miércoles, 26 de septiembre de 2018

ESPEJOS TRAIDORES

Como ya comenté en Google +, el relato "Un Crimen Desafortunado" fue el resultado de un ejercicio que tenía que hacer en el curso de Escritura Creativa de Brigantia. 

El último día del curso (martes 25/09/2018) teníamos que escribir algo relacionado con los espejos. Aunque no me gusta escribir poesías y no se me da nada bien, decidí escribir un poema. 

Después de escribir cada uno su idea, la tutora del curso nos hizo pasear la zona vieja de Ourense para leer nuestros escritos en diferentes plazas de la ciudad. A mí me tocó leer mi poema delante del Ayuntamiento, en la Plaza Mayor. Esta plaza es una de las pocas de Europa que tiene inclinación en el suelo. 

El poema es el siguiente, espero que los disfrutéis, a pesar de los errores que pueda tener en métrica y demás.


ESPEJOS TRAIDORES


Los espejos son traidores.
Reflejan otra realidad,
Y creemos que es gran verdad.
Nos miramos en ellos,
Como si fueran nuestros ojos,
Analizando el presente,
Olvidando el pasado,
Sin reconocer el futuro.
Como seres infantiles,
Nos negamos a ver sus trucos,
Y con atrevimiento,
Les damos la espalda,
Negando la sonrisa,
Que con gran sabiduría,
Esbozan con malicia.
Conocedores de nuestros secretos,
Ellos crean otros mundos,
Y nos mantienen en la ignorancia,
De saber cuánto de verdad hay en ellos.
Pocos tienen el valor,
De cruzar el umbral,
Para descubrir, tal vez, con horror,
Que vivimos en el mundo de mentira.
Los espejos, sabedores de nuestro temor,
Dejan que nos miremos,
Con una venda en los ojos,
Para que lleguen a nuestros oídos,
Palabras vacías y engañosas,
Que sosiegan nuestro ego,
Como así lo hicieron en viejas leyendas
Cuando a la más fea de las mujeres,
Le decían que era la más hermosa.

martes, 18 de septiembre de 2018

CRIMEN DESAFORTUNADO




Me presenté en la escena del crimen porque la policía estaba más perdida que un niño en medio de una feria multitudinaria. Llevaba conmigo las fotografías que había tomado la policía científica, el informe del médico forense, así como otros informes policiales.
Con ayuda de mis grandes dotes detectivescas: un maniquí que me ayudaría a recrear la escena y los objetos que habían sido encontrados junto al cadáver, guardados en sus respectivas bolsas para evitar cualquier tipo de contaminación, procedí a realizar mi investigación.
El crimen sucedió en una habitación totalmente vacía de un ático, de paredes encaladas y suelo de vinílico. El cuerpo del presunto asesinado pertenecía a un joven de diecinueve años y aspecto normal.
El cadáver había sido hallado en medio de un charco de sangre. También se podían encontrar manchas de sangre en la puerta y gotas dispersas entre ésta y el charco sobre el que había aparecido el cuerpo, además de pisadas ensangrentadas.
Según el primer examen del médico forense el cadáver presentaba heridas provocadas por uno o varios objetos punzantes en la nariz y en el cuello, junto la aorta, provocándole la muerte por desangramiento. Además, tenía un desgarro en la oreja izquierda y un moratón en la frente y otro en la barbilla.
Sin embargo, la única muestra de violencia que se veía en la escena era el golpe contra la puerta, que aparecía hundida debido a su mala calidad. El hundimiento se había producido desde dentro, evidencia de que nadie la había golpeado para entrar. Seguramente el socavón se había formado por el golpe de un cuerpo pesado, bien porque había sido empujado, o porque había caído contra ella de forma accidental.
Aparte del golpe en la puerta y las manchas de sangre, se podía observar que las pisadas carecían de sentido. Los objetos que se habían encontrado en la habitación, junto el cadáver, eran un cuaderno, un bolígrafo rojo y un pendiente de oro, todo ensangrentado.
Explicaré qué quise decir con “pisadas sin sentido”. Ninguna de las marcas obedecía a un patrón definido de pasos controlados, sino que obedecían a un sinfín de pasos erráticos realizados al azar. Era como si quien los hubiera hecho estuviera bailando, en vez de caminando.
El estudio de la policía científica aseguraba que las pisadas las había realizado el finado. Las huellas marcadas en la sangre coincidían con la forma de la suela de las zapatillas deportivas que llevaba el joven.
Como comenté, junto al cadáver aparecieron unos objetos que expondré con más detalle: un cuaderno que tenía unas ciento cincuenta hojas en blanco sujetas con una espiral metálica; un bolígrafo rojo de tinta negra, de marca Bic; y un pendiente en forma de aro pequeño de oro. Todos ellos presentaban manchas de sangre. Observé, además, que la espiral del cuaderno presentaba una gran deformación, como si hubiesen intentado arrancarla violentamente.
Por la investigación llevada a cabo por la policía se sabía que el joven era amante de la soledad y le gustaba escribir poesía. El ático era propiedad de sus padres. Los tres vivían en una vivienda del mismo edificio. Así que era obvio pensar que el joven había subido al ático para escribir algo en su nuevo cuaderno, en medio de la soledad. Pero ¿quién lo había asesinado?
Según mi investigación el asesino había sido el infortunio. Por la forma de las heridas, milimétricamente medidas y analizadas por el forense, por las pisadas erráticas, y no habiendo muestras de violencia, deduje que el joven había tenido la mala suerte de provocarse a sí mismo la muerte.
Y así se lo detallaría en un informe a la policía, en el que expondría cómo se había producido el supuesto crimen, que pasaría a ser un incidente fortuito.
Seguramente la libreta presentaría alguna falla en uno de sus extremos de la espiral y el joven tuvo la mala suerte de engancharse con ella en la nariz. Quizás sucedió cuando trataba de abrir la libreta y enfrascarse en su tarea metódica que requería gran concentración. El dolor le provocaría realizar unos movimientos violentos para apartar la libreta de su rostro. Ello provocó que llevase el objeto punzante hacia la cabeza y enganchase el pendiente, provocando el arrancamiento del mismo y el desgarro en la oreja.

