miércoles, 31 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (6)




El mayordomo, Gerardo, pidió disculpas en nombre de su señor porque no podía estar presente en la cena. Había tenido que salir para llevar unas cartas a otro pueblo más grande donde funcionaba mejor el servicio postal.
─¿Le veremos más tarde, tal vez? ─preguntó Samuel.
─Me temo que hoy no será posible, señor ─respondió Gerardo.
─¡Vaya! Es una lástima. Me gusta conversar con él. Espero que podamos verle mañana.
─Estoy seguro de que sí, señor.
─Gracias.
Eira se mostraba seria e incluso preocupada, todo lo contrario que la jovialidad que había mostrado durante el día.
Al terminar de cenar, cuando entraron en el salón y Samuel ofreció una copa de licor a cada una de las damas, Carmen mostró su preocupación.
─¿Te sientes mal, querida?
─No, no. En serio, estoy bien ─intentó sonreír.
─¿Seguro? ─insistió Carmen─. Desde que aquella señora nos habló en la taberna te has mostrado diferente. Espero que sus palabras no te perturbaran.
─¿Cómo podía hacerlo? ─rió Eira─. Solo son las palabras de una señora mayor que vive en un pueblo alejado de la civilización.
─De todos modos ─empezó a decir Samuel─, me pregunto por qué su mensaje iba dirigido a esta familia, los Galáns.
─¡Por favor, Samuel, no inquietes más a tu hermana! Aunque ella lo niega, estoy segura de que le han afectado.
Carmen había observado que Eira se estremeció tras el comentario de Samuel. Y palideció cuando escucharon el aullido de un lobo que parecía provenir del interior del castillo.
─¡Dios mío! ─exclamó Eira─. ¿Es posible que entrara un lobo en el castillo? ─preguntó preocupada.
─Esperemos que no ─comentó Samuel─. Llamaré al servicio. Espero que Gerardo nos dé alguna explicación.
Tiró del cordón para llamar a los criados y Gerardo no tardó en entrar en el salón. Samuel se acercó a él.
─¿Desean algo los señores? ─miró hacia la chimenea para comprobar que el fuego ardía bien y no era necesario echar más leña.
─Hemos escuchado el aullido de un lobo. Parecía que sonaba en el castillo. ¿Usted no lo escuchó? Es posible que entrara uno de esos animales aquí.
─Yo también lo he escuchado, señor. Pero le aseguro que no ha entrado ningún lobo en el castillo ─sonrió─. A veces, los lobos se acercan tanto al castillo que las paredes hacen eco de sus sonidos, engañando a nuestros sentidos. No deben preocuparse. Les recuerdo que estamos en una montaña donde hay lobos.
─Sí, claro. Es cierto. Nos tranquilizan sus palabras. Muchas gracias ─dijo Samuel y miró a su hermana─. No hay ningún motivo para preocuparse, hermanita.
─Siento ser tan susceptible ─sonrió avergonzada.
─Será mejor que nos retiremos a descansar ─propuso Carmen─. Eira, estás pálida y se te ve cansada.
─Sí, tienes razón. Me vendrá bien acostarme y dormir.
Carmen acompañó a Eira hasta su habitación y se despidió de ella asegurándose de que se encontraba mejor.
Eira se puso el camisón y se acostó. Apagó el candil. La luz de la luna llena se adentraba en la habitación creando sombras antojadizas. Eira cerró los ojos, deseando que Bruno estuviera allí para confortarla.
Empezaba a quedarse dormida cuando se oyó otro aullido.  Eira abrió los ojos, sobresaltada y se sentó en la cama. Se levantó y corrió hacia la ventana para mira al exterior. Era posible que viese a algún lobo merodear por los alrededores del castillo. Sin embargo, no vio nada.
Se disponía a regresar a la cama cuando se oyó otro aullido. Esta vez, el ruido parecía subir por las escaleras de la torre del castillo. Eira se acercó a la puerta y se apoyó en ella. Dudaba si debía salir e ir al encuentro de su hermano o permanecer allí, encerrada.
Prestó atención a los sonidos y pudo oír pasos que se acercaban a su puerta. La angustia la superaba, más por permanecer ignorante de lo que podía estar aconteciendo al otro lado, que por el miedo a descubrir que un lobo sí había entrado en el castillo.
Se armó de valor y abrió la puerta. Vio una sombra delante de ella, a poco más de un metro, que se detuvo de golpe. Asustada, gritó e intentó cerrar la puerta, pero la sombra fue más rápido y le impidió hacerlo.
─¡Eira! ¡Eira, tranquilícese! ─exclamó.
Entonces, Eira supo que se trataba de Bruno. Le miró a la cara y distinguió sus rasgos en medio de las sombras.
─¡Oh, Bruno! ─se abrazó a él─. Hay un lobo cerca y me he asustado.
─Tranquila ─la apartó un poco de él para mirarla y sonrió─. Es normal escuchar lobos cerca.
─¡Pero parecía que estaba dentro! ─exclamó angustiada.
─Ningún lobo entra en el castillo. Las puertas están bien cerradas.
─Sí, Gerardo nos lo advirtió pero no he podido asustarme igualmente.
─Ya ha pasado, mi amor. Nada te hará daño ─la abrazó.
Eira lo miró a los ojos que brillaban como estrellas en medio de la penumbra. Se abrazó a él y se besaron con pasión.
─Acuéstate y descansa. Nos vemos mañana ─sugirió él─. Buenas noches.
─Buenas noches, Bruno.
Eira se acostó y Bruno cerró la puerta. Sonrió feliz. La había llamado “mi amor”. No dejaba de repetir estas palabras en su mente, sintiéndose dichosa. Y así se quedó dormida.
Continuará.



