habitación. Él y el cochero, o sea, el señor Joaquín, iban a buscar a ese intruso.
─No entiendo nada. ¿Por qué iba a querer alguien atacarnos en medio de la noche? ─me miró horrorizada─. ¡Es la maldición! ¡Usted misma lo ha dicho! Mi familia tiene una maldición.
─¡Oh, por favor, no diga eso! ─supliqué─. Seguramente se trata de algún ladrón.
─No quise creerlo, aunque mi difunto esposo me advirtió sobre ella cuando nos casamos. Dijo que la familia Bahamonde estaba maldita desde hacía años. Una fuerza maligna impedía que fuésemos felices arrebatándonos a nuestros seres queridos o llevándonos a la locura. Y ahora, se está cumpliendo esa maldición.

─Eso no tiene sentido ─dije─. Se trata de un intruso, ¿entiende? Alguien ha entrado en el castillo, seguramente para robar, y si ha hecho daño al señor Joaquín, es porque se interpuso en su camino. El castillo es muy grande y quizás, hasta ahora, ni sabía que le estaban buscando para detenerle.
─No. Emilia también me lo comentó hace unas semanas, poco después de morir su hermana de usted. Hay una fuerza maligna que insiste en hacernos daño ─se santiguó.
─Eso son supersticiones.
─Debí creer en ello y pedir ayuda a la Santa Iglesia. Y usted ─me miró fijamente─. ¡Oh, usted también corre peligro y solo por enamorarse de mi hijo! Si se hubiese ido hace días, como le pedí, ahora no estaría viviendo este horror.

No supe qué decir. Yo no creía en la maldición, pero escuchar las palabras de doña Virginia, en medio de una noche tan inquietante, me hacía olvidar mis planteamientos lógicos para dejarme llevar por los irracionales e inclinarme a darle la razón. Y me pondría a rezar el rosario con ella si en ese momento no irrumpiese en la habitación Alonso. Corrí a abrazarlo.

─¿Estáis bien? ─preguntó y me sonrió.
─Sí, estamos bien. ¿Y tú?
─No he podido atraparle. Es como si fuera… una sombra ─dijo, preocupado.

Se acercó a su madre y la besó en la frente.

─Es la maldición de los Bahamonde ─susurró doña Virginia.
─No, madre, no es una maldición. Alguien ha entrado en el castillo y consiguió salir sin que le diéramos caza.
─El señor Joaquín está herido ─dije.
─Sí, lo sé. Ya lo han llevado a su dormitorio para curarle la herida. Al amanecer irán en busca del médico.

La señora Emilia entró en el dormitorio y se acercó a comprobar que su señora se encontraba bien. Alonso le pidió que quedara con ella. Me cogió de la mano y salimos. Me llevó hasta mi dormitorio. Entramos en la estancia. Estaba oscura, entonces me acordé de que había dejado el farol en la habitación de doña Virginia. Alonso encendió las velas de un candelabro.

─¿Qué ha pasado realmente, Alonso? ─pregunté.
─Estaba en mi despacho cuando vino el señor Joaquín para decirme que una doncella aseguraba que había visto a un desconocido cerca de la cocina. Cogí mi arma y salimos a investigar. Entonces, la señora Clotilde ─enarqué una ceja inquisidora─, la cocinera ─me explicó─, también aseguró ver a un hombre. Nos pareció oír sus pasos y, en ocasiones, ver su sombra. Le seguimos por diferentes estancias y pasillos. Pedí al señor Joaquín que se quedara en este pasillo para vigilaros a ti y a mi madre. El señor Marcos, el jardinero ─puntualizó─, y yo seguimos la búsqueda, pero fue infructuosa. En algún momento dejamos de oír los pasos. Debes permanecer aquí o, si tienes miedo, regresa a la habitación de mi madre. Pero, por favor, no deambules por ahí tú sola. Iré a ver cómo está el señor Joaquín y seguiré en guardia. Desconozco si ese hombre se fue o permanece oculto en algún lado.
─Yo salí de mi habitación porque escuché un grito.
─¿Un grito? No oí nada.
─Fue una de las doncellas. Se tropezó con él y se asustó.
─Iré a informarme.
─Tu madre dice que esto tiene que ver la maldición.
─No hay ninguna maldición, Clarisa. Ha entrado un intruso y eso puede ser más grave que cualquier maldición. Ya ha atacado al señor Joaquín. Permanece aquí, encerrada y no abras hasta que yo regrese.
─Ten cuidado, por favor ─sonrió y me besó en los labios.
(Continuará) 

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)