martes, 25 de junio de 2019

LA REINA DE LA FIESTA

Aprovechando que son las fiestas en mi ciudad, Ourense, los miembros del club de escritura "A mala estrela", decidimos escribir un relato que tenga lugar en la fiesta, sin importar la temática: terror, romance, drama, etc.
Aquí presento mi relato. Espero que os guste.

LA REINA DE LA FIESTA


Éramos seis hermanas. Todas iguales. Teníamos los cabellos rubios, peinados con tirabuzones y adornados con dos lazos rojos. Los ojos eran azules y brillantes. Los labios pequeños, rosados, como las mejillas. El vestido, largo hasta la pantorrilla, era rojo y tenía puntillas de fino encaje, blancas como las de las enaguas que se entreveían por debajo del dobladillo. Los zapatos eran negros, acharolados y las medias blancas.
Llegamos una tarde de invierno al carromato de nuestro dueño, un hombre flaco, de mirada triste. Nos miró con interés, sonriente. Tal vez fue una de las pocas veces que sus labios dibujaron una sonrisa. Y aseguró que, gracias a nosotras, conseguiría mucho dinero, porque todo el mundo querría conseguir una muñeca de porcelana tan bonita.
Así que preparó los boletos de la tómbola y viajamos por todo el país, deteniéndonos en las mejores fiestas: feria de Sevilla, Fallas de Valencia, San Isidro de Madrid…



El ritual que seguía siempre era el mismo. Se aseguraba de que todos los premios estaban bien colocados en las estanterías. Y nosotras debíamos estar en un lugar, no muy alto, ni muy bajo, y bien centrado, para que la gente pudiera vernos bien y supiera que éramos inalcanzables, al mismo tiempo que nos convertíamos en el mejor regalo al que podían aspirar. Gritaba con voz cantarina, anunciando nuestra presencia para que el público se animara a comprar boletos. Y decenas de personas se arremolinaban frente a la tómbola, admirando nuestras ropas, nuestras caritas.
Mis hermanas y yo nos sentíamos especiales. Nos gustaba cómo nos miraban los jugadores, con avidez de ser los ganadores. Las niñas lloraban cuando sus padres no conseguían llevarse el mejor premio de la tómbola. Y nosotras nos alegrábamos de seguir siendo un codiciado deseo.
¡Qué risas nos echábamos cuando veíamos desaparecer una lata de aceitunas tras otra! A veces, ganaban otros premios más originales, pero nada comparable a nosotras. Y la gente jugaba una y otra vez para conseguir llevarse una muñeca de porcelana.

El tiempo pasó. Y, un año más, visitamos las fiestas de Ourense, donde nuestra atracción siempre fue bien recibida.
Pero parecía que el gusto de la gente había cambiado. Ya no despertábamos el mismo interés de antaño. A las niñas ya no les gustaban las muñecas  y mis hermanas empezaron a sentirse aburridas de estar en la misma estantería un año tras otro.
Tampoco soportábamos que el objeto más codiciado fuese un perro rechoncho, de colores, al que llamaban “perro piloto”.
Entonces, mis hermanas suplicaron ser el próximo premio cada vez que alguien compraba un billete de la tómbola.

Y sus sueños se hicieron realidad. Una a una, fueron entregadas a un ganador. Nunca supe de su suerte. Ahora yo era la única muñeca de porcelana que había. Seguía ocupando mi lugar en el centro. Las miradas de los jugadores se posaban en mí. Estaba segura de que venían a jugar para conseguir el mejor premio, que era yo. Y seguía siendo inalcanzable y eso me hacía sentir la reina de la fiesta.

Un día una niña me señaló. Por un momento creí que me había ganado y me horroricé. Yo no quería irme de allí. Supliqué que le dieran un perro de esos tontos que me rodeaban. Pero las manos de mi dueño me cogieron. Le miré a los ojos, convencida de que sería la última vez que le vería. El hombre miró a la niña y asintió. Sus palabras rompieron mi corazón de fina porcelana. La niña no me había ganado. Se limitó a decir que yo estaba vieja y sucia. Y mi dueño decidió encerrarme en un baúl porque consideraba que ya no servía para ser la reina de la fiesta.

FIN

viernes, 21 de junio de 2019

LOS SIETE SELLOS SAGRADOS

LOS SIETE SELLOS SAGRADOS 




Cada mil años se abren las puertas del infierno y los demonios salen para luchar contra los humanos  con el fin de exterminarlos. 









La próxima guerra está cerca pero esta vez, el Ermitaño, una figura que intercede entre Dios y la humanidad, anuncia a los padres de la Iglesia Sagrada y a los  reyes de los cuatro reinos (Haristice, Montaró, Treten y Fradez), que existen los Siete Sellos Sagrados, creados por los arcángeles y sellados por Dios, y que un hombre santo debe abrirlos y cumplir las misiones que en ellos se citan.


