miércoles, 28 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (12)




Con la ayuda de Carmen y una sirvienta, Eira se vistió el traje de novia. Le ataron el corsé, aunque no fue necesario apretarlo mucho para realzar su cintura de avispa. Se ató las ligas de las medias blancas, los cordones de las botas, también blancas. Se perfumó  con un perfume de azahar. Vistió las enaguas y el vestido de encaje y bordados. Finalmente le pusieron el velo. Estaba preciosa y así se lo dijo Carmen.
La boda fue sencilla. Por falta de tiempo no habían podido invitar más que solo a un número pequeño de amigos y familiares. Pero fue muy bonita y romántica.
Durante la ceremonia, Bruno y Eira se dedicaron miradas cómplices llenas de amor. Comieron y bailaron hasta cansarse. Hablaron con todos los invitados y se retiraron al llegar el anochecer.
Bruno cerró la puerta tras de sí y se acercó a la chimenea para echar otro leño. Eira se sentó ante el tocador y empezó a deshacer el peinado. Él se quitó la levita, los puños y el cuello de la camisa y desató el cordón para dejar al descubierto el pecho. Se acercó a Eira y la ayudó a desenredar el cabello. La besó en el cuello y se miraron a través del espejo. La cogió de una mano y la guió hasta la cama. Entre besos y caricias la desnudó lentamente. Ella se dejó llevar por él, hasta que la pasión la obligó a abrazarse a él con la misma intensidad que demostraba él. Se amaron con pasión toda la noche.

Se fueron de madruga. El doctor Anselmo aseguró que, a su regreso de Inglaterra, iría al castillo de Bruno y Eira para hacerles una visita.
Samuel abrazó a su hermana con ternura y le deseó la mayor de las felicidades. Carmen hizo lo mismo.
─Escríbeme, por favor ─le pidió.
─¡Pues claro que lo haré! ─dijo Eira.
─Bruno, cuida bien de mi hermana ─le dijo Samuel.
─Lo haré.
Bruno ató su caballo al carruaje. Ayudó a Eira a subir y subió tras ella. Eira miró a su familia y se despidió de ellos. Miró su casa para recordar esa imagen.
─No estés triste, mi amor. Vendremos a visitarlos de vez en cuando ─dijo Bruno.
─Es la primera vez que me distancio de mi hermano.
─Lo sé. Pero ahora me tienes a mí y cuidaré de ti ─Bruno la besó en las manos.
Nada más llegar al castillo, entrada la noche, Gerardo salió al encuentro de Bruno, apresurado y nervioso. Eira lo miró temerosa.
─Don Bruno. Doña Eira. Sean bienvenidos. Permítanme transmitirles las felicitaciones del servicio.
─Gracias, Gerardo.
─Gracias ─sonrió Eira, aunque estaba confusa pues el mayordomo tenía una expresión de preocupación que no concordaba con sus palabras.
─¿Todo bien, Gerardo? ─preguntó Bruno.
─Me temo que ha surgido un problema, señor. Es de vital importancia que le ponga al corriente sin demora.
─Está bien. Que Luisa acompañe a la señora al dormitorio y la ayude en todo lo que sea menester. Y que el mozo se ocupe del equipaje ─se volvió hacia Eira─. Querida, no dudes en pedir lo que necesites. Voy a mi despacho. Intenta descansar. Nos vemos más tarde ─le cogió una mano y la besó.
Gerardo no tardó en venir acompañado por la criada, Luisa, quien acompañó a Eira hasta el dormitorio de Bruno, que ahora sería el suyo también.
Bruno y Gerardo entraron en el despacho para asegurarse de no ser oídos por Eira.   
─Señor, su padre ha huido otra vez. No entendemos cómo lo consigue.
─¿Cuándo se fue?
─Hace dos noches.
─¿Hay constancia de que haya sucedido alguna desgracia?
─De momento, no.
─Saldremos en su búsqueda. Prepara las armas y los caballos.
─Sí, señor.
Bruno subió al dormitorio para cambiar las ropas, mientras Gerardo se disponía a seguir sus indicaciones. Eira se había puesto el camisón y le miró preocupada.
─¿No vas a acostarte?
─Debo salir. Parece que este año ha aumentado el número de lobos y la gente del pueblo está nerviosa. Espero poder apaciguar sus ánimos antes de que decidan hacer batidas sin sentido por el monte.
─Pero es de noche. No creo que sea prudente salir al monte a estas horas, Bruno.
─No te preocupes, mi amor ─la abrazó─. Voy con Gerardo y estaremos bien.
─Pero… ─las palabras de Eira fueron silenciadas por un beso de Bruno.
─Volveré pronto ─le dijo y salió de la habitación.
Eira se acercó a la ventana. Unos minutos más  tarde vio salir del castillo a Bruno y a Gerardo montados en sus caballos. Se preguntó qué estaba pasando. Ella no sabía nada de las costumbres de la gente que vivía en los pueblos, pero no era tan tonta como para no darse cuenta de que tenía que pasar algo muy grave para que Bruno decidiera irse en medio de la noche, y armado. La explicación que le había dado no la convencía. Ya le había dicho que en esa zona proliferaban los lobos pero no suponían un gran peligro. No entendía por qué quería disuadir al pueblo de que no se protegiera de los lobos. Se acostó pero sabía que no podría dormir hasta que él regresase.
Cansada de dar vueltas en la cama y preocupada porque el tiempo pasaba y Bruno no regresaba, Eira se levantó, se abrigó, cogió un candil, y bajó al salón pero se detuvo en el vestíbulo al comprobar que una puerta, que siempre estaba cerrada, ahora estaba abierta. Sabía que era la puerta que conducía a las mazmorras. Una noche había visto salir de ese lugar a Bruno.
Se acercó a la puerta y escuchó atentamente si oía algo extraño o la voz de su marido, pero no oyó nada. Confiando en que Bruno estuviese en las mazmorras, se adentró en el lugar.
 Continuará.




