miércoles, 29 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS VII




VII


Más adelante estaba la comisaría. Fue hacia allí. Le sorprendió comprobar que sobre el catre había un hombre tumbado. Cogió su arma y le apuntó. Se acercó con sigilo para abrir la puerta de la celda pero, ante su extrañeza, estaba cerrada con llave.
El hombre se despertó violentamente y se levantó. Miró confuso a Mark y se arrimó a la pared, asustado.
─¿Quién es usted? ─preguntó.
─Yo también quiero saber quién es usted ─preguntó Mark mirándole con curiosidad─. Creí que no vivía nadie aquí.
─No vivo aquí.
─¿Quién lo ha encerrado?
─Me he encerrado yo.
Mark enarcó una ceja, perplejo. Pensó que aquel tipo tenía que sentirse muy asustado para encerrarse en la celda. Se retiró de la puerta, sin dejar de apuntar al hombre.
─¿Quién es usted y qué hace aquí? ─le preguntó.
─Soy Conrad Smith. Vivo en Presidio Village ─hablaba nervioso.
Se llevó una mano al bolsillo de su chaleco y Mark le apuntó con más decisión.
─Tenga cuidado con lo que saca de ahí.
─Solo busco la llave de la celda. Tengo un arma pero está ahí, junto a la cama. Es un rifle. No soy un buen tirado. Yo soy un hombre pacífico, se lo aseguro. Pero este pueblo está maldito y tenía que ser precavido ─escrudiñó el rostro de Mark─. Ahora le recuerdo. Usted es el pistolero. Le vi la otra noche en la taberna de Mildred. Yo soy… soy el enterrador de Presidio Village.
─El enterrador ─repitió Mark─. ¿Y a qué ha venido a este pueblo? No creo que aquí encuentre clientes.
─No ─sonrió─. ¿Puedo salir de aquí?
─Sí. Deje el arma ahí.
─Está bien.
El hombre, Conrad, abrió la celda y salió. Mark le pidió las llaves. Luego entró en la celda y cogió el rifle.
─Explíquese… ¿A qué ha venido aquí? ─le pidió, saliendo de la celda.
─He venido a buscar a mi hija.
─¿A su hija?
─Sí ─se sentó en una silla.
De pronto, su nerviosismo se convirtió en abatimiento. Tenía el rostro serio, la mirada triste y los hombros hundidos. Mark sintió lástima por él.
─No sé qué le han contado de este pueblo pero aquí pasa algo muy extraño. Los mineros salen por las noches y matan a la gente que encuentran. Algunos desaparecen, otros pasan a formar parte de ellos.
─¿Qué quiere decir con formar parte de ellos?
─Se hacen igual que ellos. Son monstruos. Solo puede definirse con esa palabra lo que son.
─¿Y su hija? ¿Cree que ella es uno de ellos?
─No solo lo creo, pistolero. Yo la he visto con mis propios ojos. Es como ellos. Pero tiene que haber una solución. Tiene que existir un remedio para que vuelva a ser normal. Por eso quiero rescatarla y llevarla conmigo ─sollozó─. Algunos dicen que son muertos y están malditos, por eso no pueden descansar. Yo no lo creo. Si mi hija estuviese muerta… no podría caminar, respirar… Ya ni tendría cuerpo. Hace más de un año que desapareció. Tiene  que tratarse de algo diferente. Una enfermedad. Una maldición. ¡Yo qué sé!
Mark lo contempló durante un rato. Era un hombre acabado y, lo que era peor, desesperado. Así que no podía confiar en él.
─¿Dónde está su caballo? ─le preguntó.
─Lo he dejado junto a la iglesia. Allí hay bomba de agua. Pude dar de beber al caballo.
─¿Dónde está la iglesia?
─A las afueras, hacia el norte. Al contrario que la mina, que está al sur.
─Debería ir a por su caballo e irse.
─¡No! ─negó, levantándose con energía─. No pienso irme sin mi hija.
─Si su hija está con esos mineros, dudo mucho que pueda hacer algo por ella.
─¿Es que no me ha escuchado? Tengo que intentarlo. Es lo único que me queda en la vida.
─Intente tranquilizarse.
Mark se quedó pensativo. No le gustaba tener compañía y menos cuando se trataba de alguien que estaba tan nervioso y podía cometer una locura que perjudicase a ambos. Aun así, sabiendo que el hombre no se iría, aceptó que permaneciese a su lado. Pero, de momento, no le devolvería el arma.
─Vayamos a la iglesia ─propuso─. Mi caballo también tiene que beber. Comeremos algo, descansaremos y esperaremos a que salgan esos mineros de su escondite… si salen.
─Saldrán, se lo aseguro.


