domingo, 31 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO IX




Ante la falta de sueño, Gael salió de la habitación y caminó por el pasillo hasta el dormitorio donde dormía Aldara. Apoyó la oreja contra la puerta para escuchar. Podía percibir la respiración profunda de la joven. Abrió la puerta, despacio y se asomó.
La muchacha dormía plácidamente. Gael entró en la estancia y se acercó a la cama. La luz de la luna creciente entraba por la ventana y sus rayos iluminaban su tez. Gael se inclinó hacia ella y aspiró su aroma a jazmín. Pasó un dedo por sus labios y se retiró. Apretó los puños conteniendo las emociones que lo embargaban. Salió de allí y se apoyó en la pared. Un sudor frío recorría su cuerpo.
Regresó a la habitación y paseó nervioso. Se sentó ante el escritorio, cogió papel y la pluma que mojó en el tintero y, sin dejar de ver el bello rostro de la muchacha en su pensamiento, empezó a componer una melodía.
Al alba, Gael seguía escribiendo la composición musical, llevado por un estado febril. No bajó a desayunar y ordenó a Mirta que no le molestara nadie, aunque deseaba encontrarse con Aldara otra vez. Cuando hacía una pausa cerraba los ojos para pensar en ella y repetía su nombre en voz alta.  
Xiana sabía que su hermano había retomado su faceta de compositor. La presencia de Aldara le estaba despertando de su largo letargo. Se alegraba, aunque también sentía celos. Ella, con su amor y devoción de hermana, nunca fue capaz de conseguir que Gael sintiera la suficiente pasión por la vida para interesarse otra vez por todo aquello cuanto amaba.  
Aldara preguntó por él pero Xiana solo le dijo que estaba cansado y no quería ser molestado. No le habló de la atracción que sentía él por ella, ni de que, gracias a ella, había vuelto a sentir interés por la música. 
Bajaron hasta la playa y Xiana le pidió ayuda para mover la barca hasta la orilla. Tuvieron que hacer un gran esfuerzo y terminaron acostándose dentro, jadeando y riendo. 
─En el horizonte se ven nubes ─comentó Aldara─. No creo que sea buena idea salir a navegar. 
─El exceso de prudencia es malo para la salud. 
─Yo creí que era todo lo contrario ─rió Aldara. 
Xiana se sentó y empezó a manejar los remos. Aldara también se sentó y se cubrió con la capa. Le gustaba el mar, su color, el olor y el ruido que podía ser salvaje e hipnótico. 
─Cerca de aquí hay un islote. Podemos ir hasta allí. Hay un faro donde vive el farero. Un viejo algo loco pero que cuenta historias muy interesantes. 
Aldara no dijo nada pero no le apetecía ir tan lejos cuando el cielo amenazaba con un temporal. Rezaba para que no se desatara estando ellas en altamar. Aunque tampoco le agradaba pensar que podían quedar atrapadas en el faro y se preguntaba qué haría y opinaría Gael de esta aventura.
Llegaron a la playa cuando empezaba a llover. Arrastraron la barca hasta unas rocas y Xiana la amarró a una de ellas. A Aldara le sorprendía la fuerza que tenía su amiga, a pesar de su aspecto menudo.
Corrieron hasta el faro y llamaron a la puerta. No tardó en abrirles un señor de mediana edad, rubio, y aspecto rudo. Llevaba bigotes largos y perilla recortada. Sonrió a Xiana y se hizo a un lado para que pudieran pasar las dos.
─Esta noche va a ser difícil ─dijo─. ¿Quién es su amiga, señorita? ─preguntó observando con atención a Aldara.
─Es la señorita Aldara.
─Creí que a su hermano no le gustaba tener forasteros en el palacio.
─Depende de la educación del forastero ─rió Xiana─. Sírvenos un café, por favor. Mi amiga ha empezado a temblar, aunque no sé si es de frío o miedo.