sábado, 24 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (11)




Durante la cena escucharon con atención las últimas investigaciones que había realizado el doctor Anselmo Castaño en un país del este de Europa. Insistía en que era posible curar la licantropía, no tanto así el vampirismo, que era una enfermedad que presentaba problemas más complejos.
─¿En verdad se convierten en lobos esos enfermos o solo muestran síntomas que los asemeja a un animal rabioso? ─preguntó Samuel.
─Por muy increíble que parezca los pacientes que padecen ese mal sí pueden sufrir una transformación tan inquietante como espeluznante. Algunos investigadores se empeñan en confundir la rabia con esta enfermedad, pero son completamente diferentes.
─Y dice que ha podido curar a algunos pacientes que padecían esta enfermedad…─comentó Bruno.
─Así es.
─Eso es muy interesante. ¿Cómo lo ha conseguido?
─Con una vacuna que es necesario inocular durante unos años.
─¿Cuál es el porcentaje de éxito?
─Todavía no he terminado mis estudios, pero a grosso modo, puedo aseguro que un 70%. Depende de los años que llevaba enfermo el paciente.
─¡Es horrible pensar que alguien pueda sufrir esa enfermedad! ─exclamó Eira─. No me imagino cómo puede convertirse un ser humano en lobo.
─Es una transformación tan violenta como dolorosa ─explicó el doctor─. Las familias que padecen este mal viven condenadas a permanecer escondidas o a vivir fuera de la ley. Y me refiero a que, como lobos, pueden cometer crímenes atroces.
─¡Dios mío! ─exclamó Carmen─. Espero que no haya nadie con esa enfermedad en esta ciudad.
─Son personas que pueden estar en todas partes y hacer una vida normal. Al principio los síntomas, por estar relacionados con los lobos, se suelen producir durante las noches de luna llena. Aunque todavía no está muy claro el motivo, pues también se desconoce por qué los lobos suelen aullar más. Quizás los altere que haya más luz, o el influjo de la luna. Con el tiempo, la enfermedad se vuelve más agresiva y las personas sufren transformaciones más a menudo. Influye mucho el estado de humor: alteraciones nerviosas, depresión… Los vampiros, al contrario que los hombres-lobo, padecen una enfermedad que muestra síntomas todos los días del año.
─¡Por favor, tío, dejemos de hablar de un tema tan macabro! ─pidió Samuel─. Las mujeres se están incomodando.
─Sí, tienes razón, sobrino. Perdónenme, me dejo llevar por mi entusiasmo ─sonrió.
Al terminar la cena regresaron al salón donde Samuel sirvió jerez para todos. Bruno se acercó al doctor Anselmo.
─Me gustaría invitarle a mi hogar para seguir hablando de sus investigaciones.
─Sería un placer, pero tenía pensado viajar a Inglaterra en breve.
─Le aseguro que conozco un caso de los que usted hable. Aunque, por supuesto, nadie mejor que usted para juzgarlo.
─Cuénteme…
Bruno miró a los demás, que estaban centrados en sus conversaciones, pero consideró que no era el momento adecuado para hablar sobre su padre.
─Será mejor dejarlo para otra ocasión.
─Está despertando mi curiosidad.
─Le aseguro que debería aceptar mi invitación.
El doctor Anselmo frunció el ceño. Intuyó que Bruno conocía una historia demasiado interesante como para dejarla pasar por alto.
─Ahora va a casarse y querrá disfrutar de unos días con su esposa en absoluta intimidad. Aprovecharé para ir a Inglaterra y cuando regrese aceptaré su invitación.
─Está bien. Se lo agradezco ─asintió Bruno.
Tras la velada, Eira se acercó a Bruno y se abrazó a él. Se miraron a los ojos, sonrientes, y se besaron.
─No sabía que te interesaran tanto las enfermedades extrañas.
─Hay muchas cosas que desconocemos el uno del otro, pero las iremos descubriendo juntos.
─¿Y si descubro algo que no me gusta? ─preguntó fingiendo preocupación.
─Estarás en desventaja conmigo porque yo sé que jamás encontraré nada malo en ti.
Se rieron y se besaron. Samuel carraspeó para pedir que se comportaran con un poco más de mesura.