(Continuará) 

domingo, 26 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS VI



VI

Mark se tumbó en la cama del hostal. Estaba cansado pero no podía dormir. Era imposible conciliar el sueño después de la historia que había escuchado en la casa de la señora Brown.
No podía forma una opinión sin comprobar por él mismo lo que estaba pasando en el Pueblo de los Malditos. Por muy buenas intenciones que tuviesen los testigos al exponer sus versiones, sabía bien, que la gente solía exagerar en sus apreciaciones, sobre todo cuando se mezclaban emociones personales.
Aun así, le sorprendía que, antes de llegar él, otro pistolero que pasaba por el pueblo, se había ofrecido para ayudar a encontrar a la joven señora Brown y su hijo. Se trataba de un viejo conocido por las autoridades que era buscado desde hacía tiempo: Don Savage. A Mark le sorprendía, no porque los vecinos aceptasen la ayuda de un pistolero pues lo habían vuelto a hacer, sino porque Don Savage era tan bueno en su profesión: disparar y burlar a cuanto quisiera detenerle, que era difícil creer que no hubiese salido con vida del pueblo. Aunque tampoco podía asegurar que no siguiese con vida.  Pero si había huido sin dar una explicación de su posible fracaso no le dejaría bien parado si se enteraban sus enemigos, quienes no dudarían en reírse de su cobardía.
Por la mañana, después de asearse y comer algo, se dirigió a la tienda para comprar munición. El reverendo Vincent entró en el local y se acercó a él con paso firme.
─Voy con usted al Pueblo de los Malditos.
Mark lo miró, más molesto que sorprendido. Chascó la lengua. También compró una lámpara de gas.
─¿Me ha escuchado, pistolero? Voy a ir con usted al Pueblo de los Malditos.
─Le he oído perfectamente, padre. No necesito que venga conmigo ─pagó la cuenta y se dispuso a salir de la tienda.
El reverendo se interpuso en su camino. Le miraba con decisión. Mark levantó un poco más la cabeza para mirarle, desde su altura, con arrogancia.
─Voy a ir con usted. Ese pueblo es peligroso y usted no lo conoce.
─Creo que no me he explicado bien ─esbozó media sonrisa─. No quiero que venga conmigo. Y no intente seguirme. No tendré inconveniente en atarlo al primer árbol que encuentre… o a un cactus.
─Es usted un inconsciente ─dijo el reverendo haciéndose a un lado. Bastaba enfrentarse a la mirada del pistolero para saber que hablaba en serio.
Mark salió de la tienda y se encontró con la vieja india que trabajaba en la taberna. La mujer le sonrió y le entregó algo.
─¿Qué es?
─Es un amuleto. Le guardará de los malos espíritus. Llévelo con usted.
─Gracias pero... yo no creo en estas cosas ─susurró un poco incómodo.
─Terminará creyendo, se lo aseguro ─sonrió.
Montó en el caballo y se despidió del reverendo y de la india. Sin más demora, se puso en marcha hacia el Pueblo de los Malditos.
Pazcountry, ahora llamado “El Pueblo de los Malditos” estaba a una media hora de camino desde Presidio Village. Lo separaban unas montañas rocosas no muy altas.
Mark cruzó por un estrecho entre las montañas para acceder nuevamente a una llanura desértica.
Un letrero donde colgaba el cráneo de una vaca daba la bienvenida al pueblo. Alguien había escrito el nombre “El Pueblo de los Malditos”, por encima del antiguo nombre.
Se adentró en el lugar. No tardó en encontrar un carro abandonado. Más adelante había casas maltrechas. Sin detenerse siguió cabalgando hasta la calle principal del pueblo.
Detuvo al caballo y lo ató a un poste. Miró a su alrededor. Aparentemente aquel lugar estaba abandonado. Entró en una casa. La primera estancia que vio estaba sucia y desordenada pero no había nada extraño en ella.
Cruzó la calle para dirigirse a la taberna. Como la casa anterior y seguramente todo el pueblo, estaba polvorienta, en estado de total abandono.  
Detrás de la barra había algunas botellas de whisky. Cogió una, la abrió y bebió un trago.
─Debe de ser lo único bueno que hay aquí ─comentó.
(Continuará) 