El dolor sería agudo y las dos heridas provocarían un sangrado abundante convirtiendo el suelo del ático en un terreno resbaladizo y peligroso. El herido daría algún paso instintivo pero al pisar la sangre resbalaría lo que provocó ese sinnúmero de pasos erráticos. Caería contra la puerta, provocando el socavón y luego caería hacia adelante, contra el suelo, lo que le causó los moratones en el rostro, momento en el que tuvo la mala suerte de clavarse el bolígrafo en el cuello, hecho que le provocó la muerte.
Por eso este suceso se puede definir como un crimen desafortunado. Y así cerré esta triste investigación y me fui de allí preguntándome: ¿Se puede morir de una forma más torpe?

lunes, 10 de septiembre de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS XII (Final)




XII

Mark cruzó la calle y entró en el local que era la tienda de comestibles y otros enseres. Iluminó el interior con el farol y buscó munición y cartuchos de dinamita.
No tardó en encontrar lo que quería y salió de allí. Se dirigió al lugar donde se encontraba su caballo.
Montó en el caballo y lo guió hasta la iglesia. Quería comprobar si las mujeres que vagaban por ese pueblo se habían quedado allí.
La iglesia estaba vacía. Así que las mujeres habían tenido que refugiarse en otra casa o habían ido a la mina, junto a los hombres.
Le habían dicho que las entradas de la mina habían sido selladas para que nadie pudiera entrar en ellas pero, o bien los mineros habían conseguido abrirlas o existía alguna entrada desconocida por la que tenían acceso.
Mark cabalgó por todo el pueblo inspeccionando si quedaba alguien a quien pudiera ayudar o de quien tuviera que defenderse. Pero el pueblo parecía que estaba desértico. El sol despuntaba en el horizonte y, seguramente, eso había provocado que los mineros y las mujeres se refugiaran.
Se dirigió al sur, hacia la mina. Tras cruzar un camino que se perdía en el desierto, vio el inicio de unas montañas rocosas y, un poco más adelante, pudo divisar el comienzo de la mina.
Llegó hasta la entrada pero estaba cerrada. La examinó con detenimiento. No parecía que nadie la hubiese abierto en tiempo. Así que, como había pensado en un principio, la mina tenía que tener otra entrada. Se dirigió a la caseta donde trabajarían los encargados y el dueño de la mina cuando ésta estaba en plena producción. Tuvo la suerte de encontrar un plano de la mina clavado en una de las paredes. Lo estudió. La mina tenía tres entradas pero una de ellas no la consideraban válida para acceder con los vagones, así que no la utilizaban.
Mark cogió el plano y lo guardó. Montó en caballo. Antes de encaminarse hacia la tercera entrada, investigó la segunda. También la encontró cerrada y seguía intacta.
La entrada de la mina que no había sido utilizada durante los trabajos de extracción del oro, se encontraba detrás de una de las montañas. Mark se bajó del caballo, cogió un farol, munición para su pistola y los cartuchos de pólvora;  y caminó hasta el lugar.
Para quien no supiese que allí había una mina de oro, la entrada parecía ser la de una cueva normal. No había nada que impidiese el paso y, si lo hubo alguna vez, lo habían quitado. Mark encendió el farol y se adentró en la mina. Comprobó que había algunas antorchas dispersas por las paredes y las encendió. Entonces vio que en el suelo había pisadas de diferentes direcciones.
Siguió caminando por el túnel hasta llegar a una bifurcación que daba paso a dos túneles más. En los dos había huellas. Escogió ir por el de la derecha. Un poco más adelante el túnel se abría en una sala, no muy grande. Había un acceso a otro túnel. Encontró más antorchas y las encendió. Sin dudarlo, siguió el túnel adentrándose más en la mina.
En este túnel, que era largo y estrecho, escuchó unos ruidos que parecían rugidos. Se detuvo. Sacó el revólver y agudizó el oído.
El ruido se acercaba a él. Decidió retroceder y regresar a la sala. El espacio era más amplio y podría defenderse con más facilidad, si tuviese que hacerlo. Se agazapó en un saliente de la pared y esperó con calma si veía venir a un ser humano o un animal.
No tardó en ver aparecer a un pequeño grupo de hombres que caminaban de forma errática. Mark los observó con detenimiento. Tenían los ojos vidriosos, los rostros descarnados y, algunos de ellos caminaban como si arrastraran un peso, otros eran más ágiles. Por una fotografía que había visto en la casa de la viuda señora Brown, reconoció a Bruce Harvey. Detrás de él venía su hijo, Jimmy.
