jueves, 30 de mayo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO (XXIII)





(Queridas/os lectoras/es, lamento el retraso de la publicación pero es que estuve hospitalizada. Gracias por vuestras lecturas).


Xiana esperaba en el vestíbulo por Hugo. Cuando lo vio salir del salón, se acercó a él.
─Lamento que tenga que irse ─le dijo─. Me hubiera gustado que nos conociéramos mejor.
─Permaneceré unos días en el pueblo. Tengo que pensar en mi futuro.
─Entonces, es posible que nos veamos en alguna ocasión ─sonrió con coquetería.
─Sí, es posible. Bien, debo irme. No creo que a su hermano le agrade que alargue mi estancia aquí.
─Mi hermano puede parecer más fiero de lo que es. Sus enfados no duran mucho.
─Eso me consuela ─sonrió─. Señorita Xiana, ha sido un placer ─besó la mano que ella tendió y se fue.
Ella entró en el salón donde estaba Aldara. La joven parecía preocupada. Xiana le sirvió una copa de jerez.
─No me apetece.
─Te sentará bien. Has tenido una mañana intensa.
Aceptó la copa y bebió un trago. Xiana se sentó frente a ella. 
─El profesor me ha dicho que estará unos días en el pueblo. Es posible que Gael vuelva a contratarlo.
─¡No! ─negó Aldara.
─¿No? ─la miró perpleja.
─No quiero ser cantante ─se levantó y dejó la copa en una mesa─. Ya no quiero ser cantante ─repitió con decisión─. Solo quiero estar con Gael. ¿Tan malo es eso?
─Hmm… No, no lo es… Pero parecías tan convencida de querer ser…
─Sí, lo sé ─la interrumpió─. Pero estaba equivocada. En realidad, ese sueño me unía  a mis padres. Ellos amaban la música. Creí que haciéndome cantante me acercaba a ellos de alguna manera. Que eso me ayudaría a tener más vivo su recuerdo. Pero no necesito cantar para recordarlos. Xiana ─se acercó a ella─. Estoy enamorada de tu hermano. No me importa si es mayor que yo. No me importa si ha hecho algo malo en su pasado ─Xiana enarcó una ceja, inquisitiva─. Solo quiero estar con él. Amarle y que me ame.
Xiana se preguntó qué había hablado con Hugo para mencionar el pasado de Gael.
Mirta entró en el salón y anunció que la comida estaba preparada y podían ir al comedor.
─¿Ya has avisado al señor? ─preguntó Xiana sin dejar de mostrar preocupación.
─No. Voy ahora mismo, señorita.
Las dos mujeres se dirigieron al comedor.
Gael se había encerrado en su despacho. Sobre el escritorio estaba la carta que le había entregado la cocinera. Con la preocupación por la discusión mantenida con Hugo se había olvidado de ella. Fue en el momento en que Mirta entró a decirle que podía ir al comedor, cuando se acordó de la carta. La cogió y abrió el sobre con un abrecartas.
─Gracias, Mirta ─dijo─. ¿El señor Hugo ya se ha ido?
─Sí, señor.
─Bien. Dentro de un rato voy al comedor. Que las señoritas no esperen por mí.
─De acuerdo, señor.
Gael leyó el contenido de la carta que le enviaba su abogado. Con cada palabra que leía su enfado iba en aumento. Sus ojos se inyectaron en sangre y los colmillos afilados asomaron por la comisura de los labios.
─¡Maldita sea! ─exclamó.
Intentó serenarse. Guardó la carta en un cajón bajo llave y fue al comedor.



Durante la comida Gael estuvo más callado de lo habitual. Aldara se preguntó si su actitud tenía algo que ver con ella. Por otro lado, Xiana estaba deseando poder hablar con su hermano a solas para comentarle las palabras de su amiga. Estaba segura de que los recelos de Gael hacia Hugo tenían su razón y era necesario averiguar qué podía saber de ellos y su pasado.

