viernes, 26 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XV




Aldara terminó de bañarse y se cambió de ropas. Salió de la habitación y pasó por delante del dormitorio de Xiana.
La puerta estaba entreabierta. Se detuvo y escuchó a su amiga llorar. Quiso entrar pero vio venir a Gael y fue hasta él.
─Quizás me equivoque pero creo que se ha enojado con su hermana ─le dijo a modo de reproche.
─Tengo mis razones para enfadarme con ella ─replicó él.
─No debería hacerlo. Fui yo quien insistió en ir al faro.
Gael la miró con ternura y sonrió divertido.
─Es loable su actitud ─le dijo─. No se aflija porque mi hermana y yo discutamos de vez en cuando. Nuestras diferencias no nos separan, se lo aseguro. Yo ya la he perdonado y estoy seguro de que ella hará lo mismo conmigo.
Gael levantó la mirada y vio a su hermana, vestida en ropa interior, apoyada en el marco de la puerta. Bajó la mirada y entró en la habitación. Gael cogió a Aldara por un codo.
─Vamos al comedor. Mirta nos está esperando.
─¿No esperamos por Xiana? ─preguntó ella.
─Vendrá enseguida.
Pero Gael y Aldara tuvieron que comer solos, pues Xiana no se unió a ellos. Él aprovechó para comentarle que ya había enviado un telegrama a su abogado para que buscara un profesor de canto.
─…O profesora ─añadió.
─Es usted muy amable.
─Estoy seguro de que no necesitará muchas clases para que pueda dar un recital en breve en alguno de los mejores teatros de la ciudad.
─Esa sería mi mayor ilusión ─sonrió─. Desde niña sueño con cantar ante un público que se emociona con mi voz.
─Así será ─dijo Gael, pensativo.
A Aldara le pareció que él la miraba preocupado pero no se atrevió a preguntarle qué estaba pensando. Y si lo hiciese, él jamás se lo diría porque, aunque estaba haciendo todo lo posible para ayudarla, no se imaginaba el mismo futuro que ella ansiaba para sí, sino que la veía a su lado, viajando a diferentes países del mundo y disfrutando de su mutuo amor.
Terminaron de comer y entraron en el salón. Xiana se unió a ellos. Mirta sirvió café a los tres.
─¿Sigues molesta? ─preguntó Gael a su hermana.
Ella no respondió. Aldara, para aliviar la tensión, comentó a su amiga lo que le había dicho Gael durante la comida.
─Confiemos en que aparezca pronto alguien que pueda ayudarte a conseguir tu objetivo ─dijo Xiana, intentando sonreír─. ¿Te imaginas convertirte en una cantante famosa? Podrías viajar por todo el mundo. El público rindiéndose a tus pies… Los críticos hablando maravillas de ti.
─Vas a abrumar a Aldara ─dijo Gael.
Xiana soltó una breve carcajada y se levantó, con la copa en la mano. Se acercó a su hermano y apoyó un codo en el respaldo del sillón donde él estaba sentado.
─¡Mi hermano es muy considerado! ¡Has sido muy afortunada encontrándote con nosotros, Aldara! ─rió─. Pero su interés por ayudar puede convertirlo en alguien demasiado… paternalista. Quiero decir que, una vez que quieras levantar el vuelo, él deseará que permanezcas a nuestro lado, porque temerá por tu bienestar.
─Mi hermana exagera ─dijo Gael, molesto. Apretó las mandíbulas intentando contener su creciente ira.
─Es inevitable que algún día me vaya de aquí. Aunque siempre estaré agradecida por su ayuda y no me olvidaré ─dijo la joven bajando el tono de voz a medida que hablaba. Para su sorpresa se dio cuenta de que sus palabras expresaban temor. Miró a Gael, preocupada. Por primera vez en su vida convertirse en cantante no era lo que más le interesaba.