Continuará.











lunes, 19 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (10)




Bruno se despidió de los criados insistiendo en que vigilaran a su padre. Los primeros años cuando empezó a convertirse en un hombre lobo solo sucedía durante la fase de luna llena pero, con el paso del tiempo, no importaba tanto la luna como su humor, aunque era más frecuente que sucediera por la primera causa. Enrique heredaba la maldición de sus antepasados. Había sido el padre de un tatarabuelo quien, naciendo como séptimo hijo y siendo bautizado por error con los aceites que se utilizaban para la extremaunción, se había convertido en hombre lobo al dejar de ser niño. La familia lo había mantenido oculto pero cuando el niño se hizo hombre, huyó y regresó casado con la hija de una buena familia. Estaba convencido de que con él se acababa la maldición, sin embargo, comprobó con temor y tristeza, que sus dos hijos varones habían heredado la maldición. Fue este antepasado quien ordenó cambiar las figuras de los osos del escudo de armas por lobos, y escribió un libro para sus herederos donde les transmitía consejos de cómo vivir con la maldición para evitar provocar alguna desgracia irreparable. 
Para sorpresa de quienes conocían la maldición, el abuelo de Bruno nunca se transformó en lobo, eso hacía que Bruno albergara la esperanza de poder librarse de ella, aunque su padre le advertía que el abuelo había muerto joven, con 37 años y algunos miembros de la familia habían dado muestras de estar malditos a edades tardías.  
Pero Bruno, siempre quiso creer que él podía estar libre de la maldición. Hacía unos días no le había importado tanto estar maldito. Sabía bien lo que tenía qué hacer para no ser una amenaza para la sociedad. Ya vivía al margen de la sociedad. Salía lo mínimo, solo para hacer lo necesario para mantener el negocio y realizar requisitos administrativos o visitar a algún cliente o proveedor. Ahora necesitaba creer que él jamás se convertiría en hombre lobo porque estaba enamorado y quería vivir con su amor una vida normal y feliz. 
Las palabras de su padre lo atormentaron durante su viaje, sobre todo cuando se acercaba su reencuentro con Eira y su futura familia.  
El día que llegó, Eira lo recibió con un abrazo intenso. Samuel y su esposa le presentaron al padre de ella, el conde Lucio. 
─Es un placer conocerte, Bruno. Por favor, permíteme tutearte –le pidió Lucio y Bruno asintió con un sonrisa─. Todavía recuerdo con cariño los días en que tu padre y yo nos encontrábamos y nos enfrascábamos en largas tertulias.  
─Sí, mi padre me hablaba de ello.  
─Sentí mucho enterarme de su fallecimiento. Pero me alegra que nos hayamos reencontrado y que pronto se celebre otra boda. La señorita Eira es una joven muy hermosa y de buen corazón –añadió. 
Eira bajó la mirada, sonrojándose y Bruno la miró divertido. Samuel llamó la atención de todos. En ese momento había entrado en el salón un hombre, de media edad y mirada inteligente.
─Tío, por favor, pase. Permíteme presentarte a mi tío, el doctor Anselmo Castaño. Un erudito en enfermedades extrañas. Tío Anselmo, te presento al Conde Bruno Galáns, el prometido de Eira. 
─Es un placer, conde. 
─El placer es mío, doctor Castaño. 
─Por favor, llámeme Anselmo. Dentro de unas horas seremos parientes. 
─Gracias. Puede llamarme Bruno y tutearme. 
 Carmen los invitó a entrar en el comedor. La sirvienta que se ocupaba de servir la cena le había dicho que la cena ya estaba lista. 
─Mi tío es un hombre que provoca reacciones contradictorias –le dijo Eira mientras iban hacia el comedor. 
─¿Por qué? 
─Como te ha dicho mi hermano investiga enfermedades extrañas. Incluso se puede decir que algunas son de dudosa existencia –sonrió─. ¡Figúrate, si hasta está seguro de que existe el vampirismo y la licantropía! 
Bruno se detuvo y la miró perplejo. Eira se rió. Lo cogió por un brazo y tiró de él. 
─¡No esperaba impactarte tanto! –dijo─. Si te comenta algo, por favor, trátalo con respeto. Para él es un tema muy serio, aunque sus colegas odian que dedique su tiempo, dinero e inteligencia en esos estudios. 

