lunes, 30 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (7)




Mercedes despertó sintiendo frío. Se estremeció y buscó la sábana para cubrirse. Álvaro había regresado a su dormitorio y echaba de menos su calor.
El frío se hizo más intenso y abrió los ojos. La luz de la luna creciente se filtraba por la ventana, entre los visillos de fino encaje.
Se levantó y comprobó que la ventana estaba bien cerrada. No sabía de dónde venía el frío. En la chimenea todavía ardían los rescoldos. Echó un leño y lo removió pero no consiguió que plantara. Hizo tanto humo que tuvo que abrir la ventana para airear la habitación.
Se cubrió con un chal y maldijo su suerte. Salió al pasillo. Curiosamente, allí no sintió el mismo frío que en su dormitorio. Se acercó a la puerta de la habitación de Álvaro y dudó si molestarlo o no.
Optó por bajar al primer piso y curiosear un poco. Llevó consigo una palmatoria con la vela encendida.
Al llegar al vestíbulo se detuvo. Todavía no conocía la casa pero ya sabía dónde se encontraba el comedor y el pequeño salón que lo precedía.
Abrió otra puerta y contempló que se trataba de un salón muy amplio, con pocos muebles. Seguramente era el lugar que estaba destinado a celebrar los bailes.
Se dirigió a otra puerta y entró en un despacho. Regresó al vestíbulo y se encaminó hacia otra puerta. En la estancia había un gran salón y, al fondo, otra puerta. Cruzó la habitación y abrió la puerta que daba acceso a una gran biblioteca.
Como buena amante de la lectura, se emocionó al comprobar que todas las paredes estaban repletas de estantes llenos de libros.
Comprobó que estaban bien ordenados por género literario, año y autor. Cogió un libro de teatro y se sentó junto a la mesa.  Ni la falta de sueño le impidió concentrarse en la lectura aunque, con el paso del tiempo, su cuerpo empezó a cansarse de estar en la misma posición. Dejó el libro y regresó a la habitación. Apagó la vela. Empezaba a amanecer y no la necesitaba.
Los criados se habían levantado y empezaban a acondicionar la casa. El ama de llaves, Esther, se cruzó con la señora en el vestíbulo.
─¡Buenos días, señora! ─la saludó sorprendida─. El señor no me dijo que tiene por costumbre madrugar. Pediré a la señora Hortensia que prepare su desayuno de inmediato.
─No es necesario que se moleste ─dijo Mercedes─. La verdad es que no suelo madrugar tanto. Debe ser que es mi primera noche en la mansión y no he dormido bien. Por favor, mantengan las costumbres. Bajaré a desayunar cuando sea la hora.
─Muy bien, señora. Lamento que no haya podido dormir pero debió llamar y, yo misma, le habría traído algo para tomar que la ayudara a conciliar el sueño.
─Ni lo pensé ─sonrió y subió las escaleras─. Por favor, dígale a mi doncella que venga a mi dormitorio. Deseo bañarme.
─Así lo haré, señora.
Esther se dirigió a la cocina para cumplir con la petición de Mercedes. Mientras, ésta, apuró los pasos hasta su habitación y se dejó caer en la cama.
Continuará





martes, 24 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (6)




Como había dicho Patricia, Álvaro se encontraba en el salón amarillo, una habitación contigua al comedor. El mayordomo estaba con él.
Mercedes se despidió de la doncella y entró. Álvaro se levantó y tendió una mano hacia ella para recibirla.
─¡Estás preciosa!
─Gracias.
─¿Te apetece tomar algo?
─Sí, por favor.
─Claudio, sirve una copa de jerez a la señora.
El mayordomo se apresuró, con gestos metódicos, a servir la copa que acercó a la señora.
─¿Qué te parece la mansión? Lo poco que has podido ver, por supuesto.
─Es preciosa. Cuando me comentaste la mezcla de estilos no esperaba que estuviese tan bien armonizada la estructura.
─Sí, el arquitecto que se encargó de ello hizo un buen trabajo ─caminó hasta la chimenea─. Hay que hacer alguna mejora más ─añadió, pensativo, mirando la pared vacía, encima de ésta.
Mercedes observó que se veía la sombra del marco de un cuadro que una vez estuvo colgado en ese sitio y dedujo que debía tratarse del retrato de Clara. Se preguntaba dónde lo habrían guardado.
─Parece que ahí había un cuadro ─se atrevió a decir.