─Es frío ─se apresuró a decir Aldara, aunque también estaba algo asustada. Se sentía muy incómoda en el faro, junto a ese desconocía que no le inspiraba confianza.
─Nuestro amigo se llama Celso ─dijo Xiana.
Aldara pensó que ese hombre no era su amigo y dudaba mucho que llegara a serlo.
Dejaron las capas sobre una silla y se sentaron junto a la cocina de hierro. Era la única fuente de calor del lugar pero, al menos, para esa habitación era suficiente, aunque se respiraba la humedad del océano.
Fuera empezó a tronar y la lluvia caía con más fuerza golpeando los cristales del faro sin piedad. El viento sacudía las ventanas y las puertas.
─No deberían haber venido un día como hoy, señorita Xiana ─dijo Celso ofreciendo una taza de porcelana rústica a cada una de ellas─. Con este tiempo no podrán regresar y don Gael se enfadará.
─Mi hermano está ocupado en su mundo y no se dará cuenta de que estamos aquí ─dijo Xiana.
Pero no era cierto. Gael dejó de escribir la composición musical y se asomó a la ventana. Se preguntó dónde estaría Aldara y, creyendo que podía encontrarla en la biblioteca se dirigió hacia allí.
Tras comprobar que las mujeres no se encontraban en la biblioteca, ni en el salón, se quedó parado en el vestíbulo y escuchó atentamente para percibir las voces o las respiraciones de ellas. Sin embargo, lo que llegaba a sus oídos no tenía que ver con Xiana, ni Aldara.
Llamó a Mirta tirando de un cordón que había al lado de la puerta del salón y esperó, impaciente, a que viniera. Pero la muchacha no respondía. Así que salió al vestíbulo y la llamó a voces.
La doncella dejó el cubo con agua sucia y el cepillo de fregar chimeneas y echó a correr. Estaba haciendo limpieza en la habitación donde dormía la señorita Aldara. Bajó corriendo las escaleras y entró en el salón donde Gael paseaba de un lado a otro, mostrando un rostro poco amigable.
─¿Me llamaba el señor?
─Sí. ¿Dónde están mi hermana y la señorita Aldara?
─No lo sé, señor. Sé que han salido de casa pero no me han dicho a dónde se dirigían.
─Algo me dice que mi hermana ha hecho una de las suyas ─comentó, pensativo─. ¡Menuda mierda! ─susurró entre dientes─. Voy a cambiarme y saldré a buscarlas. Deja mis botas y ropas de abrigo en la entrada. Y pide al mozo que ensille al caballo.
─Sí, señor.
Gael subió a su habitación y se cambió de ropas. Bajó al vestíbulo y cambió los zapatos por las botas altas para la lluvia. Se puso el abrigo, los guantes y el sombrero y salió del palacio. El mozo le esperaba delante de la puerta, sujetando al caballo. Gael se montó en el animal que relinchó nervioso. Llovía mucho y el ruido de la tormenta era ensordecedor.
─No debería salir con este tiempo, señor.
─Tengo que saber que mi hermana y la señorita Aldara se encuentran bien.
Gael espoleó al animal y se dirigieron hacia el  acantilado. Sin bajar del caballo pudo contemplar que la barca de su hermana no estaba en la arena.
Pensó que, tal vez, las olas se habían llevado la barca. No sería la primera vez que ocurría. Cuando el mar estaba embravecido desaparecía la playa. Hacia el horizonte se podía ver la luz del faro entre la niebla. Olfateó el aire y percibió el aroma de las mujeres. Sabía que se habían dirigido al islote.
─¡Maldita seas, Xiana! ¿Acaso quieres morir ahogada? ─se preguntó en voz alta─. ¿Pretendías impresionar a Aldara con tu estupidez?
Obligó al caballo a girarse para regresar al palacio. Esa noche no las vería pero esperaba que el tiempo mejorase para que pudieran regresar al día siguiente.
 Continuará.