Uno de los hombres tropezó con el niño y le propinó un bofetón. El niño se reveló y le mordió en una pierna. El hombre lo zarandeó y lo empujó violentamente contra la pared cayendo delante de Mark. El niño lo miró y emitió un alarido rabioso. Se levantó y se abalanzó sobre él. Mark intentó librarse de él pero el niño se cogió a su chaleco con fuerza. Mark lo empujó y el niño se quedó embobado contemplando algo que había extraído del bolsillo del chaleco de Mark.
─¡El colgante indio! ─susurró Mark─. Para algo bueno tenía que servir.
Mark se levantó dispuesto a salir de allí cuanto antes. Desconocía cómo habían llegado a ese estado esas personas pero estaba seguro de que no se podía hacer nada por ellas y era mejor mantenerlas alejadas del mundo.
Los mineros le vieron y gritaron encolerizados. Echaron a correr detrás de él, pero Mark era más rápido.
Antes de llegar a la salida, se encontró con otro grupo de mineros y mujeres que intentaron darle caza. Mark se abrió paso entre ellos disparándoles a la cabeza.
En el último túnel, cerca de la entrada, colocó algunos cartuchos de pólvora y los unió con la cuerda de la mecha.
Los mineros estaban más cerca de darle alcance, pero Mark se armó de coraje para hacer bien el trabajo. No quería que fallase la explosión.
El minero Bruce entró en el túnel y lo miró con la expresión de un animal salvaje. Mark anudó la mecha y colocó otro cartucho más cerca de la entrada. El minero quiso correr hacia él pero Mark le disparó a la cabeza. Cayó hacia atrás. Entonces, Mark, vio llegar al niño, Jimmy. El pequeño se detuvo ante el padre pero solo lo miró con curiosidad. Se agachó y empezó a mordisquearlo.
Mark lo miró perplejo. El niño se estaba comiendo el cadáver de su padre. Hizo una mueca de asco y se centró en la labor. Terminó de poner los cartuchos en la entrada de la cueva y se alejó lo más rápido que pudo con la cuerda de la mecha.
Cuando se hubo alejado una distancia prudente, la encendió con la llama del farol, cogió al caballo y se alejó para ocultarse tras unas rocas.
No tardó en oír una fuerte explosión que hizo temblar el suelo. Salió del refugio y comprobó el resultado de la explosión. La entrada de la cueva había sido sepultada por un montón de escombros.
Emitió un largo silbido de alivio. Apagó el farol y montó en el caballo. Regresó a Presidio Village.




Para Mark fue difícil decirle a la joven señora Brown que no había podido rescatar a su hijo.
Tampoco pudo aliviar el dolor del enterrador, Conrad Smith, quien siempre había albergado la esperanza de recuperar a su hija.
Mark solo comentó con el sheriff y el reverendo lo que había sucedido realmente en la mina, para los demás, se había producido un derrumbe fortuito que enterró la entrada a la mina por la que tenían acceso los mineros.
Después de asearse y descansar un rato, Mark bajó a la taberna para tomar algo de beber. Se encontró en las escaleras con la vieja india.
─Me alegro de verle, pistolero. ¿Le ha sido útil el colgante que le regalé? ─le preguntó.
─La verdad es que sí ─sonrió.
─Ya sabía que le sería útil de una manera u otra ─le guiñó un ojo y Mark enarcó una ceja, desconcertado.
Después de cenar, Mark descansó hasta llegar el alba, cuando se levantó para regresar a su pueblo.
El sheriff, rodeado de algunos de sus vecinos, entre ellos el reverendo, le esperaban en la taberna. Entregó una bolsa a Mark.
─El dinero ─le dijo─. Se lo ha ganado. Como sheriff debería detenerle, pues usted es un pistolero, pero no sería justo. Y, la verdad, las autoridades ni siquiera le tienen identificado y, por lo tanto, no está en búsqueda.
Mark buscó algo en un bolsillo de su gabán y lo enseñó, era su estrella de sheriff. Todos dejaron escapar una exclamación de sorpresa.
─Puede guardar el dinero, sheriff ─dijo Mark─. Yo solo vine a curiosear por qué un sheriff necesitaba la ayuda de un pistolero ─añadió mientras se colocaba la estrella en el chaleco.
─Estoy… Estamos sorprendidos. Gratamente sorprendidos ─sonrió el sheriff.
─¡Cuídense!
Mark miró a la vieja india que estaba detrás de la barra y se despidió de ella llevando la mano al sombre y esbozando media sonrisa.




