jueves, 31 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (14 y 15)




14



Álvaro y Francisco se fueron tan temprano que Mercedes no se enteró hasta que despertó.
Sobre la mesilla de noche, su esposo, le había dejado una nota y una rosa. La leyó con una sonrisa.
“Tu sueño era tan plácido que no quise despertarte. Aún no me he ido y ya te echo de menos. Espero que los días te pasen rápido sin mi ausencia. Te amo”.
Olfateó la rosa y se desperezó. El sol se filtraba por los cristales, entre los visillos. Se levantó y caminó hasta la ventana. Abrió las hojas para dejar entrar el aire. Se sentía bien, aunque sabía que extrañaría a Álvaro y que los días se harían largos.
Desayunó en el jardín. Todavía hacía fresco pero podía soportarlo abrigada con un mantón. Le gustaba ver a los pajarillos volar entre los setos y beber en el agua de las fuentes.
Solo había una cosa que no la dejaba disfrutar plenamente del momento y no era la ausencia de su esposo, sino el recuerdo de cuanto había vivido las últimas noches. Tenía que averiguar si lo que veía era real o fruto de su imaginación. Estaba convencida de que si quería salir de dudas debía ver un retrato de la primera esposa de Álvaro. Su intuición le decía que la mujer que veía como fantasma era ella.
No terminó de tomar el desayuno. Las prisas por investigar el asunto del fantasma le habían quitado el hambre. Entró en la casa y dejó el mantón sobre una silla en un salón. Llamó al servicio. La señora Esther no tardó en presentarse.
─¿Desea algo, señora?
─Sí. Necesito que me enseñe un retrato de la señora Clara.
Esther miró a su señora con incredulidad porque no terminaba de creerse lo que le estaba pidiendo. Mercedes insistió.
─¿Me ha entendido? Quiero ver un retrato de la difunta.
─Pero… Señora, no creo que el señor esté de acuerdo con su petición. Nos ha dejado bien claro que nos olvidemos del pasado…
─El señor no está ─la interrumpió Mercedes─. Y no pienso aceptar ninguna excusa más. ¿En qué parte de esta casa se guardan sus retratos? Tiene que haber alguno.
El ama de llaves se puso nerviosa pero sabía que debía obedecer a la señora. Asintió, todavía indecisa.
─Sí, por supuesto. Sígame, por favor.
Subieron las escaleras y tomaron el pasillo de la derecha, dirigiéndose a las habitaciones que ya no se utilizaban. Esther cogió el manojo de llaves y buscó una. Abrió la puerta.
─Permítame entrar delante para abrir las ventanas. Esta habitación lleva mucho tiempo cerrada.
─¿Nadie la limpia?
─Sí, una vez al mes.
Esther abrió las cortinas y las ventanas y una ola de aire fresco inundó la habitación.
Mercedes se adentró en el cuarto y lo miró con interés. Los muebles eran antiguos pero las telas  de tonos claros, amarillo-dorado, restaban sobriedad y concedían un aire elegante y luminoso. En la pared donde estaba la chimenea había dos retratos de una mujer muy hermosa. Mercedes se acercó y la contempló con admiración y horror. Se trataba de la misma mujer que veía por las noches, como una aparición fantasmagórica.
─¡Es ella! ─exclamó.
─Sí, es ella. Doña Clara ─asintió Esther sin comprender el verdadero significado de las palabras de Mercedes.
─No ─dijo y la miró─. Esa mujer se aparece por las noches para atormentarme.
─¿A qué se refiere, señora? ─preguntó Esther, confusa.
─Estas noches he visto un fantasma y es ella ─la señaló. Su voz se quebró por el llanto y salió de la habitación corriendo.
─¡Dios santo! ─exclamó Esther. Miró el retrato con aprensión y se santiguó. Cerró las ventanas y las cortinas y cerró la puerta con llave. Luego, buscó a Mercedes, pero no la encontró ni en su dormitorio, ni en el salón, ni biblioteca. Entonces pidió a su hija que la fuera a buscar al exterior y fue a hablar con el señor Claudio.