Gael no tomó el café con ellas. Se retiró a su despacho con la excusa de que tenía que hablar.
─Parece preocupado ─comentó Aldara.
─Sí. Tuvo una conversación desagradable con el señor Hugo ─explicó Xiana.
Aldara no hizo ningún comentario. Desconocía exactamente qué habían hablado Gael y Hugo pero intuía que tenía que ver con ella y eso la preocupaba e incomodaba.
─Aldara ─Xiana la sacó de sus pensamientos─. Antes me dijiste que amabas a mi hermano sin importarte su edad.
─Así es.
─También dijiste que no te importaba lo que había hecho en su pasado. ¿Acaso conoces algún detalle de su vida? Me consta que Gael no tiene por costumbre hablar de sí mismo, por mucha confianza que tenga con alguien.
─Es cierto que no sé nada del pasado de Gael y no me importa. Sé que ha tenido que estar enamorado en alguna ocasión. Tendrá amigos y enemigos. Eso no influye en mi decisión de amarlo ─explicó.
Xiana sonrió satisfecha, aunque sabía que la joven mentía. Se daba cuenta de que Hugo había despertado la inquietud en ella.
Durante el resto del día no vieron a Gael. Sin avisar, salió a pasear en caballo, y, llegada la hora, cenaron sin su compañía.
Aldara se asomó a la ventana de su dormitorio. La noche estaba oscura y el cielo amenazaba con lluvias. Parecía que se avecinaban días grises, pero no había nada más triste que su corazón. No entendía por qué Gael había estado ausente. Ni siquiera se había molestado en despedirse de ella.
Corrió la cortina y se metió en la cama. El fuego de la chimenea se estaba apagando y tenía frío.
Unos minutos más tarde, oyó como alguien abría la puerta despacio. Se incorporó en la cama y encendió el candil que había en la mesilla de noche. Para su sorpresa, era Gael quien entraba en el dormitorio. Se acercó a la cama y se sentó en el borde.
─Espero que perdones mi atrevimiento de entrar sin llamar ─dijo y le acarició una mejilla.
─Te he echado de menos ─se quejó ella.
─Y yo a ti. Pero tenía que atender algunos asuntos importantes.
Se inclinó sobre ella y la besó en los labios. Aldara se dejó caer en la almohada y le rodeó el cuello con los brazos. Pensaba que estaba siendo demasiado atrevida pero se dejó llevar por sus sentimientos, sin importarle las obligaciones morales y de decoro.
Se miraron con intensidad y sonrieron. Volvieron a besarse. Las manos de Gael bajaron por la espalda de ella y Aldara arqueó el cuerpo buscando mayor contacto con él. La besó en el cuello y lamió la vena yugular. Percibió el latido del corazón, el olor a jazmín de su suave piel. La mordisqueó con delicadeza y ella gimió. Se apartó. Sabía que podía hacerla suya en ese momento. Ella le miró con extrañeza. Le acarició el rostro y lo besó en los labios para indicarle que estaba dispuesta a entregarse a él.
Gael sabía que era más prudente llevar la relación con calma, no precipitar las cosas pero, contrariamente a lo que dictaba su razón, se dejó llevar por la pasión. Dejó que ella le desabrochara la camisa y le besara el pecho. La cogió por los cabellos y la obligó a mirarlo. En ese instante, al percatarse de la inocencia que brillaba en sus ojos, mezclada con el deseo, Gael podía retirarse pero no lo hizo. La besó en la boca obligándola a abrirla para que sus lenguas jugaran juntas. Le quitó el camisón, dejándola completamente desnuda. Al principio, Aldara sintió vergüenza, pero los besos de él y las caricias que recorrían su cuerpo llegando a los rincones más íntimos, arrancándole gemidos de placer, hicieron que se entregara a él, totalmente desinhibida y apasionada.
Esa noche, los amantes conocieron sus cuerpos y entregaron sus almas, amándose hasta el amanecer.



Aldara todavía dormía cuando Gael salió de la habitación. Se encontró con Xiana en el pasillo. Ya estaba vestida, dispuesta a bajar al comedor.
─Has madrugado ─comentó.
─He dormido bien. Estoy segura de que más que tú y ella.
─Tenemos que hablar de algo importante.
─¿Vas a decirme algo sobre tu relación con Aldara? Sabes que me parece que te equivocas.
─No, no voy a hablar de mí y de Aldara porque es algo que no te concierne ─replicó Gael─. Te espero en mi despacho.
Gael se adelantó a su hermana. Xiana frunció el ceño. Miró hacia la puerta de la habitación de Aldara. Tenía un mal presentimiento con ella y deseaba encontrar la forma de hacer que se fuera del palacio.
Entró en el despacho. Gael estaba revisando un libro antiguo. Miró por encima a su hermana.
─Cierra la puerta, por favor ─pidió.
Así lo hizo ella y se apoyó en ella. Gael dejó el libro en la mesa y cogió la carta que le había enviado su abogado. Se la acercó a su hermana. A medida que la leía su rostro cambiaba de expresión, mostrando perplejidad y horror.
─¿Hugo es un caza vampiros? ─preguntó sin terminar de creérselo.
─Ya te dije que se traía algo entre manos ese infeliz. Y no trabaja solo, Xiana. Forma parte de un grupo muy peligroso para los de nuestra raza. Se dedican a buscarnos por todo el mundo y darnos caza, como si fuésemos animales salvajes.
─Hubo un tiempo en que lo fuimos ─comentó ella.
─De eso hace mucho tiempo.
─Todavía hay alguno de los nuestros que se alimenta de sangre humana.
─También hay humanos asesinos. Siempre hay excepciones en todo, hermanita.
─Creo que Aldara sabe algo ─comentó Xiana. Se acercó a la mesa para dejar la carta sobre ella. Gael la miró atónito.
─¿Qué dices? Eso no puede ser ─sonrió divertido─. Acabo de pasar la noche con ella. ¿Crees que me recibiría en sus brazos si supiese que soy un vampiro?
─Las mujeres podemos hacer cualquier cosa por amor, Gael.
─Sí. Pero Aldara carece de la picardía suficiente para disimular ante mí.  Ella no sabe nada.
─Sé que Hugo tuvo que hablar con ella de algo y no fue de música ─insistió Xiana─. Después de despedirse de él, me dijo que te amaba y que no deseaba ser cantante. Que quería estar contigo sin importarle lo que hubieses hecho en el pasado. Cuando le pregunté a qué se refería, quiso disimular dando vanas explicaciones. Pero yo sé que él le dijo algo que la hizo dudar de ti.
─Hugo sabe quiénes somos y es posible que quisiera prevenirla de alguna manera. Pero estoy seguro de que Aldara no sabe nada, ni puede sospechar remotamente la verdad.
─¿Qué podemos hacer, Gael? ─le miró, preocupada─. Hugo dijo que permanecería en el pueblo unos días.
─Seguramente está esperando por sus compañeros.
─Deberíamos irnos de aquí, Gael.
─Sí, sería lo mejor.
─¿Qué harás con Aldara?
─Ella se vendría con nosotros.
─¿Estás seguro de que es lo mejor? ─preguntó preocupada─. Puede suponer un problema, Gael.
─¡No insistas, Xiana! Acepta que Aldara forma parte de nuestras vidas ─sentenció con firmeza.