─Jamás se me ocurriría burlarme de él, querida. 
 Continuará.



martes, 13 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (9)




Enrique Galáns dejó el libro sobre una mesa y se levantó. Era tan alto como su hijo pero más delgado. Tenía los cabellos rubios canosos, y los ojos azules. Se enfrentó a la mirada de Bruno.  
─Sé que has tenido visita. Hace tiempo que no se reciben invitados en esta casa. 
─No he invitado a nadie. Vinieron ellos para conocernos. 
─¿Conocernos? ¿Quiénes eran? 
Bruno miró al mayordomo y Enrique se dio la vuelta para mirarle también. Se volvió otra vez hacia su hijo. 
─¿Hay algo que no puedes decirme? –le preguntó. 
─Sé que has escapado esta noche. 
─Hum… Sí. Lo admito –volvió a sentarse─. Podía oír a tus invitados y sentí curiosidad. 
─¿Por dónde has escapado? 
─Un mago nunca descubre sus secretos –rió. 
─¡Tú no eres un mago! Gerardo busca cualquier rotura, tabique falso… ¡Lo que sea por donde pudiera salir! Ahórranos las molestias y dime por dónde has salido –le pidió a su padre. 
Enrique se acomodó en el asiento y cruzó las piernas. Bruno le miró impaciente. 
─Papá, sabes que lo hago por tu bien. Para el mundo estás muerto y no puedes salir de aquí. Eres un peligro. 
─Solo he salido una noche. ¿Qué peligro puede tener que salgar una maldita noche? –preguntó enfadado. 
─La última vez que escapaste mataste a una persona. ¿Ya lo has olvidado? 
─No es necesario que me lo recuerdes. 
El mayordomo, Gerardo, miraba todos los rincones del salón pero no encontraba nada fuera de lo normal. Entonces se dirigió al dormitorio. Bruno fue tras él. Solo había una ventana en la parte más alta de una pared. Bruno se subió a una silla y comprobó que las rejas estaban bien seguras. Siguieron buscando por el baño pero no hallaron nada extraño. 
─¿Crees que tendrá una llave maestra? –preguntó Bruno a Gerardo. 
─¿Y cómo podría hacerla aquí abajo, señor? 
─No lo sé. Pero mi padre siempre fue un hombre  ingenioso y habilidoso.  
Regresaron al salón. Enrique se había levantado y servía unas copas de licor de arándanos. Ofreció una a cada hombre. Bruno la rechazó. 
─¡Tú te lo pierdes! Es un buen licor –dijo Enrique y apuró su copa─. ¿Habéis encontrado el agujero por donde me escapé? –sonrió. 
─No. Y te aseguro que me preocupa. No puedes salir de aquí y lo sabes. Eres un peligro, papá. Prometiste que permanecerías oculto aquí a cambio de perdonarte la vida.  
─ ¿Serías capaz de quitarme la vida, hijo?  
Bruno no respondió. Cogió la copa que había rechazado y bebió el licor. Enrique se sirvió otra copa y se sentó. 
─¿Quiénes eran tus invitados? 
─La hija de tu primo, el conde Lucio. Venía con su esposo, Samuel Castaño y la hermana de éste, la señorita Eira. 
─¡Mi primo Lucio! –exclamó con añoranza─.Un buen hombre. Me llevaba muy bien con él.  
─Tengo algo que anunciarte –dijo Bruno y se sentó al lado de su padre─. Voy a casarme con la señorita Eira. 
─¿Te has vuelto loco? ¡No puedes casarte y lo sabes, Bruno! Llevas la maldición en la sangre y, antes o después, saldrá a la luz. 
─¡Por favor, papá! –se levantó, impaciente─. Tengo treinta y cinco años y llevo casi toda mi vida esperando con temor que me convierta en un ser como tú. Pero eso no ha pasado, ni va a pasar. Me he enamorado y tengo derecho a ser feliz. 
─Entiendo que quieras ser feliz, Bruno. Pero no puedes condenar a esa mujer por tu egoísmo. Aunque no lo quieras admitir, terminarás siendo un hombre lobo, como yo. Si metes a esa mujer en tu vida, la harás desgraciada con tus mentiras, tus cambios de humor y, lo que es peor, su vida correrá peligro. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre! 
─Sí, lo sé. Tú la mataste. Y deberías estar muerto por eso –dijo Bruno, dolido. 
─Siempre has querido vengar su muerte. 
─Nunca lo hice. 
─Sí, lo has hecho encerrándome aquí. ¡Estoy muerto en vida! 
─¿Preferirías que te diesen caza los hombres del pueblo? Aquí estás a salvo. No te he encerrado por capricho. 
─Déjalo. Siempre terminamos discutiendo por lo mismo. ¡Largaos los dos! –pidió. 
─Necesito saber por dónde has salido de este lugar. 
─Jamás te lo diré. 
─Papá, por favor. 
Enrique miró a su hijo, serio. Cogió el libro que estaba leyendo antes y fingió enfrascarse en la lectura. Bruno suspiró, resignado. Hizo una señal a Gerardo y salieron de las mazmorras. 



─Hay que vigilarlo más de cerca. Y si vuelve a salir… lo mato –dijo, con pesar. 
Continuará.



jueves, 8 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (8)