15



El mayordomo se encontraba en su despacho personal. Comprobaba las últimas cuentas de la economía de la cocina. Se sorprendió ver al ama de llaves entrando en la habitación mostrando un semblante pálido.
─Lamento interrumpirle tan abruptamente señor Claudio, pero es necesario que hablemos de un asunto sumamente importante.
─Usted dirá, señora Esther. Por favor, siéntese. ¿Desea tomar algo?
─No, gracias. Ya he desayunado.
─Me lo imagino pero parece usted nerviosa.
Esther se sentó e intentó serenarse. No le gustaba perder los papeles pero la señora había conseguido intranquilizarla.
─No se lo puedo desmentir pero no voy a tomar nada, gracias.
─Entonces, dígame qué la ha alterado tanto.
─Se trata de la señora.
Claudio dejó la pluma en su soporte y miró con interés, y cierta intriga, al ama de llaves.
─¿Qué le sucede a la señora?
─Esta mañana, después del desayuno, me ha pedido que le enseñara un retrato de la señora Clara. Dios la tenga en su gloria ─se santiguó, gestó que sorprendió al mayordomo.
─No se lo habrá enseñado, ¿verdad?
─Le aseguro que no pude negarme.
─Pero el señor nos ha prohibido tratar los temas del pasado. No quiere que la señora Mercedes piense en la señora Clara  y la desgracia que se vivió en esta casa por culpa de… Ya sabe usted a qué me refiero.
─Sí, desde luego. Pero le aseguro que si yo no hubiese respondido a su petición, esa mujer estaría dispuesta a buscar respuesta con o sin ayuda.
─No entiendo lo qué está usted diciendo. ¿Respuestas? ¿Qué respuestas?
─Por favor, deje que me explique ─hizo una pausa para serenarse. El mayordomo frunció el ceño. Se sentía de lo más intrigado con este asunto─. Llevé a la señora hasta el dormitorio de la difunta y cuando vio los retratos de ella… ¡Oh Dios! ¡La señora Mercedes aseguró que se le aparecía por las noches para atormentarla!
─¡Pero, ¿qué dice?! ─se levantó, sobresaltado.
─Salió llorando de la habitación y no sé a dónde ha ido. Envié a mi hija a buscarla en los alrededores.
─¡Desde luego hay que encontrarla primero y, después, haremos todo lo posible para tranquilizarla! ─dijo el señor Claudio─. ¿Se da cuenta de la gravedad de este asunto?
─Por supuesto. Si la señora cree que la visita un fantasma, y a demás lo relaciona con la difunta, puede caer en un estado de nerviosismo enfermizo.
─Hay que evitarlo, por ella y por el señor. Le sugiero que no comente nada con el servicio. Debemos llevar esto con la máxima discreción. Confío en que la señora Mercedes se recupere de su impresión y atienda a razones. En caso contrario, hablaré con el señor tan pronto regrese.
─Esperemos no tener que llegar a ese extremo. Al señor no le gustaría nada saber que su mujer cree ver un fantasma y éste es…
─No siga, por favor ─pidió con calma, Claudio─. Ha dicho que Patricia fue en busca de la señora, ¿verdad?
─Sí, así es ─asintió.
─Confío en que sabrá ser discreta.
─¡Desde luego! ─exclamó con rotundidad─. He educado muy bien a mi hija.
El mayordomo asintió satisfecho. Miró la hora en su reloj de bolsillo, plateado, y pidió a Esther que salieran a la entrada para esperar por la señora.
Continuará.







martes, 29 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (13)



Mercedes despertó con el sonido de una respiración profunda y al sentir una mano que acariciaba su rostro que la hizo sonreír. Convencida de que se trataba de Álvaro. Abrió los ojos pero no vio a nadie. Se incorporó en la cama y frunció el ceño, confundida.
Se levantó y arregló el vestido pero estaba tan arrugado que prefirió cambiarse. Hizo sonar la campana del servicio y no tardó en llegar Patricia para ayudarla.
Bajó al salón amarillo donde esperaban los hombres. La recibieron halagados por su belleza.
─¿Has descansado? ─preguntó Álvaro, besándola en una mejilla.
─Demasiado tiempo ─sonrió─. Quizás me impida dormir después.