sábado, 27 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (5)




Durante la comida nadie hizo mención a lo sucedido en la montaña. Eira llegó a temer que Bruno se hubiese arrepentido de su arrebato y quisiese olvidar el beso que se habían dado.
Decidieron tomar el café en el salón. Luisa se encargó de servir los cafés, bajo la supervisión del mayordomo. Entonces, Bruno, sirvió unas copas de licor para él y Samuel. Se sentó en su sillón favorito y sonrió a Eira.
─Aunque ya me he tomado la licencia de cortejar a su hermana, estoy dispuesto a acatar las normas de la sociedad y pedirle su permiso para hacerlo, Samuel ─dijo Bruno.
Samuel carraspeó nervioso y miró a su mujer quien asintió con la cabeza para darle ánimos a que aceptase la petición de Bruno.
─Tiene que admitir que todo esto es muy repentino. Además, nosotros solo estamos de paso y pronto regresaremos a nuestro hogar. No sé cómo podrían vivir su relación una vez que entre nosotros se imponga tanta distancia.
─Entiendo que todo es precipitado. La señorita Eira y yo nos acabamos de conocer pero estoy seguro de que el sentimiento que ha surgido entre nosotros es fuerte y la distancia no será un impedimento para mantener nuestra relación.
─Me consta que su familia es respetable y, si mi hermana lo acepta, no tengo inconveniente en aceptar su petición, Bruno ─dijo Samuel.
Eira y Bruno se miraron y se sonrieron. Bruno levantó la copa.
─Brindo por eso.

─Nosotras también deberíamos brindar ─dijo Carmen.
─Sí, por supuesto. Gerardo, por favor, sirve unas copas de jerez a las damas.
─Sí, señor.
Por la tarde los dos hermanos y Carmen salieron a pasear pero, en esta ocasión, fueron hasta el pueblo. Bruno decidió quedarse en casa. Tenía que revisar unos documentos que le habían llegado y no podía demorarlo.
El pueblo les llamó la atención por la hechura de las casas. Eran pallozas que carecían de ventanas, donde vivían juntos las familias y sus animales.
A Eira y su familia le gustó mucho el lugar aunque la gente los observaba con la típica desconfianza de quienes rara vez veían a algún forastero.
Entraron en una taberna que era el lugar de encuentro de los vecinos. Pidieron sidra y no tardaron en ofrecérsela.  
─Tú aspecto es radiante, Eira ─comentó Carmen─. Me alegro mucho de que te sientas mejor.
─Sí, la verdad es que me siento llena de vida. ¡Soy dichosa! ─exclamó.
─Tus ojos vuelven a brillar ─sonrió Samuel─. ¿Estás segura de que Bruno es el hombre adecuado para ti? Apenas os conocéis.
─¿Cómo puedes decir eso, Samuel? ─le recriminó Carmen─. Nosotros nos enamoramos nada más vernos. ¿Ya no lo recuerdas?
─Sí, me acuerdo perfectamente de ese momento ─le cogió una mano y la besó.
─Entonces, deja que tu hermana disfrute de este momento. Además, no se han comprometido. Nada la obliga a estar unida a ese hombre si decide cambiar de idea cuando regresemos a la ciudad.
─Eso es cierto ─asintió Samuel mirando a Eira.
─Yo no creo que cambie de opinión ─dijo Eira.
Una mujer mayor se acercó a ellos y la miraron con curiosidad. La mujer les observó en silencio.
─¿Desea algo, buena mujer? ─preguntó Samuel.
─Ustedes no son de aquí. ¿Han venido a conocer este lugar?
─Aunque sí tenemos interés en conocer este lugar, en verdad hemos venido a visitar a un pariente, el conde Bruno Galáns.
La mujer se santiguó para sorpresa de ellos. Los señaló con un dedo y acercándose más a ellos les habló en voz baja pero potente.
─Aléjense de ese lugar. ¡Está maldito!
─Pero ¿qué dice? ─rió Samuel.
─Los muertos no descansan en paz en ese lugar y traen desgracias. Si temen por sus vidas, váyanse antes de que sea tarde.
La mujer volvió a santiguarse, se dio media vuelta y se fue. Los tres se miraron entre sí, perplejos.
─No hagan caso a la vieja ─dijo el tabernero─. En este lugar la gente es muy supersticiosa y más los viejos ─añadió.
Los tres sonrieron pero Eira sintió como un escalofrío recorría su espalda y frunció el ceño, preocupada.
Continuará.

