viernes, 19 de julio de 2019

LA DAMA DEL SUR

Y sigo compartiendo relatos que escribo en el club de escritura. En esta ocasión teníamos que inventar una historia basada en el viejo oeste americano y debía tener tres elementos: mujer, conflicto (indios), alcohólica.
Yo escribí este relato que espero os guste. Gracias por vuestras lecturas. Espero que, si dejáis comentarios, blog no tenga fallos y pueda verlos y comentarlos sin problemas.

LA DAMA DEL SUR

Después de perder a su marido en la guerra de Secesión y a sus hijos por culpa de la enfermedad, a Mary Lou ya no le quedaba nada en la vida, solo deseos de irse lejos de Charleston.
Los pocos amigos que tenía ya no la recibían en sus raídos salones donde insistían en celebrar estúpidas reuniones para demostrar que todavía existían clases sociales diferentes y que ellos jamás serían iguales a los negros, por mucho que insistieran los yankees. Parecía que se negaban a aceptar los cambios y las pérdidas de familiares, amigos y dinero.
Para Mary Lou eran más estúpidos que antes, más borrachos e hipócritas. Señalaban las faltas de los demás y justificaban las suyas inventándose excusas por una buena causa inexistente.
Esos amigos la señalaban con el dedo considerándola una mujer pecadora por el simple hecho de calmar sus penas con una botella de whisky o el humo de buen cigarro. Pero ella sabía que esos pequeños vicios no la hacían ser peor persona, ni más pobre, ni rica que los demás.
Cansada y asqueada de la sociedad sureña, decidió vender las pocas posesiones que tenía e irse al norte, sin rumbo fijo.
Llegó al noroeste, a tierras que, en comparación con las del sur, le parecían tan áridas e inhóspitas como el infierno mismo. Pero no le importó, compró una casa con terreno. Adquirió algunos muebles, los suficientes para tener un poco de comodidad.
Cuando terminó de adecentar la chabola de madera se miró al espejo. Entonces percibió como el sufrimiento y su vicio habían hecho mella en ella. Tenía más arrugas, más canas y los ojos tristes. No le importó. No había llegado a ese lugar con la intención de agradar a nadie, solo quería sobrevivir los pocos años que le quedaban de vida.
Había conseguido arreglar la bomba de agua para tener agua del pozo que estaba al lado de la casa y estaba dispuesta a plantar maíz en aquella tierra que se veía tan áspera, al pie de una rocosa montaña. Otros vecinos tenían sus plantaciones, así que ella no se rendiría.


Compró unas semillas de maíz y, con gran esfuerzo, aró la tierra y las plantó. Por las noches se sentaba en el porche y bebía bajo la luz de las estrellas. Sobre sus rodillas descansaba una botella de whisky y una escopeta cargada. Sabía que era zona de indios y no permitiría que se acercaran a su propiedad, no sin luchar.
Embriagada por su último sueño y la borrachera, hablaba con las plantas para que no fallaran en su crecimiento, y se dejaba llevar por el éxtasis de su penosa soledad. Cantaba y bailaba sin reparos alrededor de una hoguera o cerca del maizal. Ya nada había en ella que recordara a la dama del sur que había sido un día.
Desconocía que, no muy lejos de allí, un grupo de indios vigilaba a la nueva loca blanca que se había instalado en las que un día habían sido sus tierras. No tenían intención de atacarla, ni siquiera asustar. Les sorprendía que el maíz pudiera crecer en aquélla tierra regada de agua y alcohol. Le maravillaba que la mujer hablara con las plantas y aullara a la luna, como si fuera una loba. Que bailara alrededor de una hoguera y gritara su dolor.
A pesar de su empeño en hacer todo bien, la bebida le impedía obtener buenos resultados, incluso se olvidaba de comer y su salud empezó a debilitarse.
Una mañana, Mary Lou se sorprendió al encontrar delante de la puerta de la casa unos víveres: carne seca y tortas de maíz. Dos días más tarde dejaron más comida. También le llamó la atención que la plantación creciera con éxito.

Al principio pensó que la traída de alimentos se trataba de un juego iniciado por algún hombre que intentaba obtener algo de ella, pero desechó de inmediato ese pensamiento cuando recordó su aspecto. Ella ya no era joven, ni bonita.
Luego pensó que podía ser el intento de acercamiento de un grupo de mujeres devotas que había en el pueblo. Eso la enfadó mucho. Ella ya no quería saber nada de Dios, ese ser despiadado e injusto que le había arrebatado lo que más quería en la vida: su familia.
Sin embargo, tras pensar en ello en los momentos de lucidez, se dio cuenta de que las viandas no eran las típicas limosnas que dejaría un cristiano, ni una persona civilizada.
Entonces decidió hacer guardia para pillar in fraganti a quién osaba acercarse a su propiedad, sin importarle si sus intenciones eran buenas.
Así descubrió a los indios. Eran ellos quienes venían hasta la puerta de su casa para dejar los alimentos, para decir algunos cánticos delante del maíz y quitar las malas hierbas.
Al contrario de lo que esperaba, no se asustó. Se sintió tan desconcertada como maravillada al saber que había alguien que cuidaba de ella sin pedir nada a cambio. Entonces, decidió dejar un presente para ellos: un par de mantas.
Poco a poco, en el silencio de la noche, se inició una amistad que consiguió cambiarla como persona y mujer.





