jueves, 28 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (22)




En las semanas posteriores al accidente de Mercedes, una vez se recuperó totalmente, Álvaro compartió el mayor tiempo posible con ella y aprovechaban los días en los que no llovía para salir a pasear y navegar.
Parecía que ella se había olvidado de las fantasías que la habían afectado tanto. Seguramente el doctor Villacastín tenía razón al decir que Mercedes, ante los nuevos cambios en su vida y la soledad que imperaba en la mansión, había sufrido un ataque de nervios reiterativo.
Ahora, cuando miraba para ella, volvía a ver a la joven hermosa de la que se había enamorado. Sus ojos azul grisáceos brillaban más que nunca y su sonrisa iluminaba su rostro como una flor en un verde jardín.
Una tarde, en la que la  lluvia de los últimos días había dado paso a un sol radiante y un cielo perlado de escasas nubes algodonosas,  Álvaro y Mercedes bajaron hasta el río para pasear en barca.
A ella le encantaban esos momentos en los que su mente podía abstraerse de todo pensamiento, centrándose solo en el murmullo del agua, las hojas de los árboles y el canto de los pájaros.
Álvaro remó hasta el medio del río y se detuvo. Mercedes se tumbó en la barca y miró el cielo.
─Esa nube ─señaló una─ parece un perrito. Quizás debería hacerme con un cachorrito. Cuando era niña tuve un perro. ¡Era precioso! Su pelo tenía el mismo color blanco de las nubes y manchas marrón como la tierra.
─Si quieres me hago con uno.
─Sí, me gustaría ─sonrió.
─¿Me quieres? ─preguntó Álvaro tras unos minutos de estar en silencio.
─Más que ayer ─lo miró─. Y sabes que mañana te querré mucho más ─se incorporó para acercarse a él y lo besó en los labios─. Gracias.
─¿Gracias? ¿Por qué me das las gracias?
─Por estar a mi lado. Por soportarme.
─Yo no te soporto, Mercedes… Yo te amo ─la abrazó.
Mercedes respondió al abrazo y miró hacia el horizonte. Entonces vio algo que la asustó y se apartó de Álvaro.
─¡Está allí! ─señaló a la orilla que quedaba de espaldas a él.
─¿Quién está allí? ─preguntó Álvaro y miró hacia atrás.
─¿Es que no la ves? ¡Es ella! Nos está observando.
─¿Quién es? Yo no veo a nadie, cariño.
─¿Cómo no puedes verla? ─preguntó desesperada─. ¡Nos observa! ¡Es Clara!
Álvaro se quedó perplejo ante la respuesta de ella. Buscó entre los árboles a alguien que pudiera estar mirando para ellos e hiciera que Mercedes se pusiera nerviosa, pero no vio a nadie.
─Ya se ha ido ─dijo Mercedes, en un susurro.
Su rostro había palidecido y empezó a temblar. Álvaro consideró que era mejor regresar a la mansión.
Continuará.






lunes, 25 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (21)