martes, 23 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (4)




A la mañana siguiente, Eira bajó al comedor. Samuel y Carmen ya habían empezado a desayunar. Bruno no estaba y Eira se sintió un poco decepcionada.
Aunque había conseguido dormir algo, se pasó la mayor parte de la noche pensando en él. Nunca se había sentido atraída por un hombre tanto como por Bruno. Los jóvenes que había conocido en los diferentes eventos sociales le parecían aburridos o demasiado presumidos, y siempre albergó el temor de que, ante su indecisión por establecer relaciones serias con un hombre, su hermano se creyera en la necesidad de buscarle marido, sin importar sus sentimientos.
No pudo evitar sonreír, avergonzada, por pensar en Bruno como su futuro marido. Ni siquiera sabía si él estaba comprometido con otra mujer, o si le había causado tan buen impresión como él a ella.

─¿Te has levantado de buen humor? ─le preguntó Samuel.
Eira le miró perpleja y se sonrojó. Bajó la mirada hacia el café que le había servido Luisa. Mordisqueó un trozo de bizcocho para disimular su azoramiento.
─Sí. Hoy me siento mejor y eso me alegra ─respondió.
─Lo celebramos ─dijo Carmen con entusiasmo.
─¿Dónde está nuestro anfitrión? ─preguntó Eira.
─Parece que Bruno ha madrugado más que nosotros ─respondió Samuel─. Creo que bajó hasta el pueblo a recoger un pedido que le traían desde la ciudad.
─Así es ─asintió Luisa.
─Podemos aprovechar su ausencia para pasear por los alrededores ─sugirió Carmen.
─Yo prefiero quedarme ─dijo Eira─. Hay mucha niebla y no crea que sea bueno que me exponga a tanta humedad.
─Mi hermana tiene razón. Ella aguardará aquí mientras nosotros exploramos estas tierras.
Así lo hicieron. Samuel y Carmen salieron a pasear por el monte y Eira se refugió en la biblioteca. Cogió un libro y se sentó cerca del fuego.
La lectura del libro la sumió en profundas reflexiones. Había cogido un libro clásico de filosofía griega. No se percató de que Bruno había entrado en la estancia hasta que estuvo a su lado. Sobresaltada dejó caer el libro al suelo. Bruno se agachó para recogerlo.
─Me temo que con usted voy a tener que acostumbrarme a recoger cosas ─sonrió divertido.
─¡Lo siento! ─exclamó ella y también sonrió cuando vio la sonrisa de él.
─¡Platón! ─exclamó─. ¿Le gusta la filosofía?
─La verdad es que me gusta la lectura en general y nada en particular.
─Buena respuesta. En esta biblioteca puede encontrar de todo, incluso en diferentes idiomas. Mis antepasados eran amantes de la lectura.
─¿Usted no?
─Sí, me gusta leer.
Dejó el libro sobre una mesa y se sentó frente a ella. Se miraron un rato en silencio. Eira, al contrario de lo que esperaba, no se sintió incómoda. Le agradaba estar con Bruno y admirar su semblante de rasgos masculinos y atractivos que eran suavizados cuando esbozaba una sonrisa.
─Gerardo, mi mayordomo, me ha dicho que su familia salió a pasear por la montaña. Espero que sean precavidos. Aunque los caminos no son difíciles, la humedad los convierte en resbaladizos.
─Sabrán cuidarse. A mi hermano le gusta la naturaleza y está acostumbrado a moverse en ella.
─¿A usted no le gusta?
─La verdad es que estuve muy pocas veces en el campo. En alguna excursión con las monjas del colegio. No creo que eso me convierta en una experta del campo ─rieron.
─¿Le gusta este sitio?
─Lo poco que he visto por las ventanas, sí. Me parece maravilloso.
─Venga conmigo. Le enseñaré algo. Tranquila, no estaremos mucho tiempo fuera ─añadió ante la duda de ella─. Solo tiene que abrigarse bien. Ahora ha salido el sol y ya no hay niebla.
Bruno llamó a Luisa para que trajera la ropa de abrigo de la señorita. No tardaron en poder salir.
─¿Sabe montar a caballo?
─No.
─Lo esperaba. Es una señorita de ciudad. Permítame que la suba en mi caballo.
El caballo de Bruno, era una hembra de pelo negro y envergadura esbelta. Bruno la acarició para tranquilizarla y permitir que Eira se acercara a ella con tranquilidad.
─No tema, no le hará nada.
Eira acercó la mano al cuello del animal y empezó a acariciarlo.