Unas semanas más tarde, cuando se encontraba en su oficina, sirviendo unos cafés, su ayudante, Steve, que estaba leyendo un periódico, le informó de una noticia que salía publicada en una de las columnas de la sección de economía.
─¡Eh, sheriff! ¿Se acuerda de ese pueblo en el que estuvo hace poco? Presidio Village, se llama.
─Sí ─afirmó y le acercó una taza de café.
─Gracias, sheriff. Pues resulta que unos millonarios quieren reabrir las minas de oro que hay allí. Yo no sabía que había minas de oro cerca de aquí, sheriff.
Mark enarcó una ceja, perplejo. Se sentó en su silla, puso los pies en la mesa y bebió un sorbo de café.
─Steve.
─¿Sí, sheriff?
─La próxima vez recuérdame que cobre el dinero.
Steve le miró confuso. Mark se balanceó en la silla, pensativo.

FIN

sábado, 8 de septiembre de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS XI




XI

Mark enfundó el arma en la pistolera y salió de la taberna. Caminó por el medio de la calle, hacia la iglesia.
Cerca del final de la calle, escuchó un ruido procedente de una casa. Cogió uno de los faroles que habían puesto en diferentes puntos de la calle y entró en la casa. Alumbró el interior.
Agazapados en una esquina había una mujer y un niño. Estaban abrazados. Su aspecto era sucio, desaliñado. Estaban asustados.
─¿Señora Brown? ─preguntó Mark.
La mujer y el niño se abrazaron con más fuerza.
─Por favor, no nos haga daño ─susurró ella.

─He venido a rescatarlos ─dijo Mark.
La mujer y el niño se levantaron. Miraron con temerosa curiosidad al hombre.
─Me llamo Mark, me han enviado la madre de usted y el sheriff Murray. Están muy preocupados por ustedes.
La mujer dejó escapar un sollozo de alivio y besó la cabeza del niño. Mark dejó el farol sobre una mesa y guardó el arma.
─¿Se encuentran bien? ─preguntó.
─Sí.
Mark no estaba seguro de que, tanto la mujer como el niño, fuesen totalmente inofensivos. Su aparente debilidad podía responder a una estrategia de supervivencia pero tenía que arriesgarse. En medio de esa casa no conseguiría saber si ella y el niño eran normales o padecían los mismos efectos que los mineros y otras mujeres.
─El sheriff Murray y el reverendo Vincent se encuentran en la taberna, junto con otros hombres. Vengan conmigo hasta allí.
La mujer miró al niño, indecisa. Mark cogió el farol y se acercó a la puerta.
─Ustedes deciden si desean seguir en este lugar o ponerse a salvo.
Sin dudarlo, la mujer cogió al niño de una mano y caminaron tras él.
Llegaron a la taberna. Mark se hizo a un lado para que entraran la mujer y su hijo. Todos les miraron perplejos y con temor.