Los hombres acordaron que Bruno iría a la ciudad un mes después de que Samuel, Carmen y Eira hubiesen regresado a la ciudad. Mientras hacían los preparativos para la boda, Bruno viajaría hacia el norte para atender su negocio y luego se reuniría con su futura familia para celebrar su unión matrimonial con Eira.
Eira estaba muy emocionada. No dejaba de hablar con Carmen sobre los detalles de la boda. Se imaginaba un vestido de fino encaje, botas altas, lencería fina.
─¡Oh, Carmen! ¿En verdad no es un sueño esto que estoy viviendo? Si cierro los ojos temo volver a abrirlos para encontrarme otra realidad.
─Puedes estar segura de que todo esto es real.
─Nunca pensé que llegaría a conocer a alguien como Bruno. Es tan fuerte y tierno a la vez.
─Eira, puedes creerme si te digo que deseo que seas feliz pero, ¿estás segura de querer casarte con Bruno?
─¿A qué vienen tus dudas? Creí que eras feliz con mi felicidad.
─Y lo soy. Por favor, no me malinterpretes. En verdad soy muy feliz con todo lo que estás viviendo y me alegra que te hayas enamorado y seas correspondida pero todo ha sucedido tan rápido que temo que nos estemos dejando llevar por la emoción del momento. Solo te pido que pienses fríamente en tu decisión durante un instante.
─No tengo nada que pensar ─sonrió Eira─, porque ya lo he pensado todo. ¡Le amo, Carmen! Y sé que no sería feliz lejos de él. Este mes que estaremos separados será una tortura para mi corazón.
Carmen sonrió y abrazó a Eira. Después salió del dormitorio para dejar que descansara. Por decisión de Samuel se tenían que levantar temprano para regresar a la ciudad.
Eira se acostó pero no podía dormir. Durante el día habían celebrado el compromiso y apenas había tenido oportunidad de estar a solas con Bruno. Se levantó y se asomó a la ventana. Esa noche aún había luna llena en el cielo. Se senté en el alféizar y apoyó la cabeza en el cristal. Estaba frío pero no le importó. Suplicó a la luna que el encantamiento de su amor durase eternamente.
El movimiento de algo en el patio la sobresaltó. Se levantó y abrió la ventana para asomarse al exterior. Hacía frío y sentía la humedad en su cuerpo. Sabía que debía regresar adentro para no enfriarse pues podía recaer en su enfermedad pero le pudo la curiosidad, así que aguardó un poco más hasta comprobar si volvía a ver algo extraño merodeando por el lugar.
Ante su asombro un lobo de tamaño descomunal se situó debajo de su ventana y la miró fijamente. Eira se echó hacia atrás, asustada. Cerró de inmediato la ventana. El lobo no se iba, ni dejaba de mirar hacia arriba como si supiese que ella estaba allí. Aulló y se fue perdiéndose entre las sombras. Eira se estremeció. Pero lo que más la sorprendió fue lo que vio después. Bruno salía de las caballerizas corriendo y parecía que se dirigía en busca del animal. Eira abrió la ventana otra vez y lo llamó.
─¡Bruno! ¡Bruno! ─quiso pedirle que regresara para que se refugiara en el castillo pero Bruno no la oyó, o no le hizo caso.
Eira, sin temor, se puso las zapatillas y cogió la toquilla y una lámpara y salió de la habitación. Apuró los pasos hasta las escaleras y se disponía a bajar cuando Bruno entró en el castillo y Gerardo y Luisa le salieron al encuentro. Eira se detuvo y retrocedió hasta que la esquina de la pared le ofreció refugio, apagó la lámpara y escuchó atentamente lo que hablaban.