martes, 26 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO VIII




Gael dejó de tocar el piano. Interrumpió la música de forma abrupta ante el asombro de las mujeres que salieron del dulce letargo al que se vieron sometidas con la melodía.
Miró a Aldara con tanta intensidad que la joven se ruborizó.
─¿Desea  cantar ahora, Aldara? ─le preguntó.
El sonido de su nombre en los labios de él la estremeció.
─Sí ─asintió.
Se acercó al piano y miró indecisa a Xiana.
─¿A qué categoría pertenece su voz? ─preguntó.
─Soprano.
─¿Le suena “O bellisimi capelli” de Falconieri?
─Sí ─sonrió.
Gael empezó a tocar y Aldara cantó con una voz clara y brillante. Gael asintió complacido ante tanta belleza y Aldara dio lo mejor de sí misma.
Cuando terminó el aria se miraron durante un largo rato, en silencio. Durante esos momentos parecía que no había nadie más en el mundo.
Xiana se levantó y se acercó a ellos, aplaudiendo. La miraron como si recordasen que no estaban solos. Gael se levantó.
─Canta muy bien. Buscaré un profesor para que le de clases.
─Gracias. Pero yo no puedo pagar clases de canto. Lo poco que sé lo aprendí en el orfanato.
─No se preocupe por eso.
─Te he traído hasta aquí porque sabía que mi hermano no dudaría en ayudarte, Aldara ─dijo Xiana─. Hazle caso y no te preocupes de los detalles.
─Bien. Así haré. Gracias ─´sonrió agradecida─. Creo que voy a retirarme. Necesito descansar.
─Sí, por supuesto ─asintió Gael.
─Que pases una buena noche, Aldara. ¡Mirta, acompaña a la señorita a su habitación! ─pidió Xiana.
La doncella, que esperaba sentada en una silla en el pasillo, obedeció y acompañó a la joven.
Mientras subían las escaleras Aldara, emocionada, comentó:
─Don Gael y su hermana son muy buenos, ¿verdad?
Mirta la miró horrorizada durante unos segundos pero se dio cuenta de su error y esquivó de inmediato la mirada. Asintió con la cabeza.
Xiana llenó las copas de jerez y se sentó. Gael caminó hasta la ventana. Bebió un trago y exhaló un suspiro.
─No has debido traerla ─susurró.
─Te ha impresionado.
─Demasiado.
─Tienes derecho a ser feliz de nuevo, hermano. Si te gusta, no luches contra tus sentimientos.
─Tú no lo comprendes. Estás acostumbrada a dejarte llevar por tus impulsos.
─¿Y por qué no haces tú lo mismo? ─se levantó y se acercó hasta él, dejando la copa sobre una mesa─. ¿Por qué te atormentas con lo que sucedió en el pasado?
─No puedo evitarlo.
─Ya es hora de olvidarlo, Gael. Vive y sé feliz. Esa joven también se siente atraída por ti. No la dejes escapar.
─Tú lo has dicho ─la miró─. Es joven. Demasiado joven e inocente.
Gael dejó la copa sobre una mesa y se retiró. Xiana chascó la lengua. No tenía ganas de acostarse todavía, así que salió afuera para pasear un rato por el jardín.
Con suerte se encontraría con el mozo de las caballerizas y coquetearía un rato con él.
Continuará.