 Continuará.



martes, 23 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XIV




Durante el trayecto en barco, ninguno de los tres habló. Aldara podía sentir la mirada de Gael pero, para no incomodar a Xiana, no se atrevía a acercarse a él. La tensión entre los hermanos era más que evidente y Aldara no quería hacer algo que pudiera afectarles de alguna manera y provocar más malestar o distanciamiento.
En el puerto, Gael alquiló un caballo para su hermana y ayudó a montar a Aldara en el suyo. Después montó él y cogió la correa, espoleó al animal y se pusieron en camino hacia el palacio.
No quería pensar en los sentimientos que le despertaban la cercanía de la joven, pero sabía que cada vez le sería más difícil mostrarse indiferente.
Cuando llegaron al palacio y la ayudó a bajar del caballo sus miradas se cruzaron y, durante unos segundos, contuvieron la respiración. En ese instante sabían que sus corazones estaban condenados a entrelazarse.
Solo la actitud de Xiana, quien echó a correr hacia el palacio, llena de ira, los distrajo.
─Entra en casa. Seguro que estarás deseando darte un baño y descansar ─le dio Gael a Aldara y ella asintió.
Gael cogió por las riendas a los caballos y se dirigió al establo. Pidió a Marco que atendiera a los caballos y, más tarde, devolviera el alquilado a su dueño.
Se encaminó hacia la biblioteca pero se detuvo en el vestíbulo al ver que su hermana lo estaba esperando sentada en las escaleras.
─Deberías asearte, hermanita ─le dijo y siguió su camino. Ella fue tras él─. Ahora no me apetece hablar.
─Si estás enfadado dime lo que tengas que decir, Gael ─pidió ella─. La incertidumbre me exaspera.
─Lo que pudiera decirte lo sabes de sobra ─se volvió hacia ella─. Ya eres mayorcita y me conoces bien.
─Solo he dado un paseo en barca. No tengo culpa de que el tiempo se volviera desapacible.
─No sigas, por favor.
─Me ha molestado tu indiferencia. Parece que Aldara te importa más que yo.
─¿Me vas a hacer una escena de celos? ¡Eres increíble! ─sonrió con sarcasmo─. Por un lado insistes en que rehaga mi vida sentimental y, cuando parece que estoy interesado en una mujer, te molesta. No te entiendo.
─¡Pues deberías! Tú eres el primero en decir que no debemos involucrarnos emocionalmente con nadie para evitar que se ponga en riesgo nuestra identidad y, por tanto, nuestra seguridad. No me importa que tengas un “affair” con una mujer pero me doy cuenta de te estás enamorando, Gael.
─Y si es así, ¿qué te importa? Sé cuidar de nuestra seguridad. Siempre lo hice, al contrario que tú.
Xiana miró dolida a su hermano. En ese momento deseaba abofetearlo pero sabía que sería una grave imprudencia hacerlo.
─No hay momento en que no me reproches mis errores.
─Han sido muchos.
─¿Tú no te has equivocado nunca?
─Muchas veces. Pero no he repetido los mismos errores.
─¡Sí, claro! ─Aldara se dio la vuelta para que él no la viera llorar, pero Gael la obligó a mirarlo.
─Por favor, no llores. Sabes que no me gusta discutir contigo pero ya no sé cómo pedir que seas más prudente. Lo que hiciste ayer fue una osadía propia de una niña. Pusiste tu vida y la de Aldara en peligro.
─Intentaré…
─¡No! ─la interrumpió─. No, no digas más. No quiero que lo intentes, Xiana. Quiero que lo hagas.
Xiana se soltó de él y salió corriendo de la habitación. Gael aspiró aire con profundidad y lo exhaló despacio para controlar su crispación.
Continuará.



sábado, 20 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XIII





Después de un día y una noche de tormenta, los pescadores tenían bastante faena por hacer. Debían reparar redes, arreglar algún barco, arneses, y recoger la basura que el oleaje y el viento habían formado en el puerto.
Gael se acercó a ellos y les preguntó si alguno podía acercarlo al faro para rescatar a las mujeres. Mostró una bolsa de dinero.
Un hombre mayor se acercó a él y le señaló un barco que era de los más grandes que había en el puerto.
─Yo puedo llevarlo hasta allí, señor. Mi barco no ha resultado dañado.
─Se lo agradezco.
─Llevaremos a mi hijo con nosotros ─el hombre silbó y un joven de unos veinte años vino corriendo hasta ellos.
Tardaron un tiempo en poner el barco en marcha. El carbón estaba húmedo y no encendió fácilmente.
Gael estaba impaciente pero lo disimulaba para no parecer descortés.