miércoles, 22 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS V




V


Terminaron de cenar y, a petición de la viuda, señora Brown, regresaron al salón para tomar una copa de licor.
En la chimenea ardía un fuego espléndido haciendo más acogedora la estancia.
Mark miró con interés a la viuda. Esperaba que ya estuviera dispuesta a hablar sobre la desaparición de su hija y su nieto.
La mujer le sonrió y, tras beber un trago de licor, sonrió y dejó la copa sobre una mesa, con manos temblorosas.
─Mi hija, Alice, se enamoró de un minero. Yo no estaba de acuerdo con esa relación pero desoyó mis consejos. A los seis meses de conocerse, se casaron, y no tardó en quedarse embarazada. Mi nieto es un niño precioso ─sonrió─. Me recuerda mucho a mi difunto esposo ─cogió la copa nuevamente y bebió un poco más─. Mi yerno, Bruce, era un hombre muy trabajador, aunque no tenía más futuro que el trabajo en la mina o lo que pudiese encontrar por el mundo ─rió, nerviosa─. El día que se produjo el hundimiento en la mina, él estaba dentro. Desde hacía unos días trabajaba en uno de los túneles más profundos. Fue un duro golpe para todos… Unos meses después del hecho, Alice vino a mí y me dijo que se había acercado al pueblo ─bajó la mirada.
─Al principio, algunos familiares se acercaban al Pueblo de los Malditos para confirmar la muerte de sus seres queridos ─explicó el sheriff.
─Sí, así es ─asintió la señora Brown─. La primera vez que fue a ese lugar… Mi hija regresó diciendo que había oído lamentos cerca de la mina. Varios hombres se juntaron para intentar rescatar a los posibles supervivientes, sin embargo, no encontraron a nadie allí. Tampoco pudieron adentrarse mucho en la mina. Se había convertido en un lugar muy peligroso por culpa de los derrumbes. Un día, las autoridades declararon el lugar peligroso y cerraron las entradas con maderas y verjas de hierro. Sin embargo, Alice insistió en ir a ese pueblo durante unas semanas más. Con el tiempo acepto la muerte de su esposo y dejó de ir. Pasó el tiempo y una tarde quiso llevar hasta allí al niño. Insistió en que Jimmy tenía derecho a rezar delante de la tumba de su padre. Cuando regresó, casi era de noche, y venía lívida. Me dijo que había visto a Bruce.
─¿A su marido? ─preguntó Mark, perplejo.
─Sí. Ella aseguró haber visto a Bruce ─afirmó. Terminó el licor y dejó la copa en la mesa─. A partir de ese momento empezó a visitar el lugar ella sola. Yo le pedía que no lo hiciera. Le decía que no era sano para su mente obsesionarse con creencias imposibles. Pero ella no me hacía caso. El día que desapareció, yo había pedido ayuda al reverendo Vincent. Esperaba que él la hiciera entrar en razón. Fuimos tras ella para impedir que regresara a ese pueblo o, al menos, que me dejara coger al niño. Cuando llegamos al lugar… ¡Oh, Dios mío! ─se llevó las manos a la cara.
─Vimos a Bruce ─añadió el reverendo.
Mark le miró atónito y luego dirigió la mirada al sheriff, quien se mostraba abatido.
─Sí, era él ─afirmó el reverendo─. Aunque su aspecto no era el mismo. Había algo diabólico en él. No nos vio. Entró en una casa y Alice se dirigió al mismo lugar, llamándolo. Intentamos que ella no fuera junto a él pero no nos hizo caso. Cuando entramos en la casa ya no estaban allí. Debieron salir por la puerta de atrás, no lo sé. Oímos gritos, sollozos pero no encontramos a nadie.
─Con la desaparición de Alice ─continuó el sheriff─, se confirmaron otras historias que contaban otros vecinos pero no las  dábamos por ciertas. Muchos aseguraban haber visto a sus familiares caminando por las calles del Pueblo de los Malditos. Los que se atrevieron a quedar por la noche en ese lugar… no volvieron.