Álvaro se giró hacia ella y asintió, pensativo. El ama de llaves, Esther, entró en el saló y comunicó que podían pasar al comedor. Dejaron las copas sobre una mesa y entraron.
─Confío en que escogieses un buen vino ─dijo Álvaro al mayordomo─. No dudo de tu criterio pero quiero impresionar a mi esposa con la buena bodega que tenemos.
─Espero haber acertado, señor ─dijo Claudio─. Escogí un vino tinto, de Monterrey.
Le ofreció una copa al señor que olfateó y saboreó con deleite. Asintió complacido.
─Una buena elección. Sírvale a la señora, por favor.

Mercedes degustó el vino. Desde que había conocido a Álvaro aprendió a distinguir las diferentes clases de vino existentes.  
─Pizarroso y maravillosamente exquisito ─dijo Mercedes y su marido asintió con aprobación.
La cena transcurrió serena. Recordaron algunas vivencias de sus comienzos como casados y rieron con las bromas de él.
Regresaron al salón para descansar un rato antes de irse a dormir. Mercedes, que era sensible al frío, se sentó cerca de la chimenea. Álvaro le ofreció tomar algo pero lo rechazó. Él, en cambio, se sirvió un jerez y se sentó frente a ella. Contempló en silencio su belleza. Tenía los cabellos oscuros y contrastaban con su blanca piel. Los ojos eran de un extraño color azul. Sus labios rojos dejaban ver dientes perlados cuando sonreía.
─¡Eres muy hermosa! ─le dijo.
Mercedes sonrió. Entrecerró los ojos y se acurrucó en el sillón. Le gustaba ser admirada por Álvaro.
─Usted tampoco está mal, señor Quiroga ─le dijo con coquetería.
Álvaro dejó la copa sobre la mesa y se arrodilló ante ella. Le cogió el rostro entre las manos y la besó. Mercedes se abrazó a él y exhaló un suspiro cuando las manos de él descendieron por su espalda.
─¡Llévame a la cama! ─susurró y le mordisqueó una oreja.
Álvaro no se hizo de rogar. La cogió en brazos y la condujo hasta el dormitorio de ella donde la amó con pasión.
 Continuará.





jueves, 19 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (5)




Patricia entró en la habitación de Mercedes, quien ya se había desvestido y estaba en ropa interior y buscaba un vestido en el baúl. Se miraron con timidez.
─Señora, no debería hacer eso ─dijo Patricia─. Yo me encargo de buscarle un vestido.
─El señor y yo hemos viajado mucho y no me importó encargarme de mis cosas cuando tenía dificultad para contratar a una doncella ─explicó Mercedes.
─Pero ahora me tiene a mí ─dijo Patricia─. Yo la ayudaré en todo lo que necesite ─sonrió.
─Gracias.
─¿Hace mucho tiempo que se han casado? ─preguntó y, de inmediato se arrepintió de su atrevimiento─. ¡Oh, por favor, disculpe mi torpeza!
─No importa ─sonrió─. El señor y yo nos conocimos hace seis meses, en París. Y nos casamos dos meses después.
Patricia cogió un vestido azul y miró a su señora con sorpresa. Mercedes rió divertida.
─Sí, lo sé. Fue una boda precipitada. Mi padre no salía de su asombro. Pero nuestro amor nació con tanta intensidad que no podíamos esperar más.
─Si sucedió en París, entiendo su decisión ─dijo Patricia y enseñó el vestido a Mercedes─. Dicen que París es la ciudad del amor.
─Está bien ─dijo ella.
Se aseó y la doncella la ayudó a vestirse. Luego le retocó el peinado y Mercedes se pintó los labios y eligió una gargantilla fina, de oro y brillantes, para lucir en el escote.
─Si me permite decirlo, es usted preciosa, señora.
Mercedes se miró detenidamente en el espejo. La imagen que le devolvía confirmaba que era una mujer muy hermosa pero, por comentarios que había oído entre los conocidos de Álvaro, sabía que la primera esposa de él era mucho más bella y eso la hacía sentirse un poco incómoda. Ahora que habían regresado a la mansión, temía que los recuerdos felices y dolorosos de otro tiempo se interpusieran, de algún modo, entre ellos.
─¿Sabes si hay algún retrato de la difunta esposa del señor? ─preguntó.
Patricia se sorprendió ante esa pregunta. Terminó de poner una pequeña flor en el recogido y cogió aire.
─Recuerdo que había uno en el salón principal, pero ya no está. Supongo que el señor lo mandó retirar.
─¿Sólo había uno? ─insistió.
─Supongo que no pero ya no están a la vista.
─¿Tú la conociste?
─Sí.
─¿Cómo era?
─Pues… Era muy hermosa ─respondió con titubeos.
─¿Y cómo señora? ¿Era generosa, amable…?
─La verdad, no lo recuerdo. Yo era una niña y no la veía a menudo ─respondió y se retiró─. Ya está lista, señora.
Mercedes asintió agradecida. Se levantó y contempló su imagen en el espejo grande.
─¿Me indicas a dónde debo ir, por favor?
─Sí, claro. El señor se encuentra en un pequeño salón. Es donde esperaba antes de pasar al comedor.
─Gracias.
Salieron de la habitación. Mercedes miró a la joven de reojo. Tenía el presentimiento de que  le había ocultado alguna información sobre Clara.
Continuará.