 Gael estaba demasiado inquieto para poder conciliar el sueño. Cogió la partitura que había escrito y bajó al salón donde estaba el piano. Encendió algunas velas y se sentó en el taburete. Colocó los papeles en el atril y empezó a tocar la melodía a la que llamó: Aromas de mujer. Era una sonata romántica que estaba escrita en tres movimientos: Adagio, allegretto y presto agitato. 
La melodía se podía escuchar en todo el palacio y despertó a quienes estaban en él, dejándolos ensimismados en sus alcobas. Incluso Mirta tuvo que admitir que nunca había escuchado nada más hermoso y su corazón se conmovió.
Xiana se asomó al pasillo y vio aparecer a Aldara. Se miraron con curiosidad. La primera se metió en su habitación y la segunda bajó al salón.
Gael estaba concentrado en la música y no se dio cuenta, o no quiso hacerlo, de la presencia de la joven.
Aldara se sentó en un sillón y escuchó la bella melodía que conseguía erizar su piel y hacerla llorar de emoción.
Varios minutos más tarde, Gael terminó de tocar la pieza y se fijó en Aldara. Se levantó y fue junto a ella. Le ofreció la mano y ella la aceptó y se levantó. Se abrazaron y se besaron.
─¡Si supieras cuánto temo perderte! ─exclamó él.
─Ya te dije que no hay nada que pueda alejarme de ti ─le recordó ella.
Gael asintió, aunque ella vio en sus ojos que no estaba seguro. Era la primera vez que él demostraba inseguridad y temor y eso la alarmó.
─¿Qué sucede Gael? ─le preguntó.
─Nada ─sonrió─. No te preocupes, cielo. No debes temer por nada.
─Pero… ─la besó para acallar sus temores y la cogió en brazos para llevarla a la alcoba. Esta vez fue a su habitación.
La dejó en la cama y se tumbó a su lado. Pasó un brazo por debajo de la cabeza de ella y empezó a acariciarle los cabellos y jugar con ellos entre sus dedos.
─Tengo que decirte algo, Aldara. Es posible que mi hermana y yo tengamos que realizar un viaje largo. ¿Vendrías con nosotros?
─Sí, por supuesto ─se acomodó entre sus brazos─. No me imagino una vida sin ti. ¿A dónde iríamos?
─Lejos.
Gael se inclinó hacia ella y le dio un beso lento y largo en la boca. La amaba y deseaba como no lo había hecho en mucho tiempo, cuando era joven y había conocido a lady Charlotte, su primer y gran amor de juventud. Ella era unos años mayor que él y supo seducirlo hasta someterlo a su entera voluntad. Fue ella quien le enseñó las artes amatorias y los secretos de un mundo que no sabía que existía: el vampirismo.
Durante un tiempo creyó que su vida estaría siempre unida a lady Charlotte  hasta que averiguó que habían sido sus tíos quienes forzaron el encuentro entre ellos para que ella lo vampirizara, así como obligaron que un hombre hiciera lo mismo con su hermana. Esos días ya quedaban atrás pero siempre guardó en su corazón la desazón y tristeza que había vivido entonces, no solo por haber sido manipulados, vampirizados, sino porque Gael había descubierto que sus tíos fueran quienes habían asesinados a sus padres. Nunca le dijo la verdad a Xiana. Ella estaba convencida de que sus progenitores habían muerto en un accidente. Y así lo prefería él para que albergara rencor en su corazón.
Gael, al conocer la verdad,  se rebeló a sus parientes y, tras una fuerte discusión, decidió marcharse con su hermana. Se refugiaron en la India, donde estaban convencidos de que no los encontraría nadie conocido. Unos años más tarde, cuando consideró que las aguas se habían calmado, decidió regresar a Europa. Pero no fue, hasta hacía pocos años que decidió que había llegado la hora de regresar al hogar. Y ahora que creía estar seguro y no le apetecía viajar, tenía que irse otra vez.
Lo único que lo consolaba era tener a Aldara a su lado. Cuando creía que jamás se volvería a enamorar, apareció ella en su vida.
Aldara era como una brisa primaveral en la madurez del otoño. Las otras mujeres que habían pasado por su vida solo fueron un entretenimiento. Nunca quiso enamorarlas, ni hacerles daño. Pero ¿cómo evitar que una jovencita se sintiera atraído por él y su famosa personalidad enigmática? Intentó alejarlas de su vida pero ellas insistían en acosarlo, en soñar con él, en enviarle ridículas cartas de amor con poemas propios de poetas reconocidos. Nada pudo hacer para evitar que Mónica Vitali se trastornara alimentando sueños imposibles. Le dolió mucho que la joven tomara una decisión drástica cuando él y su hermana decidieron irse de Venecia. No lo hicieron por huir de Mónica. Su decisión fue fruto de un acontecimiento de lo más mundano: el palacio de los cisnes estaba rehabilitado y podían regresar a él. Era el hogar que había pertenecido a sus antepasados y deseaban regresar a él. Sin embargo, Mónica no lo entendió, ni aceptó. De nada sirvió que Xiana intentase razonar con ella. Se mantenía obstinada, irracional. La familia de Mónica nunca aceptó que Gael fuese inocente y eso forzó su salida del país.
Aldara lo apartó de ella suavemente. Deseaba que le hiciera el amor pero Gael parecía estar ausente.
─¿Te sientes bien? ─le preguntó.
─Sí ─se abrazó a ella─. Nada perturbará nuestra paz ─dijo y ella lo miró extrañada pero no comentó nada.
Amaba a Gael pero, a veces, no entendía sus palabras y no se atrevía a indagar porque, su inseguridad le advertía que podía molestarlo.
Continuará.