Mary Lou sabía que nunca más volvería a ser la dama del sur, ni quería volver a serlo. Ahora era la mujer de las montañas, la amiga de los indios, la loca de la noche.

FIN

lunes, 15 de julio de 2019

EL CALCETÍN ROJO

Ocupaciones profesionales y personales me impiden dedicar tiempo al blog. Así que, mientras pienso en una historia para publicar, dividida en capítulos, sigo compartiendo algunos relatos que escribo en el Club de literatura al que pertenezco.

Este relato titulado "El calcetín rojo", forma parte de una actividad creativa que circula por distintas redes de Internet. Espero que os guste el que escribí yo.

Aprovecho para desearos un feliz verano y agradecer vuestras lecturas.

EL CALCETÍN ROJO





Se pasó una hora buscando el calcetín rojo, pero no lo hizo de forma activa. Se sentó en la cama, frente a la pared vacía, con la mirada perdida se concentraba en sus pensamientos, intentando recordar dónde había dejado el maldito calcetín rojo.

Era un calcetín de tejido fino, elástico, largo, el ideal para estrangular a una mujer de cuello fino que no usaba medias, como la pelirroja de tinte que estaba tirada en el suelo, al lado de la cama, mirándole con sus ojos de muerta.
En su mente tenía el plano de la casa, que no era grande. Recordaba haber ido al baño para lavarse las manos después de tocar el cadáver.
Sí, había sido él quien mató a la mujer. Y, aunque había estado con ella anteriormente, no era lo mismo tocar a una persona viva que a una muerta. De ahí su necesidad de asearse.
Pero el calcetín no estaba en el baño. Ya había mirado en el cesto de la ropa, en la bañera, incluso dentro de la cisterna. Algo absurdo, pero en su desesperación por encontrar el arma del crimen cualquier lugar le parecía que podía ser un buen escondite, o más bien, una trampa. Porque él no había escondido el calcetín rojo, solo lo había perdido.
También había estado en la cocina, donde comió un trozo de pizza. Lo buscó como un poseso en todas partes, dentro de los muebles, la nevera, la lavadora, el microondas, el horno, el cubo de la basura. No estaba allí. Ni estaba en el salón, ni el balcón, ni dentro de las macetas. Tampoco estaba en el dormitorio. Allí solo había un calcetín rojo, todavía puesto en la pierna de la muerta.

Pero, ¿cómo podía perderse un calcetín? Rojo. Era rojo como la sangre. Buscó en la cama, debajo del cadáver. Y, finalmente, se dejó caer sentado en la cama. Ya no se le ocurría ningún sitio para buscar. Por culpa del maldito calcetín no podía irse de allí. Aunque estuvo a punto de hacerlo, sin importarle que quedara el calcetín perdido en la casa. Mas, no pudo hacerlo. Era cuestión de orgullo. Él siempre se llevaba el arma del crimen consigo. Era como un trofeo y ya tenía unos cuántos. 
“Rojo. Solo es un calcetín rojo”. Empezó a decir para sí mismo, desconcertado ante su situación.

No era la primera vez que mataba, pero sí la primera que utilizaba un calcetín. La pelirroja no utilizaba medias.
Pasó el tiempo, no podía saber cuánto. El silencio que reinaba en la casa se quebró cuando la chica que hacía la limpieza entró en el dormitorio. Poco después llegaba la policía. Alguien lo obligó a levantarse y lo esposaron. Entonces se acordó de su chaqueta y la pidió. Uno de los agentes se la acercó y lo vio. Ahí estaba el calcetín rojo, en el bolsillo de la chaqueta. No supo si reír o llorar.
 FIN 