Si consigue superar con éxito las misiones, los ángeles y sus ejércitos ayudarán a la humanidad a luchar contra Lucifer y sus secuaces.










El Padre Mayor de la Iglesia Sagrada, Petronio II, está convencido de que el señor Mauro, rey de Haristicie, es el hombre santo que debe abrir los Sellos Sagrados.






El rey no se considera la persona adecuada. A pesar de sus reticencias, acepta la misión y descubrirá en su odisea que no será tan fácil conseguir la ayuda de los ángeles, ni acabar con los demonios.




Descubre cómo afecta a sus sentimientos, a su vida privada y familiar aceptar que es el hombre santo que debe liderar una misión y una batalla, tal vez, la última de la humanidad. 

¿En verdad están dispuestos los ángeles a ayudar a la humanidad? 


"Los Siete Sellos Sagrados" está disponible en Amazon, en formato libro de tapa blanda:  https://t.co/16qqnHh3MU
y libro electrónico, versión kindle: https://t.co/L7hucliQdp
Este libro participará en el premio literario de Amazon de 2019.







martes, 18 de junio de 2019

ISLA AURIA





La isla Auria tiene una extensión de 9.000 km 2 y forma rectangular.

Está dividido en tres reinos: Emerad, al oeste. Khorzan al norte-centro. Perlath al este.

En el reino de Emerad, la capital, una ciudad marítima,  se llama Ciudad de Emerad y es donde viven los reyes (Hugort y Saima), y el príncipe Békher, “el Elegido”.
   





Hacia el sur está el cabo del Hechizo donde se erige el Faro Antiguo, actualmente hogar del hechicero Elíam, y los acantilados de Emerad.







Al norte están los Montes de los Enanos, donde se oculta la Villa de los Enanos. Lugar en el que abundan las piedras y metales preciosos. 









Más arriba está el cabo Finis.


En el centro del reino se oculta el Pueblo Perdido, hogar de las hadas, justo al suroeste del Bosque de las Hadas.




Los ríos que cruzan este reino son: Río Mágico, Río Curvado y Río Nublado, utilizado para realizar amuletos y armas mágicos, junto el Puente Olvido.






Otra ciudad importante es la Villa Ostern, dirigida por el conde Marlock.

En el centro de este reino, compartido con el reino de Perlath, se erige la Cordillera Blanca, donde nacen todos los ríos de la isla, en el Lago Helado, hogar de algunas hadas, gobernado por la Dama del Lago Helado, Xahíza.



También comparte con el reino de Perlath una pequeña parte de las Ciénagas Negras, donde está la Piedra Negra, lugar que guarda animales y seres extraños y magia, ambos malignos.




El reino de Khorzan está al norte, entre los otros dos reinos y es el más pequeño. Destaca la ciudad principal: Villa Khorzan, donde gobierna la reina Rubiana.  Y la Villa Materhen.
Varios ríos cruzan por sus tierras, pero el más importante es el río Materh que divide el reino en dos y destaca el Puente Dorado para unirlos.





En el reino de Perlath, la capital está en el centro-este, en la costa, y se llama Ciudad de Perlath.  Los reyes, bajo el mandato de la brujas, son Arol  y Mirey.












Lugares importantes son la Villa Berghen, donde gobierna la bruja Luxim.  Entre ambas ciudades está la Torre de los Muertos, lo único que queda del castillo que perteneció al hechicero Elíam. 







El río más importante es Gorod, que atraviesa los Montes Inferno, el hogar de las brujas. Son montañas altas y abruptas, de picos agudos y profundos acantilados. El Puente Luzabel, cuyo nombre es en honor a la bruja más poderosa de todos los tiempos, permite cruzar las montañas  separadas por el río. 










Al sur se encuentra una ciudad de aspecto muy pintoresco y plácido, llamada Villa Costah, donde gobiernan los duques Gorod IV y Pafira.  Desde ese puerto se tiene acceso a otras tierras.




Al norte, a pesar de estar en medio del reino de las brujas, se encuentra el Bosque de los Elfos y , en medio de éste, surge el Lago Dorado donde hay una isla montañosa, en cuyo interior, se oculta la Gruta y el Castillo de los Elfos.






AURIA EL HOGAR DE LOS SERES MÁGICOS. LIBRO PRIMERO

https://t.co/9oPuRdItrx (Versión Kindle)





domingo, 16 de junio de 2019

AURIA, EL HOGAR DE LOS SERES MÁGICOS.




"Auria, el hogar de los seres mágicos" (Libro Primero), es la primera parte de una historia llena de magia que transcurre en una isla llamada Auria:´

(Autora dibujo (c): Ana M. Lomba)

La isla Auria está dividida en tres reinos pero las profecías, que bien conoce el hechicero Elíam, dicen que volverá a haber sólo un reino, como hace mucho tiempo, cuando los seres mágicos y los humanos vivían en armonía. Este reino será gobernado por el príncipe Békher, "el elegido". 