─¡No entiendo cómo ha podido escapar, señor! ─exclamó Gerardo─. Me aseguré de que las cerraduras estaban en perfecto estado y bien cerradas.
─Es muy astuto, Gerardo. Seguro que ha sabido engañarnos de alguna manera para poder escapar esta noche. Confiemos en que no cause un daño que tengamos que lamentar.
─¿Qué tenemos que hacer para traerlo de nuevo al sótano? ─preguntó Luisa.
─Solo podemos esperar ─respondió Bruno─. Estaré pendiente de él pero sería insensato ir tras él. 
─Desde luego, señor ─asintió Gerardo─. Podría atacarnos e, incluso, matarnos.
Eira regresó a su habitación y cerró la puerta despacio para que no la escucharan. Se preguntó si la conversación que había mantenido Bruno con sus sirvientes tenía algo que ver con el lobo que había visto en el patio. No podía creer que Bruno tuviese lobos guardados en las mazmorras del castillo y, en caso de ser así, no entendía por qué no se lo había dicho y se preguntaba cuál era el motivo de tener esos animales.
La preocupación no la dejó dormir y por la madrugada, cuando Carmen la fue a buscar, su aspecto había desmejorado. Estaba pálida, cansada y había empezado a toser.
Carmen la miró preocupada y pensó que quizás era mejor no regresar tan pronto a la ciudad pero Eira insistió en no demorar el viaje. A pesar de la incertidumbre por los acontecimientos sucedidos por la noche, deseaba más que nada celebrar su boda con Bruno.
El cochero les esperaba en la entrada del castillo. Bruno se reunió con ellos y se disculpó por no poder acompañarlos durante el almuerzo. Se acercó a Eira y le cogió las manos entre las suyas.
─¿Te encuentras bien? Parece que nos has dormido esta noche.
─Es cierto, pero es debido a la emoción ─sonrió.
─Os queda un largo viaje. Si no te encuentras en condiciones de hacerlo puedes quedar aquí.
─Yo sugerí que postergáramos el regreso ─dijo Carmen.
─No ─negó Eira─. No quiero. ¿O es que quieres que acepte para evitar la boda? ─preguntó con malicia fingida.
─Creo que ni mi conciencia, ni mi corazón me permitirían evitar nuestro enlace ─rió y la abrazó para besarla en los labios con ternura─. Nos veremos pronto, mi amor.
─Se me hará larga la espera.
─A mí también pero, una vez que seas mi esposa, nada podrá separarnos.
Volvieron a besarse. Samuel carraspeó y lo miraron de soslayo. Rieron. Bruno se despidió de todos y no entró en el castillo hasta que vio desaparecer el carruaje en el camino.
Sin más demora, Bruno llamó a Gerardo y se apresuraron a ir a las mazmorras. El lugar estaba dividido en varias estancias. Una de ellas estaba cerrada con una puerta de rejas de hierro. Tras ella se accedía a un estrecho y corto pasillo que daba acceso a otra puerta de madera forrada en hierro que tenía varias cerraduras.
Esta puerta daba acceso a una amplia habitación que estaba amueblada como un salón. Además de un sofá y dos sillones que se disponían frente a una gran chimenea de piedra, había una mesa redonda con sillas tapizadas, un mueble librería y un pequeño escritorio. En otras dos habitaciones contiguas había un aseo y un dormitorio.
Bruno entró en el salón y pidió a Gerardo que entrara con él. Un hombre mayor, que estaba sentado frente a la chimenea, siguió leyendo el libro que tenía entre manos sin inmutarse por la irrupción de los dos hombres.
Bruno caminó hasta ponerse frente a él. El hombre levantó la mirada por encima del libro y sonrió.
─Por fin te dignas a visitarme, hijo.
Continuará.