Aldara y Xiana estaban sentadas delante de la puerta del faro, mirando para el horizonte, hacia el continente.
El farero, Celso, después de pasar la noche en vela, decidió dormir un rato.
Xiana se levantó y señaló hacia el mar.
─¡Ahí viene un barco! ─exclamó─. Seguro que es mi hermano.
Aldara también se levantó y sintió que el corazón le daba un vuelco. Anhelaba reencontrarse con Gael.
El barco se detuvo y echaron el ancla. El joven, con ayuda de su padre, bajaron una pequeña barca en la que el muchacho navegó hasta la playa.
Xiana frunció el ceño. Su hermano estaba en proa, contemplando el faro. Su expresión era seria, preocupada.
─Está enfadado ─dijo─. ¡Oh, no te preocupes! ─sonrió a Aldara─. No está enfadado contigo.  Y se le pasará pronto. ¡Vamos!
─¿No nos despedimos del señor Celso?
─Está dormido. Cuando se despierte y vea que no estamos se dará cuenta de que han venido a rescatarnos. ¡Venga, vamos!
Echaron a correr hacia la playa y llegaron cuando el joven llegaba a la orilla.

Gael las ayudó a subir a bordo. La primera en subir fue Aldara. Se cogió a las manos de él para permitir que la subiera.
─¿Se encuentra bien? ─le preguntó.
─Sí, gracias ─se ruborizó, perturbada por la presión de sus manos y su intensa mirada.
Luego ayudó a Xiana pero no le hizo ningún comentario, decisión que la molestó.
─¿A mí no me vas a preguntar si estoy bien?
─Sé que estás bien ─respondió con acritud.
Xiana se alejó, enfadada y miró a Aldara. Empezaba a pensar que, tal vez, no había sido tan buena idea traerla al palacio.
Gael ayudó al capitán y al hijo de éste a subir el bote y reemprendieron el regreso a puerto.
Continuará.




sábado, 13 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XII




Gael se quedó dormido poco antes de que despuntara el alba. Estaba sentado en la silla, delante del escritorio y tenía la cabeza apoyada en éste. Se levantó y estiró los músculos dolientes de la espalda. Cerró la ventana. El fuego de la chimenea se había apagado y la habitación estaba fría. Se aseó y se cambió las ropas. Bajó al comedor. Mirta estaba preparando la mesa para servir el desayuno.
─Señor, las señoritas no han regresado todavía ─comentó.
─Lo sé. Sospecho que han ido al faro y confío en que regresen esta mañana. No tendría sentido que quisieran prolongar su estancia allí. Ni siquiera comprendo qué placer le produce a mi hermana hablar con el farero ─comentó.
─¿Le sirvo café?
─Sí, por favor.
Gael se sentó y cogió el periódico que había traído el mozo, como hacía todas las mañanas, de paso que compraba lo que le pidiese la cocinera o el señor.
Mirta echó el café en la taza y miró de reojo a Gael. Todavía le parecía atractivo, a pesar de saber que era un vampiro. Aunque su actitud era la de un perfecto y respetable caballero, nunca dejaría de ser un monstruo y un asesino.
Gael presintió los pensamientos de Mirta y le hizo gracia. Compadecía a la mujer por vivir atormentada imaginando cosas horribles sobre él y su hermana. En algo tenía razón pero no en todas sus elucubraciones. Gael no tenía intención, al menos de momento, de apaciguar su inquietud. Estaba seguro de que si se marchaba del palacio, no dudaría en contar su experiencia a la gente y él no quería atraer la atención de curiosos hacia su morada.