(Continuará)

domingo, 19 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS IV




IV


Mientras la criada servía el consomé de primer plato, la señora Brown miraba atentamente a Mark y, cuando los ojos de ella se encontraban con los de él, sonreía un poco nerviosa. 
─¿Cree usted que está bien preparado para ir al Pueblo de los Malditos? ¿Tiene armas? ¿Suficiente munición? ─preguntó. 
Mark enarcó una ceja y miró con curiosidad al sheriff primero, y la viuda, después. Probó el consomé antes de responder. El olor de la comida le había recordado que tenía hambre. 
─Tenía pensado comprar más munición para las armas aquí ─comentó─. ¿Pueden decirme a qué voy a enfrentarme? –preguntó. 
─A demonios ─respondió el reverendo. 
─Demonios ─repitió Mark, despacio.  
─Por favor, padre. Va a confundir al señor Mark ─comentó la señora Brown. 
─Pero usted sabe que a su hija se la tuvo que llevar un demonio. Lo que hemos visto no era de este mundo ─el reverendo se santiguó.
A Mark le sorprendió que estuviese tan alterado. Miró al sheriff esperando una explicación pero no parecía dispuesto a hacerlo.
─¿Por qué se llama el Pueblo de los Malditos? ─preguntó.
─Antes no se llamaba así ─respondió el sheriff tras un largo silencio─. Se llamaba Pazcountry. Sí, era una mezcla de español e inglés, porque los vecinos de ese pueblo eran mejicanos y norteamericanos.
─Como la mayoría de los pueblos del suroeste ─comentó Mark.
─Sí, cierto. Era un pueblo pequeño donde parecía que solo se refugiaban malhechores, hasta que un día se volvió rico. Habían encontrado una mina de oro pero esa mina estaba en la propiedad de un hombre: Oliver Moore. Fue él quien gestionaba la explotación. Eso impidió que viniese gente de todas partes traídos por la fiebre del oro, porque el oro ya tenía dueño y su dueño no permitiría que nadie le quitase su propiedad. Pagaba religiosamente sus impuestos al estado, así que nadie se metía con él ─hizo una pausa cuando la criada retiró los platos para servir el segundo menú: carne asada con guarnición─. El pueblo empezó a prosperar y con él algunos pueblos colindantes, como el nuestro. Un día hubo un accidente en la mina. Se oyó una explosión. La mina se hundió. Por supuesto, fuimos de inmediato a ayudar en el rescate de los mineros, pero solo pudimos sacar a tres hombres con vida. Oliver Moore quiso rescatar a los cadáveres pero parecía que la mina se hundía cada vez más. Así que, finalmente, desistió. Treinta y seis hombres siguen ahí enterrados. O eso creemos…
─¿Qué quiere decir? ─preguntó Mark, enarcando una ceja y sosteniendo el tenedor con un pedazo de carne, en el aire.
─El pueblo fue abandonado por los vecinos, poco a poco. Unos tardaron más que otros en aceptar que las cosas no volverían a ser lo mismo. Además, las viudas y las madres se negaban a abandonar el lugar donde sus maridos e hijos habían perecido. Un día nos dimos cuenta de que la mayoría de los vecinos  no se habían ido del pueblo, como pensábamos. Seguían allí pero solo salían por las noches.
─No entiendo ─comentó Mark. La historia le parecía tan extraña como sorprendente.
─Nosotros no sabemos realmente qué ocurre en ese lugar ─añadió el reverendo─. Pero es algo extraño, diabólico. La gente asegura haber visto a los marineros caminar por las calles del pueblo. Y no están solos. Muchas veces les acompañan los vecinos. Las mujeres, los niños y los ancianos que se negaron a marchar con tiempo de ese maldito lugar. Esa gente no se muestra como nosotros. Parecen muertos, pero están vivos. No sé cómo explicarlo. Es algo muy extraño pero Dios nos libre de caer en sus manos. Todos los que se han atrevido a entrar en ese lugar…no han regresado.
─¡Vaya! Eso no es muy alentador para que inicie mi cometido ─Mark intentó sonreír pero todos los miraban con una expresión tan seria como triste y se contuvo─. ¿Cuándo tuvo lugar esa explosión en la mina? ─preguntó.
─Hace tres años y dos meses ─respondió la señora Brown.
─¿Cuándo desaparecieron su hija y su nieto?
─Hace cuatro meses y nueve días.
─¿Desaparecieron en ese pueblo?
─¿Podemos hablar de ello después de la cena? Son demasiadas emociones juntas. Necesito un descanso ─pidió y suspiró.
─Sí, por supuesto ─asintió Mark.