martes, 21 de mayo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XXII




Hugo cogió la carpeta donde tenía guardadas las partituras de música, sin dejar de mirar a Aldara.
La joven paseaba por la habitación, ensimismada en el recuerdo vivido en el jardín. Sonreía y suspiraba como una auténtica enamorada.
─Señorita Aldara ─la llamó─. Le aseguro que no me gusta entrometerme en los asuntos de los demás pero hay algo que creo es mi deber decirle.
Aldara se acercó al piano y miró al profesor. La sonrisa no se desdibujaba de su rostro.
─La veo enamorada del señor Gael ─comentó.
Aldara dejó de sonreír y frunció el ceño. No quería hablar de sus sentimientos con un desconocido, pues Hugo, aunque era su profesor, no le tenía la confianza suficiente como para platicar con él sobre su vida privada.
─Por favor, no se incomode ─se apresuró a decir él dejando los papeles sobre el piano─. Solo quiero prevenirla para que no sufra. He conocido alguna relación semejante a la que acaba de iniciar usted con el señor Gael y, le aseguro, que nunca terminan bien. Él es mayor que usted y…
─¡Por favor, no siga! ─pidió ella, interrumpiéndole─. No quiero ser maleduca pero este asunto no es de su incumbencia.
Hugo tensó la mandíbula. Quería decirle la verdad pero sabía que no era el momento. Además, si estaba enamorada, Aldara podía convertirse en un obstáculo en su empeño de acabar con los vampiros.
─Tiene razón. Disculpe mi intromisión. Por favor, olvidemos el tema y centrémonos en la música.
─La verdad es que ahora no me apetece cantar ─dijo Aldara y se encaminó hacia la puerta.
─¡Señorita! ─la llamó─. Si quiere convertirse en una cantante profesional debe saber que tiene que aprender a sobreponerse a cualquier adversidad que se le presente en la vida.
Aldara se detuvo y bajó la cabeza. Quiso decirle que ella ya no quería ser cantante pero no se atrevió. Salió corriendo de la habitación y se refugió en su dormitorio.
Hugo recogió las partituras y las guardó. Se sentó en el taburete y quedó pensativo. Deseaba tener noticias de sus amigos cuanto antes. Tenía la impresión de que su estancia en el palacio estaba llegando a su fin.
Gael y Xiana entraron en el vestíbulo. Les sorprendió no escuchar el sonido del piano y se dirigieron al salón. Comprobaron que Hugo estaba solo.
─¿Dónde está Aldara? ─preguntó Xiana.
─La señorita no se encontraba en condiciones de recibir sus clases ─respondió Hugo con un tono ligeramente sarcástico.
Gael le miró con severidad y se acercó a él.
─Se encontraba bien, ¿qué ha sucedido?
─Está demasiado distraída con su nueva situación ─Hugo se levantó, enfrentándose a la mirada de él.
─Parece que le molesta ─observó Gael, molesto.
Xiana los miró preocupada. Le parecía extraño que el profesor tuviese la osadía de cuestionar lo que pasaba entre Aldara y Gael.
─Sé que no debería hacerlo pero no he podido evitar formar mi opinión ─comentó Hugo─. Y, aunque estoy seguro de que no le importa, me gustaría hacérsela saber.
─Tiene razón. No me importa. ¿Y sabe por qué?
─Sí, lo sé ─sonrió con insolencia─. No es de mi incumbencia ─añadió con sarcasmo─. Aún así, se la diré. Creo que usted es demasiado mayor para la señorita Aldara. Ella es una niña que tiene que formar su personalidad. Si en verdad le importa, permítale que conozca mundo y no la someta al suyo.
─¿Por qué le preocupa la señorita Aldara? ¿Acaso ha puesto sus esperanzas en ella como algo más que un simple profesor? ─preguntó Gael.
─¡No! ─exclamó─. ¡No!... No se trata de eso ─respondió, confuso. Las palabras de Gael le hicieron profundizar en sus sentimientos. Guardó silencio y se preguntó si era posible que empezase a sentir algo por Aldara.
─Ahora permítame que yo le diga lo que pienso ─Gael se acercó a él, amenazante─. Creo que se ha enamorado de su pupila y le molesta que ella y yo hayamos iniciado una relación amorosa. Quizás ha llegado el momento de que se vaya de mi palacio.
─¿Y qué pasará con las clases de Aldara? ─preguntó Hugo.
─Usted no es el único profesor de música que existe en el mundo.
─Está bien. Recogeré mis cosas y me iré. Pero me gustaría despedirme de la señorita.
─No creo que deba hacerlo.
─Déjalo, Gael ─pidió Xiana.
Gael quiso replicar pero se contuvo. Asintió con la cabeza.
─Sea breve.
Hugo cogió la carpeta y salió del salón. Xiana fue en busca de Aldara. Mientras, Mirta, que había escuchado parte de la conversación desde el pasillo, corrió a la habitación del profesor para hablar con él.