─Es precioso.
─Preciosa. Es hembra. Se llama Luna.
─Bonito nombre. ¡Qué linda eres, Luna! ─sonrió y se acercó más al animal que mostró su agradecimiento a las suaves palabras de ella, acercándose a ella y dejando que la acariciara.
Bruno le pidió al mozo que le ayudara a poner la silla de montar. Después ayudó a Eira a subir al caballo y montó él detrás.
Eira disfrutó con el paseo a caballo y el paisaje. Sentir el cuerpo de Bruno pegado a ella la hacía sentir segura.
Llegaron a unas rocas, cerca de un acantilado. Bruno desmontó y la ayudó a bajar. Se miraron fijamente. Ambos sabían que entre ellos había nacido un nuevo sentimiento. Sus miradas lo decían todo. Sus cuerpos estaban preparados para cobijarlo.
Bruno acarició las mejillas de Eira y la besó en los labios con dulzura. Eira cerró los ojos y le rodeó el cuello con los brazos. El beso se hizo más intenso. Se separaron pero solo para perderse en sus miradas.
─¡Eira! ─la voz de Samuel los sacó de su ensimismamiento.
─Quédate conmigo ─pidió Bruno a Eira.
─Sí ─susurró ella. Sonrieron felices.
Samuel los miró perplejo. Carmen, en cambio, se mostró feliz porque su cuñada encontrar al amor. Cierto era que solo hacía un día que Bruno y Eira se conocían, pero el amor verdadero no sabía de tiempos.
 Continuará.



viernes, 19 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (3)




Eira, a pesar de no sentirse totalmente recuperada de la neumonía que padeció, no podía conciliar el sueño. Afuera se escuchaba el viento y el aullido de los lobos. No estaba acostumbrada a escuchar los sonidos tan vivos de la naturaleza y la inquietaban. Se levantó y encendió un quinqué. Se acercó a la ventana. La noche era oscura y no podía ver nada en el exterior. Se puso un chal de lana sobre los hombros y unas zapatillas y salió al pasillo. Sobre una consola, cerca de las escaleras, todavía ardía una vela. Caminó hasta allí. El lujo del castillo que había admirado por la tarde al llegar, ahora, en medio de la noche, le parecía asfixiante. Llegó hasta las escaleras. Su sombra se veía reflejada en la pared de enfrente. Preocupada porque alguien pudiera verla desde abajo, retrocedió. Sabía que se estaba comportando como una niña pero no podía controlar la angustia que sentía. 
Giró sobre sus talones para regresar al dormitorio pero se detuvo de pronto al oír un ruido. Apagó la lámpara y caminó con tiento hasta la barandilla de las escaleras. Se asomó con precaución y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Vio a Bruno cerrando una puerta. Cuando él se giró, ella retrocedió para evitar que la viera. Chocó con la consola y le cayó el quinqué al suelo. Asustada, dejó escapar una exclamación y echó a correr hasta la habitación, al mismo tiempo oía a Bruno preguntar si había alguien ahí y subir las escaleras corriendo.  
Eira cerró la puerta y se apoyó en ella. Intentó calmarse para controlar la respiración. El corazón le golpeaba las sienes. Cerró los ojos y aspiró profundamente. Convencida de que su comportamiento no era correcto, decidió salir nuevamente.  
Bruno estaba en el pasillo, en el lugar donde el quinqué había caído. Recogía los trozos. Eira se acercó a él. Bruno se levantó al verla venir.  
─Eso debería hacerlo yo –dijo Eira─. Tiene que disculparme. No podía dormir y salí a dar una vuelta pero… –se llevó una mano a la frente─. Va a pensar que soy un tonta y tiene razón –sonrió, nerviosa─. Me asusté y me cayó la lámpara.  
─No se preocupe por la lámpara. Luisa limpiará esto mañana. Yo ya he recogido los trozos grandes para evitar que alguien los pise y se corte. ¿Qué la ha asustado? –preguntó dejando los trozos de la lámpara sobre la consola. 