jueves, 21 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO VII




Cuando Mirta llegó al Palacio de los Cisnes desconocía que los hermanos de Ramírez eran vampiros.
A su llegada al pueblo, escuchó rumores sobre el comportamiento extraño de los hermanos. Decían que eran solitarios, incluso parecían rehuir a la gente, aunque sabían que la señorita Xiana frecuentaba, de vez en cuando, la ciudad.
No se conocía que recibieran visitas, así que no debían tener amigos, ni conocidos.
Algunos aseguraban que, en una ocasión, hacía mucho tiempo, había vivido con ellos un sacerdote joven. Sin embargo nunca los vieron asistir a actos religiosos. Ni siquiera cuando fallecieron dos niñas en el pueblo, por extrañas circunstancias. Cierto era que el señor Gael había visitado a los padres de ambas y transmitió sus condolencias pero no asistió a la misa, ni al entierro, así como tampoco lo hizo la hermana.
Mirta no hizo caso a quienes la aconsejaron que no fuera al palacio a buscar trabajo. No tenía dinero, no quería mendigar y no quería creer que los hermanos podían ser malos solo por no ser creyentes.
La primera persona que la recibió cuando llegó fue la señorita Xiana. A Mirta le llamó la atención el rojo de sus labios. Pocas mujeres se atrevían a pintarse de una manera tan llamativa. Aunque ella podía hacerlo. Era muy bonita y se desenvolvía con mucha seguridad.
Más tarde descubriría que el hermano, don Gael, la mimaba en exceso consintiéndole todo tipo de caprichos. A veces, eso le traía problemas y se enfadaba con ella pero no cambiaba su actitud. Era como si tuviese miedo de verla infeliz o, quizás, la soledad de ambos era un aliciente para que le permitiera los caprichos.
La vida en el palacio transcurría con normalidad. Cierto era que sus señores vivían aislados. El señor Gael solo se ausentaba para visitar sus tierras y hablar con los trabajadores. Pero el palacio estaba sumido en una triste soledad. La señorita Xiana viajó a la ciudad una vez y la llevó a ella consigo. Entonces, Mirta no vio que se comportara de una forma pecaminosa, como hablaban las malas lenguas. Aunque tampoco podía decir que la había acompañado a todos los sitios que frecuentara.
Mirta agradecía la tranquilidad que se vivía en el palacio. Las tareas eran fáciles de llevar y podía dedicarse a pasear por la playa, cuando le tiempo lo permitía.
Un día descubrió algo que la sorprendió y asustó, e hizo que su vida diera un giro.
Sucedió pocos meses después de estar en el palacio. La señorita Xiana y su hermano se enzarzaron en una fuerte discusión. Él parecía muy enfadado, tanto que elevaba la voz más de lo habitual.
Xiana se quejaba de su encierro y el aburrimiento que la estaba volviendo loca. Quería traer a alguien al palacio a vivir con ella, pero él se negaba y le recordó la última vez que había traído a un supuesto amigo y dónde estaba ahora.
Mirta, que no acostumbraba a escuchar las conversaciones privadas, no pudo evitar acercarse a la puerta, que estaba entreabierta para prestar atención.
─¡No es necesario que me recuerdes ese incidente, Gael! ─exclamó ella─. Vivo con esa pesadilla desde entonces.
─Permíteme que lo dude, hermanita. No es la única pesadilla que deberías tener. En las mazmorras hay varias tumbas donde oculté a los amiguitos que trajiste a esta casa sin mi permiso.
Mirta se horrorizó al oír las palabras de su señor y retrocedió unos pasos. Creyó no haber hecho ruido pero las faldas crujieron y dentro de la habitación se produjo un silencio.
Sin saber cómo, Xiana apareció a su lado, cerrándole el paso. La miró fijamente y la recriminó por indiscreta.
Al contrario de lo que esperaba Mirta, la reprimenda no pasó de ahí y pudo regresar a su habitación. No fue despedida ni se volvió a repetir la regañina.
Sin embargo, Mirta no podía vivir tranquila y empezó a tener miedo a sus señores.
Hasta hacía poco, miraba y admiraba a don Gael con verdadera devoción, no solo por su físico y sus maneras. Ahora no podía ni mirarle a la cara. Y las veces que lo hacía, veía sus ojos penetrantes, inquisidores, que la acusaban por su atrevimiento y la amenazaban.
Con el paso de los días, le parecía que la señorita Xiana la miraba de igual modo, y se le hacía insoportable.
Los nervios se apoderaron de ella y le afectaron física y psicológicamente, volviéndose una persona de aspecto enfermizo.
Llegó un día en el que decidió que debía irse de allí cuanto antes. Una noche, recogió las pocas cosas que tenía y salió por la puerta de atrás del palacio. Se aseguró de que nadie la había visto y apuró los pasos hasta la entrada del camino.
Para su sorpresa, en ese mismo lugar la estaban esperando don Gael y la señorita Xiana. Mirta se detuvo. Dejó caer la bolsa de equipaje y empezó a temblar.
Su señor, Gael se acercó a ella con tanta rapidez que parecía volar sobre el césped. Entonces Mirta recordó los cuentos que le contaban de niña y las historias que comentaba la gente y comprendió que sus señores eran vampiros.
─¿Vas a alguna parte, Mirta? ─le preguntó.
─¿Nos abandonas en mitad de la noche? ─preguntó la hermana que también apareció a su lado de una forma misteriosa.
─Yo… ─Mirta no supo qué responder. Un inmenso terror se apoderó de ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas y resbalaron por sus mejillas, en silencio. Temía por su vida pero no tenía fuerzas para defenderse.
Don Gael se acercó más a ella. Cogió con una mano el cuello de Mirta y le hizo un corte en la yugular, con una uña. Untó el dedo en la sangre que manaba de la herida y se llevó el dedo a la boca. Repitió la operación y acercó el dedo a su hermana, que lo saboreó con deleite. Luego mojó el dedo nuevamente y lo pasó por los labios de Mirta.
─Te dije que tendría buen sabor. Vivir en nuestro hogar le ha sentado bien. Venía muy flaca y ahora tiene mejor aspecto ─dijo Xiana.
─Miras mal, hermana. Hace tiempo que Mirta nos teme ─dijo él y esbozó una sonrisa enigmática.
─Por favor, no me hagan daño ─suplicó Mirta─. Déjenme marchar.
─No, Mirta. Nos gusta como trabajas y permanecerás en nuestro palacio mucho tiempo. No debes preocuparte. No te haremos daño. Solo te exigimos que guardes silencio de cuanto sabes de nosotros.
─Si rompes el pacto… ─empezó a decir Xiana.
─Las amenazas no son necesarias ─la interrumpió Gael─. Regresa a tu habitación, Mirta.
Mirta obedeció al señor. Ninguno de los dos hermanos volvió a recordarle esa noche y la trataron como si nada hubiese sucedido.
Pero Mirta nunca volvió a ser la misma. Su físico cambió. Había adelgazado y siempre estaba pálida y ojerosa, aunque sabía que ellos no se alimentaban de su sangre. Dormía mal y tenía miedo de ellos. Y soñaba con huir de allí.
Continuará.