 Las brujas, enemigas de los tres reinos, quieren gobernar la isla y desatarán una guerra para dominar a los humanos. Y no cesarán en la búsqueda del Elegido para matarlo. Lo único que saben del Elegido es que es hijo de un humano y un ser mágico y para desenmascararlo ponen en
práctica su magia desencadenando una serie de tragedias que obligan que el hechicero Elíam y el consejero del rey, el hechicero Dharlan, adelanten los planes que tenían reservados para el futuro de Auria y decidan proteger a Békher en el pueblo de los elfos.








A pesar de las profecías, el hechicero Elíam se encuentra que los humanos harán todo lo posible para hacerse con el reinado de la isla sin tener en cuenta las decisiones de los seres mágicos.

Los seres mágicos se debaten en la duda de si deben ayudar o no a los humanos en la guerra contra las brujas.
Finalmente, aún sabiendo que las brujas ganarán la batalla, el hechicero Elíam decide ocultar a los seres mágicos con la Niebla del Olvido, hasta que el príncipe Békher esté preparado para usar la Cruz de Luz, la espada mágica que le ayudará a vencer a las brujas, si nada lo impide.

El hechicero Dharlan, a su vez, esconde secretos que no puede compartir con cualquiera y eso le atormenta hasta el punto de convertirlo en un ser débil durante un tiempo. Por otro lado, su relación por la Dama del Lago Helado, el hada Xahíza, se verá afectada por viejas heridas y por la decisión última del hechicero Elíam.

Descubre el mundo de los elfos, enanos, hadas, brujas, unicornios y humanos: 

 "Auria, el hogar de los seres mágicos", es el primero de dos libros y puedes encontrarlo en #Amazon, formato libro papel, tapa blanda, y libro electrónico:

AURIA EL HOGAR DE LOS SERES MÁGICOS. LIBRO PRIMERO
(libro papel) https://t.co/lLDzIVfifl

(ebook) https://t.co/9oPuRdItrx
Este libro participará en el premio literario de Amazon 2019








martes, 11 de junio de 2019

LA MUSA DEL VAMPIRO XXVIII (FINAL)





Xiana no podía dormir. Amaba ese lugar pero no veía el momento de irse. Temía a Hugo. Hacía mucho tiempo que su hermano y ella habían tenido que enfrentarse a fanáticos como él. Siempre habían vencido. Sin embargo, ahora, ella no se sentía con fuerzas para enfrentarse a un, o varios, caza vampiros. Desde que habían dejado de cazar para alimentarse, sentía que sus fuerzas y su destreza habían mermado.
Se había sentado en una butaca, delante de la chimenea donde ardían varios leños, e intentaba concentrarse en la lectura. De vez en cuando, cerraba los ojos y se dejaba vencer por el sueño durante unos minutos.

Gael se encontraba en el despacho. Escribía algunas cartas con las indicaciones precisas de cómo hacerse cargo de los negocios y el palacio para entregar a su abogado, don Jacinto. La señora Telma se quedaría en el palacio para cuidarlo, así como el mozo, Marco, quien regresaría con el carruaje cuando ellos hubiesen zarpado hacia el continente americano. Solo llevarían a dos de los cuatro caballos que tenían. El abogado, don Jacinto, se encargaría de sus negocios y de que los criados cumpliesen con sus obligaciones. Todavía dudaba si debía llevar con ellos a Mirta, a pesar de las súplicas de la doncella.

Claudio ordenó que el grupo se dividiese en tres. Dos hombres vigilarían la entrada que daba al jardín, otro se encargaría de sacar a los caballos del cobertizo para que los vampiros no pudieran escapar con ellos. Y él, Hugo y otro hombre entrarían en el palacio por la puerta delantera.
Hugo, durante su estancia en el palacio, había tenido la oportunidad de conocer bien el lugar y sabía por dónde podían entrar sin ser escuchados. En el salón del piano había una ventana, cuya cerradura había forzado para que pudiera abrirse sin dificultad desde el exterior.
Llovía con fuerza pero lo agradecían por muy incómodo que fuera, pues el ruido de ésta amortiguaría el que pudiesen hacer ellos.

Gael lacró el último sobre y se recostó en el sillón. Cerró los ojos y se concentró en el ruido de la lluvia. Poco a poco fue entrando en un estado somnoliento.

Hugo se acercó a la ventana adyacente a la puerta principal y la abrió. Entraron en el salón y encendió las velas de un candelabro. 
─Están arriba. Las habitaciones de los vampiros son la segunda y tercera estancia, en el lado derecho.
─¿Y dónde está la señorita Aldara? ─preguntó Claudio.
─Su dormitorio está al final del pasillo, a la izquierda… Si no ha decidido dormir en el dormitorio de Gael ─hizo una mueca de repulsa.