(Continuará) 

martes, 14 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS III




III

─Usted es demasiado joven para morir ─dijo la vieja india.
Mark la miró con curiosidad. Examinó la habitación y se acercó a la bañera, que era un barreño de madera. El agua estaba caliente.
─¿Qué le hace pensar que voy a morir? ─preguntó a su  vez.
─Todos los que han ido al pueblo de los malditos no han regresado. Será porque han muerto ¿no cree?
Mark la miró pensativo pero no comentó nada. No quería especular sin tener toda la información posible sobre ese lugar llamado “el pueblo de los malditos”.
─¿Hay alguien que pueda atender a mi caballo? Lo dejé a la entrada de la taberna.
─Sí, claro. Los muchachos lo harán. Si quiere que le lave la ropa, déjela ahí, en esa silla. La recogeré más tarde.
─Gracias. Es usted muy amable.
─¿Necesita algo más?
─No, gracias. Puedo bañarme solo ─sonrió, con guasa.
La mujer le miró sin disimular su antipatía y salió de allí, aunque se fue riendo para sus adentros. Le había caído bien el tipo.
Después del baño, bajó a la taberna. Ya se había ido la gente quedando solo Mildred y el sheriff. Afuera empezaba a anochecer. La vieja india se asomó por una puerta que había detrás del mostrador y accedía al almacén y otras dependencias.
─Mark, supongo que querrá cenar ─empezó a decir el sheriff, Tom.
─No me vendría mal tomar algo caliente.
─Hemos sido invitados por la viuda señora Brown, la madre de la joven desaparecida. Espero que acepte.
─De acuerdo.
─Podemos ir en mi carro. Por el camino recogeré al reverendo Vincent.  
─¿A un reverendo? -frunció el ceño, extrañado. 
─Sí, el padre Vincent nos ha ayudado mucho a superar lo que hemos vivido por culpa del pueblo de los malditos. 
─¿Tanto le ha afectado la desaparición de la señora Murray y su hijo? 
─Hubo más sucesos extraños. Luego le contaré. Pero vayamos ya. 
─Prefiero ir en mi caballo, si no le importa. Yo le sigo.  
─Está bien, como prefiera.  
─Mi caballo…
─Ahora se lo acerca uno de los muchachos ─dijo la india.
Se despidieron de las mujeres y salieron de la taberna. Mark vio a su caballo que lo traía un joven.
Mark montó en el animal y siguió al sheriff hasta la iglesia del pueblo. Al lado había una pequeña casa donde vivía el padre Vincent.
El sheriff lo llamó. El reverendo no tardó en salir. A Mark le sorprendió su aspecto, esperaba que fuera un hombre mayor.