─Tranquilos ─dijo Mark─. Parece que están bien.
El reverendo se acercó a ellos. No daba crédito a lo que veía.
─¿En verdad están bien? ─preguntó─. Su madre se alegrará mucho de verla, señora Brown. Y el pequeño Jimmy. Pero ¿cómo habéis sobrevivido todo este tiempo? ─preguntó.
Mark ofreció asiento a los dos y se sentó frente a ellos. Los otros hombres hicieron lo mismo formando un corro.
─Sé que la experiencia que han vivido ha sido muy dura pero es necesario que responda a algunas preguntas, señora Brown ─le dijo Mark.
─No me llamo señora Brown ─replicó ella─. Soy la señora Harvey. Mi madre insiste en utilizar mi apellido de soltera porque nunca aprobó mi matrimonio con mi esposo, Bruce. ¿Qué desea saber?
─¿Cómo han sobrevivido todo este tiempo usted y su hijo en este pueblo?
─No sé cuánto tiempo llevo aquí ─respondió ella.
Los hombres se miraron confusos. Mark sospechaba que ella estaba fingiendo estar bien.
─Algo más de cuatro meses ─dijo Mark─. En todo este tiempo tuvo la oportunidad de salir del pueblo y regresar a casa. ¿Cómo es posible que no la atacaran los mineros?
En ese momento el niño empezó a llorar. La madre, Alice, lo abrazó con fuerza.
─¿Ha encontrado a su esposo entre los mineros? ─preguntó Mark.
─Sí ─afirmó.
─Intentó acercarse él a usted?
─No. Permanecí escondida todo el tiempo. En la cocina de la taberna había provisiones. Y en la tienda también.
─¿Por qué no regresaron a su casa?
La mujer bajó la mirada. Jimmy, el niño empezó a convulsionarse y ella intentó controlarlo pero no pudo.
Los hombres se levantaron y se alejaron unos pasos de la mujer y el niño, temiendo que allí pasara algo extraño y peligroso.
Alice no pudo controlar más al niño y se levantó. El niño se dio la vuelta. Su rostro, antes apacible, mostraba la expresión de un loco.
─¡Está poseído! ─exclamó el reverendo.
─¡No! ─gritó Alice─. ¡Está enfermo! Como todos los que permanecen en el pueblo. ¡No es una maldición! ─sollozó e intentó abrazar al niño pero éste se reveló y salió corriendo de la taberna.
Alice quiso ir tras su hijo pero Mark se lo impidió cogiéndola por un brazo. La mujer quiso zafarse pero no pudo. Estaba demasiado débil. Se dejó caer de rodillas y lloró.
Mark la ayudó a levantarse y la sentó en una silla. Miró a los hombres.
─¿No tienen algo de beber y comer para la señora? Quizás debimos empezar por ahí, atendiéndola.
─Yo traigo algo en las alforjas ─dijo uno de los hombres.
─Y yo. Están en los caballos ─habló otro.
Los caballos habían salido despavoridos cuando fueron atacados por los mineros pero, como eran dóciles, quizás alguno de ellos permanecía en el pueblo.
─Vayan a buscarlos ─pidió Mark─. Señora Brown… o Harvey, por favor, intente calmarse y explique qué le sucede al niño.
Mark se sentó frente a ella y le ofreció un pañuelo. La mujer se limpió el rostro. Su cuerpo temblaba descontroladamente.
─Cuando vine al pueblo con Jimmy, tenía la esperanza de recuperar a mi marido. Lo había visto unos días antes y parecía normal. No entendía qué hacía vagando por estas calles, junto a los demás mineros, cuando todo el mundo los daba por muertos. También vi a algunas mujeres de las que habían venido a buscar a sus maridos o hijos. Ese día, me confié. Pensé que si Bruce veía al niño regresaría con nosotros. Sin embargo, mi marido reaccionó con violencia. Quiso atacarnos. Y consiguió herir al niño.
Los hombres que habían ido a por víveres, regresaron. Dejaron una botella de vino, pan y cecina sobre la mesa. La mujer cogió el pan y lo comió con ganas. Luego bebió vino y tosió.
─Los caballos estaban juntos, en la entrada del pueblo. Los hemos atado ─dijo uno de ellos.
─Continúe, por favor ─pidió Mark a la mujer.
─Cuando vi herido a mi hijo, quise regresar a mi hogar, pero vi a los mineros en la calle y tuve miedo. Entonces me encerré en la casa y atendí al niño. Jimmy no tardó en mostrar unos síntomas extraños. Su rostro cambiaba. Estaba pálido, ojeroso y tenía los ojos inyectados en sangre. Y su carácter… ¡Oh Dios mío! ─se llevó las manos al rostro y sollozó─. Parecía un animal salvaje. Profería gritos desgarradores e intentó atacarme como había hecho su padre. Intenté ayudarle y conseguí tranquilizarlo. Desde ese momento sintió una fuerte atracción por marchar con su padre y los otros mineros. Por eso me quedé con él, para evitar perderle. Fue muy difícil permanecer aquí luchando por salvar mi vida y la de Jimmy.

─Creo que la vida de Jimmy ya se ha echado a perder ─comentó el sheriff Murray.

Mark se levantó y caminó hasta las ventanas. Permaneció pensativo mientras detrás de él se escuchaban rumores ininteligibles. Se volvió hacia los hombres y dijo:
─Pronto amanecerá. Ustedes regresarán a su pueblo y se llevarán a la señora Brown. Necesita las atenciones de un médico.
─¡No pienso irme sin mi hijo! ─exclamó ella.
─Intentaré rescatar a su hijo ─dijo Mark.
Alice asintió. De repente había perdido todas las fuerzas que había sentido hasta ahora para defender y proteger a su hijo.
─Y usted ¿qué hará? ─le preguntó el sheriff.
─Terminar mi trabajo.
─¿Buscará a mi hija? ─le preguntó Conrad, suplicante.
─Haré lo que pueda ─dijo Mark. Y salió llevando un farol con él.