Gael abrió los ojos y escuchó atentamente. Estaba seguro de que había entrado alguien en el palacio. Apagó las velas y se acercó a la puerta. Bajó la manilla, despacio y se asomó al vestíbulo. Pudo oír voces que procedían del salón del piano y reconoció la voz de Hugo. Una ola de adrenalina recorrió su cuerpo, provocando que sus músculos se tensaran, enrojecieran los ojos y los labios se abrieron ligeramente para dejar ver los colmillos afilados.
─¡Maldito seas! ─susurró.

Fuera se oyó el relinchar de los caballos  que eran obligados a alejarse. Gael sabía que eso no suponía ningún problema. Los animales estaban bien entrenados y compenetrados con él, solo tenía que pensar en ellos para que le obedecieran.
Vio venir a Marco  y, con la rapidez característica de los de su raza, se apresuró a cogerlo y echarlo a un lado del pasillo, ocultándose tras una columna, le cubrió la boca para evitar que hiciera ruido. El mozo abrió los ojos como platos y su corazón dio un brinco.
─No hables, Marco. Hay intrusos en el palacio ─le quitó la mano de la boca.
─Pero escuché a los caballos, señor.
─Olvídate de los caballos. Ve arriba y avisa a mi hermana para que huya con Aldara. Luego coge un arma y ayúdame a acabar con estos desgraciados.
─¿Cuántos son, señor?
─Escuché dos voces pero seguro que son más. ¡Apresúrate!
─Sí, señor.
Marco salió del escondite y empezó a subir las escaleras en el momento en que los tres hombres que estaban en el salón salieron al vestíbulo. Claudio empuñó un arma y dio la orden para que se detuviera. El tercer hombre alumbraba la estancia con un candelabro.
Gael vio que había tres hombres, uno de ellos, como había esperado, era Hugo Castillo. Pero tenía que haber más afuera pues alguien se había encargado de espantar a los caballos. Salió del escondite para ayudar a que Marco siguiera subiendo las escaleras. El mozo se había quedado tieso y no sabía qué hacer.
─¿Era esto lo que buscaba, Hugo? ─preguntó─. ¿Atacarnos en medio de la noche? ¿Crees que la oscuridad os concede alguna ventaja?
Marco, aprovechando que su señor atraía la atención de los intrusos, siguió subiendo las escaleras pero Claudio lo volvió a llamar.
─¡Detente o disparo! ─gritó.
Gael levantó la mano y concentró su energía en el arma de Claudio. El hombre sintió que le fallaban las fuerzas y disparó antes de que le cayese la pistola al suelo. La bala se incrustó en uno de los escalones. Marco se apresuró a subir al primer piso pero Xiana y Aldara, que habían escuchado las voces y el disparo, ya se asomaban.
─¡Aldara! ─la llamó Hugo cuando la vio─. ¡Ven conmigo! ─tendió su mano─. Debes alejarte de estos demonios.
─¿Qué está pasando? ─preguntó Aldara, asustada, mirando a Gael.
─Xiana, será mejor que os vayáis ─dijo Gael─. Olvidaos de mí.
Xiana dudó pero cogió a Aldara por la cintura y la obligó a retirarse. Corrieron hasta la habitación de Gael.
─¡No permitiré que se la lleve! ─gritó Hugo a Gael.
─Ella se viene conmigo por decisión propia ─dijo Gael─. Les concedo la oportunidad de irse de mi casa ─añadió, con una voz amenazante, mirando con firmeza a los tres hombres.
─Me temo que no está en condiciones de exigir nada ─dijo Claudio─. Somos más y, como ha visto, estamos armados.
─Usted también ha visto que sus armas no son muy efectivas.
─Tenemos otras ─desenvainó una espada.
El tercer hombre dejó el candelabro sobre una mesa y sacó un puñal. Hugo también desenvainó una espada.
Gael sabía que los hombres intentarían herirlo para debilitarlo y cortarle la cabeza. No se asustó. Su única preocupación era que su hermana y Aldara se pusieran a salvo.








Xiana movió un adorno que había sobre la chimenea y se abrió una puerta al lado de ésta. Cogió una vela y pasaron al otro lado y la puerta se cerró tras ellas.
Bajaron unas escaleras de piedra y recorrieron un túnel que comunicaba el palacio con las caballerizas.
Marco permanecía en lo alto de las escaleras sin saber qué hacer. Quería ayudar a su señor pero no tenía armas y no era lo suficientemente fuerte para enfrentarse a los intrusos. Armándose de valor, empezó a bajar las escaleras.
─¡Estate quieto! ─insistió Claudio.
El tercer hombre, a una señal de Hugo, se abalanzó contra Gael con la intención de clavarle el puñal. Pero Gael fue más rápido y se hizo a un lado. Cogió al hombre por un brazo y lo tiró contra la pared con tanta fuerza que el hombre se golpeó la cabeza y perdió el sentido.