lunes, 18 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO VI




Durante la cena, Xiana fue quien llevó el mayor peso de la conversación hablando de cuantas experiencias había vivido en la ciudad.
A Aldara le sorprendía que una mujer pudiera comentar con tanta frivolidad sus encuentros amorosos con hombres. Incluso llegó a sentir vergüenza y se sonrojó.
Gael se dio cuenta de la incomodidad de la joven e interrumpió a su hermana.
─Hermana estás avergonzando a nuestra invitada con tus exageraciones.
Xiana parpadeó confusa. Durante unos momentos había olvidado que su nueva amiga era inocente.
─Lo siento ─dijo─. Querida ─la miró─ debes recordar que soy mayor que tú y, aunque soltera, he conocido la vida de una mujer casada. Me niego a vivir recluida en una casa como si fuera una beata mojigata.
─Yo… yo… no sé qué decir ─habló Aldara con timidez.

─Por favor, no se inquiete ─le pidió Gael─. Mi hermana puede ser muy exagerada cuando se comenta sus experiencias ─dirigió una mirada recriminatoria a su hermana──. Le aseguro, señorita Aldara, que no va a ver ningún comportamiento escandaloso en esta casa.
Xiana intentó disimular una sonrisa bebiendo un trago de vino.
─Mi hermano dice la verdad. En esta casa se vive con decoro. Tanto que llega a ser opresivo. Son las reglas que Gael impone desde hace mucho tiempo. ¡Cambiemos de tema! ─pidió antes de enfadar a su hermano─. Gael tienes que escuchar cantar a Aldara. ¿Por qué no tocas algo al piano después de la cena?
─Sabes que hace tiempo que no toco nada ─contestó él, incómodo.
─Pero mantienes los instrumentos afinados. Eso es porque ansías volver a tocar algún día y ¿qué mejor día que hoy para escuchar a Aldara?
Gael permaneció pensativo un rato. Deseaba oír cantar a la joven pero no se sentía preparado para volver a tocar el piano, ni el violín.
Hacía muchos años que la alegría había desaparecido de su hogar y temía que su corazón no estuviese dispuestos a volver a sentir la paz y la pasión que vivió un día.
Tras la cena entraron en un salón. Xiana se acercó al piano, levantó la tapa y tocó algunas teclas.
─¿Tú también sabes tocar? ─preguntó Aldara.
─Sí, pero no como Gael. Él toca con sentimiento y maestría cada pieza. No solo las que ha escrito, sino las de otros compositores. Su sensibilidad hace que parezcan obras de su propia creación. ¿Recuerdas los aplausos que arrancabas al público? ─le miró sonriente─. Las mujeres se desmayaban y los hombres te envidiaban. ¡Por favor, Gael, toca algo! ─suplicó.
Gael se acercó al piano y se sentó en el banco. Sus largos dedos acariciaron las teclas con delicadeza, como si fueran frágiles y temiera romperlas. Sintió el deseo de cerrar la tapa pero miró a Aldara. Los azules ojos de ella le miraban con tanta dulzura que se dejó llevar por el recuerdo de viejos sentimientos y empezó a tocar una “Quasi una fantasia” de Beethoven, más conocida como “Claro de Luna”.
La música inundó el salón y recorrió todos los rincones del palacio llegando a los oídos de los sirvientes que vivían en él.
Mirta se estremeció. Al contrario que Aldara, quien sentía como las notas musicales acariciaban su ser despertando sentimientos hasta ahora desconocidos para ella, la doncella sabía que ese sonido era arrancado por las manos de un ser demoníaco. Tapó los oídos con las manos. No quería escuchar más. No quería someterse a los vampiros más de lo estrictamente necesario para su supervivencia. Sintió lástima por la señorita Aldara.
Continuará.