─Para eso tenemos solución ─la miró con picardía y rieron.
Francisco carraspeó y se volvieron hacia él.
─Te echamos de menos, Mercedes. Aunque los negocios nos ocuparon la mayor parte del tiempo, tuvimos espacio para relajarnos y lamentamos tu ausencia.
─Necesitaba descansar.
─Lo comprendo. No quise comentarte antes nada pero tenías mala cara. Ahora estás radiante.
─Eres muy amable, gracias.
Se sentaron y conversaron de temas triviales. En esta ocasión, Mercedes estuvo más atenta y participó, además de reír con ellos. Álvaro agradeció que su esposa estuviera mejor y se convenció de que, poco a poco, ella se adaptaría a la mansión.

Se retiraron a dormir sobre las doce de la noche, cuando el reloj de pie que había en la entrada, hacía sonar sus campanas.
Álvaro cogió a Mercedes de la mano y, despidiéndose de su amigo, la hizo ir con él hasta su dormitorio.
─No pensarías que te dejaría sola esta noche, ¿verdad? ─la besó en los labios y la desnudó lentamente, entre caricias y besos a lo que ella respondía con gemidos de placer.
Mercedes no conseguía dormir. No podía olvidar lo que había sentido por la tarde. Intentaba convencerse de que se debía a un exceso de imaginación. Su madre siempre le decía que incluso soñaba despierta y eso le traería problemas en el futuro.
Salió de la cama y se sentó delante de la ventana. Intentaba tranquilizarse. No podía dejarse llevar por miedos infundados. Su salud se podía resentir y terminaría afectando a Álvaro, también.
Empezaba a tener frío cuando vio una silueta blanquecina y tenue en medio del jardín. Se frotó los ojos. No podía ser que estuviese soñando. Parpadeó confusa cuando la silueta, que era de una mujer, se volvió hacia ella y la miró con odio, o así le pareció a Mercedes.
Se levantó de inmediato para alejarse de la ventana. Ya no tenía dudas. En la mansión había un fantasma y, estaba segura, de que tenía que tratarse de la primera esposa de Álvaro.
Se acercó a la cama y miró a su esposo. Dormía plácidamente, y se preguntó cómo podía decirle lo que estaba pasando.
Estaba aterrorizada y no sabía cuánto podría soportar vivir esa terrible experiencia sin compartirlo con él.
 Continuará.




miércoles, 23 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (12)




Mercedes entró en la cocina y la señora Hortensia dejó de hacer sus tareas y la miró sorprendida, pero de inmediato dibujó una sonrisa en su agradable rostro.
─¿Desea algo la señora? ─preguntó.
─Hola. Sí. Busco a la señora Esther.
─¡Oh, ella estará en el saloncito donde se reúne el servicio para descansar un rato y tomar algo! ─respondió.
─¿Dónde está?
─Enfrente de la cocina. Yo la acompaño.
─No es necesario, gracias ─sonrió.
Entró en el salón. El mayordomo, el ama de llaves y algunos criados estaban reunidos y bebían café. Se levantaron cuando la señora entró.
─Siento interrumpir ─dijo Mercedes─. Señora Esther, la estaba buscando. Me gustaría saber si ya ha preparado mi nuevo dormitorio.
─Sí, señora ─dejó la taza en la mesa─. Le enseñaré el lugar.
─No se moleste. Es suficiente con que me indique el camino.
─¡Oh, de eso nada, señora! No es ninguna molestia ─sonrió─. Por favor, acompáñeme.
Subieron las escaleras en silencio y, al llegar al pasillo, cogió hacia la derecha, el lado contrario de donde estaba el dormitorio anterior de Mercedes. Esa ala de la mansión era más oscura que el otro porque había un arco que marcaba dos edificaciones diferentes, la más moderna y la antigua.
─El señor me explicó la razón del cambio. Lamento mucho que no se sintiera cómoda en esa habitación. Espero que ésta, aunque está más lejos que la del señor, sea de su agrado.
Abrió la puerta y se hizo a un lado para que pudiera entrar. La habitación era más grande que la anterior. Tenía las paredes pintadas de azul y los muebles, aunque antiguos, no recargaban el ambiente gracias a las telas de colores claros.