─Los ruidos de fuera. Los lobos… El viento. En la ciudad no se escuchan esos ruidos. 
Bruno esbozó una cálida sonrisa y se acercó a ella. 
─En la ciudad también hay viento, y perros que ladran y aúllan. 
─No es lo mismo. No sabría cómo explicárselo. Aquí parece más intenso. 
─La entiendo. Pero no debe temer nada. ¿La acompaño a la habitación o desea tomar algo? 
─Prefiero regresar a la habitación. 
─Si lo desea puedo pedir a Luisa que le prepare una infusión. 
─No, gracias.  
─No será una molestia. 
─Es usted muy amable –sonrió─, pero no me apetece tomar nada. Me acostaré e intentaré dormir. Estoy tan cansada que ya debería estar dormida. 
─Lamento que los ruidos la perturbaran. 
-¡Soy una tonta! –exclamó y rió. 
Llegaron a la habitación. Eira se volvió hacia Bruno y le miró. Tenía que levantar la cabeza pues él era muy alto.  
─Gracias por su comprensión. 
─No tiene que dármelas. Duermo al final del pasillo. Si necesita algo no dude en llamar al servicio o en acudir a mí. Lo digo en serio.  
─Gracias.  
─Espero que pueda descansar. 
─Sí, estoy segura de que sí descansaré. Buenas noches. 
─Buenas noches. 
Eira cerró la puerta y oyó los pasos de Bruno alejarse por el pasillo en dirección a su habitación. Se acostó e intentó dormir pero tardó en conseguirlo. No podía dejar de pensar en Bruno, en la buena impresión que le había causado, y maldecía haberse comportado de una forma tan pueril. 

Continuará.





lunes, 15 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (2)



Bruno había destinado dos dormitorios contiguos para los recién llegados. Estaban en el segundo piso de la torre. Eran amplios y confortables. Una criada se apresuraba a recoger los útiles para encender fuego y salir de una de las habitaciones. Bruno la detuvo.
─Luisa, por favor, atiende a las damas en todo lo que te pidan.
─Sí, señor.
La criada pasó por su lado mirándole a los ojos directamente, con una osadía que Eira encontró de muy mal gusto.
─Espero que las habitaciones sean de su agrado. Todavía están frías pero seguro que cuando regresen de la cena estarán lo suficiente caldeadas para sentirse cómodos.
─Están muy bien ─dijo Samuel─. Agradecemos mucho su esfuerzo.
─Es lo menos que puedo hacer por mis invitados. Dejaré que se preparen para la cena. El comedor está a un lado del salón donde estuvimos. Si necesitan algo… hagan sonar la campana y en seguida vendrán a atenderles ─sonrió y se retiró.


Durante la cena, los hombres mantuvieron una animada conversación sobre sus estudios y trabajos. Los viajeros descubrieron que Bruno, además de estudiar derecho, también tenía la carrera de ciencias económicas. Gracias a ello había podido hacerse cargo del negocio familiar en el sector textil.
─Me veo obligado a ausentarme con frecuencia para atender los negocios en la ciudad ─comentó Bruno.
─Yo aspiro a convertirme en juez algún día ─dijo Samuel.
─Seguro que lo consigue. Ha obtenido buenas notas en su carrera, su trabajo como abogado es aplaudido, procede de una familia con buena reputación y tiene amigos que le apoyan.
─Sí, puedo considerarme afortunado. Pero, dígame, ¿por qué vive tan lejos de la ciudad? No es fácil transitar por estos caminos.
─Este fue el hogar de mis antepasados y me siento bien viviendo aquí. No es un inconveniente para mí realizar viajes.
─¿En invierno no se queda aislado? ─preguntó Eira, de pronto.
─Efectivamente, pero no viajo en invierno. Atiendo los negocios el resto del año y, hasta ahora, me va bien ─explicó esbozando una sonrisa cautivadora.
Después de la cena regresaron al mismo salón donde habían estado anteriormente. Bruno sirvió jerez para todos y se sentó en un sillón de respaldo alto, cerca de la chimenea. Samuel se había sentado en un sofá, al lado de su esposa y Eire ocupó otro sillón, frente a Bruno.
─Me gusta pasear ─empezó a decir Samuel─ y me preguntaba si hay algún camino fácil para transitar por aquí.
─Esta montaña es fácil de caminar, salvo en invierno que está completamente nevada. Pero le aconsejo que no se aleje mucho. En esta zona abundan los lobos.
─Ahora que menciona a los lobos. He podido ver que el escudo de armas que hay a la entrada tiene el grabado de unos lobos.
Bruno sonrió tras la copa que iba a llevarse a la boca. Eira, confusa, entrecerró los ojos, no supo interpretar si era una sonrisa complaciente o despectiva.
─Es normal. Como le he dicho, en esta zona hay muchos lobos, y mi familia tuvo que lidiar con ellos en tiempos remotos. El lobo representa la fortaleza, el coraje y la inteligencia. Estoy seguro de que mi prima entiende de lo que hablo ─miró a Carmen y ella asintió.
─Sí, es cierto, aunque en mi familia ya no ostentamos el escudo de armas. En la ciudad están desapareciendo esas costumbres.
─¡Una lástima! Nadie debería olvidarse de sus orígenes, ni siquiera los humildes. En nuestro pasado se puede encontrar la fortaleza para sobrevivir ─comentó Bruno con un tono melancólico.
Eira se llevó la mano a la frente. Estaba cansada y le había empezado a doler la cabeza. Bruno se dio cuenta de ello y, dejando la copa sobre una mesa, se inclinó hacia ella.
─¿Se encuentra mal?
─Estoy cansada.