Entonces Claudio recogió la pistola y disparó a Marco, quien  bajaba las escaleras para reunirse con Gael. Le dio en una pierna y el mozo se cayó rodando los últimos escalones, emitiendo un fuerte quejido.
─¡Aaah! ¡Me han herido, señor! ¡Me han herido! ─gritaba.
Gael no podía ayudarlo en ese momento. Claudio y Hugo se abalanzaron sobre él empuñando las espadas.
De un ágil salto se abalanzó por encima de la balaustrada para situarse en las escaleras. Entonces bajó para coger a Marco y lo ayudó a subir al primer piso cargando con él como si no pesara nada.
Hugo y Claudio subieron corriendo detrás de ellos pero no eran tan rápidos como Gael.
Los hombres que estaban en la parte de atrás del palacio, oyeron el disparo y se miraron confusos. Los nervios y la impaciencia se adueñaron de ellos y uno decidió acceder al interior. Golpeó con fuerza la puerta con el pie y la abrió. Corrió por el pasillo.
Mirta y la señora Telma salieron de sus habitaciones y gritaron asustadas al ver la hombre.
─¡Enciérrense si no quieren morir! ─dijo el hombre.
─Será mejor hacer lo que nos dice ─sugirió la señora Telma.

─¡Pero es posible que los señores necesiten ayuda! ─dijo la doncella.
─¿Y qué podemos hacer nosotras para ayudar? ─sollozó.
Mirta no supo qué responder pero sentía la necesidad de hacer algo.
─Quédese en la habitación y cierre con llave. Yo iré a comprobar cómo están las cosas.
─Pero ¿te has vuelto loca, chiquilla? ¡Mira! ─señaló al exterior─. Allí hay otro hombre. ¡Dios mío, nos van a matar!
─Tengo que saber cómo están los señores ─dijo Mirta y salió corriendo.
La señora Telma quiso llamarla pero prefirió callar para no llamar la atención del hombre que estaba fuera. Entró en su dormitorio y cerró la puerta con llave.







Mirta llegó al vestíbulo y vio sangre que venía desde las escaleras. Miró hacia arriba y empezó a subir despacio. El hombre que había entrado por detrás ya estaba arriba.
Gael y Marco se refugiaron en la habitación del primero. Dejó al mozo en la cama, le acercó un cordón de las cortinas para que pudiera hacer un torniquete y abrió la puerta que llevaba al pasadizo.
─¿Me va a dejar aquí, señor?
Se asomó para escuchar si su hermana y Aldara ya habían llegado al final. Todavía pudo oír sus últimos pasos. Volvió a cerrar la puerta y miró a Marco.
─Te quedarás aquí. No te harán nada si no te mueves.
─Y usted,  ¿qué va a hacer, señor?
Gael no respondió. Salió al pasillo y se encontró de frente con Claudio. Hugo lo seguía. Esquivó una estocada que le quiso dar con tanto ímpetu que, al fallar, le venció el cuerpo. Gael lo empujó de un puntapié y lo tiró al suelo. La espada salió disparada varios metros.
Hugo quiso hacer lo mismo que Claudio pero Gael lo esquivó con rapidez. La espada se clavó en un mueble que había en el pasillo y Gael lo cogió por el cuello levantándolo del suelo unos centímetros. Hugo luchaba por soltarse y respirar.
─¡Eres un mierdas que no sabe dónde se ha metido! ─susurró Gael y apretó más fuerte.

El hombre que venía del jardín, viendo la escena, corrió a ayudar a Hugo y clavó un puñal en el costado a Gael. Se quejó pero consiguió arrojar a Hugo contra él.
Hugo cayó sobre el hombre y terminaron en el suelo. Tosió violentamente e intentó levantarse.
Claudio se había levantado y recuperó la espada, pero sacó el arma y disparó a Gael. La bala le atravesó el brazo izquierdo.
Mirta echó a correr hacia su señor.
─¡Basta! ─gritó─. ¡Basta! ─se puso ante él para protegerlo.
Los hombres la miraron perplejos. Claudio se adelantó a ellos y apuntó nuevamente con el arma.
─¡Aparta, mujer, o juro que te mato! ─dijo amenazante.
Mirta no se amilanó. Miró con decisión a Claudio en su empeño de defender a su señor.
─Mirta, aléjate ─le pidió Gael─. Estos hombres no se andan con bromas.
─No pienso permitir que lo maten, señor.
─No lo harán, créeme. Solo hago tiempo para que mi hermana y Aldara puedan irse bien lejos.
Hugo miró contrariado a Gael. Hasta ese momento, pensando en matarlo, se había olvidado de Aldara. Corrió a abrir la puerta de la habitación donde dormía el vampiro y se encontró con Marco. Entonces buscó en las otras habitaciones pero no estaban ni Aldara, ni Xiana. Gael sonrió complacido.