miércoles, 13 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO V




Pasaron la tarde en la biblioteca. Xiana se interesó, una vez más, por el pasado de Aldara, haciéndole las mismas preguntas que le había hecho poco después de conocerse.
Sin embargo, se mostraba esquiva para hablar de sí misma o de su hermano.
Lo único que averiguó Aldara fue que Gael amaba la música. Tocaba el piano y violín con la dulzura de un ángel y la maestría de un demonio.
Las composiciones que había escrito todavía sonaban en los más afamados teatros y las mejores reuniones sociales.
─Xiana, por favor, deja de aburrir a tu invitada exagerando mis virtudes.
La voz educada y profunda de Gael llenó la sala.
Las dos mujeres levantaron la mirada hacia la puerta. Gael caminó hasta ellas mostrando su porte esbelto y elegante.

─¡Querido hermano! ─Xiana se apresuró a abrazarlo─. Por fin puedo presentarte a nuestra invitada… Aldara. Tendió una mano hacia ella y la joven se levantó─. Mi hermano, don Gael de Ramírez.
El corazón de Aldara se aceleró bajo la mirada oscura y penetrante de él. Gael, a pesar de ser un hombre que podía tener unos cuarenta años, era muy atractivo. Tenía los cabellos oscuros ligeramente canosos y llevaba una barba bien cuidada. Cogió la mano de ella y la besó educadamente.
─Es un placer conocerla, señorita Aldara. Espero que se sienta cómoda en nuestra casa.
─Gracias. Su hermana consigue que me sienta bien, don Gael.
─Por favor, llámeme solo Gael. Mirta sírvenos un jerez ─pidió volviéndose hacia la sirvienta─. Así que le gusta la música…
La doncella, que había entrado detrás del señor y se mantenía en un discreto segundo plano, se apresuró a obedecer.
─Sí, mucho ─respondió Aldara─. Mis padres me inculcaron el amor por ella en los pocos años que compartimos, antes de que… fallecieran.
Xiana ayudó a Mirta a servir las copas. Aldara y Gael se sentaron uno frente al otro.
─¿Era muy joven cuando sus padres fallecieron?
─Tenía ocho años.
─¿No tiene más familia?
─No. Bueno, sí. Un tío. Pero está en las Américas y no quiso hacerse cargo de mí, aunque, de vez en cuando, me enviaba dinero al orfanato.
─Mi hermana y yo también quedamos huérfanos a temprana edad. Nos cuidaron unos parientes lejanos.
─Así es ─asintió Xiana, quien se había sentado al lado de Aldara─. Gracias a ellos viajamos a muchos sitios ─bebió un trago de licor y miró a su hermano por encima de la copa, con complicidad.
Gael le devolvió la mirada pero Xiana pudo ver que todavía estaba disgustado con ella, aunque confiaba en que se le pasaría pronto. Había visto como miraba a Aldara, con un interés y una pasión contenida como hacía siglos que no mostraba.
Continuará.


