lunes, 25 de febrero de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO II



II

Gael, aprovechando sus poderes, corrió hacia la salida de la mansión, adelantándose a la doncella, quien lo miró sorprendida. Hacía dos años que Mirta trabajaba para los vampiros y conocía su secreto pero no terminaba de acostumbrarse a los hábitos de ellos.
Gael abrió la puerta del carruaje y comprobó que la joven dormía. Estaba acurrucada bajo una manta. Algunos mechones de su melena rubia caían sobre su rostro, medio cubierto por la ropa.
La cogió en brazos con cuidado y la llevó hasta uno de los dormitorios del primer piso de la mansión, donde tenían reservados varias habitaciones para los invitados, aunque hacía tiempo que no recibían visitas.
Su hermana subió tras él y vio como la depositaba en la cama y la cubría con la colcha.
Entonces, ambos se quedaron mirando el rostro de la muchacha. Gael se conmovió antes los rasgos tan dulces y bellos como los de una ninfa.
La joven se movió inquieta pero no despertó.
─Se llama Aldara. ¿A qué es hermosa? ─preguntó Xiana.
Gael cogió a su hermana por un brazo y la obligó a salir de la habitación. La acorraló contra una pared y tuvo que bajar la cabeza para hablar con ella, debido a su altura.
─Has sido muy imprudente tomando esta decisión. ¿Dónde la conociste? ─preguntó. De pronto, se sorprendió a sí mismo sintiendo un interés inesperado por la muchacha.
─La conocí en un teatro de mala muerte de la ciudad. Estaba trabajando como limpiadora pero aspiraba a ser cantante. Tiene una voz muy bonita y canta muy bien. ¿Te imaginas qué podría ser de ella si algún desalmado la engañase para aprovecharse de ella? La he salvado trayéndola aquí.
─ ¿Cómo la convenciste?
─Le hablé de ti, de tu pasión por la música y le dije que le pagarías las clases de canto.
Gael miró perplejo a su hermana y esbozó una sonrisa sarcástica.
─ ¡Sí, seguro que sí! ─susurró─. Te prohíbo que le hagas daño. No permitiré que la corrompas.
─No tengo intención de hacerlo.
─Conozco tus intenciones, Xiana. Sé de lo que eres capaz. Las mazmorras están llenas de tumbas por culpa de tus caprichos.
Xiana se apartó de él y lo miró con desdén. Se marchó para refugiarse en su dormitorio.
Gael entró de nuevo en la habitación y contempló a la muchacha. En su interior crecía un desconcertante deseo de protegerla, aun sin conocerla.
No sabía nada de ella y era posible que tras esa dulce máscara se escondiera una auténtica desvergonzada. Como fuere, se prometió que no permitiría que su hermana le hiciera daño.
Salió de allí y se dirigió a su dormitorio. Se sentó frente a la chimenea. Todavía quedaba mucha noche por delante.

Cerró los ojos y recordó el último invitado que tuvieron en la mansión. Se trataba de un joven sacerdote, Pedro. Xiana jugó con él hasta convertirlo en un histérico pusilánime. Un alma atormentada que no encontró otra salida más que el suicidio.
(Continuará)