─He sido un egoísta. Por querer disfrutar de su compañía me he olvidado de que han realizado un largo viaje. Disculpen mi egoísmo. 
Bruno los acompañó hasta los dormitorios. Se despidió de Eira con un beso en la mano.
─Espero que descanse bien.
─Gracias.
Antes de retirarse, Samuel lo retuvo un rato.
─Me pregunto si podemos curiosear un poco por el castillo, sin importunar su intimidad, desde luego. Este lugar parece guardar tanta historia que me parece fascinante.
─Pueden visitar todas las estancias, excepto el sótano ─dijo Bruno y, ante la cara de perplejidad de Samuel, añadió─. Me refiero a lo que antes se llamaban mazmorras. Ese lugar no se encuentra en buenas condiciones, así que es mejor no visitarlo, por la seguridad de ustedes.
─Desde luego. No le entretengo más. Buenas noches, don Bruno.
─Por favor, solo Bruno. Buenas noches.
Samuel cerró la puerta y miró a su esposa. Ella se acercó a la chimenea y se estremeció.
─Aún hace frío aquí ─se quejó.
─Es normal. La habitación es grande y tardará en calentarse. Pero no está nada mal este lugar.
─¿En verdad te gusta este sitio? Yo no entiendo cómo puede sentirse bien aquí  mi primo.
─¿Y por qué no había de sentirse bien? ─empezó a desvestirse─. Está en la cima del mundo ─rió por su ocurrencia─. Aquí puede respirar aire puro, pasear en medio de la naturaleza. No tiene que soportar la polución de la ciudad, ni a los petimetres, que cada vez abundan más. Casi le tengo envidia.
─¡Oh, por favor, no digas despropósitos! Sigo sin entender qué hace aquí solo. Es un hombre muy apuesto. Lo normal sería que viviera en la ciudad y frecuentara los actos sociales para conocer a una joven con la que comprometerse.
─¿Tú crees que sería un buen partido para mi hermana? ─se metió en la cama de un salto.
─¿Hablas en serio? ─preguntó ella, perpleja.
─Deberías ponerte cómoda y acostarte, querida. No querrás levantarte con ojeras mañana, ¿verdad? ─le dijo dando palmadas en la sábana para que se acostara a su lado.
─¿Te molestas mis ojeras, querido esposo? ─preguntó a la vez que se subía a la cama.
─No, de ti no me molesta nada ─sonrió y se besaron.
─¿Has pensado en serio proponer que tu hermana se case con mi primo?
─Ahora no quiero hablar de eso ─la volvió a besar─. Pero no es mala idea. ¿Te has fijado en cómo la miraba él?
─Tu hermana es muy guapa.
─Harían buena pareja.
─¿Mejor que nosotros? ─se rió Carmen porque él le estaba haciendo cosquillas en un costado.
─¡Eso jamás! ─rió él también.
Continuará.



miércoles, 10 de octubre de 2018

AMOR MALDITO (1)