Mirta entró en la habitación de Hugo, sin llamar. Le miró aterrorizada. Hugo había cogido su bolsa de equipaje y guardaba sus cosas.

─¿Se va? ─preguntó con temor.
─Sí. Me han despedido.
─Pero ¿me llevará con usted?
Hugo miró a la doncella. Le había dicho que la sacaría de allí pero no podía hacerlo ahora o levantaría sospechas sobre su verdadera ocupación y los hermanos tendrían la oportunidad de irse de allí, o de matarlo.
─Ahora no puedo llevarla conmigo, Mirta. Lo siento.
─Pero… ¡Usted me prometió que me sacaría de aquí!
─Yo no le he prometido nada, Mirta. Sé que le dije que lo haría pero no puedo llevarla conmigo. ¡No puedo comprometer mi misión!
─¿Y qué puedo hacer? No quiero quedar aquí. Les tengo miedo.
─Nunca le han hecho daño y no tienen por qué hacérselo ahora. Resista un poco más. Estoy esperando a que lleguen mis amigos. Entonces podremos enfrentarnos a ellos y me la llevaré de aquí. Además, necesito su ayuda.
─¿Mi ayuda?
─¡Sí! ─se acercó a ella y la cogió por los hombros─. Necesito que cuide de la señorita Aldara. Ella ha cometido la estupidez de enamorarse de Gael pero, estoy seguro, de que no sabe que él es un vampiro. Tiene que protegerla. ¡Solo Dios sabe de qué será capaz de hacer él con ella!
─Si tiene pensado hacerle daño yo no podré impedirlo.
─Lo sé. No le pido que luche con él. Solo quiero que la cuide y que le abra los ojos. Es necesario que la señorita Aldara recele de él, sin saber la verdad absoluta. Es mejor que, de momento, no la conozca. Eso la protegerá. ¿Podrá ayudarme?
─No lo sé… Yo… Lo intentaré ─asintió.
Hugo sonrió y continuó guardando sus cosas. Mirta salió de la habitación y se encontró con la señora Telma, quien la miró extrañada.
─Pero, ¿qué haces tú ahí? ─le preguntó cogiéndola por un brazo.
─El señor Hugo se marcha del palacio y requirió mi ayuda para hacer el equipaje ─respondió.
─¿Qué se va? ¡Qué extraño! Creí que las clases de la señorita Aldara eran fructíferas.
─¿Es que no te has enterado de que la señorita Aldara se ha enamorado del señor Gael? Ahora no quiere recibir clases. Tiene otras prioridades.
─¡Pero qué insolencia es ésta, Mirta! A ti no debe importarte de quién se enamoran los señores. Hoy has estado muy despistada, Mirta. No entregaste el correo al señor. Suerte tienes si no te regaña. ¡Anda, ven conmigo a la cocina que hay mucho que hacer! ─sin soltarla la obligó a ir a la cocina.



Hugo entró en el salón donde le esperaba Aldara. Ella no quería hablar con él pero Xiana no le permitió rehusar. Desconocía qué habían hablado Gael y el profesor y no entendía por qué éste se iba de palacio, aunque lo agradecía porque ella ya no estaba interesada en las clases.
Aldara le miró fijamente, intentando mostrarse serena, pero era un mar de nervios. Agradecía estar sentada o, estaba segura, se caería desmayada. Hugo se sintió conmovido por la intensa mirada azul de ella. Se acercó lo suficiente para sentir su respiración. Entonces, se dio cuenta de que Gael tenía razón. Se había enamorado de Aldara. Y, ahora más que nunca, consideraba imprescindible apartarla del vampiro.
─Lamento haber sido inoportuno con usted, Aldara y le pido disculpas.
─Las acepto.
─Gracias. Ya sabe que me voy del palacio…
─Sí.
─Pero no quiero hacerlo enemistándome con usted.
─No tiene por qué ser así.
─Señorita Aldara, lo que quiero decir es que… ─se arrodilló ante ella─. Me gustaría que viniera conmigo.
─¿Qué? ─Aldara se echó hacia atrás en el asiento.
─¿Es que no se da cuenta de que si permanece en este palacio se estará perdiendo todo un mundo que hay ahí fuera? ¿Y qué me dice de su sueño? ¡Usted quería ser cantante!
Aldara consiguió levantarse para apartarse de él. Le miraba horrorizada. Hugo también se levantó.
─Ya no quiero ser cantante ─dijo.
─Eso lo dice porque cree estar enamorada. Pero no lo está.
─¿Cómo puede decir eso? ¿Usted que sabe de mis sentimientos?
─No puedo explicárselo pero le aseguro que lo que siente por Gael es falso. Él la ha sometido a su voluntad. Su edad, su experiencia le da poder para hacerlo.
─¡No! ─exclamó─. ¡Eso es imposible! Me enamoré de él nada más llegar a palacio.
─¿Lo ve?  ¡Usted misma lo admite! ¿Qué tiene él para enamorarla nada más encontrarse? ¡De acuerdo, admito que su presencia es atrayente! ¡Pero es mayor que usted!
─La edad no importa en el amor.
─Sí importa, Aldara. En este caso, sí importa.
─¿Por qué dice eso? ─preguntó suspicaz.
─Señorita Aldara ─se pasó una mano por los cabellos, nervioso. No sabía cómo hacerle entender cuán dañino podía ser Gael para ella sin decirle la verdad─. Conozco algo del señor Gael que sucedió en su pasado.
─¿A qué se refiere? ─preguntó con temor.
─No sé si debo decírselo. Lo que sé no puede llegar a oídos de él, ni de su hermana.
─Entonces, calle. Y váyase. Yo quiero quedar al lado de Gael y nada hará que cambie de opinión.
─Está cometiendo un error muy grave.
Aldara se giró para que él no se diera cuenta de su perplejidad, pero Hugo supo que había despertado la curiosidad de ella e implantado la semilla de la duda.
─Me quedaré en el pueblo. Si necesita mi ayuda no dude en acudir a mí. Mirta puede ayudarla en cuanto necesite. Por favor, señorita Aldara, actúe con prudencia. Intente templar su corazón para imponer la razón.
Hugo salió del salón y Aldara se dio la vuelta. No entendía por qué el profesor la advertía de la posible existencia de un peligro y se preguntó si él tenía razón y estaba cometiendo una imprudencia permaneciendo en el palacio. Pero solo con pensar en la idea de alejarse de Gael le provocaba un inmenso dolor en el corazón.
Continuará.