(Continuará)

viernes, 7 de septiembre de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS X




X


Desde su posición, Mark también podía atisbar a los caballos. Los animales estaban bien y parecían tranquilos.
Los jinetes se acercaban al pueblo. Le pareció reconocer al sheriff Tom Murray, seguido del reverendo, Vincent, y otros tres hombres.
─¡Serán idiotas! ─exclamó Mark.
─Pues yo creo que todos los refuerzos son bien venidos ─dijo Conrad.
─Usted tiene la esperanza de recuperar a su hija, ¿no? Pues la incursión de esos hombres puede desbaratar sus planes.
Conrad le miró confuso. Mark comprobó que las mujeres volvían a caminar, esta vez lo hacían por la calle principal del pueblo. El grupo de hombres había desaparecido. O bien se había escondido en alguna casa, o se habían ido del pueblo, hacia la montaña.
Esperaron a que los jinetes estuvieran más cerca para darles el alto. Mark bajó del tejado pero ordenó a Conrad que permaneciera en él.
Se puso en medio de la calle principal. Los jinetes se detuvieron ante él y bajaron del caballo.
─Sheriff Murray… si tenía pensado venir a este pueblo ¿para qué solicitó la ayuda de un pistolero?
─No tenemos intención de permanecer mucho tiempo en este lugar, se lo aseguro, Mark ─respondió el sheriff─. Pero el reverendo nos dijo que usted necesitaba ayuda.
─¿Yo dije eso? ─Mark miró al reverendo, quien bajó la cabeza y no comentó nada─. Parece que trabajar al servicio de Dios le hace creer que es inmune al pecado, reverendo.
─Este sitio es muy peligroso ─dijo el reverendo, agitado─. Usted solo no puede hacer el trabajo. Busque a la señora Brown y a su hijo. Nosotros permaneceremos aquí, vigilando.
─Para buscar a la señora Brown no necesito vigilantes ─dijo Mark─. Pero ya que están aquí, guarden sus caballos y suban a los tejados. Estarán más seguros. El señor Conrad también está aquí en el pueblo ─señaló al tejado.
Los hombres se disponían a guardar los caballos cuando aparecieron los mineros. Durante unos segundos, los mineros los miraron fijamente con sus ojos vidriosos, sin vida; luego se abalanzaron hacia ellos profiriendo gritos cargados de rabia.
Uno de los hombres quiso montar en su caballo para huir pero fue alcanzado por uno de los mineros que lo mordió en un hombro. El hombre gritó de dolor y miedo. Mark disparó al minero y cayó hacia atrás pero volvió a levantarse. Esta vez se acercó corriendo a Mark pero volvió a dispararle varias veces. El minero caía y se levantaba una y otra vez.
─Pero ¿qué demonios pasa aquí? ─preguntó Mark, perplejo.
El mismo efecto tenía las balas de los demás. Los mineros no se veían afectados por los disparos.
─Ya se lo dije. ¡Este lugar está endemoniado! ─dijo el reverendo.
Mark disparó a la frente del minero y cayó fulminado. No volvió a levantarse.
─¡Disparen a la cabeza! ─ordenó Mark.
Así lo hicieron. Pero los mineros, conscientes de que estaban perdiendo compañeros, se retiraron de inmediato para regresar a la mina.