─Está bien ─dijo Mercedes. Se asomó a las ventanas. Tenía vistas a los jardines de la parte de atrás.
El fuego de la chimenea ya estaba encendido y sus cosas estaban guardadas. No le gustaba estar tan lejos de Álvaro pero tampoco deseaba regresar al primer dormitorio, aunque confiaba en que, con el transcurrir de los días, se calmaría y se olvidaría de la experiencia vivida allí y, con el tiempo, podría regresar a él.
─¿Necesita algo, señora? ─preguntó Esther.
─¿Qué hay en las habitaciones del otro lado? ─preguntó mirando las ventanas de aquel lado de la mansión. Se podía apreciar que la cortinas estaban echadas en todas ellas.
─Solo son habitaciones de invitados que hace mucho tiempo ya no se utilizan, señora.
─¿De quién era este dormitorio?
─De la madre del señor. Por eso es tan antiguo. El señor nunca consideró necesario cambiar los muebles de toda la mansión.
─Entiendo.
─Puede retirarse. Me tumbaré un rato.
─Si necesita algo, no dude en llamar, señora.
─Sí, claro.
Esther asintió y salió del dormitorio. Mercedes se tumbó en la cama y dejó que la venciera el sueño.
(Continuará)





sábado, 19 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (11)



─Entonces, ¿consideras necesaria mi presencia en esa reunión? ─preguntó Álvaro a su amigo durante la comida.
─Yo y todos cuantos van a ir ─asintió─. Es muy importante. Se están produciendo unos cambios que pueden afectar a tus negocios y no podemos esperar a que nos cojan sin estar preparados.
─Está bien. Iré. Supongo que permanecerá poco tiempo fuera de casa ─aceptó y miró a Mercedes, quien parecía distraída con sus pensamientos.
Terminada la comida, regresaron al salón y el mayordomo les sirvió una copa de licor a los tres.
─¿Estarás mucho tiempo ausente? ─preguntó Mercedes.
─No, solo dos o tres días.
─Si todo va bien ─dijo Francisco.
─¿Pueden ser más días? ─preguntó preocupada─. Tal vez podría ir contigo.
─Te aburrirías. Estoy seguro de que serán tres o cuatro días, como mucho. Claro que podrías ir a mirar tiendas pero pasarías mucho tiempo sola en un hotel y sabes que eso no te gusta ─le recordó.
─Sí, es cierto ─asintió. Dejó la copa sobre una mesa y suspiró resignada.
No le agradaba la idea de quedar sola en la mansión pero tampoco quería demostrar que empezaba a estar preocupada y temerosa por algo que, quizás, solo había sido una imaginación.
─¿Cuándo te irías? ─preguntó, de pronto, sin darse cuenta de que había interrumpido a Francisco.
─¡Querida! ─exclamó Álvaro, un poco sorprendido.
─Lo siento ─se disculpó─. En verdad, lo siento ─miró a Francisco─. Esta noche he dormido mal y mis nervios están un poco alterados.
─No es necesario que te disculpes ─sonrió Francisco─. Los dos nos iremos mañana ─le dijo.
─Está bien. Gracias ─se levantó─. Por favor, disculpadme, voy a descansar un poco a mi dormitorio.
─Creo que ya dispones de otro dormitorio ─dijo Álvaro.
─Se lo preguntaré a la señora Esther ─comentó y salió del salón.
─Está un poco pálida ─comentó Francisco cuando ella se hubo marchado.
─Sí, me preocupa su actitud ─dijo Álvaro─. Desde que hemos llegado la noto distante y nerviosa. Quizás debería llevarla conmigo a la ciudad. Podría distraerse. Después de todo, Mercedes nació en la ciudad y entiendo que este lugar tiene que ser muy solitario para ella.
─Haz lo que creas conveniente pero los demás caballeros no llevarán a sus esposas, así que se sentiría sola y aburrida. Y tú te culparía de ello y te distraerías de tus obligaciones.
─Sí, tienes razón. Además, solo serán unos días ─dijo Álvaro, pensativo─. Y Mercedes tiene que acostumbrarse a la mansión y a mis ausencias.
─Exacto ─asintió Francisco levantando la copa a modo de brindis.