martes, 19 de febrero de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO I


I




Xiana, entró en la Mansión de los Cisnes, el lugar donde vivía junto con su hermano, conocido como don Gael de Ramírez, respetado terrateniente y admirado músico y compositor.
Caminaba con pasos apresurados pero elegantes. Cruzó el amplio vestíbulo dejando caer la capa al suelo y arrojando los guantes a un lado.
Su doncella, Mirta, la seguía, a la vez que recogía las prendas del suelo.
Xiana, una mujer de poca estatura, bella, sensual y elegante, entró en la biblioteca, donde sabía que encontraría a su hermano Gael.
Gael estaba sentado en un sillón orejero. Había estado leyendo un libro pero se dejó llevar por sus pensamientos y hacía horas que no pasaba una página.
─ ¡Querido hermano! ─exclamó con regocijo Xiana─. He conocido a una criatura maravillosa y la he invitado a pasar una temporada con nosotros.
Gael se levantó de un sobresalto, dejando caer el libro al suelo alfombrado. Su hermana siempre había sido caprichosa e impetuosa, rozando lo irracional y extravagante en sus decisiones pero, no por ello, dejaba de sorprenderle una vez más. Solo esperaba que no le diese motivos para enfadarse con ella.
Xiana se rió al ver la expresión ceñuda de él y corrió a abrazarlo. Se alzó en la punta de los pies y le besó en ambas mejillas.
─No te preocupes, querido hermano. Te aseguro que se trata de una jovencita totalmente indefensa.
─Sabes bien que no es conveniente traer a nadie a nuestro hogar.
─Sí, sí, sí. Lo sé bien pero estoy muy aburrida y necesitaba tener a una amiga para hablar con ella de temas femeninos que tú jamás entenderías.
─Así que esta vez se trata de una mujer ─comentó, pesaroso.
─La última vez que traje a un invitado masculino… Todo salió mal. ¡Los hombres podéis ser tan brutos y cándidos a la vez! ─comentó evasiva, bajando el tono de voz para no enfadar más a su hermano trayéndole recuerdos dolorosos del pasado.
─ ¿Y dónde está? ─preguntó Gael, pasando por su lado y caminando hacia la licorera para servirse una copa.
─ ¡Oh, sí! Está en el carruaje. Pediré a Mirta que vaya a por ella.
─No me parece respetuoso que hayas dejado a tu invitada esperando dentro del coche. Es de noche y hace frío ─la recriminó.
─No he tenido ninguna intención de ser desconsiderada. Pero es que… está dormida ─sonrió y miró a su doncella que esperaba en la entrada de la biblioteca.
La mujer se apresuró a ir en busca de la joven invitada.
─Estoy segura de que te gustará ─sonrió Xiana mirando a su hermano.
Gael no opinaba lo mismo que su hermana. En realidad, ni le importaba saber cómo era esa joven. Solo le preocupaba los problemas que podía traer su presencia en la mansión.
Estaba cansado de advertir a su hermana de que no podían mezclarse con el mundo de los mortales. Ellos eran vampiros y hacía más de un siglo que estuvieron a punto de ser exterminados por culpa de los hombres que les daban caza.
El clan de los vampiros había llegado a un acuerdo, en secreto, con las autoridades para establecer la paz entre los dos mundos. Pero era necesario ser precavidos y, sobre todo, prudentes. Todavía había gente que los buscaba para darles muerte, y vampiros que rompían el acuerdo para alimentarse de la sangre humana.
Los caprichos de Xiana rozaban lo inadmisible dentro de ese pacto y Gael temía que, antes o después, tendría que imponer su voluntad de alguna manera más explícita.
(Continuará).