miércoles, 10 de julio de 2019

EL BOHEMIO



El día que conocí a Jaime supe que acababa de encontrarme con un auténtico bohemio.
Su postura informal, segura, aparentemente ausente, era la típica de quienes miran el mundo desde otra dimensión, con humildad ante lo que ofrece la vida y con la autoridad suficiente de quien sabe reconocer los entresijos del Universo.
En esa dimensión desconocida para los demás mortales, esperan encontrar la inspiración que les ayude a crear su nueva obra de arte, y se dejan caer en un pozo negro y profundo cuando les es negada la llegada de las musas.
La primera vez que nos encontramos estábamos en un bar sin lujos, con sillas de madera gastada, mesas de mármol y hierro, y luces mortecinas.
Me dijo que escribía poesía y le gustaba tocar el saxofón. La bebida le ayudaba  a encontrar la inspiración.
Las personas calladas despertaban su interés. Intuía que, muchas de ellas, ocultaban un mundo lleno de ricos matices, interesantes por descubrir.
Esa fue una de las cosas que le llamó la atención de mí. Observó que, además de ser una persona retraída, no estaba ausente, pues mis ojos devoraban cuanto acontecía a mí alrededor.
Nos sentamos juntos y me invitó a tomar algo. Él siempre tomaba vodka.
Me habló de sus viajes a lo largo del mundo. De las gentes que conoció, las mujeres que amó y de las que le amaron.
Todas sus experiencias se acumulaban en sus letras y la música, siempre de notas lentas y melancólicas.
Maldijo la juventud actual que perdía la conciencia detrás de una pantalla. Entregaban su alma a una máquina que ofrecía un mundo manipulado, diezmado a una simple compilación de imágenes muertas. Perdían todos los colores que ofrecía el caleidoscopio de la vida.
Para él, la esencia de la creatividad estaba condenada a desaparecer por culpa de programas informáticos tiranos y desalmados.
Para Jaime, los bohemios estaban condenados a desaparecer. Ya nadie se detenía a contemplar el pasar de la vida absorbiendo su esencia, sumándose a su alegría y a su dolor.
Para mí, él era un bohemio, tal vez el último espíritu libre, inconformista, doliente y enamorado de la vida y de la muerte.
FIN

lunes, 1 de julio de 2019

ACONTECIMIENTO EN LA "PRAZA DA ESTRELA"


Como era habitual, nos reunimos los jueves en el Club da Mala Estrela para desarrollar nuestra creatividad literaria.
El frío del local se agradece en una tarde demasiado calurosa para ser primaveral. A pesar de ello, no conseguía concentrarme y lo poco que escribía me resultaba aburrido, sin sentido.
Mientras mis compañeros parecían estar poseídos por la musa de la literatura, yo me distraje con algo que estaba aconteciendo en la plaza. Durante un breve momento pensé que estaba soñando pero estaba segura de estar despierta. Sin embargo, cuanto sucedía en la plaza era tan extraordinario como inverosímil. Llamé la atención del grupo pero ellos no veían lo mismo que yo y me miraron con gran extrañeza. Fingí seguir escribiendo pero volví a concentrarme en los personajes que iban apareciendo ante mí en la plaza.
Lo primero que vi fue un mimo que ofrecía un espectáculo corriente. Se movía con gran precisión y elegancia, aparentando estar dentro de una caja. Se detuvo para mirarme con desesperación. Parecía suplicar ayuda. De pronto, de la nada, llovió sangre sobre él y su traje, negro, quedó empapado, así como el blanco maquillaje.


No tardó en aparecer un payaso que tenía las piernas exageradamente largas y se movía con torpeza. Llevaba un montón de globos negros que soltaba de uno en uno, a la vez, que los contemplaba alejarse.
Los globos ascendían despacio, muy despacio, como si algo les impidiera ser libres. El payaso se volvió hacia mí y me miró fijamente. Su rostro era tan triste como el del mimo, que seguía intentando salir de su caja invisible.


Poco después, vi un malabarista. Lanzaba cuchillos envueltos en llamas y los cogía con destreza, sin importarle las quemaduras que le provocaban en las manos y el traje negro. Me miró fijamente mostrando una barba chamuscada y sus ojos, oscuros, reflejaron el rojo de las llamas que contrastaba con su triste sonrisa.
Un hombre vestido con un disfraz de oso, subido a un triciclo, pasó por delante del malabarista, pedaleando con gran lentitud. Llegó a un punto en el que, por más que se esforzaba, no conseguía avanzar y, mirándome con gran tristeza, se lamentaba mostrando su agonía y desesperanza.



Vi un destello que reflejaba el traje con brillos de una trapecista que subía una cuerda llena de púas. Se balanceó en un trapecio dejando que la sangre de sus manos salpicara la plaza como si de confeti se tratara. Y me miraba con una pena que parecía nacer de su alma.




Me pregunté cómo era posible que un mundo que siempre se nos presentaba alegre y lleno de color, pudiera parecer tan triste y agónico. Y recordé que, a veces, los colores son como la  sonrisas, tras ellas se pueden ocultar un alma encerrada en un pozo oscuro que lucha por salir de su asfixiante desesperanza.
FIN

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)