(CONTINUARÁ)


lunes, 14 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (10)




Álvaro despertó con las primeras luces del día y se giró en la cama. Chocó con un cuerpo y abrió los ojos. Le sorprendió ver a su esposa.
─Cariño, ¿estás bien? ─le preguntó cuando ella le miró fijamente.
─Sí. Buenos días, amor.
─¿Por qué has dormido aquí? No es que me importe. Todo lo contrario, pero me sorprende. Fuiste tú quien insistió en que durmiéramos en camas separadas.
─Es lo más correcto ─dijo ella─. En mi habitación hacía frío ─explicó.
─¿Se apagó el fuego?
─No. Pero en esa habitación hace mucho frío.
─Es extraño. Esta parte de la mansión es la más cálida. Pero, si quieres, puedes cambiar de dormitorio.
─Sí, me gustaría, por favor ─pidió.
Álvaro se conmovió ante la preocupación de ella. Parecía una niña indefensa. Sonrió y la besó en los labios.


Mientras Álvaro trabajaba en su despacho, Mercedes entró en la biblioteca y cogió un libro de poemas de lord Byron. Luego salió a pasear por el bosque. Llegó junto al río. Se subió a la barca y remó hasta llegar al centro del río. Entonces se tumbó y contempló el cielo que estaba limpio de nubes. Aspiró el aire húmedo de la mañana que llenó de manera gratificante sus pulmones y abrió el libro por una página la azar.

Acuérdate de mí
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando esté mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.
Es la llama de mi alma cual aurora,
brillando en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede mancillar.
¡Acuérdate de mí!… Cerca de mi tumba
no pases, no, sin regalarme tu plegaria;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que has olvidado mi dolor.
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que sobre mi tumba derrames tus lágrimas.





Suspiró y recordó la aparición fantasmal que había visto esa noche. Se preguntó si se correspondía con la primera esposa de Álvaro. Tal vez ella no aprobaba que él se volviera a desposar. Dejó a un lado el libro. La estaban llamando. Se asomó por encima del borde de la barca y vio llegar a Patricia. Le hizo una señal con la mano.
─¡Señora, el señor me ha pedido que la venga a buscar! ¡Ya es la hora de comer y tienen una visita!
¡La hora de comer! El tiempo había pasado demasiado rápido. Remó hasta la orilla y Patricia la ayudó a amarrar la barca.
─¿Quién ha venido? ─preguntó Mercedes.
─El señor Francisco.
Mercedes sonrió. Le agradaba ese hombre. Apuró los pasos hasta la mansión, seguida por la doncella, a quien entregó el libro.
Cuando entró en el salón amarillo, los hombres estaban enfrascados en una conversación sobre negocios. Se levantaron para saludarla.
─¡Querida Mercedes! ─Francisco se acercó a ella─. ¡Es un verdadero placer volverte a ver!
─Yo también me alegro de verte ─tendió una mano y él la besó con cortesía.
─¿Has estado toda la mañana fuera? ─preguntó Álvaro─. Te creí en la biblioteca.
─Estuve en el río. Me despisté y se me pasó la mañana allí.
─Deberías ser más prudente. El ambiente junto el río es muy húmedo y podrías enfermar.
─¡Estoy bien! ─sonrió.
─Realmente se la ve muy bien ─asintió Francisco mirando a su amigo─. Tienes una esposa muy hermosa.
─Eso no lo puedo negar ─dijo Álvaro y cogió a su esposa por un brazo─. Pasemos al comedor. La señora Esther ya viene a avisarnos de que la comida está preparada.
Continuará.



miércoles, 9 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (9)