Xiana y Aldara abrieron la última puerta y subieron unas escaleras que daban a una trampilla. Haciendo uso de su fuerza,  levantó la trampilla y accedieron al cobertizo. Ya no estaban los caballos, así que tenían que huir andando.
─Iremos por el monte ─dijo Xiana.
─Pero, ¿a dónde?
─Al pueblo. Luego ya veremos qué hacemos.
─¿Vamos a dejar a Gael solo?

─Sabrá cuidarse.
─¿Es que no has visto que Hugo no venía solo? ¡Lo van a matar! ─sollozó, desesperada.
─¡Escucha, Aldara! ─se acercó a ella y la cogió por los hombros─. Ahora solo debemos pensar en salir de aquí.
─A mí no me harán nada. Puedo hablar con ellos y pedirles que os dejen marchar.
─¿Es que no lo entiendes? ¡Han venido a matarnos a mí y a mi hermano! No importa si tú te vas con ellos.
Cogió a la joven de una mano y salieron del cobertizo. Entonces se encontraron con un hombre que las apuntaba con un arma. Se detuvieron en seco y lo miraron asustadas.
─¿Cuál de las dos es la señorita Aldara? ─preguntó el hombre.
─Es ella ─señaló Xiana─. Por favor, no le haga daño.
─No es mi intención hacerle daño a ella…, sino a usted.
Levantó el arma y disparó acertando cerca del corazón de Xiana. Aldara gritó horrorizada y se agachó para ayudar a su amiga que yacía en el suelo, inconsciente. Las ropas se empaparon en sangre.
─¡La ha matado! ¡La ha matado! ─sollozó.
─Esa era la idea ─sonrió el hombre y se acercó a Aldara. La cogió de un brazo y la obligó a ir con él. Miró a Xiana y le dio un puntapié─. No creo que se mueva. Luego la remataremos ─añadió.
Aldara quiso zafarse pero él tiró de ella con violencia y la llevó hasta el castillo.

Gael sintió el dolor de su hermana y se enfureció más. Cogió a Mirta de la mano y la hizo bajar con él las escaleras lo más rápido que ella podía sin caer.
─¡Regresa a tu habitación y enciérrate! ─le ordenó.
─Pero, yo quiero ir con usted.
─Ahora solo me estorbarías y podrían matarte sin motivo. ¡Haz como te digo!
Mirta no tuvo tiempo de reaccionar. En ese momento abrían la puerta de un puntapié y entraba otro hombre con Aldara. En la cima de las escaleras aparecieron Hugo, Claudio y el tercer hombre.
─Parece que la suerte se les ha acabado ─comentó Claudio con regocijo.
El hombre que sujetaba a Aldara empuñó el arma apuntándole a la cabeza. Gael se hizo a un lado para que no pudieran atacarle desde arriba y Mirta se puso delante de Gael para evitar que le hicieran daño.
─Será mejor que te vayas, Mirta.
Mirta obedeció. Se alejó de Gael pero, en vez de ir a su habitación, entró en la biblioteca. Sabía que allí se guardaban armas antiguas que habían pertenecido a algún antepasado de su señor.





Gael intentó pensar en qué acción debía llevar a cabo para no dañar a Aldara y vencer a los contrincantes. En las escaleras estaban tres hombres y delante, apuntando a Aldara, otro. Desde arriba, no podían verle, así que, si querían atacarle tenían que bajar y eso era una ventaja para él porque podía defenderse contra ellos, pero el hombre que estaba junto a la puerta, podía dispararle con facilidad o herir a Aldara.
─¡Por favor, Gael, vete! ─pidió ella─. ¡A mí no me harán nada! Ya han matado a Xiana, no quiero que tú también mueras ─sollozó.

Gael sabía que su hermana estaba malherida pero no había muerto. Podía sentirlo.
─Te prometo que nos reencontraremos en algún lugar ─dijo Aldara.
Gael pensó que quizás Aldara tenía razón. Podía entrar en el salón y salir por la ventana que ya estaba abierta, coger a su hermana y huir. Pero sentía que actuar así era una cobardía, así que dudó. Y en esos segundos que se hicieron eternos, sucedieron dos cosas inesperadas.
Marco se acercó a las escaleras. Le dolía la pierna pero, con el torniquete hecho, podía caminar despacio. Llevaba consigo un atizador de la chimenea y propinó un golpe al hombre que tenía más cerca. Rodó por las escaleras y rompió el cuello.