sábado, 18 de mayo de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XXI




A pesar de su aspecto enfermizo, Hugo no vio otros síntomas en Mirta que sugirieran la posibilidad de que los vampiros se estuvieran alimentando de ella.
Lo cierto era que en los días que llevaba en el palacio no vio nada que indicara que los hermanos eran vampiros. Había pasado las noches en vela, vigilando los movimientos de los habitantes de allí y nunca vio nada anormal, lo único que consiguió fue que su salud se resintiera.
Convencido de que alargar su estancia en ese lugar era una pérdida de tiempo, escribió una carta de dimisión para entregar a Gael. Lo haría por la mañana y se iría ese mismo día.
Salió de la habitación para dar una última vuelta por el palacio. Quería asegurarse de que las costumbres diarias seguían transcurriendo con normalidad.
Todos estaban en sus respectivos dormitorios. Por debajo de la puerta de Gael era habitual ver luz. Se acostaba tarde porque se dedicaba a la lectura, así se lo había dicho.
También era normal que Xiana se levantara varias veces en la noche y se asomara a la ventana, dejándose llevar por la melancolía, quizás para recordar a algún amor.
Aldara no hacía ruido, aunque Hugo desconocía que dormía poco, pensando en Gael. Luchaba contra su moral para encontrar el valor suficiente para sincerarse con él.
Los criados siempre tenían un sueño profundo. Se levantaban muy temprano y se acostaban tarde, así que tenían que aprovechar la noche para descansar.
Hugo pasó por delante de las puertas de todos pero se detuvo ante la que pertenecía a la habitación de Mirta. Por debajo de la puerta salía luz. Se acercó y escuchó atentamente. Parecía que la doncella estaba rezando.
─Por favor, señor. Ayúdame a conseguir las fuerzas necesarias para irme de aquí. No permitas que me hagan daño. Necesito encontrar una oportunidad para irme. Quizás el señor Hugo pueda ayudarme… ¡Oh, Señor, ojalá el señor Hugo sea la llave de mi libertad!