viernes, 13 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (4)




Álvaro cogió a Mercedes de la mano y subieron lo más rápido que pudieron las escaleras, entre risas. Corrieron por el largo pasillo hasta llegar a uno de los dormitorios principales. La cogió en brazos y cruzaron la puerta.
La dejó en el suelo y se abrazaron para besarse en un largo y cálido beso.
─¿Eres feliz? ─le preguntó él.
─Hoy más que ayer y menos que mañana ─se volvieron a besar con más pasión.
─Esta será tu habitación. Espero que te guste.
─Es preciosa.
El dormitorio era amplio y las ventanas tenían vistas al jardín de la entrada principal. En la decoración predominaban los colores gris perla y el amarillo pálido, dando un aspecto cálido y sobrio a la vez.
Mercedes caminó por la habitación con cuidado de no tropezar con el equipaje. Se sentó ante el tocador y arregló los cabellos.
─¿Dónde dormirás tú? ─preguntó.
─Mi habitación está enfrente. 
Álvaro se acercó a ella y posó las manos en los hombros de ella. Se inclinó para besarla en el cuello.
─Te amo ─le dijo. Ella sonrió a la imagen que se reflejaba en el espejo y él sintió una punzada de dolor al levantar la vista y ver la misma imagen. Por un momento recordó a su primera esposa, Clara, y rogó para que la felicidad no fuera tan fugaz como entonces─. Junto a la puerta está el cordón de servicio. Solo tienes que tirar para que vengan a atenderte. ¿Cómo era el nombre de la joven que va a ser tu doncella?
─Patricia ─rió divertida─. Es la hija de tu ama de llaves. Deberías saberlo.
─Sí, supongo que sí. Pero mi memoria se niega a recordar algunos nombres ─la besó en los labios─. Llamaré para que venga. Ya sabes que cenamos a las ocho.
─Estaré lista para entonces.
Álvaro salió de la habitación y entró en su dormitorio. La estancia era un poco más grande que la de Mercedes y la decoración más sobria y oscura, con tonos rojizos.

El mayordomo, Claudio, no tardó en llegar a la habitación. Álvaro se había asomado a la ventana y contemplaba el jardín donde empezaban a florecer los rosales y las hortensias.
─Señor ─Claudio se hizo notar y se acercó al baúl para buscar un traje─. Pediré que guarden el equipaje mientras cenan.
Álvaro lo miró por encima del hombro y asintió. La niebla empezaba a subir del río.
─Quiero que cuiden bien de la señora ─dijo de pronto. Se volvió hacia el mayordomo que examinaba minuciosamente un traje─. La señora conoce mi pasado y el de mi familia, pero no quiero que los criados se lo recuerden y, mucho menos, le hablen de esa estúpida historia que han inventado sobre fantasmas. Espero que podamos olvidar que a este lugar le llamaban “la mansión gris” por culpa de las supersticiones estúpidas de gente ignorante. Esta es la mansión de los Quiroga y nada más. ¡Por favor, Claudio, deja de buscar defectos donde no los hay! ─exclamó exasperado─. Ese traje está bien para cenar.
─Está bien, señor ─lo dejó sobre una butaca. Álvaro empezó a desvestirse─. Hablaré con la señora Esther para transmitir su petición, señor.
Álvaro se acercó a una palangana, echo agua y se aseó.
─No quiero que nada enturbie nuestra felicidad, Claudio.
(Continuará)





domingo, 8 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (3)