Claudio se volvió y le disparó nuevamente acertando en el pecho. La violencia del golpe de la bala hizo que Marco saliera disparado hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la pared. Perdió el sentido.
Aprovechando esos minutos de confusión, Gael se abalanzó con gran rapidez y agilidad, sobre el hombre que tenía a Aldara. Le partió el cuello con un solo movimiento y liberó a la joven.
─¡Huye! ─le ordenó.
Aldara salió corriendo de la casa. Claudio quiso disparar contra Gael pero Hugo se lo impidió.
─¡Podrías herir a ella! ─gritó.
─¡Y qué carajo importa! ─gritó a su vez Claudio─. ¡Hay que acabar con los vampiros!
Mirta regresó al vestíbulo y apunto hacia los dos hombres. No estaba segura de haber cargado bien el arma pero disparó a Hugo. A su vez, Claudio le disparó a ella y le dio en la cabeza, provocándole la muerte en el acto.
Hugo se dobló sobre sí mismo. La bala le había alcanzado en el estómago. Se sentó en las escaleras. Tenía dificultad para respirar. Gael se abalanzó contra Claudio y lo estrelló contra la pared. Le abrió la garganta de un mordisco. Hugo quiso atacarle pero no le respondieron las fuerzas. Gael, con calma, se acercó a él y se agachó a su lado.
─¡Pobre imbécil! ─le dijo─. Has arruinado la vida de seres inocentes por un simple calentón.
─No ─negó Hugo con las pocas fuerzas que le quedaban─. Mi intención… era matarte… a ti… a tu hermana… Me alegra saber… que ella está muerta.
─Mi hermana no está muerta, cretino. Y saldrá de ésta.
Gael se inclinó sobre él y lo mordió en el cuello para darle muerte. La última expresión de Hugo fue de asombro al conocer que no había tenido éxito en su misión.





Aldara no sabía hacia dónde ir. Estaba muy asustada y confusa, así que regresó junto a Xiana y se arrodilló junto a ella. Comprobó que no estaba muerta pero sí muy débil. Quiso llevarla al cobertizo para protegerla de la lluvia pero no tenía fuerzas suficientes.

Gael subió las escaleras y se acercó a Marco. El hombre estaba grave pero aún vivía. Luego bajó junto a Mirta. La doncella yacía muerta en el suelo. Fue a buscar a la señora Telma para que atendiera al mozo.
Antes de llegar a la habitación de la cocinera, vio al hombre que aguardaba en el jardín por sus compañeros. Corrió hacia él y, sin darle tiempo a que reaccionara, le partió el cuello.
La puerta del dormitorio de la señora Telma estaba cerrada. Gael llamó pero no le respondieron. Entonces abrió la puerta de un empujón. La cocinera corrió a refugiarse en una esquina de la habitación.
─¡No me haga daño, por favor! ─suplicó entre sollozos.
─Señora Telma, soy yo ─dijo Gael.
La mujer le miró y se levantó. Corrió hacia él y le cogió de las manos.
─¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto me alegro de verle, señor! ¿Cómo están los demás? ¿Ha visto a Mirta?
─Mirta ha muerto. Quiero que vayas al primer piso y atiendas a Marco. Está herido. Yo voy a buscar a mi hermana y a la señorita Aldara.
Cuando llegó al vestíbulo vio que el hombre que había permanecido inconsciente empezaba a despertar. Le dio otro golpe y volvió a perder la consciencia.
Salió al exterior y olfateó en el aire. Supo que su hermana y Aldara estaban juntas, cerca del cobertizo. Corrió hacia allí.
Aldara, en medio de la confusión que provocaba la lluvia intensa, vio venir a alguien hacia ellas corriendo más rápido de lo normal. Supo que se trataba de Gael y lo llamó.
─¡Gael!
Se abrazaron y besaron. Gael examinó a su hermana y la cogió en brazos para llevarla a casa.
La señora Telma lloraba sentada en las escaleras. Gael supo que Marco había muerto. Subió a su hermana al dormitorio y la dejó en la cama.
─¿Qué hacemos ahora, señor? ─preguntó la señora Telma detrás de él.
─Hay que avisar a las autoridades. Pero ya me encargo yo. Prepare todo lo necesario para curar a mi hermana.
Rompió las ropas y dejó al descubierto la herida del pecho. Aldara echó agua en una palangana y cogió una toalla para limpiar la sangre.
─¿No es mejor avisar a un médico?
─No. Yo puedo encargarme. Vengo ahora ─dijo y salió de la habitación.
Gael entró en su dormitorio y se acercó a una de las mesas que estaban al lado de la cama. En uno de los cajones cogió una daga pequeña y regresó junto a su hermana.
La señora Telma ya se encontraba en la habitación. Traía vendas, agua caliente y linimento.
Gael extrajo la bala de la herida y procedió a limpiarla y vendar a su hermana. Luego dejó que las mujeres le cambiaran las ropas y la acomodaran.
Se aseó y se cambió las ropas. Salió al exterior y concentró su pensamiento en los caballos.
Los animales no se habían alejado mucho y regresaron juntos en poco tiempo. Gael ensilló el que siempre usaba para montar y se dirigió al pueblo.