El día transcurrió con tranquilidad. Después del paseo en barca, regresaron a la mansión. Álvaro se encerró en su despacho para redactar unas cartas, y Mercedes se refugió en la biblioteca para leer.
Durante la cena, Mercedes se mostró más callada de lo habitual. Álvaro llevaba todo el peso de la conversación.  Al principio no le dio importancia pero, cuando hizo una pausa y ella no comentó nada, llamó su atención.
─Querida, ¿estás bien?
─¡Eh! Sí ─respondió.
─¿Hay algo que te preocupa?
─No. Bueno… ─Álvaro la miró preocupado pero Mercedes se dirigió al ama de llaves─. Quisiera que el fuego de mi habitación tuviese la suficiente leña para que aguante encendido más tiempo. La noche pasada tuve frío.
─Así se hará, señora ─asintió Esther.
─¿Solo es eso lo que te tenía preocupada? ─insistió él.
─Sí, nada más. Lo había olvidado por el día y lo recordé de pronto. No me gusta pasar frío en la cama.
─A nadie le gusta ─añadió él con un tono un poco pícaro. Se miraron por encima de las copas y se rieron.
No hubo sobremesa. Subieron a la habitación de ella y se amaron. Cuando quedó dormida, Álvaro fue a su dormitorio.



Mercedes despertó oyendo el crepitar de la leña en el fuego. Entreabrió los ojos y vio las llamas. Se quedó un rato contemplando la imagen de la chimenea, como si fuera algo irreal, sintiendo que algo no estaba bien. Poco a poco despertó del todo y supo qué era lo que la inquietaba. A pesar de estar encendida la chimenea, en la habitación hacía mucho frío. Exhaló aire y vio una estela de vapor que se difuminó en el vacío. Se levantó y se acercó a las ventanas. Estaban bien cerradas. Caminó hasta la puerta, deteniéndose para coger un chal y echarlo por los hombros, y la abrió. Salió al pasillo. La temperatura era muy diferente. Allí fuera no hacía el frío que sentía en su habitación.
Sin dudarlo, se dirigió al dormitorio de su esposo. Llamó a la puerta pero no le respondió. Abrió el pestillo, despacio, y se asomó. Álvaro estaba en la cama, dormido. Entró en la estancia. El fuego de la chimenea se había apagado pero no hacía frío. Se acercó a la cama y se tumbó al lado de él. Intentó quedarse dormida pero no podía. No entendía por qué la desconcertaba tanto que en su habitación la temperatura estuviera descontrolada. Lo único que tenía que hacer era comentarlo y pedir que la cambiaran a otra, si no había solución.
Cerró los ojos e intentó tranquilizarse pero el sonido de un lamento la hizo reaccionar. Intentando no despertar a Álvaro, se sentó en la cama para prestar atención al sonido. Volvió a escuchar el lamento. Se levantó, apuró los pasos hasta la puerta y la abrió, aguantando la respiración, como si eso la ayudase a tener valor. Por un momento se convenció de que se encontraría con una criada en pasillo pero no había nadie. Parpadeó confusa. Se asomó. Como antes, solo había oscuridad. Suspiró resignada. Iba a regresar al dormitorio pero vio que del suyo salía una luz que no se correspondían con el color de las llamas, pues era blanquecina.
Dudó si debía acercarse para saber qué era esa luz, pero la curiosidad venció al miedo.
Lo que vio en su dormitorio la asustó tanto como desconcertó. Junto a la ventana estaba la silueta de una mujer, perfectamente dibujada entre las cortinas. Mercedes se llevó la mano a la boca para ahogar un grito. La mujer se volvió hacia ella. Era muy hermosa pero parecía triste. Oyó otro lamento y la figura desapareció. Regresó corriendo a la habitación de Álvaro y se acostó a su lado. No sabía si debía despertarlo o no. Y así pasaron las últimas horas de la noche, sin dormir, preguntándose si era real lo que había visto y dudando si decirle a su esposo cuanto había acontecido.
 Continuará.




viernes, 4 de octubre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (8)