lunes, 5 de noviembre de 2018

AMOR MALDITO (7)




Durante el desayuno, Bruno estuvo presente, acompañando a los invitados. Ninguno de ellos hizo mención a lo sucedido la noche anterior. Para Samuel y su esposa, la explicación dada por el mayordomo era suficiente. Para Eira, estar en compañía de Bruno la hacía sentirse segura, pues confiaba en él plenamente.
Después del desayuno salieron a pasear por la montaña. Bruno cogió a Eira de la mano, bajo la atenta mirada de Samuel quien no dijo nada por petición de Carmen.
─Deja disfrutar a tu hermana. Hacía tiempo que no se la veía tan feliz. Además, debes recordar que estuvo muy enferma. A punto estuvo de no superarlo ─se persignó─. Dios le ha dado otra oportunidad y nosotros no somos quién para negarle que sea dichosa.
─Sí, tienes razón ─resopló Samuel─. Pero acaban de conocerse y él se toma muchas libertades.
─¿Cogerse de la mano te parece pecaminoso? ─rió divertida.
─El otro día se besaron con demasiada pasión.
─¡Oh, vamos, Samuel! ─le reprochó y se adelantó a él, riendo.
Bruno y Eira iban delante de ellos. Él le señalaba la vegetación autóctona del lugar: brezo y arándanos. En los montes bajos se podía ver castaños, robles centenarios, nogales.
─Cuando regresemos os daré una prueba del licor de arándanos de la última cosecha. He podido coger unas botellas ayer por la tarde.
─Seguro que está muy rico. ¡Este lugar es tan maravilloso!
─¿En verdad te gusta este lugar? ─Bruno se detuvo.
Eira se puso frente a él. Samuel y Carmen siguieron caminando. Eira miró a Bruno y sonrió.
─Sí, me gusta mucho. Aunque por las noches todavía me asusto con los ruidos que hay.
─Es normal. Eres una señorita de ciudad y el castillo está en medio de la naturaleza salvaje ─rió.
 