─Padre Vincent, le presento al pistolero, Mark.
─Bienvenido a Presidio Village, pistolero ─saludó.
─Gracias. Bienhallado, padre.
Se pusieron en camino hacia la casa de la viuda señora Brown, que vivía a las afueras del pueblo, hacia el oeste.
Contrariamente a lo que esperaba Mark, la casa era grande y estaba bien cuidada. Se notaba que sus ocupantes tenían dinero. Mark se preguntó, una vez más, de qué podían vivir esas gentes en un pueblo que parecía muerto.
Una mujer vestida de criada les hizo pasar a un salón donde les esperaba la viuda. Era una mujer rubia, de aspecto amable y mirada inteligente. Vestía ropas negras. Sonrió a los recién llegados. Los hombres se quitaron los sombreros.
─Señora Brown, permítame presentarle al pistolero, Mark… La señora Brown, viuda del juez Mathew Brown.
─Es un placer señora ─saludó Mark.
─¿Solo se llama Mark? ¿No tiene apellidos? ─preguntó ella.
─No los necesito para realizar mi trabajo.
─Supongo que no ─sonrió─. Siéntense por favor. Marita ─se dirigió a la sirvienta─, sírvenos un licor de jerez ─miró a los hombres─. Seguramente esperaban tomar algo más fuerte pero no guardo alcohol en mi casa, aparte del jerez y vino.
─Lo sé bien ─asintió el sheriff.
─Así que usted va a ser el hombre que intente rescatar a mi hija y a mi nieto ─comentó la señora Brown─. Otros lo intentaron y fracasaron.
─Algo me han comentado ─dijo Mark─. Y estoy deseando saber qué dificultades puede haber en este asunto para que sea tan difícil localizar a alguien. No se trata de un secuestro, ¿verdad? ─miró al sheriff.
Ahora que sospechaba que la señora Brown podía ser dueña una buena cuenta bancaria, existía la posibilidad de que su hija y el niño fueran secuestrado.
─No ─negó ella misma─. Si hubiese sido un secuestro ya habríamos tenido noticias de los secuestradores. Pero jamás sucedió tal cosa. Mi hija cometió la torpeza de ir al pueblo de los malditos. Estaba convencida de haber visto a su marido y fue en su busca. Quise disuadirla de ello pero desoyó mis súplicas. No volví a verla… ¡Si al menos hubiese dejado al niño conmigo! ─controló un sollozo.
─¿Por qué le llaman el pueblo de los malditos? ─preguntó Mark.
La señora Brown miró a la sirvienta de modo inquisidor y ella asintió. Se levantó y, sonriendo, anunció que podían pasar al comedor.
Mark la siguió. Confiaba en que le explicaran, de una vez por todas, el misterio que parecía encerrar ese maldito pueblo.