Álvaro entró en la habitación de su esposa. Ella estaba sentada delante del tocador, dejándose peinar por Patricia. Se acercó a ella y la besó en el cuello.
─Buenos días, mi amor. ¿Has dormido bien?
Mercedes no quería preocupar a su marido y asintió con la cabeza, mostrando una sonrisa.
Patricia terminó de recoger los cabellos y entregó un abanico a la señora. Él le ofreció el brazo y se dirigieron al comedor. La señora Esther y los esperaba allí para comprobar que todo estaba en orden y que la encargada de servir el desayuno, Julia, lo hacía correctamente.
─¡Buenos días Esther! ─la saludó Álvaro.
─¡Buenos días, señor! ¡Buenos día, señora! ─saludó, a su vez, el ama de llaves, Esther.
Álvaro retiró una silla a la cabecera de la mesa donde se sentaría Mercedes, y la ayudó a sentarse. Luego, él se sentó en el otro extremo.
Bajo una orden que hizo la señora Esther con un simple gesto con la cabeza, Julia empezó a servir el desayuno.
─¿Seguro que has descansado bien? ─preguntó Álvaro a su esposa, preocupado.
La luz de las velas se reflejaba en el pálido rostro de ella, acentuando las ojeras.
─Sí ─asintió.
─Pareces cansada.
─Todavía no me he recuperado del viaje ─mintió.
Se mordió el labio inferior, arrepentida. Sabía que no debía mentir a su esposo. Un buen matrimonio estaba basado en el respeto y la confianza, sin embargo, ella empezaba mintiendo. Aunque solo quería evitar preocuparle, no era correcto lo que estaba haciendo. Quiso rectificar pero, Álvaro cogió el periódico que acaba de traer el mayordomo y parecía entretenido, así que se calló.
Álvaro comentó con ella algunas noticias que traía el diario de ese día. Eso la animó y escuchó atentamente a su esposo, olvidándose de su anterior preocupación.
Después de desayunar, Álvaro decidió enseñarle los alrededores de la mansión.
─Los jardines son muy hermosos y sé que te gustarán. Además, si no te cansas, podemos acercarnos hasta el pequeño embarcadero. Tenemos una barca en la que podemos navegar por el río.
─¡Eso sería maravilloso! ─exclamó Mercedes, emocionada.
Álvaro sonrió y le ofreció el brazo. La señora Esther se apresuró a entregarle un chal a ella para que no sintiera el frío de la mañana.
Los jardines estaban bien cuidados y ya se podían ver las primeras flores de la primavera. Los rayos del sol se reflejaban en las últimas gotas de rocío que había dejado la noche, y el paisaje adquiría un tono dorado que se iba disipando a medida que clareaba el día.
Se adentraron en un bosque y siguieron un sendero que los condujo hasta la rivera del río. No tardaron en divisar el embarcadero y la barca amarrada a él. En esa zona, el río se detenía en un remanso donde se podía navegar con tranquilidad.
─¿Te apetece dar un paseo en barca? ─preguntó Álvaro. Mercedes se rió y fue suficiente respuesta para él.
Se subieron a la barca y la ayudó a ella, aunque Mercedes se desenvolvió perfectamente, sin dar muestras de miedo o titubeos ante el balanceo.
─Cuando era niña, mi padre me llevaba a navegar a la playa. Así que un río no presenta ningún problema para mí ─explicó ella al ver la cara de incertidumbre de él. Álvaro rió.
─Me temo que vendrás muy a menudo a este sitio ─comentó.
─Será mi escondite preferido ─asintió ella y se recostó en la popa. Metió una mano en el agua y miró al cielo. Cerca de allí nadaban unos ánades que hacía pocos días habían llegado de su largo viaje migratorio. El graznido se mezclaba con el chapoteo del agua en el casco y el murmullo de las hojas de los árboles─. Este lugar es magnífico ─susurró.
Álvaro asintió y contempló extasiado la belleza de su esposa. Parecía una ninfa. Recordó a Clara. A ella no le gustaba el río y nunca quiso pasear en barca. Sacudió la cabeza y frunció el ceño. No quería pensar en Clara. La había querido, con todas sus virtudes y defectos, pero ya formaba parte del pasado. No quería enturbiar el presente con los recuerdos de ella.
 Continuará.






TORMENTA DE PRIMAVERA (15)