Samuel Castaño era una promesa en el entorno de la justicia. Su padre había sido un juez ilustre, querido y admirado por su buen hacer,  y se esperaba que el joven Samuel siguiera los pasos de éste. Por eso, el conde Lucio Galáns no había tenido ningún reparo en permitir que Samuel cortejara a su hija, Carmen, y, tras un periodo prudente de noviazgo y compromiso, se celebrara una boda. 
Como era costumbre en pleno siglo XIX, la pareja recién casada iniciaría un viaje para saludar y conocer a los parientes que no habían podido asistir a la boda. Pero no irían solos. La hermana de Samuel, Eira les acompañaba. La joven se estaba recuperando de una enfermedad y Carmen había insistido en que le vendría bien hacer el viaje para cambiar de aires. Samuel no estaba convencido pero aceptó para no disgustar a su esposa. 
Don Lucio había insistido en que visitaran a un primo del que hacía tiempo no tenía  noticias. Desconocía si seguía vivo o no pero sabía que tenía un heredero. Antes de que los recién casados partieran de viaje explicó el motivo por qué se habían roto las relaciones con su primo.  
--Hubo un tiempo en que mi primo, Enrique, y yo nos llevábamos muy bien pero, tras la muerte de su esposa se aisló. Al principio manteníamos correspondencia pero dejé de hacerlo cuando mis cartas no eran correspondidas. Me gustaría tener noticias de él y su descendencia. Llegué a conocer a su primogénito. Era mayor que vosotros, así que es de esperar que esté casado y tenga algún hijo. Creo recordar que se llama Bruno. Le envié una invitación a la boda pero ya habéis visto que no se presento. También le envié una carta anunciando vuestra visita. Espero que le haya llegado.
Samuel aseguró a su suegro que visitarían a todos los parientes y traerían noticias de ellos.  
El viaje se inició de madrugada y la primera visita que realizaron fue a unos primos que vivían unas millas más al sur y no habían asistido a la boda porque la prima Elisa estaba a punto de dar a luz. Permanecieron con ellos el tiempo suficiente para conocer a la nueva criatura. 
Después continuaron el viaje hacia el este. Tras visitar a unos amigos y otros parientes en cuatro pueblos diferentes se encaminaron, finalmente, hacia el castillo de la familia Galáns 
Tardaron varios días en llegar al castillo que estaba cerca de una aldea llamada O Piornedo, en las montañas de los Ancares, en Lugo.  
El camino era difícil, tortuoso y resbaladizo por los barrizales que se formaban con la humedad y las hojas de los robles que abundaban en el lugar.  
Llegaron una tarde en la que la niebla subía por la ladera de la montaña y amenazaba con cubrir el castillo y la cima de ésta. Hacía frío y la humedad mojaba las ropas.  
El castillo tenía la estructura típica de una fortaleza de la Edad Media. De construcción regia, la muralla exterior tenía un grosor de unos tres metros, ampliándose éste en la entrada, que llegaba a los seis metros. Sobre la puerta de acceso, en un arco de medio punto, se podía apreciar el escudo de armas.  
A la entrada del castillo se encontraba la capilla que estaba dedicada a la Virgen María, aunque hacía tiempo que no se celebraban oficios en ella y las figuras santas, junto con la cruz que se erigía detrás del altar, estaban cubiertos por telas.
El castillo tenía una planta cuadrada de cuatro torres en los vértices y una torre homenaje de tres plantas. Aquí era donde se encontraban la mayor parte de las habitaciones que se utilizaban como vivienda. 
Samuel pidió al cochero que esperara a ser atendido por algún criado. Llamó a la puerta haciendo sonar una campana.  
Eira se encogió bajo su capa. Tenía frío y había empezado a tiritar. Carmen la abrazó para darle calor. 
Samuel insistió en llamar. Parecer que nadie respondía. Empezó a impacientarse. Los caballos del carruaje también se mostraban nerviosos y el cochero tenía dificultad para calmarlos. 