miércoles, 6 de febrero de 2019

ROSAS ROJAS PARA LAS DAMAS




A medida que se acercaba a la tumba donde reposaban los restos de su madre, Catherine comprobó, sorprendida, que un hombre alto, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, de buen porte, dejaba una rosa roja sobre la lápida de mármol.
El hombre la vio venir de soslayo y se alejó. Catherine cogió la rosa y la olfateó, preguntándose quién era ese hombre. Dejó la rosa y fue tras él.
Lo llamó varias veces pero el hombre no dio muestras de enterarse y se perdió en el interior de un carruaje que se marchó calle abajo.
Unos días más tarde, Catherine entró en un salón de té, acompañada por una amiga, Emily. Se sentaron en una mesa. Una camarera se acercó a ellas y pidieron té con pastelitos. En medio de la conversación, Emily llamó la atención de Catherine indicándole que había un hombre que no dejaba de mirarla. Se volvió con disimulo y, para su asombro, reconoció al hombre como el mismo que había visto en el cementerio. Así se lo dijo a su amiga, quien la miró intrigada.
─Deberías preguntarle por qué dejó la rosa en la tumba de tu madre ─sugirió Emily.
─Quizás se trató de un error ─dijo Catherine─. En esa zona del cementerio las lápidas son muy similares
─¿Un hombre deja una rosa roja ─recalcó esta dos últimas palabras─ en una lápida y te parece un error? Yo no habría dejado pasar por alto ese… error. Después de todo se trataría de la tumba de mi madre y…
─¡Está bien! ─la interrumpió, impaciente, Catherine─. Me acercaré a él y le preguntaré por qué lo hizo.
Catherine se levantó, alisó la falda y caminó hasta el hombre quien, en ese momento, miraba la hora en un reloj de bolsillo. La joven se situó delante de él. El hombre levantó la vista y la miró sin inmutarse.
─Esperaba a alguien pero no a usted ─comentó─. Aunque no me importaría compartir parte de la tarde con una joven tan bonita ─le ofreció asiento indicándoselo con la mano.
Catherine miró a su amiga enarcando una ceja, extrañada por la actitud del hombre pero aceptó la invitación y se sentó.
─¿Cómo se llama? ─preguntó él.
─Catherine Knight. (Nota de la Autora: Knight con “k” es caballero en inglés. Sin “k” es noche. El juego de palabras que viene a continuación no se puede realizar en castellano).
─Knight… Curioso apellido para una dama. Su padre era un caballero o tuvo un encuentro clandestino en una noche con su madre.
Catherine se molestó con la observación del hombre pues, lejos de preguntar, lo que también sería una osadía, se atrevió a hacer una afirmación de muy mal gusto.
─Mi padre era un caballero, señor ─replicó, molesta.
─¿Era?
─Sí. Falleció poco antes de nacer yo ─explicó preguntándose por qué comentaba intimidades con un desconocido.
─Entonces la noche se cernió sobre el caballero ─comentó el hombre, taciturno.
Catherine lo miró confusa. Levantó la cabeza desafiante para demostrarle que no permitiría que jugase con ella.
─¿Cuál es su nombre? ─le preguntó.
─Si se lo dijese no me creería ─mostró una bonita sonrisa que suavizaba sus rasgos todavía viriles y atractivos para su edad─. Puede llamarme Charles.
─Señor Charles. Usted ha estado recientemente delante de la tumba de mi madre y ha dejado una rosa roja sobre ella.
─Es posible.
Catherine parpadeó confusa. Se inclinó hacia delante apoyando los codos sobre la mesa, aun sabiendo que no era una postura muy femenina, sobre todo en un lugar frecuentado por damas distinguidas de la sociedad. Un rizo rebelde, rojo como las hojas de otoño, cayó sobre su frente, debajo del ala del sombrero, realzando los ojos grises que, curiosamente, tenían el mismo color que los de él.
─Yo le he visto allí. ¡No puede negarlo!
─No tengo intención de hacerlo ─comentó con calma. Sacó de nuevo su reloj y miró la hora─. Lamento tener que interrumpir esta conversación tan atípica pero debo irme.
─¿No estaba esperando a alguien?
─Así es, pero el tiempo de espera ha concluido ─se levantó y dejó unas monedas sobre la mesa.
─¡Pero yo no he terminado de hablar con usted! ¿Por qué ha dejado esa rosa en la tumba de mi madre?
─Lo siento. Tengo cosas que hacer y no puedo demorarlas. Que tenga una buena tarde, señorita Knight.
Charles se disponía a irse, mientras Catherine se acercó apresurada a su amiga y se disculpó por no quedar con ella; estaba decidida a ir detrás de él.
Al salir del local lo vio cruzar la calle. Le siguió. Llegaron hasta un jardín donde se adentró. Charles era alto y tenía los pasos largos, así que Catherine tuvo que correr para no perderlo de vista entre la multitud.
Varios niños que estaban jugando con un aro, la obligaron a detenerse. Temió perder de vista al hombre pero observó agradecida que él se había detenido a hablar con un hombre mayor que él.
Catherine se detuvo junto a un árbol para que no la viera e inició la marcha cuando Charles se despidió del otro hombre y continuó caminado.
De pronto, antes de salir del parque, Charles se detuvo y se volvió tan rápido que ella no tuvo tiempo de reaccionar. El hombre desanduvo sus pasos hasta llegar junto a ella. Catherine sintió como sus mejillas ardían. Intentó pensar una excusa pero no se le ocurrió ninguna.
─Si tiene tanto interés en venir conmigo hasta mi casa, dígalo ─habló él.
─Yo… yo…
─¡Vamos, no balbucee como si fuera una niña! ─exclamó molesto─. ¡Venga!

