viernes, 30 de agosto de 2019

LA MANSIÓN GRIS (1)





La señora Esther recibió una carta en la que el señor Álvaro Quiroga le pedía que abriera y acondicionara la mansión para su regreso.
Hacía casi cinco años que se había cerrado la gran casa, y el señor se había marchado sin decir a dónde iba ni cuándo regresaría.
En ese tiempo, lo vivido en la mansión había pasado a formar parte de un simple recuerdo triste y desconcertante.
Esther cogió las llaves que guardaba en un pequeño armario colgado en la pared de la cocina de su hogar y pidió a su hija que la acompañara. Ya tenía edad para ayudarla y, tal vez, el señor le daría un trabajo de doncella.
Como ama de llaves tenía encomendado airear la casa de vez en cuando. Y lo había hecho todos los meses, aunque no le gustaba regresar a ese lugar que consideraba maldito.
Ella no era una mujer supersticiosa, al menos así lo quería creer, pero sí era religiosa y temerosa de Dios y el Más Allá. Por ello, no le agradaba permanecer en la mansión mucho tiempo, tentando la suerte de encontrarse con algún espíritu.
Desde el trágico fallecimiento de la señora Clara, la esposa del señor Álvaro, la gente comentaba que su alma no descansaba en paz y era frecuente verla por la mansión o cerca del río, donde la encontraron muerta.
Antes que la muerte de la joven señora, ya existía el rumor de que la madre del señor Álvaro, fallecida durante  el parto, también deambulaba por la mansión.
El padre del señor se encerró en sí mismo y desatendió sus obligaciones, se hizo alcohólico y agresivo. Culpaba a su hijo de la muerte de su bella esposa. Al igual que la señora Clara, murió ahogado en el río.
Estas circunstancias hicieron que la gente empezara a llamar a la casa “la mansión gris”. Y lo era, no por su aspecto, sino por la tristeza que invadía el ambiente.
Esther confiaba en que las cosas pudieran cambiar a partir del regreso del señor porque, como le decía en la carta, se había vuelto a casar. Si nada lo impedía, la felicidad volvería a reinar en la mansión.
(Continuará)


lunes, 5 de agosto de 2019

EL SECUESTRADOR

Hola, lectores/as. En esta ocasión, el relato que debía escribir en el club tenía que incluir esta frase: "Para vengarme tendría que matarte a ti, a tu hija y a tu marido. Solo así estamos en paz". Creo que pertenece a la película "Kill Bill", desconozco si la 1 o la 2. 
El resultado es "El secuestrador", un relato con humor negro. Las referencias que hace al final (BBVA, Kitchen, disfraz de sacerdote) se refieren a un caso de sobornos que se están investigando en España.
Espero que os guste. Gracias por vuestras lecturas. 

EL SECUESTRADOR


Micaela no sabía quién la había estado llamando en las últimas dos semanas desde un número desconocido. Tampoco consiguió averiguar quién le enviaba una rosa roja, seca, atada con una cinta de raso negra y guardada en una caja de regalo con papel plateado.
Pero estaba casi segura de que los desperfectos que había sufrido en su coche -abolladuras, arañazos- los había realizado la misma persona misteriosa que la acosaba.
Al menos era lo que le gustaba pensar, que su enemigo secreto era un único individuo, hombre o mujer. 
Ya se encontraba lo bastante desmoralizada como para pensar que podía ser más de una persona quienes la incordiasen.
Desde que se había casado no había vuelto a dedicarse al espionaje. Durante ese tiempo, cinco años, consiguió olvidar el mundo de la intriga y peligro en el que, a pesar de todas las dificultades que había encontrado, se había desenvuelto con gran facilidad.
Pero parecía que alguien no se olvidaba de ella, de las mentiras y secretos que había tejido durante aquel tiempo.
Pronto sabría de quién se trataba. Su acosador estaba delante de ella. La tenía atada a una columna y le había vendado los ojos. Podía hablar pero, de momento, prefería guardar silencio. Por el olor que percibía supo que se trataba de un hombre.
Finalmente le venció la impaciencia y se atrevió a preguntarle quién era y qué quería de ella. Su secuestrador no respondió.
Intentó hacer memoria de sus enemigos. Se acordó de Malek, el árabe. Sabía que tenía ganas de matarla. También podía ser Mijail, el ruso, un tipo muy bestia. O, tal vez, fuese Rodrigo, el colombiano.
Pronunció los nombres en voz alta pero el secuestrador negó ser cualquiera de ellos. Y, desde luego que no era ninguno de ellos. Su acento español, del norte, lo confirmaba.
Micaela se sintió perdida. No recordaba tener como enemigo a algún español. ETA, la banda terrorista, ya no estaba activa y ella no había tenido que espiarla en ningún momento.
Tenía que saber quién era y qué quería. La falta de información la desesperaba más que estar atada y a la merced de ¡a saber quién! ¿Un simple secuestrador? ¿Un asesino? ¿Un violador?
Insistió en preguntarle quién era y qué quería pero el secuestrador permanecía callado. Tal vez se había dado cuenta de que había metido la pata respondiendo anteriormente. Ahora ella ya sabía que era español y no extranjero.
─¿Por qué quieres vengarte de mí? ─preguntó.

─¿Vengarme? Si quisiera vengarme de ti… mataría a tu marido, a tu hija y, entonces, quedaríamos en paz.
─¿A mi marido? ¿A mi hija?
Micaela se echó a reír a carcajadas. Tras la respuesta de él, creyó saber de quién se trataba el secuestrador.
─Tú no eres un espía profesional ─le dio, mofándose de él─. Eres un simple aficionado. Te envían los del BBVA, ¿verdad? ¡De un banco tenía que ser todo este montaje! ¿Tiene que ver con la información del soborno? Tranquilo, yo no me muevo en ninguna “kitchen”. Además, no tengo marido. Soy viuda y no tengo hija ─se rió─. ¡Menudos chapuzas sois! No vendrás vestido de sacerdote, ¿verdad?
El secuestrador dejó una navaja cerca de Micaela para que pudiera soltarse y pidió disculpas.
“Viuda y sin hija”, pensó. “Menudo error más grande has cometido, Manolo”, se decía. De ésta le despedían y ya se veía haciendo penitencia en un monasterio.
FIN

TORMENTA DE PRIMAVERA (15)