En el transcurso de unos días la mansión funcionaba casi al cien por cien. La señora Hortensia había regresado a la cocina y ya tenía la despensa llena.
De las antiguas criadas solo habían podido localizar a una. Las demás eran chicas del pueblo que preferían trabajar cerca de casa a tener que ir a la ciudad o más lejos para buscarse un porvenir.
Alguna de ellas se había atrevido a preguntar si era cierto que la mansión estaba embrujada y la señora Esther les había prohibir que se volviera a comentar esa tontería y menos delante de los señores.
La mansión estaba limpia, ordenada y aireada. Las primeras flores de la primavera lucían en diferentes jarrones de porcelana.
Las chimeneas del salón, la biblioteca, el comedor y las habitaciones de los señores tenían el fuego encendido.
El ama de llaves comprobó que todo estaba en orden y se unió a la fila de los criados para esperar la llegada de los señores que era inminente. Cosme ya había dado el aviso de que el carruaje se acercaba a la mansión.
Los uniformes del servicio lucían impecables ocultando el nerviosismo de todos cuando los señores y el mayordomo, el señor Claudio, entraron en el vestíbulo.
La señora Esther se adelantó un paso para recibirlos. Intentó mostrar una de sus mejores sonrisas pero la curiosidad le podía y se quedó en una simple mueca, entre aprobación y sorpresa por el parecido que creyó encontrar entre la nueva esposa del señor y la fallecida.
El señor Álvaro había mejorado su aspecto desde la última vez que lo vio. No en vano pasaron cinco años desde la muerte de su primera esposa y parecía enamorado. Sus ojos azules brillaban tanto como los grises de la nueva señora Quiroga. Formaban una bonita pareja. Ambos eran muy atractivos y mostraban su felicidad con cada gesto, mirada y sonrisa, por muy sutil que fuera.
El mayordomo recogió las ropas de abrigo mientras el señor se acercaba al ama de llaves.
─Me alegro de volver a verla, señora Esther.
─El placer es mío, señor. Permítame darles la bienvenida en nombre del servicio.
─Gracias ─miró a todos los sirvientes─. Veo caras nuevas. Pero también compruebo gratamente que usted sigue con nosotros ─se acercó a la señora Hortensia─. Será un placer poder deleitar sus manjares nuevamente.
─¡Oh, señor! ─exclamó ruborizándose─. Me halaga usted exageradamente.
─No exagero en absoluto.
Se acercó a su esposa y la tomó de la mano, mirándola con una gran sonrisa de complicidad.
─Les presento a la señora de la casa, Mercedes. Ahora será ella quien se encargue de dirigir las tareas del hogar.
Todos los sirvientes hicieron una breve inclinación para saludarla y aceptar a la nueva dueña y señora de la mansión.
Mercedes sonrió con timidez y miró a su esposo quien la alentó a que dijera algo.
─Estoy segura de que usted ─se dirigió al ama de llaves─ y yo nos entenderemos sin problemas y podrá llevar la casa con la misma destreza que demostró hasta ahora, como el señor me ha comentado en más de una ocasión.
─La confianza que deposita el señor en mí me congratula ─dijo Esther─, y espero poder se digna de su confianza, señora.
─Pueden regresar a sus tareas. Esther, quiero que una de las sirvientas se ocupe personalmente de las necesidades de la señora ─pidió Álvaro.
─Quizás pueda contar con la ayuda de mi hija, Patricia. Aunque es joven la he educado bien y sabrá estar a la altura ─comentó Esther y su hija avanzó un paso.
─Está bien. Si a la señora le parece bien… ─miró a Mercedes, quien asintió.
Patricia regresó a la fila. Los señores subieron a su habitación y los sirvientes regresaron a sus tareas.
─¿Debo subir ya con ella? ─preguntó Patricia a su madre en voz baja.
─No. Espera a que te llamen. Los señores van juntos y querrán intimidad.
─Ya deberían venir hartos de tanta intimidad ─dijo una de las sirvientas, Julia, con picardía, mientras se recogía un mechón rubio que se le había escapado del recogido.
─¡No hable así, señorita! ─exigió Esther─. ¡A trabajar!
(Continuará)






jueves, 5 de septiembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (2)