Transcurridos unos minutos, que se les hicieron eternos, oyeron que alguien abría la puerta.  
Un hombre de media estatura, cabellos canos y ojos oscuros los miró con curiosidad. Vestía el traje típico de un mayordomo.  
─¿Quiénes son y qué desean? ─preguntó mostrando un semblante serio, aunque su mirada se paseaba con  curiosidad por todos los recién llegados. 
─Soy el señor Samuel Castaño, primo político del conde Bruno Galáns. Mi esposa, doña Carmen es prima segunda del conde. Hemos contraído matrimonio recientemente y nos gustaría visitar a nuestro pariente.  ¿No han recibido la carta que anuncia nuestra llegada? La envió el conde Lucio Galáns, mi suegro.
─No, lo siento. El correo no llega con regularidad a este sitio.
─¡Qué contrariedad! ─exclamó Samuel─. ¿Nos permite entrar? Estamos cansados. Mi hermana, la señorita Eira ─la señaló─, no se encuentra bien.
El mayordomo se hizo a un lado y dejó entrar a los viajeros, aunque en su rostro se podía ver el disgusto que le provocaba recibir una visita inesperada. 
─¿Podría alguien ayudar al cochero para atender a los caballos y darle cobijo mientras permanezcamos aquí? ─preguntó Samuel. 
─Sí, no se preocupe. Enviaré al mozo de los caballos. 
─También agradecería que cogiesen nuestro equipaje. 
─Así se hará. Por favor, vengan por aquí.  
Contrariamente a lo que esperaban, la entrada del castillo ofrecía un aspecto confortable. Los muebles eran modernos y las telas y alfombras eran de calidad y colores elegantes. 
El mayordomo los guió hasta salón acogedor. En la chimenea ardían varios leños. Samuel ayudó a su hermana a quitarse la capa y la acercó al fuego para que entrara en calor.
─Iré a avisar al señor de su llegada ─dijo el mayordomo y se retiró.
─¡Qué hombre más extraño! ─exclamó Carmen─. Espero que mi primo tenga un carácter más amable.
Eira se sentó en un sillón. Apoyó la cabeza en una mano. Estaba mareada pero, al menos, empezaba a sentir como su cuerpo entraba en calor.
La puerta del salón se abrió y entró un hombre de gran altura, seguido por el mayordomo.
Los recién llegados le miraron con curiosidad, todavía un poco perplejos por el recibimiento que habían tenido.
El hombre también los contempló pero su mirada se centró en el rostro de Eira. Por primera vez en su vida se sintió atraído y conmovido por una mujer. Hasta ahora ninguna había despertado el interés suficiente como para dedicarles algunas noches de pasión.
─Buenas tardes ─saludó─. Sean bienvenidos a mi hogar. Soy el conde Bruno Galáns.
Se adentró en el salón. Los recién llegados contemplaron con admiración su buen porte. Bruno era alto y musculoso. Su rostro, enmarcado en una cabellera oscura, era muy atractivo, de mirada penetrante y bonita sonrisa. Se movía con decisión y seguridad y parecía llenar la estancia.
─Es un placer, conde. Yo soy Samuel Castaño. Recientemente he contraído nupcias con su prima segunda, Carmen Galáns, hija de su primo el conde Lucio Galáns.
Una joven rubia, de ojos azules y alegre sonrisa ofreció su mano al conde para que se la besara.
─Es un placer, prima. Hace tiempo que mi padre me hablaba de usted y su familia.
─Permítame presentarle también a mi querida hermana, Eira. Hemos decidido que nos acompañara porque se está recuperando de un problema de salud.
Bruno miró a Eira preocupado. Cierto era que la joven presentaba un aspecto pálido pero eso no le restaba belleza. Se acercó a ella y le tomó una mano entre la suyas. Eira le miró a los ojos. El encuentro de sus miradas duró más tiempo de lo que correspondería a un encuentro formal pero ella no podía dejar de mirar aquellos ojos oscuros que la contemplaban con dulzura, y él no podía dejar de admirar la belleza serena de ella. Eira tenía un rostro dulce, de ojos almendrados oscuros y labios rojos y carnosos. Samuel carraspeó, nervioso y Bruno se irguió.
─Mi suegro le ha enviado una carta anunciando nuestra llegada ─comentó Samuel.
─Me temo que no he recibido nada ─repuso Bruno y miró a su mayordomo─. Gerardo, por favor, sirve un tentempié a los invitados y ordena que preparen las habitaciones para que puedan instalarse en ellas.
─Sí, señor.
El mayordomo se apresuró a servir unas copas de licor que acercó a todos. Bruno sonrió y pidió que se sentaran.
─Deben disculpar a mi mayordomo. No estamos acostumbrados a recibir visitas.
─Me gustaría conocer a su padre de usted ─dijo Samuel.
─Lamento tener que decir que mi padre falleció hace tres años.
─¡Oh, pero eso es horrible! ─exclamó Carmen─. Papá se disgustará cuando lo sepa ─añadió mirando a Samuel─. Mi padre apreciaba mucho al suyo ─se dirigió a Bruno.
─Sí. Como le dije antes, mi padre me hablaba de su familia resaltando el afecto que sentía por ustedes.
─¿Por qué dejaron de hablarse? ─preguntó Carmen.
Samuel miró a su esposa con reproche. No le parecía que fuese el momento de tratar un asunto tan delicado. Bruno bajó la mirada, centrándola en el licor de la copa.
─Hay situaciones que son complicadas y nos absorben en el tiempo obligándonos a abandonar otros compromisos ─contestó Bruno.
El conde, Bruno, se levantó de forma tan inesperada que los demás se sobresaltaron. Dejó la copa sobre una mesa.
─Estoy seguro de que querrán descansar y asearse antes de la cena. Por favor, síganme. Los sirvientes todavía estarán preparando las habitaciones, pero no les molestarán.
Abrió la puerta del salón y esperó a que salieran todos. Cuando Eira pasó por su lado la cogió por un codo.
─Permítame que la ayude. Parece débil.
Ella asintió y se dejó llevar. El calor de la mano de él sobre su piel la reconfortaba e intimidaba a la vez.
(Continuará)


TORMENTA DE PRIMAVERA (15)