Charles reanudó la marcha y, al poco rato, se dio la vuelta y comprobó que ella seguía en el mismo sitio, tiesa como una estatua.
─¡Vamos! ¿A qué espera? Hasta ahora me seguía sin ningún problema ─esbozó una sonrisa y Catherine echó a correr hasta ponerse a su altura.
Enfrente del jardín había una fila de casas que tenían la fachada de piedra clara. Charles subió los escalones que llevaban a la puerta principal, y Catherine aprovechó para curiosear el buzón donde leyó un nombre que la dejó perpleja: Lord Charles Percival Knigth Wellintong. Miró a Charles sorprendida, con la boca abierta, pero él estaba abriendo la puerta y, si vio su cara de sorpresa, no lo demostró ni hizo comentario alguno.
Entraron en la casa y una mujer mayor se apresuró a recibir al hombre. Le cogió el sombrero, el abrigo, los guantes y la bufanda.
─¿Ha sido una tarde provechosa, lord Charles? ─preguntó la mujer.
─Todavía no estoy seguro, señora Margaret ─respondió mirando a la joven con un extraño brillo en los ojos─. Por favor, sirva un té a la señorita. Me consta que no lo ha tomado en el salón de té por mi culpa.
─No ha sido por su culpa ─replicó ella.
─El interés que ha mostrado por mí la distrajo de tomar el té que le había servido la camarera. Por lo tanto, me considero culpable, en cierta medida ─sonrió─. Acompáñeme, por favor. Estaremos en mi despacho, señora Margaret.
La joven entregó el abrigo y sus guantes a la señora Margaret y siguió al hombre hasta el despacho. La habitación estaba decorada con muebles de exquisita calidad. En el suelo había una columna de libros y sobre la mesa escritorio,
además de los útiles propios de escritura, había un praxinoscopio. Catherine se acercó a él para observarlo con detalle. Le recordaba a una máquina similar que había tenido cuando era niña.
─Por favor, no lo haga funcionar ─pidió él, mostrando por primera vez, un nerviosismo inesperado.
Catherine se alejó de la mesa y se sentó en una silla. El hombre se llevó la mano a la frente y frotó las sienes. Se sentó en el sillón de alto respaldo que había al otro lado del escritorio y miró a la joven con interés.
─Así que es lord… Pero todavía no ha respondido a mi pregunta ─dijo ella.
─Lo sé.
─¿Va a hacerlo? Creo que tengo derecho a saber qué le une a mi madre.
─¿Por qué cree que me une algo a su madre?
─¡Es obvio! Le ha dejado una rosa roja en la tumba. La gente no va por ahí dejando flores en tumbas de desconocidos.
La señora Margaret entró en el despacho y dejó sobre la mesa la bandeja donde traía un servicio de té para los dos.
─Me he tomado la molestia de traer una taza para usted, lord Charles. Hoy hace frío y le sentará bien una tacita de té.
─Es usted muy amable, señora Margaret. Ya lo sirvo yo. Puede retirarse. Gracias.
La señora Margaret salió de la estancia y cerró la puerta. Catherine se ofreció a servir el té y él asintió.
─Supongo que no tendrá por costumbre dejar rosas en las tumbas de desconocidos, ¿verdad? ─comentó mientras preparaba la taza de té─. ¿Azúcar?
─No. Lo tomo solo con limón.
─Igual que yo ─dijo ella y sonrió.
Lord Charles observó que se le formaban hoyuelos en las mejillas cuando sonreía y le trajo un buen recuerdo. Cogió la taza que le ofreció ella y bebió un sorbo de la bebida.
─Y bien, lord Charles ¿va a darme una explicación? ─preguntó la joven mirando por encima de la taza al hombre.
El hombre dejó la taza en la mesa y miró el praxinoscopio. La preocupación dibujó arrugas en su frente y sus ojos grises se oscurecieron.  
─Me gusta coleccionar objetos que proyectan imágenes. La fotografía es un invento fascinante, ¿no le parece? –la miró y ella asintió─. La humanidad siempre se sintió atraída por las imágenes artísticas desde los albores del tiempo. No me gusta presumir pero es muy probable que tenga en mi poder la mejor colección de objetos relacionados con la imagen en movimiento: traumatropos, fenaquisticopios, zóotropos, praxinoscopios, teatro praxinocóspicos, toupe fantoche. Uno de ellos es éste. Es un praxinoscopio –señaló el objeto del escritorio─. Aparentemente es una máquina normal. Como tantos otros, tiene una sucesión de imágenes que, una vez activado con la manivela, empieza a girar y la crea una imagen en movimiento. En concreto, en éste, se puede ver a una mujer besando a un pájaro que está posado en su mano –hizo una pausa─. No debería suceder nada más, sin embargo, he descubierto que este objeto, por alguna extraña razón, enseña algo más que no está ahí. Me han dicho que es un objeto maldito. 
Catherine dio un  respingo en la silla. Tuvo que sujetar con dos manos la taza para evitar que cayera y la dejó sobre el escritorio. El praxinoscopio que ella había tenido de niña también ofrecía la imagen de una mujer besando a un pájaro. Pero, en ese momento, se centró más en lo que había dicho lord Charles, que la máquina estaba maldita. 
─No le entiendo –dijo─. Usted no parece la clase de hombre que cree en supersticiones. 