La mansión había sido construía a comienzos del siglo XVIII conservando parte de la estructura de una antiguo pazo (un palacio típico de Galicia). Y fue reformada varias veces, añadiéndole elementos típicos de una mansión inglesa. Esta decisión tenía su explicación, la familia Quiroga pasaba parte del año en tierras británicas. Admiraban la cultura y gentes de ese lugar y habían querido tener un pequeño recuerdo de ese lugar en su tierra.
El edificio estaba rodeado de hermosos jardines y caminos que conducían al pueblo o al bosque y el río, donde tenían costumbre de dar paseos en barca, si el tiempo lo permitía.

La señora Esther llegó al lugar en su carro tirado por una mula. La acompañaba su hija, una joven pelirroja que apenas se parecía a la madre.
Delante de la puerta de la casa había un carruaje. Le sorprendió, pues no esperaba que ya hubiesen llegado los señores.
Entraron en el vestíbulo. Los muebles estaban cubiertos por telas blancas. Esther descubrió unas sillas y se levantó una nube de polvo. Frunció el ceño.
─Hay mucho que hacer en esta casa.
─¿Lo haremos nosotras? ─preguntó su hija, Patricia.
─Ya he dejado recado en la tienda para solicitar trabajadoras. Las antiguas sirvientas se han ido pero quizás regrese alguna. La señora Hortensia siempre se mostró interesada en seguir trabajando como cocinera en la mansión.
─La señora Hortensia nunca salía de la cocina, salvo para ir a la despensa ─rió Patricia─. Pero dudo que las otras chicas regresen. A nadie le gusta encontrarse con fantasmas ─añadió.
─¡No digas eso, jovencita! ─la recriminó su madre─. Aquí no hay fantasmas. Eso son tonterías que dicen los viejos del pueblo para asustar a las jóvenes ingenuas como tú.
─¡Por favor, mamá! ─exclamó con sorna─. Pero si tú misma aceptaste hace tiempo que no te gusta venir aquí porque sientes que hay algo malévolo en el ambiente ─le recordó.
La señora Esther iba a replicar a su hija cuando alguien entró en el vestíbulo llamando su atención.
─¡Señor Francisco! ─exclamó el ama de llaves.
El señor Francisco García era el mejor amigo del señor Álvaro, y también le ayudaba a llevar sus negocios, pues era abogado. Se habían conocido en la Universidad, cuando Álvaro era estudiante y Francisco ayudante de un profesor de Derecho. Pero la diferencia de edad no impidió que trabaran una buena y firme amistad.
─Señora Esther ─se acercó a ella─. Me alegro de verla. ¿Y esta joven es?
─Es mi hija, Patricia.
La joven sonrió con timidez. El señor Francisco asintió con la cabeza y se dirigió nuevamente al ama de llaves para explicar su presencia en la casa.
─El señor Álvaro me ha pedido que viniera a poner en orden unos asuntos en su despacho.
─¡Oh, pero la casa no está en condiciones todavía! ─exclamó Esther─. Eso le impedirá trabajar con comodidad, señor.
─No se preocupe. Lo que necesitaba está en un cajón al que he tenido fácil acceso. Supongo que ya sabe que el señor Álvaro regresará en breve.
─Así me lo ha hecho saber, señor.
─Y vendrá acompañado ─sonrió─. Se ha vuelto a casar. ¡Dios quiera que la dicha los acompañe por muchos años!
─Así lo queremos todos ─asintió Esther.
─Bien. Yo ya he concluido aquí. Me retiro. Me alegro de haberlas visto. Hasta pronto.
─Adiós, señor Francisco.
El hombre se retiró y lo contemplaron hasta que subió al carruaje. Era un hombre de rasgos correctos y maneras elegantes.
A lo lejos, Esther vio a Pepe, el jardinero y encargado de cuidar los caballos. Contaba con la ayuda de su hijo Cosme. Lo saludó con la mano.





TORMENTA DE PRIMAVERA (15)