 (Continuará)



viernes, 10 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS II




II

  
Al día siguiente, Mark se levantó al despuntar el alba. Cogió lo necesario para hacer el viaje, colocó las alforjas en el caballo y se puso en marcha hacia Presidio Village. Si cabalga manteniendo un ritmo tranquilo, le quedaban unos tres días de viaje. No quería apurar pues no tenía intención de cansar al animal.
A medida que avanzaba hacia el sur, el paisaje se volvía más árido, aunque los colores que ofrecían las montañas al atardecer eran espectaculares. Los ocres se tornaban en tonos rojizos que rivalizaban con las tonalidades del cielo.
Mark se detuvo solo para lo estrictamente necesario, y aprovechaba la sombra de algún cactus, árbol moribundo o alguna roca para protegerse del sol.
Al tercer día, pasado el mediodía, atisbó el pueblo en el horizonte. Las casas, aunque desvencijadas, conservaban el color blanco, típico de los pueblos del sur de Texas.

Se adentró en la vía principal donde destacaba una fuente de construcción redonda, hispana. Se dirigió a la taberna esperando encontrar un lugar donde pudiera pasar las noches. Dejó el caballo en la entrada, atado a un poste y entró en el local.
Como era de esperar, todas las miradas de los que estaban dentro se centraron en él, con curiosidad. Parecía que el local era regentado por una mujer, que lo miraba con sorpresa y admiración.
Mark, sin detenerse, se acercó a la barra y pidió un whisky, aunque tenía sed y le hubiera gustado beber agua fresca. Contempló a la mujer. Era joven y bonita.
─¿Hay algún sitio donde pueda pasar la noche? ─preguntó Mark.
La mujer enarcó una ceja y miró a los otros hombres antes de responder.
─Aquí mismo.
─No hay ningún letrero que anuncie que ofrecen alojamiento.
─Hace tiempo que no viene nadie por aquí.
Mark enarcó una ceja, extrañado ante la respuesta de ella pero omitió hacer algún comentario. La mujer le sirvió el whisky y bebió un trago.
─Busco al sheriff.
─¿Para qué?  ─le preguntó un hombre alto, de mediana edad, algo grueso.
─Tengo que hablar con él.
─Yo soy el sheriff ─retiró un lado el gabán para dejar ver la estrella que llevaba sobre el chaleco.
Mark se llevó la mano al bolsillo de su gabán. Todos le miraron expectantes, con tensión. Sacó el cartel que anunciaba que se buscaba pistolero y se lo enseñó al sheriff.
Los hombres y la mujer se miraron entre ellos, sorprendidos y más relajados. El sheriff sonrió a Mark y se acercó a él. Le miró de arriba
abajo y asintió.
─¿Es pistolero?
─Sí ─respondió Mark.
─Sí, tiene pinta de serlo. Por favor, siéntese. Seguro que tiene preguntas que hacer.
─Sí, pero esperaba asearme primero.
─Sí, desde luego ─el sheriff miró a la mujer─. Mildred, ¿a qué esperas para atender al señor? ¡Llama a esa vieja india y que se espabile! Me llamo Tom Murray ─se dirigió a Mark.
─Así lo dice en el cartel.
─Sí, claro ─rió─. ¿Cómo se llama usted? ¿Viene de muy lejos?
─Pueden llamarme Mark ─miró a todos─. Lo demás no importa.
─Cierto… Solo espero que tenga el valor suficiente para hacer el trabajo. Parece un poco joven.
Mark le miró con arrogancia e hizo una mueca con la boca que no supieron interpretar si era una sonrisa o un gesto de desprecio.
─Le aseguro que tengo la edad suficiente para cumplir con esta misión y otras muchas.
Mildred salió del salón para ir en busca de su ayudante. Uno de los hombres que estaban en la taberna salió para avisar al pueblo de que había llegado un pistolero respondiendo a la solicitud del cartel.
Cuando Mildred regresó al local, se había congregado una multitud alrededor del pistolero. Incluso habían entrado mujeres que nunca antes habían puesto un pie allí dentro. También había niños que miraban absortos al forastero.
Mildred y la india subieron al primer piso, donde estaban los dormitorios, para preparar uno y el baño. Como había dicho, hacía tiempo que no llegaba nadie de fuera y tenía un poco abandonada la limpieza.
Mark terminó el whisky con calma y se volvió para mirar a la gente que le miraban a su vez a él. No esperaba crear tanta expectación. Intentó sonreír a los niños pero no se le daba bien mostrar esas flaquezas emocionales. Sacó un cigarro de uno de los bolsillos, lo encendió y saboreó el tabaco.
─Dígame, sheriff Murray, ¿tienen por costumbre recibir así a los forasteros? ─preguntó señalando al gentío.
─Las circunstancias son extrañas. Pronto lo entenderá. Le aseguro que somos gente sencilla. No debe temernos.
─No lo hago ─exhaló humo─. Su cartel me indica que son gente pacífica o, de lo contrario, no buscarían la ayuda de un pistolero.
Mildred le anunció que tenía el baño preparado. Mark agradeció a todos sus atenciones saludando con la mano, tocando el ala del sombrero y subió al primer piso donde le esperaba la vieja india que le enseñó la habitación.
(Continuará)