─Lo sé y sé que soy una tonta pero… ─frunció el ceño─. Los ruidos de anoche fueron espeluznantes. Parecía que había un lobo dentro del castillo.
─Como os dije el primer día a ti y a tu familia, las mazmorras han sufrido desperfectos. Hay algunos pasillos largos que, más bien son túneles, y es posible que algún animal pueda adentrarse en ellos. Pero, te aseguro que no hay ningún motivo para temer que entren en las zonas habitables.
─¿Por qué no reparas esas zonas? ─preguntó Eira y siguieron caminando.
─Por simple desidia. La restauración de ese lugar forma parte de una lista de actividades que, por una u otra razón, siempre las vas dejando para otro momento.
─Yo te obligaría a llevarlas a cabo ─rió Eira.
Bruno volvió a detenerse y acercó la mano de ella a sus labios. La besó con dulzura.
─¿Lo harías? ─le preguntó─. ¿Estarías dispuesta a influir en mi vida?
Eira se sonrojó y esquivó la penetrante mirada de él. Aspiró aire para aliviar su pudor y sonrió nerviosa.
─Bueno, yo… Desde luego no soy quién para decirte nada pero…
─¿Pero?
─Me estoy liando ─rió y miró a Bruno esperando que él se riera con ella pero la miraba serio, sin soltarle la mano.
─¿Te gustaría ser mi dueña y señora en este castillo? ─preguntó Bruno.
─Eso suena a proposición de matrimonio ─dijo ella.
─Lo es.
Eira abrió los ojos y parpadeó perpleja. Bruno le acarició una mejilla y sonrió. Volvió a besarle la mano.
─¿Deseas ser mi esposa, Eira Castaño?
─Yo… Yo… Esto es tan precipitado que parece un sueño.
─No lo es ─dijo Bruno. Apoyó la mano de ella en su pecho para que sintiera su corazón─. Tú haces que mi corazón palpite con frenesí. Durante años he vivido prácticamente retirado del mundo. Mis únicas preocupaciones eran el negocio y mantener en pie el castillo. Conocí a otras mujeres, no lo niego pero jamás hallé la dicha que siento ahora, contigo. Estaba convencido de que el cielo me había negado el amor. Sin embargo, desde que llegaste aquí, me sentido feliz y esperanzado. No puedo dejar de pensar en ti ni un solo instante. Sí, sé que nos hemos conocido hace un par de días, poco más, pero me he enamorado de ti y no me imagino vivir sin ti. Si me conocieras bien, sabrías que estoy siendo sincero pues no tengo por costumbre ser una persona tan abierta con respecto a los sentimientos. Si necesitas más tiempo, estoy dispuesto a concedértelo pero me gustaría saber si puedo albergar esperanzas o debo olvidarme de ti, aunque sé que jamás lo conseguiría.
─¡Bruno, yo…! ─Eira le miró seria y Bruno temió que le rechazara. Le soltó la mano─. ¡Yo también te amo! ─rió─. ¡Sé que es una locura pero te amo con todo mi ser!
Se abrazaron. Bruno la levantó en brazos y giró con ella, riendo de felicidad. Se besaron apasionadamente.
Samuel y Carmen regresaron del paseo. Lo habían interrumpido cuando se dieron cuenta de que Bruno y Eira habían quedado bastante alejados de ellos.
─¿Qué sucede aquí? ─preguntó Samuel, contrariado.
─¡Me caso, Samuel! ─respondió Eira entre risas.
─¿Qué? ─Samuel miró a su esposa, confuso.
Carmen corrió a abrazar a Eira. Bruno la había dejado en el suelo para que pudiese hablar con ella y se acercó a Samuel.
─Una vez más me salto todo protocolo ─dijo Bruno a modo de excusa─. Y aun sabiendo que no es lo normal, le pido en este momento la mano de su hermana.
─Ciertamente usted no deja de sorprenderme con sus maneras ─dijo Samuel─. Pero acepto su petición. Mi hermana estuvo a las puertas de la muerte y usted le ha devuelto la vitalidad y la alegría.
Se estrecharon la mano, mirándose con satisfacción.
Continuará.



TORMENTA DE PRIMAVERA (15)