Después de desayunar, Gael decidió ir al  pueblo para dejar una carta en la pequeña tienda del servicio postal, dirigida a su abogado. Aunque no le agradaba tener a mucha gente merodeando por el palacio, estaba dispuesto a contratar a un profesor de canto, fuese hombre o mujer, para que ayudase a Aldara a perfeccionar su técnica.  
─Si viene mi hermana dígale que no se aleje del palacio. Estoy seguro de que la señorita Aldara ya ha vivido demasiadas impresiones hasta el momento ─pidió a Mirta. 
─Así lo haré, señor ─contestó ella, cabizbaja. 
Gael se marchó y Mirta regresó a sus quehaceres. Recogió la mesa y fue a la cocina.
La señora Telma era la cocinera, una mujer delgada, de rostro agradable, cabellos negros en los que apenas se veían canas, a pesar de su madurez. Contaba con la ayuda de Mirta pero, aún así, siempre estaba atareada, como si el trabajo nunca fuera a acabar.
─¿No han desayunado las señoritas? ─preguntó viendo solo un servicio. 
─Las señoritas no han regresado del faro. 
─¡Así que se ha llevado a la señorita Aldara junto a ese viejo loco! ¡Qué mujer más extraña! Porque pagan bien y no dan mucho trabajo, Mirta, que si no, te aseguro que yo ya no estaba aquí. ¿Tú no dices nada, chiquilla? 
─No. Yo estoy bien aquí. 
─Pues igual que yo. Pero estos hermanos son un poco raros, ¿no crees? ─Mirta no respondió─. ¡Y mira que son guapos! ¡Pero qué raros, por Dios! 
Miró a la joven y movió la cabeza con preocupación. Mirta nunca se había mostrado como una mujer extrovertida pero la cocinera estaba convencida de que cada vez era más callada y taciturna. 
Las horas de la mañana pasaban y la señorita Xiana y su amiga no venían. Mirta empezó a preocuparse pensando en qué quizás les había pasado algo. Por otro lado, se decía a sí misma que no debía lamentar la muerte de un vampiro, pero la señorita Aldara no era como ellos, o al menos no en apariencia.  
Cuando llegó Gael, Mirta salió a su encuentro con tanta prisa que casi tropieza con el mozo. Éste se echó a reír. 
─¡Qué prisas, señorita!  
─Lo siento. 
─No se preocupe. No ha pasado nada. Aunque podíamos haber caído al suelo. Quizás eso no fuese tan malo ─añadió con un tono de picardía que incomodó a Mirta y agradeció que el señor requiriese de sus atenciones, así se olvida de ella. 
─Marco, lleva al caballo y dale de beber pero procura que no se pase. Recuerda que la última vez estuvo enfermo por culpa de tu torpeza ─le miró con severidad. 
─Sí, señor. Tendré cuidado.  
─¿Deseas algo Mirta? ¿Han venido las señoritas? ─Gael caminaba con paso rápido y entró en el palacio, seguido por ella.  
─De eso quería informarle, señor. Su hermana y la señorita Aldara todavía no han regresado. 
─¿Qué mierda dices? ─Gael giró sobre sus talones con un rápido movimiento-. ¿Cómo que no han regresado?  
Mirta se estremeció. Gael se quedó pensativo. Aunque la criada no lo sabía, estaba conectando su pensamiento con el de su hermana. Sintió que estaba preocupada pero no estaba herida.  
─Regresaré al pueblo para pedir ayuda. Iré a buscarlas yo mismo ─dijo y salió del palacio─. ¡Marco! ─llamó al mozo para que le trajera al caballo. 
Gael llegó al puerto y entró en la taberna donde se reunían los pescadores para alquilar un barco que le acercara al faro.
 Continuará.