miércoles, 8 de agosto de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS


I


“SE BUSCA PISTOLERO…” 
Así empezaba el anuncio que había clavado un muchacho en una de las columnas de madera que había en el largo corredor que conectaba los diferentes edificios de la calle principal del pueblo.  Y así lo leyó Mark Bridges, a través del reflejo del espejo, cuando se encontraba en la barbería, sometiéndose a un corte de pelo y un buen afeitado. Entrecerró los ojos e intentó leer el resto del mensaje escrito en el póster:  
“… QUE TENGA EL VALOR SUFICIENTE PARA ENTRAR EN EL PUEBLO DE LOS MALDITOS…” 
Mark enarcó una ceja, cada vez más intrigado. Estaba deseando que Bill, el barbero, terminara su trabajo. Continuó leyendo el cartel: 
“…PARA RESCATAR A LA SEÑORA BROWN Y A SU PEQUEÑO HIJO JIMMY…” 
La intriga iba en aumento, así como la impaciencia. Miró de reojo al barbero que estaba entretenido en su labor y no parecía darse cuenta de los gestos impacientes de su cliente. Mark esperó a que se hiciera a un lado para tener visibilidad y seguir leyendo el cartel. 
“…SE PAGARÁ $5000. FIRMA: EL SHERIFF TOM MURRAY DE PRESIDIO VILLAGE” 
─¡Por todos los diablos! ¡Cinco mil dólares! ─exclamó, Mark. 
El barbero dio un respingo y miró perplejo a su cliente. Durante unos segundos no sabía si se estaba quejando por los resultados del corte de pelo o había despertado de una pesadilla. 
─¿Qué sucede sheriff? ¿No le gusta? ¿Lo quería más largo? ¿Corto? 
─¿Qué? ¡Ah! ¡No! ¡Sí! ¡Mierda! ¿Es que no lo has visto, Bill? ─preguntó Mark, un poco contrariado con la situación que se había sucedido demasiado rápido. 
─¿A qué se refiere, señor? 
─El cartel ─Mark lo señaló apuntando a la imagen reflejada en el espejo. 
El barbero se sacó unos anteojos del bolsillo  de su batín blanco y se los colocó en la nariz para mirar el cartel. Entrecerró los ojos. 
─¡Pardiez! Los anteojos son nuevos pero no puedo leer el mensaje. 
Se lo quitó e intentó limpiarlos. 
─A los anteojos no les pasa nada. Las letras están al revés.  
─¿Al revés? 
─Está viendo el reflejo en el espejo. Te lo leeré yo… “Se busca pistolero. Que tenga el valor suficiente para entrar en el “Pueblo de los Malditos” para rescatar a la señora Brown y a su pequeño hijo, Jimmy. Se pagará $5000. Firma: el sheriff Tom Murray de Presidio Village”.

Después de leer el mensaje, Bill, el barbero, abrió la boca, sorprendido. Mark asintió. 
─Tiene que ser un caso muy grave para que paguen tanto dinero.  
─¡Desde luego! ─exclamó el barbero. 
─¿Alguna vez has oído hablar de ese pueblo de los malditos? 
─¡En mi vida oí nada de ese lugar! 
─Es curioso -se acarició la barbilla, pensativo. 
─¿Qué estarás pensando? ─se preguntó Bill. 
 ─Creo que me voy a presentar como voluntario ─comentó, pensativo.
─Pero usted no es pistoleros, sino sheriff.
─Pero ellos no lo saben.
El barbero, Bill, ladeó la cabeza. Tenía que dar la razón al sheriff. Cogió un cepillo y limpió los hombros de Mark. Luego miró y admiró su trabajo.
─Entonces, ¿va a ausentarse unos días? ─preguntó Bill.
─Sí. Pero tranquilo, los vecinos no quedaréis solos ─sonrió Mark, levantándose─. Mi ayudante os  protegerá durante mi ausencia ─pagó a Bill─. ¡Buen trabajo! ─dijo y salió de la barbería.

Arrancó el cartel y cruzó la calle para entrar en la comisaría donde estaba su subordinado, Steve.
─Le han hecho un buen trabajo, sheriff ─comentó el joven, sonriendo.
─Gracias ─susurró Mark. Siempre llevaba el mismo corte de pelo, era imposible que alguien pudiera apreciar alguna mejoría.
─¡Oh, usted ya ha visto el cartel! ─exclamó Steve─. ¿No le parece extraño que un sheriff pida ayuda a pistolero? ¿Se tratará de una trampa para arrestar a cuantos pistoleros se atrevan a ir a ese pueblo? ─rió.
─No lo creo ─Mark se sirvió un café─. Pero te aseguro que lo voy a averiguar.
─¿Qué quiere decir, sheriff? ─enarcó las cejas, curioso y sorprendido.
─Voy a ir a Presidio Village y presentarme como si fuera un pistolero para saber por qué un sheriff no es capaz de solucionar la desaparición de una mujer y un niño. Hay algo extraño en esto ─explicó Mark.
Steve cogió el cartel que Mark había dejado encima del escritorio y lo releyó. Silbó y miró con sorna a su superior.
─Tampoco le vendrá nada mal cobrar cinco mil dólares.
─No voy a por el dinero ─masculló entre dientes Mark, inclinó la silla hacia atrás y apoyó los pies en el escritorio.
Continuará...


TORMENTA DE PRIMAVERA (15)