viernes, 8 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO IV




Después del desayuno salieron a pasear por los jardines. Los setos de boj bordeaban caminos laberínticos que conducían al estanque. En algunos jardines más pequeños sobresalían los arbustos florales y alguna fuente de piedra donde bajaban los pajarillos a beber y bañarse. También se disponían bancos diversos para que los paseantes pudieran descansar y disfrutar del paisaje.
Se sentaron frente al estanque y contemplaron a los cisnes que se deslizaban en el agua con su típica elegancia cautivadora.
─Es un lugar precioso ─comentó Aldara─. Y está muy bien cuidado. Pero no sé ve a nadie cuidándolo ─miro alrededor.
─El jardinero vive en el pueblo y viene tres días a la semana. A mi hermano no le gusta estar rodeado de gente, así que en la mansión solo viven los criados que son esenciales para ejercer las actividades diarias. Hay una cocinera, mi doncella, y un mozo que se encarga de cuidar a los caballos y conduce el coche. Una vez al mes vienen algunas mujeres del pueblo para ayudar a Mirta a hacer limpieza general. Tenemos todo bajo control ─explicó Xiana.
─Espero que a tu hermano no le haya parecido mal que me invitaras.
─En realidad, está encantado ─sonrió─. ¡Ven! Todavía no has tenido oportunidad de ver la vista más espectacular. Está más allá de la entrada de la mansión. Desde ella solo se puede ver a través de los árboles que hay en el bosque de la entrada. Aún así, es magnífica.
Rodearon la mansión y bajaron por el camino principal. Cruzaron un pequeño bosque.
─¿No lo oyes? ─preguntó Xiana apurando el paso.
─¡El mar! ─exclamó Aldara, entusiasmada.
Corrieron por el bosque hasta que llegaron al inicio de un acantilado. Xiana se detuvo. En el cielo había algunas nubes que reflejaban los rayos dorados del sol. El mar estaba tranquilo y tenía un color azul profundo.
─Me gusta vivir junto al mar. No hay nada que me transmita más energía ─comentó Xiana─. ¿Alguna vez lo habías visto antes?
─Solo una vez ─respondió Aldara sin dejar de contemplar el horizonte─. Cuando era niña.
─Ahora podrás disfrutar de él todos los días. Allí ─señaló hacia su derecha─ hay un camino por el que se puede descender a la playa donde guardo una barca. A mi hermano no le gusta que salga a navegar pero no puedo evitar llevarle la contraria ─rió.
Permanecieron un rato más mirando el mar. Después, Xiana cogió a Aldara de la mano y regresaron a la casa.
─Tengo hambre. Supongo que es hora de comer.

A petición de Xiana, la comida fue servida en la galería. Un lugar adornado con plantas en grandes macetas y los muebles eran de estilo colonial, rompiendo la decoración clásica del resto de la mansión. Desde allí se podía contemplar los jardines de atrás.
─No te dejes impresionar por mi hermano ─comentó de pronto Xiana.
─¿Qué quieres decir? ─la miró extrañada.
─Mi hermano tiene un porte y unas maneras de comportarse que pueden intimidar a cualquiera, y más a una joven inocente como tú ─sonrió─. No te cohíbas por eso. No le demuestres temor, ni cobardía ─añadió con un matiz de preocupación en su voz.
Aldara lamentó que su amiga le hubiese dicho eso, la advertencia en sí misma ya la ponía nerviosa. Ahora temía encontrarse con don Gael y se pregunta si Xiana había sido sincera cuando le manifestó que él había aceptado de buen grado tenerla como invitada en su mansión.
(Continuará).





sábado, 2 de marzo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO III






III

Despuntaba el alba cuando Aldara despertó. Miró a su alrededor y se asustó al no reconocer la habitación. Intentó hacer memoria y se acordó de que había hecho un viaje con una amiga, que la había invitado a su mansión, prometiéndole ofrecer clases de canto.
Se levantó. Le dolía la cabeza. Había dormido profundamente, sin soñar. Y era extraño, pues ella tenía el sueño ligero.
Se asomó a la ventana. Desde allí se podía ver la parte de atrás de la mansión, donde había un magnífico jardín lleno de rododendros, azaleas, adelfas y setos de boj. En medio, destacaba un estanque en el que nadaban varios cisnes.
─La Mansión de los Cisnes ─se dijo Aldara, recordando las palabras de su amiga, Xiana.