lunes, 8 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XI






La noche se hacía larga para Aldara. Escuchaba el fuerte batir de las olas contra el faro y como golpeaba el viento las ventanas y puertas. Pero su insomnio se debía más a que sus pensamientos estaban con Gael. No podía dejar de pensar en él, en su voz, sus ojos. Su corazón se agitaba cada vez que lo veía en su mente. Deseaba reencontrarse con él, al mismo tiempo que intentaba luchar contra ese sentimiento que despertaba en ella con la fuerza de un volcán y la hacía tener deseos que no se podían considerar decentes para una joven bien educada.
Abrió varias veces los ojos para intentar alejarlo de su mente y concentrarse en otra cosa pero se traicionaba a sí misma, una y otra vez, imaginándose en brazos de Gael. Anhelaba conocer la calidez de sus besos y la fuerza de sus abrazos.
En una ocasión descubrió a Xiana mirándola fijamente. Aldara le devolvió la mirada, incómoda.
─¿Estás bien? ─le preguntó Xiana.
─Sí. Solo es que… me asusta el temporal.
─Tranquila. Aunque no lo parezca, estamos seguras en este faro.
─Sí. Gracias ─susurró.
Xiana sonrió de una manera cómplice y Aldara se preguntó si había descubierto su mentira y sabía realmente qué era lo que la inquietaba. Se cubrió con la manta y se regañó por ser tan mal pensada.
Para Gael la noche también se hacía agonizante. Paseaba nervioso por su habitación y, de vez en cuando, se asomaba a la ventana. Desde allí podía ver el mar a lo lejos, entre los árboles. Intentaba concentrar su pensamiento en su hermana para sentirla pero Aldara se interponía una y otra vez. La joven había despertado en él un fuerte sentimiento que no parecía querer remitir. Deseaba protegerla y amarla. Sí. Gael reconocía que se estaba enamorando de una mortal. Sabía que no era correcto. Nunca habían funcionado las relaciones entre vampiros y humanos y él, como vampiro experimentado que era, tenía que controlar sus sentimientos y alejarse de Aldara, pero no podía hacerlo. La dulzura e inocencia de Aldara lo dejaba sin armas para luchar. Abrió la ventana y dejó que  el viento y la lluvia entraran en el dormitorio, empapando sus ropas.
─Aldara ─susurró.
Xiana abrió los ojos una vez más. Pero, en esta ocasión, no lo hacía porque sentía el desasosiego de Aldara, sino porque presintió a su hermano pensando en la joven con una pasión descontrolada.
No le importaba que su hermano fuera feliz viviendo un romance con una humana, siempre que se tratara de algo pasajero. Pero lo que sentía Gael por Aldara parecía más profundo y no le gustó. Aunque, ahora no era el momento de atormentarse pensando en ello. Decidió descansar y ya buscaría la ocasión para hablar con él.
Cuando amaneció, Xiana se levantó al mismo tiempo que el farero, quien tenía síntomas de que había descansado poco esa noche.
─¿Han dormido bien? ─le preguntó Celso.
─Lo mejor que se pudo, teniendo en cuenta las circunstancias.
─Ha sido una noche difícil.
─Sí. El viento azotaba fuerte y el oleaje debía ser terrible.
─He vivido tormentas peores que ésta. Pero ahora el cielo y el mar están tranquilos. Quizás quieran desayunar pero yo aprovecharía para regresar al continente antes de que se desate otra tormenta.
─¿Cree que habrá otra?
─Sí, desde luego. La de ayer ha sido la primera de la temporada. El aire está pesado y eso es síntoma de tormenta.
─Está bien. Despertaré a mi amiga y nos iremos. Espero que la barca esté en buenas condiciones.
─Lo comprobaremos y yo les ayudaré a empujarla.
Aldara se levantó y los tres bajaron a la playa. Entonces comprobaron que la barca había sido arrastrada por el oleaje y la estrelló contra las rocas, destrozándola.

─¡Qué desastre! ─exclamó Xiana, preocupada─. Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Usted tiene una barca que nos pueda dejar?
─No, señorita. Creo que ya se lo comenté en una ocasión. Si el tiempo es bueno, no necesito irme. Y si es malo, no podría hacerlo. Así que, ¿para qué quiero una barca? Si necesitase ayuda dispongo de códigos para hacerme entender con los del continente.
─¿Qué hacemos ahora? ─preguntó Aldara, nerviosa.
─No nos queda más remedio que esperar a que mi hermano envíe a alguien a buscarnos.
─Será mejor que regresemos al faro y desayunemos ─propuso Celso.
Xiana lo siguió pero se detuvo y miró a Aldara. La joven se había quedado en la playa mirando el horizonte, perdida en sus pensamientos.
─¡Aldara, ven! ─la llamó.
Se volvió y se apresuró a alcanzarlos.
Continuará.