─Y no lo soy. Mi mente es racional, se lo aseguro. Pero, algunas veces suceden cosas que nos enfrentan a nuestros temores más ocultos, ponen en duda nuestras convicciones más racionales y atormentan nuestras mentes tranquilas. Le aseguro que he leído mucho sobre lo que he vivido durante los últimos tres años –señaló la columna de libros─, y he hablado con gente que dice conocer sobre estos temas, incluso también comenté el problema con científicos que, desde luego, no han sabido darme respuestas satisfactorias. Solo hallé consuelo entre la gente supersticiosa. Una mujer, considerada como una de las médiums más prestigiosas del país, pudo ayudarme a hallar un poco de paz. 
─¡Un momento! –pidió Catherine─. ¿Está hablando de espíritus?  
Lord Charles se recostó en el sillón y guardó silencio un rato. 
─Le diré qué fenómeno se produce en ese praxinoscopio para que entienda lo que trato de explicar. Hace tres años que tengo esta máquina en mi poder. La primera vez que la hice funcionar para comprobar cómo era la imagen que ofrecía, no pasó nada especial. Sin embargo, en una ocasión en la que se la dejé a un amigo, después de mirarla, se mostró extrañado y casi asustado. Al principio no quiso decirme el motivo de su inquietud pero, tras mi insistencia, me aconsejó que me deshiciera del objeto pues, según él,  había algo extraño en las imágenes. Me dijo que se veían unas caras difusas. Por supuesto, no le di importancia. Pensé que la rapidez con que se sucede la imagen en movimiento le había hecho ver una ilusión óptica adicional. Ese mismo día, por la noche, volví a mirar las imágenes del praxinoscopio. Como dije, se veía una mujer besando un pájaro pero, a medida que avanzaba la imagen con mayor velocidad empecé a ver otras imágenes que se superponían. Al principio no pude reconocer ninguna forma definida pero, al cabo de unos días, tras mi empeño por averiguar a qué se debía ese fenómeno, que insistí en considerar una ilusión óptica, las imágenes empezaron a tomar forma. Ante mi asombro pude distinguir los rostros de diferentes mujeres. Y eso no era lo más extraño. Esas mujeres no me resultaban desconocidas. Todas ellas habían pasado por mi vida en algún momento. 
─¿Estaba entre ellas mi madre? –preguntó Catherine. 
─Sí. 
─¿Por qué? ¿Acaso usted y ella…? 
─Déjeme continuar con la historia y lo comprenderá –bebió un sorbo de té para aclarar la garganta─. Un día tras otro comprobaba que el fenómeno se repetía. Así que intenté analizarlo desde la lógica. No podía tratarse de una alucinación provocada por alguna sustancia excitante. Bebo y fumo poco, y no tomo medicinas ni  ninguna otra sustancia que pueda alterar la conciencia. La habitación, como puede comprobar, está bien ventilada. Así que tampoco hay elementos externos que puedan alterar la conciencia. Los científicos insistían en que tenía que tratarse de una alucinación provocada por algo: un estado febril, una sustancia que tomaba con desconocimiento ─rió divertido─. Le aseguro que tengo amigos en ese gremio y, todos ellos, insistían en lo mismo, incluso conociéndome bien. Siguiendo el consejo de un amigo, decidí tomarme unas vacaciones en el sur. Fui a Italia, Francia, España. Llevé conmigo el praxinoscopio y, allí donde lo miraba, se veían los mismos rostros. Entonces decidí hablar con una mujer que conocí en Sevilla. Echaba las cartas de tarot y, según ella, también se comunicaba con los espíritus. Para mí todo eso eran supersticiones, tonterías. Pero sus palabras me sorprendieron. Me dijo que esas mujeres que aparecían en la máquina habían fallecido, algunas de ellas en edades tempranas, otras más mayores, aunque ninguna llegó a la vejez. Y todas tenían algo en común, además de haberme conocido, habían sido desgraciadas en el amor. No solo por no encontrar a quien las amara, sino por conocer hombres que las maltrataron de diferentes maneras. Solo un hombre había sido respetuoso con ella, a pesar de que la relación con él nunca fue duradera. Ese hombre era yo –calló y aspiró aire profundamente, como si continuar con la historia le agotara mentalmente─. Cuando regresé a Londres, contraté los servicios de un detective privado para que investigara la suerte que habían corrido esas mujeres. Necesitaba saber si en verdad estaban muertas. Y también quería saber qué relación tenía el praxonoscopio con ellas. Por otro lado, hablé con personas que estudiaban y creían en el espiritismo. Un día, el detective me confirmó el fallecimiento de las mujeres. Y todas ellas habían poseído la máquina en algún momento de sus vidas. Los espiritistas me dijeron que, seguramente esas mujeres querían ponerse en contacto conmigo a través de la máquina, quizás para agradecer mi buena actitud para con ellas. Están seguros de que no quieren hacerme daño o, de lo contrario habrían aparecido como espíritus agresivos. Sea como fuere me he sentido en la obligación de presentar mis respetos hacia ellas y no se me ocurrió mejor manera que hacerlo ofreciendo una rosa roja porque siempre les regalaba rosas rojas cuando las cortejaba. Desde que llevo a cabo esta misión, cada vez veo menos caras en el praxinoscopio. Supongo que, de algún modo, he conseguido que sus espíritus descansen en paz.