Hugo, sorprendido por las palabras, cargadas de desesperación, de Mirta, decidió abrir la puerta y entrar.
La doncella, que estaba arrodillada delante de la cama y miraba un crucifijo que había colgado en la pared, sobre la cabecera del mueble, se levantó de inmediato.
─¡Señor! ¿Qué hace aquí? ¿Desea algo? ─preguntó alarmada.
─¡Sí! ¡Sí! Quiero que me digas qué significan tus palabras. ¿Por qué me mencionabas en tu oración?
─Ha debido entenderme mal, señor. Yo no le he mencionado a usted. Solo estaba rezando, como hago todas las noches ─mintió.
─Te he escuchado bien, Mirta. ¿Qué sucede para que quieras irte de aquí? ¿Por qué esperas que yo te ayude?
Mirta se retorció las manos, preocupada, pensando en una excusa que pudiera tranquilizar a Hugo y no la comprometiera con sus señores. Por nada del mundo quería que ellos se enteraran de este incidente.
─Señor, le aseguro que yo solo estaba rezando ─insistió─. Acostumbro a incluir a todos mis conocidos en mis oraciones. Quizás por eso le nombré. No lo recuerdo.
─No sabes mentir. Escuché muy bien lo que dijiste. ¿Por qué quieres irte de aquí? ¿Quién te puede hacer daño?
─¡Por favor, señor, no insista! ─suplicó─. ¡Váyase de aquí, se lo ruego!
Pero lejos de hacerle caso, Hugo la cogió por los brazos y la obligó a mirarlo. Mirta se asustó más, si cabe.
─No pienso irme hasta que me digas la verdad. ¿Temes a tus señores, verdad?
─¡No! ¿Cómo puede pensar eso?
─¡Mientas! ¿Acaso tus señores te han hecho daño? ¡Dime, Mirta! ¿En verdad son lo que creo?
─No sé de qué me habla.
─Creo que sí lo sabes. Son vampiros, ¿verdad?
─¿Qué? ─Mirta lo miró atónita.
Hugo la soltó y ella se dejó caer en la cama, sentada. Ocultó el rostro entre las manos y sollozó. Él se arrodilló ante ella.
─Son vampiros ─no era una pregunta, sino una afirmación y Mirta, mirándolo, asintió─. ¡Dios mío! ¡Y pensar que estuve a punto de abandonar este lugar convencido de haberme equivocado! ¿Te han hecho daño?
─No ─respondió Mirta.
─¿Por qué estás aquí? ¿Por qué no has huido? ─se irguió.
─Me amenazaron.
─Entiendo. ¿Y qué me dices de la señorita Aldara?
─Ella no sabe nada.
─¿Por qué crees que la retienen aquí? ─preguntó Hugo.
─No consigo entenderlo. La quieren ayudar a conseguir su sueño. Nunca le han hecho daño, ni parece que quieran hacérselo. Aun así, creo que debería irse de aquí.
─Sí, en eso estamos de acuerdo. Tengo que enviar un telegrama a mis amigos. Es necesario que acabemos con esta gente.
Mirta le miró horrorizada. Ella no quería formar parte de una lucha, sino irse, sin más.
─No te preocupes, Mirta. Te sacaré de aquí sana y salva… Así lo haré con la señorita Aldara también ─le dijo y sonrió.
Se despidió de ella y regresó a su dormitorio.
Mirta se dejó caer en la cama, desfallecida. No estaba segura de si estaba haciendo lo correcto. Aunque sus señores la habían amenazado aquella terrible noche que intentó huir, nunca más volvieron a tratarla igual. No la vigilaban, no la atemorizaban. Se levantó. No podía dejarse llevar por la compasión cristiana. Debía ser fuerte y luchar solo por liberarse de esas cadenas psicológicas que tanto la atormentaban.




Hugo se levantó temprano para ir al pueblo antes de que llegara la hora de dar clases a Aldara.
En el comedor se encontró con Gael. Durante unos segundos se quedó petrificado en la entrada de la habitación.
─Buenos días ─saludó Gael.
─Buenos días ─respondió. Entró en la estancia y se sentó. Mirta se apresuró a servirle un café con leche, como acostumbraba a tomar. Sus manos temblaban y derramó un poco en el mantel.
─Lo siento ─susurró.
Gael observaba atentamente la escena, mostrándose impasible. Hugo sonrió a la doncella para tranquilizarla y ella miró a su señor, nerviosa.
─Debería dormir más, señor Hugo ─dijo Gael.
Sus palabras sobresaltaron a los dos y Mirta dejó caer más café en la mesa. Hugo carraspeó nervioso.
─Siempre he tenido problemas de insomnio ─dijo.
─Sí. Le oigo pasear por la casa por las noches. En una ocasión escuché a un médico decir que el ejercicio era bueno para todos los males del cuerpo, pero estoy seguro de que no se refería a hacerlo en mitad de la noche.
─No sería normal pero a mí me relaja hacerlo ─dijo Hugo─. Necesito que me haga un favor ─intentó cambiar de tema.
─Usted dirá.
─Tengo que acercarme al pueblo y me preguntaba si podría dejarme un caballo.
─Mi hermana tiene uno que apenas utiliza. Puede pedirle a Marco que se lo prepare. Es un caballo dócil, no debe preocuparse por su manejo.
─Gracias. Es usted muy amable.
─¿Cancela las clases de hoy?
─No, por supuesto que no. Llegaré a tiempo para dar las clases. De hecho…  -apuró el café─, me voy ahora mismo. Con su permiso.
Hugo se levantó y se fue. Mirta recogió el servicio bajo la atenta mirada de Gael.  La doncella podía sentir su poder como una losa sobre su cuerpo. De pronto él se levantó y ella le miró sobresaltada. Pasó por su lado y se detuvo ante ella.
─Parece que tú tampoco has dormido bien esta noche, Mirta. Deberías tomar algo que temple tus nervios ─diciendo esto, salió de la habitación.
Mirta exhaló aire, con calma, para aliviar la tensión nerviosa que se había apoderado de ella.
Gael entró en su despacho e intentó concentrarse en su trabajo. Pero no podía hacerlo. Estaba seguro de que Mirta y Hugo se traían algo entre manos pero desconocía si lo que tramaban suponía un verdadero peligro para él y su hermana. No sería la primera vez que tenía que defender a su familia. Lo que más le preocupaba era Aldara. No quería perderla.
Se asomó a la ventana y la vio cerca del estanque. Parecía que Xiana no estaba con ella. Gael salió del despacho y caminó con paso decisivo hasta el lugar donde se encontraba Aldara.
La joven miraba el cielo que estaba despejado. El farero había dicho que durante unos días habría tormentas, sin embargo, se equivocó. Excepto aquel día que tuvieron que permanecer en el faro ella y Xiana, desde que había llegado al palacio, los días siempre amanecían despejados. Pero el otoño estaba terminando y el buen tiempo daría paso al frío, la lluvia.
Oyó unos pasos que se acercaban y vio a Gael. Su corazón se aceleró y, siguiendo un impulso, caminó hasta él.
─He intentado luchar contra lo que siento ─empezó a decir él cuando se encontraron─. Estoy seguro de que no tengo derecho a robar tu juventud. Pero no sé cómo apartarte de mi mente, ni de mi corazón.
─Yo también me torturo pensando en ti. Pero no quiero alejarte de mí.
Gael sonrió con ternura y acarició una mejilla de la joven, maravillado por la suavidad de su piel. Bajó la mano hasta el cuello y acarició la yugular. Sintió el latido del corazón. La acercó a él y la besó con suavidad en los labios. Se retiró un poco y la miró a los ojos. Aldara lo miraba con verdadera pasión. Gael la cogió por la barbilla y le obligó a abrir la boca, entonces se fundieron en un beso apasionado.  
─No te vayas de mi lado ─le pidió.
─¿Por qué había de irme? ─preguntó ella, perpleja.
─Quizás te digan cosas que te pueden alejar de mí.
─¿Quién? ¿Qué cosas? ─Aldara se apartó de él, contrariada─. ¿Acaso hay algo que deba temer de ti?
─Jamás te haría daño, Aldara.
Se abrazó a él y se besaron otra vez.
─Nada podrá apartarme de ti, Gael. Nada, ni nadie.
─Te pediría que lo prometieras, pero soy consciente de tu inocencia ─dijo él.
Ella no entendió bien sus palabras pero volvió a besarle para asegurarle de que le amaba y no se iría de su lado.