Conrad, nervioso, bajó lo más rápido que pudo del tejado y se unió a los hombres. Todos estaban confusos y hablaban entre ellos intentando hallar una explicación a lo sucedido.
El reverendo atendió al herido. Mientras, Mark, que se había apartado del grupo para comprobar hacia dónde se dirigían los mineros, regresó junto a ellos.
─¡Escuchen! ─pidió en voz alta para que dejaran de hablar─. No sé qué les pasa a esos mineros pero es evidente que no son normales. Al principio pensé que podía tratarse de una epidemia pero los enfermos se mueren cuando les disparan. Estos hombres solo caen fulminados si se les dispara en la cabeza. Algo me dice que están muertos y, por alguna extraña circunstancia, sus cuerpos se niegan a reposar en paz.
─Es obra del demonio ─dijo el reverendo y todos, excepto Mark, le secundaron con murmuraciones.
Mark había tenido conocimientos de una novela escrita por una mujer en Suiza, no recordaba el nombre de ella, ni el título de la misma, pero en ella se hablaba de un monstruo creado a partir de varios cadáveres que había cobrado vida gracias a la energía. Era posible que en la mina se hubiese dado un fenómeno similar por alguna razón desconocida. Desde luego él no era científico y no llegaría a saberlo, por eso decidió no comentar nada con los hombres de Presidio Village para no asustarlos más. En cambio, sí expuso su plan.
Pidió que cogieran algunos faroles y entraron en el edificio de la taberna. Recuperó la botella de la que había bebido unas horas antes y tomó un trago.
─¿Qué sugiere que hagamos? ─preguntó el sheriff.
─Parece que los mineros se refugian en la mina. Tiene que haber una entrada que no esté sellada. La buscaremos y la haremos explotar con dinamita. Quizás eso acabe con ellos o, por lo menos, impedirá que salgan.
─¿Y las mujeres? Ellas se dirigieron hacia la iglesia.
─¿Mujeres? ─preguntó el sheriff─. ¿Hay varias mujeres?
─Sí ─afirmó Mark─. Y ellas se comportan igual que los hombres.
─Pero ellas no estaban en la mina ─informó el reverendo.
─Entonces debemos aceptar que el mal que padecen los mineros es contagioso ─expuso Mark.
─¡Eso es horrible! ─exclamó Conrad─. Pero, tiene que haber una cura.
─Yo no pienso averiguarlo ─dijo el sheriff─. Lo siento, Conrad. Esa gente es muy peligrosa. Pueden extender sus dominios y llegar a otros pueblos. No podemos arriesgarnos. Debemos acabar con ellos hoy mismo. ¿Qué opina usted, pistolero?
Mark se sentó en una silla y puso los pies sobre la mesa. Guardó silencio durante unos breves minutos.
─Estoy de acuerdo con el sheriff. Los mineros mostraron inteligencia cuando comprobaron que podían ser abatidos por nosotros. Así que no tardarán en ampliar sus dominios.
─¿Cree que las mujeres también se refugian en la mina? ─preguntó el reverendo.
─Hay que comprobarlo ─respondió Mark.
─¡Un momento! ¿Y si no van a la mina? ¿Qué haremos con ellas? ¿Va a rescatar a la señora Brown y a su hijo? ─preguntó uno de los hombres.
─Si rescatamos a la señora Brown y al niño también podemos rescatar a mi hija ─dijo Conrad.
Mark se levantó. Miró a todos y caminó hacia la puerta. Fuera parecía que todo estaba tranquilo. Sin embargo, Mark detectaba una atmósfera inquietante.
─Voy en busca de la señora Brown y su hijo. Ustedes permanezcan aquí o lárguense del pueblo ─dijo, sin mirarles─. Pero no me entorpezcan en mi misión.
Recargó la pistola y salió del local. Los demás se miraron entre sí, perplejos.
(Continuará) 





martes, 4 de septiembre de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS IX



IX


Llegaron a la calle principal del pueblo y dejaron los caballos detrás de una de las primeras casas. Mark cogió el farol para llevarlo consigo.
─¿Qué hacemos ahora? ─preguntó Conrad.
Miraba a su alrededor, nervioso, esperando que en cualquier momento aparecieran los mineros.
─Buscaremos faroles y encenderemos algunos para alumbrar la calle. Dentro de poco será de noche y no hay luna llena, así que perderemos toda visibilidad. Usted vaya por el lado izquierdo. Yo buscaré por estas casas ─señaló a su derecha.
Así lo hicieron y no tardaron en reunirse trayendo varios faroles cada uno. Mark encendió todos y luego los colocaron en diferentes puntos de la calle.
El cielo se había encendido de rojo y le daba una tonalidad fantasmagórica al pueblo. Pronto caerían las sombras.
─¿No me devuelve el arma? ─preguntó Conrad, temeroso.
─Aún no ─respondió Mark.
En una parte del cielo, hacia el este, ya se veía avanzar la noche y aparecían las primeras estrellas. Fue en ese momento cuando empezaron a oírse unas voces que semejaban lamentos.
Mark y Conrad se pusieron en guardia y miraron hacia el lugar de donde provenía el ruido.
─Por ese camino se va a la mina ─dijo Conrad─. Seguro que vienen los monstruos. ¡Deme el arma, por favor!
Mark le miró, dubitativo. Pero decidió esperar un poco más. Quería presenciar lo que estaba pasando realmente en ese lugar antes de tomar una decisión.
No tardaron en avistar un grupo de mujeres que caminaba en fila. Miraban al frente, como si estuvieran seguras de a dónde querían dirigirse.
─¿Puede reconocer a su hija entre esas mujeres? ─preguntó.
─Sí, está en el centro. Es la chica baja, rubia. ¡Brigitte! ─la llamó.
─¡Cállese! ─le pidió Mark, entre dientes.
No lo pedía por tener miedo de esas mujeres, que solo parecían un grupo de ánimas en pena, sino por lo que vio aparecer tras ellas. Era un grupo de hombres con un aspecto bastante desaliñado. Pero lo más inquietante eran sus rostros. Parecían que habían sido quemados por algo y se veían descarnados.
─¡Son los monstruos! ─exclamó Conrad─. Si nos ven vendrán a por nosotros. ¡Deme mi arma! ─exigió.
Contrariamente a lo que esperaba Mark, el grupo de hombres se detuvo. Parecía que hablaban entre ellos.
Mark entregó el arma a Conrad y le miró fijamente a los ojos.
─No dispare a lo loco. Voy a acercarme al grupo de mujeres. Protéjame desde allí ─señaló una casa donde había un corredor exterior.
Conrad asintió y se dirigió al lugar. Se situó de manera que podía ver a Mark y al grupo de mujeres, pero el de los hombres le quedaba oculto.
Mark se acercó a las mujeres, con cuidado. Ellas parecía que no se daban cuenta de su presencia. Pudo comprobar que entre ellas no se encontraba la señora Brown, ni el niño.
─¿Brigitte? ─llamó a la joven.
Ella le miró. Tenía el rostro alicaído. Las otras mujeres se detuvieron y también le miraron con curiosidad.
─Brigitte, tu padre te está buscando. Deberías ir junto a él.