Catherine se sentía tan fascinada como perpleja por la historia que le había contado lord Charles. Pero lo que en verdad la sorprendía era saber  que su madre y el lord habían tenido una relación sentimental. 
─¿Cuándo conoció a mi madre? –preguntó. 
─Hace veintidós años. 
─¡Oh, Dios mío! Yo voy a cumplir veintidós años dentro de unos meses –dijo Catherine sin salir de su asombro. 
─Lo sé. Y te apellidas Knight –la trató con familiaridad.  
─¡Usted es… mi padre! 
─Sí.  
─¿Cuándo lo descubrió?  
─Siempre lo supe. ¿Por qué crees que llevas mi apellido? 
─Pero yo nunca supe de usted. ¿Por qué nos dejó? –preguntó seria. 
Lord Charles se echó hacia adelante y miró fijamente a la joven. 
─Supongo que en mi juventud no fui tan caballero como me creía y dejé que una larga noche se interpusiera entre nosotros. 
Catherine se fue de aquella casa con la convicción de que un nuevo futuro, totalmente inesperado,  se presentaba ante ella pero sin estar segura de cómo debía afrontarlo.  
Cuando se adentró en el jardín vio a una mujer vendiendo flores. Se acercó a ella y compró una rosa roja. Se dio la vuelta y vio a lord Charles mirándola a través de una ventana. Tras él, para su asombro, había una imagen difusa de una mujer que pudo identificar como su madre. 



TORMENTA DE PRIMAVERA (15)