Xiana contemplaba desde la ventana de su habitación el encuentro entre su hermano y Aldara. Cuando vio como se besaban, supo que ya nada podría separarlos porque Gael jamás lo permitiría.
Salió de la habitación. Tenía que hacerse a la idea de que la familia aumentaba con un nuevo miembro. No le agradaba pensar que fuese una humana. Ella había invitado a Aldara al castillo para tener una amiga especial con la que divertirse y luego dejarla marchar, sin importarle los sentimientos de la joven. Pero, era evidente que se había equivocado al escogerla. Sin querer, había traído un regalo para su hermano. Solo esperaba que la felicidad inicial no se convirtiese en un recuerdo amargo, como lo era Mónica, aquella muchacha italiana que perdió la cordura por él y la llevó al suicidio. O Michelle, la francesa que estuvo a punto de acabar con ellos, por venganza. Gael, por su condición de vampiro no podía enamorarse de humanas. Sabía que las relaciones estaban condenadas al fracaso, y siempre terminaban de manera trágica. Pero, a pesar de su experiencia, había caído en el mismo error, una vez más. Quizás, el hecho de llevar tantos años viviendo como un ermitaño le había vuelto vulnerable y la inocencia de Aldara, que tanto lo atormentaba, fue suficiente para doblegar su voluntad.
Bajó las escaleras y vio entrar en el vestíbulo al profesor. Se detuvo y lo
miró con interés.
─¿Hoy no le da clases a su pupila? ─preguntó.
Hugo se detuvo, sorprendido, y miró a Xiana.
─Sí. Por supuesto que le voy a dar clases. Me he retrasado un poco porque he ido al pueblo. Pediré a Mirta que llame a la señorita Aldara.
─Está en el jardín, con Gael.
Hugo miró hacia el pasillo que conducía a la puerta trasera y se encaminó hacia ella, tras titubear unos segundos. Xiana siguió bajando las escaleras.
Gael y Aldara permanecían abrazados y besándose, abstraídos del mundo que les rodeaba.
Hugo los vio desde la distancia y se quedó horrorizado. Apuró los pasos hasta llegar a ellos. Xiana se había apresurado para seguirle. Reconocía que la situación le parecía un poco divertida.
─¡Buenos días! ─saludó Hugo sin ocultar su sorpresa.
Gael y Aldara se separaron y se miraron, sonriente.
─Buenos días, señor Hugo ─saludó él, sin dejar de mirar a la joven.
─He venido a buscar a la señorita para que asista a la clase ─dijo Hugo, carraspeando incómodo.
─Ahora mismo voy ─dijo ella y sonrió a Gael.
Se despidieron con un beso y Aldara siguió a Hugo. Xiana se situó al lado de su hermano y esperó a que se alejasen lo suficiente para hablar con Gael.
─Y bien, Gael. ¿Vas a decirle la verdad o esperarás a que lo descubra por sí misma?
─Ahora no quiero hablar de eso, Xiana.
─Sabes lo que puede pasar cuando lo descubra. Deberías romper con esto antes de que se produzca una tragedia.
─No tiene por qué pasar nada malo, Xiana. Esta vez sé que es diferente.
─¿Qué te hace pensar eso? Los humanos siempre actúan igual. ¿Por qué ella puede ser diferente a las otras?
─Porque lo intuyo. Lo puedo ver en sus ojos, Xiana. Su amor no es un simple capricho de juventud. Ni es lujuria.
─Aun así, sigue siendo humana. Cuando descubra nuestra verdadera naturaleza hará lo mismo que las otras. Se volverá loca, o buscará venganza.
─Te equivocas, Xiana.
Se quedaron pensativos. Cada uno de ellos analizaba su preocupación en silencio.

 Continuará.





TORMENTA DE PRIMAVERA (15)