Las autoridades y el padre Miguel se hicieron cargo de la situación. El sacerdote supo qué había pasado en realidad, pero para los agentes, en el palacio se cometió un robo con trágicas consecuencias.
Los gritos que profería el hombre que había estado inconsciente diciendo que los hermanos eran vampiros no afectó en nada en la investigación.
─¿Cómo está su hermana? ─preguntó el sacerdote a Gael.
─Todavía no ha recuperado la consciencia.
─Tal vez debería verla un médico.
─No será necesario, gracias.
─Después de esta tragedia, ¿qué van a hacer? ¿Se van a ir del pueblo?
─¿Por  qué debería irme de mi hogar? ─miró al sacerdote y éste asintió.
No le agradaba la idea de que en su parroquia vivieran vampiros pero tampoco podía evitarlo, así que decidió continuar como si nada hubiera sucedido y nada supiera.

Gael se sentó al lado de la cama y contempló el rostro de Xiana. Hacía dos días del disparo que recibió y seguía inconsciente. Había perdido mucha sangre y, si no recuperaba las fuerzas, sabía que tenía que ayudarla de alguna manera.
─Xiana, por favor… Tienes que despertar.
La respiración de Xiana era muy débil. Gael no podía permitir que su hermana se muriera. Tenía que alimentarla para ayudarla a recuperarse.
Sobre la mesilla todavía estaba la daga con que le había extraído la bala. Se arremangó la camisa y se hizo un corte en el brazo con ella. Acercó la herida sangrante a la boca de su hermana.
Al principio, Xiana no reaccionaba. Pero la sangre bajó por su garganta y empezó a llenar su estómago. En la respiración se hacía evidente como recuperaba las fuerzas. Abrió los ojos y se sujetó al brazo de Gael para beber con más ansia.
Aldara llegó a la habitación y se quedó paralizada al ver la escena. Era la primera vez que se hacía consciente de lo que era un vampiro. Salió de allí y se quedó en el pasillo. Gael la vio salir.
Xiana dejó de beber sangre y miró a su hermano. Sonrió agradecida. Él la besó en la frente. Limpió la boca de su hermana con un pañuelo y lo utilizó para vendar la herida.
Aldara estaba apoyada en la pared y miró horrorizada a Gael cuando lo vio salir.
─¿Por qué has hecho eso? ─le preguntó.
─Lo necesitaba o moriría ─dijo Gael.
─Pero, pudimos llamar a un médico para que le hiciera una transfusión ─hablaba con rapidez, presa del nerviosismo─. Ahora se puede donar sangre de una persona a otra. Lo vi una vez en el orfanato. No es necesario hacer esas aberraciones, Gael.
─Nosotros no somos humanos,  Aldara. Somos vampiros. Nos curamos de otra manera diferente. Así, tal cual has visto ahora.
─No sé si me gusta esto.
─¿Qué pensabas que era un vampiro, Aldara? ─se acercó a ella.
─No lo sé. En verdad, no lo sé.
─Creo que tenías una imagen romántica, tal vez sacada de algún cuento.
─¿Os alimentabais así?
─De eso hace mucho tiempo.
─Pero, si dejasteis de hacerlo, ¿por qué no cambiáis otras costumbres?
─Hemos cambiado las costumbres que nos hacían monstruos ante los ojos de los humanos, pero no podemos cambiar todas. Aldara, lo que hice ahí dentro fue para salvar a mi hermana. Pero eso no cambia mi forma de ser. No me impide amarte.
─¿Qué futuro puedo tener a tu lado, Gael? No quieres que sea como tú. Eres casi inmortal y… ¿Y si decidiese tener hijos un día? ¿Tú me podrías dar hijos?
─Sí. Pero no serían como los niños humanos ─se miraron en silencio unos segundos─. ¿Qué vas a hacer, Aldara? ¿Vas a irte?
Aldara se abrazó a él y lloró en silencio. Tenía algunas dudas de que su decisión fuese la más acertada, quizás fuesen producto de los miedos infundados por la ignorancia. Sabía que siempre tendría que luchar con sus fantasmas pero no se dejaría vencer por ellos.
Sintió el calor que desprendía su cuerpo. Le miró y le besó en los labios. Gael respondió y le acarició los cabellos.
─Jamás te dejaré, Gael ─le dijo y se besaron.

FIN

  




 Nº Reg. Safe Creative: 1905150902480
Novela escogida para los premios Wattys2019 en Wattpad.

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)