La joven miró a las demás mujeres y, de pronto, empezaron a gritar como animales salvajes. Se abalanzaron hacia él para intentar cogerlo. Mark fue lo suficientemente ágil para apartarse del grupo de un salgo hacia atrás y echó a correr junto a Conrad.
Conrad, que había visto la escena, disparó en el aire para disuadir a las mujeres de que siguieran persiguiendo al pistolero. Pero ellas no se inmutaron y siguieron corriendo.
Mark se subió al corredor, cogió a Conrad por la chaqueta y le obligó a entrar en la casa.
─¡Cerremos puertas y ventanas!
─¿Cree que eso las detendrá?
─No lo sé, pero nos dará tiempo suficiente para salir al tejado.
─¿Al tejado?
Cerraron las ventanas y la puerta poniendo un mueble detrás de ella. Las mujeres se detuvieron en mitad de la calle. Su histeria había desaparecido. Se mostraban confusas. Mark, que las estaba mirando, se volvió hacia Conrad.
─Parece que solo obedecen a ciertos impulsos pero no son capaces de tomar decisiones propias ─comentó.
─¿Cómo puedo rescatar a mi hija? ─preguntó Conrad, abatido.
Mark no respondió pero estaba casi seguro de que Conrad no volvería a tener a su hija con él.
─Vayamos al tejado. Desde allí podremos vigilar varias calles.
─¿Y por dónde salimos?
─Por esa ventana ─señaló una ventana que había en la parte trasera de la casa─. Al lado hay una columna. Podremos subir por ella.
Desde el tejado pudieron comprobar que las mujeres seguían en el mismo lugar, daban vueltas en círculos.
Los hombres habían desaparecido. Pero, a lo lejos, pudieron ver acercarse a unos jinetes.
─¿Quiénes serán esos inconscientes? ─se preguntó Mark.
(Continuará)

sábado, 1 de septiembre de 2018

EL PUEBLO DE LOS MALDITOS VIII



VIII


─¿Por qué se encerró en la celda? ─preguntó Mark.
Habían llegado a la iglesia que, como las demás casas, presentaba un aspecto de abandono. Había polvo por todas partes y alguna ventana rota.
Después de atender a los caballos, se acomodaron en unos bancos. Mark repartió su comida con Conrad.
─Cuando vea a esos monstruos, lo entenderá. No debe permitir que le alcancen o estará perdido. Su mal es contagioso, se lo aseguro. ¿No se lo ha contado el sheriff Murray?
─No entró en muchos detalles ─murmuró Mark.
─La gente se niega a creer la maldad que ronda en este pueblo ─terminó de comer y se limpió la boca con un pañuelo─. No espere a encontrar a la hija de la señora Brown. Se quedó con gusto en este lugar.
─¿Cómo lo sabe?
─Está con su marido.
─Eso no indica que se haya quedado por decisión propia. Pudieron atraparla, como a su hija.
Conrad movió un hombro, con indecisión. Bebió un trago de vino de su cantimplora y se la ofreció a Mark.
─No, gracias. Yo ya tengo mi bebida.
─¿Qué bebe? Eso no parece whisky.
─Es agua.
─Es usted un tipo raro para ser pistolero.
─Será mejor descansar. Creo que la noche va a ser larga ─dijo y se tumbó en el banco.
─¿Me va a devolver el arma?
─Solo si es necesario. Le voy a dar un consejo, por su bien: No intente hacer ninguna estupidez.
Conrad se arrodilló y, ante la sorpresa de Mark, se puso rezar.
Llegado el atardecer, Mark decidió que había llegado la hora de regresar al pueblo. Conrad sugirió que, si llevaban los caballos, los dejasen en un lugar seguro.
─Esos monstruos pueden atacarlos.
─Está bien. Así lo haremos.
─¿No me va a devolver mi rifle?
─Verá, Conrad… Usted mismo ha dicho que no tiene buena puntería y está muy nervioso. No creo que ninguno de los dos estemos muy seguros si tiene un arma entre sus manos.
─Pero ¿y si me atacan? ¿Cómo puedo defenderme?
─No se preocupe. Si su vida corre peligro le daré el arma. Hasta ese momento, prefiero llevarla yo.
Conrad, que era un hombre pacífico, no rechistó. Montó en su caballo y siguió a Mark.
(Continuará)

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)