martes, 2 de abril de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO X




El farero, Celso, sabía que las mujeres no podían regresar al continente, así que les dejó unas mantas para que se arroparan y les sirvió algo para cenar.
─Nos gustaría que nos contases una de tus historias ─le pidió Xiana después de la cena.
─No sé. Podría asustarse su amiga ─titubeó.
─¡Oh no se preocupe! ─rió Xiana─. Aldara no se asusta fácilmente. ¿Cierto? ─miró a su amiga.
Aldara asintió para complacer a su amiga pero, en verdad, no era necesario que el farero contara una de sus historias para que se sintiera asustada. Además, también le preocupaba lo que podía pensar Gael de tan larga ausencia.
Celso sonrió satisfecho. Aunque estaba acostumbrado a la soledad, le gustaba compartir sus cuentos. Algunos de ellos, aseguraba, eran ciertos.
─Hoy es noche de tormenta, así que contaré una historia que sucedió hace mucho tiempo en un día como hoy ─se sentó en un taburete, encendió una pipa y miró a las mujeres con una sonrisa socarrona─. Esta historia aconteció hace mucho tiempo. Tanto que solo se recuerda como un cuento de viejos pero todo lo que voy a decir fue verdad ─hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras. Las mujeres le miraban con interés─. Una familia, compuesta por los padres, y tres hijos, dos de ellos varones, estaba sentados delante de la chimenea, ajenos al temporal que se desataba fuera. El padre tocaba el violín y la hija cantaba. La madre asaba manzanas y los hijos bailaban moviendo los pies y batiendo palmas. Como dije, en el exterior había empezado la tormenta más fuerte que se conocía en años. Los relámpagos iluminaban el cielo de un extremo a otro. Los truenos estremecían la tierra. Pero a la familia no le importaba. Eran felices y tenían suficiente con la algarabía que formaban ellos. Pero todos guardaron silencio cuando alguien llamó a la puerta. Se miraron sorprendidos entre ellos y, a la orden del padre, uno de los hijos, un mozo de unos quince años, abrió la puerta. Fuera había un hombre de buen porte y una mujer muy guapa. Tenían las ropas empañadas y pidieron cobijo. El padre los invitó a entrar. Los recién llegados comentaron que su carruaje sufrió un accidente. El cochero había salido despedido, resultando muerto con el golpe. Y ellos, que esperaron pacientemente que alguien apareciera en el camino que los pudiera auxiliar, se vieron obligados a caminar hasta encontrar un lugar donde cobijarse o pedir ayuda. El padre de la familia les ofreció bebida y comida. Dejaron sus ropas de abrigo cerca de la chimenea para que se secasen y se unieron a la fiesta familiar, aunque su comportamiento era mesurado.
El recién llegado dijo que él también sabía tocar el violín y el padre de la familia le dejó el suyo. El hombre se levantó y empezó a tocar una melodía bastante triste. Pero, de pronto, su interpretación dio un giro brusco y empezó a tocar una magnífica pieza más ligera. Sus dedos se movían con gran agilidad por las cuerdas y el arco subía y bajaba con una inusual rapidez. La mujer miraba a su compañero con fascinación. Entreabrió los labios en una mueca que parecía una sonrisa, dejando ver los colmillos demasiado afilados. Entonces, el padre se fijó en el hombre y percibió su palidez. Se levantó alarmado y ordenó a su familia que se refugiaran detrás de él. Se santiguó y pidió a los invitados que se fueran. Se había dado cuenta de que eran vampiros. Sus súplicas no sirvieron de nada. Los vampiros se miraron y, en menos tiempo del que le llevaría a un mortal, mataron a todos los miembros de la familia, convirtiendo una reunión agradable en una auténtica carnicería.
Celso, el farero, terminó el relato y soltó una carcajada corta y hueca. Aldara estaba sorprendida pero no por la historia, sino porque le había parecido ver en su amiga los rasgos que había descrito de los vampiros: palidez, y colmillos demasiado afilados. Parpadeó confusa. No podía dejarse llevar por imaginaciones pueriles.
─¿Cuándo sucedió eso? ─preguntó Xiana.
─Ya lo he dicho. Hace mucho, mucho tiempo. Tanto que ya nadie cree en vampiros pero existen.
─Pero esa historia es solo un cuento ─sonrió Aldara, intentando tranquilizarse.
─¿Tú no crees en vampiros? ─le preguntó Xiana.
─No. Por supuesto que no.
─¿Por qué no?
─Dios no puede permitir que existan esos seres.
─¿Acaso no existe el diablo? ─preguntó el farero─. Los vampiros son seres diabólicos. O lo eran. Dicen que algunos viven en las sombras, y otros, los que han conseguido controlar su instinto animal, se han mezclado entre los mortales fingiendo llevar una vida normal. Pero yo estoy seguro de que nadie puede controlar su lado más salvaje y algún día los veremos actuar como hacían antes, como cazadores asesinos en la noche.
Aldara dio un respingo y lo miró horrorizada. Xiana se echó a reír.
─¡Por favor, no asustes más a mi amiga! ─pidió.
─Ya la advertí que con mis historias asustaría a su amiga. Nada más verla entrar por la puerta supe que era de naturaleza impresionable.
─Se le pasará ─Xiana miró a Aldara y apoyó una mano en su rodilla, para reconfortarla─. Será mejor que descansemos. Ojalá mañana haya despejado y podamos regresar al palacio o mi hermano se enfadara en serio conmigo.
El farero subió a su habitación y dejó que las mujeres se pusieran cómodas cerca de la chimenea y durmieran.
Continuará.



TORMENTA DE PRIMAVERA (15)