Aunque, no estaba muy segura de poder llamar “amiga” a una mujer a la que hacía pocos días que había conocido y que la había arrastrado a una nueva vida, sin contar con su opinión. Había querido resistir pero la voluntad de Xiana era más fuerte que la suya propia. Cierto era que se había manifestado excitada con la posibilidad de tener un profesor de canto para ella sola. Pero desconocía qué exigiría Xiana a cambio de ese favor. Porque si algo había aprendido en la vida la joven Aldara, era que todo tenía un precio en la vida.
La sobresaltó el toque que dio alguien en la puerta. Se giró sobre sus talones y entonces se dio cuenta de que todavía tenía puesto el vestido con el que había viajado.
La puerta se abrió y entró una muchacha que parecía poco mayor que ella. Tenía el rostro pálido, mirada asustadiza y cubría sus cabellos rojizos bajo una cofia.
─Buenos días, señorita. Soy Mirta, la doncella de la señorita Xiana. Me ha pedido que la atienda a usted. Tiene la ropa en el armario y la cómoda. En la habitación de al lado encontrará una bañera preparada. Supongo que querrá darse un baño.
─Sí, sí, claro ─asintió Aldara.
─Después del baño puede bajar al comedor para desayunar.
─Gracias. ¿Dónde se encuentra la señorita Xiana? ─preguntó Aldara.
─En su dormitorio. No acostumbra a madrugar.
─Me ha dicho que vive con su hermano, don Gael.
─Sí, así es. El señor ha salido temprano y todavía no ha regresado. ¿Necesita ayuda para el baño?
─No, no, gracias. Creo que podré apañármelas yo sola ─sonrió con timidez.
─Entonces, me retiro. Si necesita algo solo tiene que tirar de este cordón ─señaló una cuerda roja que colgaba al lado de la puerta principal.
─Gracias. Es usted muy amable.
─ ¡Oh, a mí no tiene que tratarme con deferencia, señorita! ─exclamó Mirta, turbada.
Aldara asintió sin saber cómo debía tratar exactamente a quien consideraba su igual.
El agua estaba caliente y tardó un poco en acostumbrarse a ella. Si tuviera más valor, habría llamado por Mirta para que le trajera agua fría. Pero ella no se creía con derecho a exigir nada, aunque era una invitada.
Salió de la bañera y se envolvió en una toalla de lino. Soltó los cabellos y se miró a un espejo de pie. Oyó que alguien entraba en la habitación y se agarró con fuerza al nudo de la toalla.
─ ¡Así que estás aquí! ─exclamó Xiana entrando en el cuarto y mostrando una gran sonrisa. El carmín rojo de sus labios resaltaba la blancura de los dientes.
─Sí, Mirta me dijo que tenía preparado el baño.
─Sí, por supuesto. Mientras estés aquí vivirás como una reina. Solo espero que tu estancia sea muy larga ─sonrió.
Aldara también esbozó una sonrisa tímida. Xiana regresó a la habitación y abrió el armario. Buscó un vestido para su amiga y cogió uno azul que dejó sobre la cama. En la cómoda cogió ropa íntima. La joven la miraba desde la puerta, sin poder evitar mostrarse cohibida.
─ ¿Es la primera vez que te vistes delante de una mujer? ─le preguntó, riendo divertida.
─No ─negó Aldara─. Solo es que… Todo esto es tan nuevo para mí.
─ ¿El qué es nuevo?
─Estar en una mansión como invitada. Que me preparen un baño.
─Entiendo ─se acercó a ella y le entregó la ropa íntima─. Vístete o te cogerá el frío. Te acostumbrarás a esto. Te espero en el comedor. No quiero incomodarte más ─rió.
Aldara sintió como sus mejillas se encendían y trató de sonreír.
(Continuará)





TORMENTA DE PRIMAVERA (15)