─Será mejor dejar que descanse ─dijo el médico.
─Pero… ─Mercedes intentó hablar pero todavía estaba muy débil.
─Insisto. Cuando se recupere tendrá ocasión de manifestar sus temores y la escucharemos con gusto ─añadió.
Mercedes asintió y cerró los ojos. Poco a poco se fue quedando dormida. Salieron de la habitación y Álvaro pidió que Patricia permaneciera al lado de la señora.
Los hombres se encaminaron al salón y Álvaro sirvió unas copas para los tres. Caminó hasta la chimenea. Estaba muy preocupado con lo que estaba pasando. Apuró la copa y se dirigió al médico.
─¿Usted qué opina?
─Son nervios, se lo aseguro. Nada que no pueda tratarse y curarse.
─Mercedes nunca dio muestras de ser una mujer histérica ─dijo Álvaro, desesperado.
─Quizás no lo fue antes pero, es evidente, que hay algo en el ambiente que la está alterando ─comentó el médico.
Álvaro lo miró como si tuviera delante a un demente. Estuvo a punto de responderle mal pero intercedió Francisco.
─Por favor, tranquilícense, señores. Sugiero que esperemos a que Mercedes esté totalmente recuperada para que pueda hablar sobre este asunto sin que la afecte, al menos, no tanto como para perjudicar su salud.
─Sabia decisión ─dijo el médico y se sentó.
Álvaro dejó la copa sobre la mesa y volvió a acercarse a la chimenea. Miraba el fuego, ensimismado en sus pensamientos. Francisco se acercó a él y posó una mano en su hombro.
─Tranquilízate. De nada sirve torturarse con preguntas que aún no tienen respuesta.
─Es que no entiendo por qué ha dicho semejante comentario. ¿Por qué tiene esa idea de que mi padre y Clara la quieren matar? ¡Esto es absurdo!
─Olvídalo e intenta tranquilizarte ─dijo Francisco─. Si Mercedes percibe tu preocupación, se afligirá más.
─Opino como su amigo, Álvaro. Su esposa necesita tranquilidad.
─Está bien ─asintió resignado─. No volveremos a tratar este tema hasta que ella se encuentre totalmente recuperada.
─Con suerte no tendremos que hacerlo nunca más ─añadió el médico─. Como he dicho, es posible que un cúmulo de circunstancias alterase su estado nervioso y no tiene porqué volver a repetirse ese episodio.
─Ojalá esté en lo cierto, doctor ─dijo Álvaro.
Durante los días posteriores, Álvaro no se separó de su esposa y comprobó que, como había dicho el doctor, su estado mejoró considerablemente y no volvió a mencionar el episodio que tanto la había atormentado.
El último consejo que dio el doctor Villacastín, antes de abandonar la mansión, fue reposo para ella y, una vez se sintiese fuerte, debía pasear por los jardines para respirar el aire fresco de las mañanas.
Francisco también se despidió de sus amigos y se marchó con el doctor.
 Continuará.



jueves, 21 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (20)





Álvaro estaba sentado en un sillón, delante de la cama de su esposa. La contemplaba con un nerviosismo contenido. Se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuesta y estaba deseando que se recuperara para poder hablar con ella. Desde que estaba convaleciente,  y de eso ya hacía tres días, solo despertaba para balbucear, apoderada de un terror irracional que se reflejaba en su rostro desencajado, un nombre: Clara.
El señor Claudio y el ama de llaves, Esther, le habían comentado lo sucedido la fatídica noche del accidente de Mercedes. Habían oído un grito y un gran golpe. Cuando salieron de sus habitaciones y corrieron hacia el vestíbulo, se encontraron con la señora tirada en el suelo y sangrando por la cabeza. El mayordomo, acompañado por una criada, se apresuró a ir en busca del médico a la villa más cercana. Y, mientras la criada, Patricia, regresaba a la mansión con el doctor, él fue en busca de Álvaro a la ciudad. Francisco los acompañó en el regreso.
Durante el camino, el señor Claudio explicó los temores que habían atormentado a Mercedes en los últimos días. Álvaro estaba convencido de que alguien del servicio había tenido que hacer comentarios sobre la leyenda supersticiosa que circulaba sobre la mansión. Pero el mayordomo aseguraba que no había sido así, aunque tampoco lo podía confirmar al cien por cien. Sin embargo, Esther insistía en que nadie le había hablado de apariciones fantasmagóricas a la señora.
Álvaro se arrepentía por haberla dejado sola en una casa tan grande y aislada. Mercedes estaba acostumbrada al bullicio de la ciudad y los viajes y era evidente que no había soportado la soledad. También se equivocó al considerarla una mujer fuerte y segura. Quizás lo fuera en su ambiente familiar pero, fuera de él, se convertía en una persona nerviosa y extremadamente sensible.
Se frotó la frente para aliviar el dolor de cabeza. Después se levantó y caminó hasta la cama. Se sentó en ella y acarició el rostro de ella.
Mercedes sintió la fuerza del peso de alguien que se sentaba en la cama e intentó centrarse en eso. El mareo y el dolor de cabeza que la tenía sumida en un estado semiinconsciente que no la dejaba pensar con claridad, ni despertar a la realidad. Esta vez, se esforzó al máximo. Quería abrir los ojos y encontrarse con Álvaro para huir de las imágenes horribles que no la dejaban en paz. Pero la pesadez de los párpados era superior a sus fuerzas. Solo consiguió abrir la boca y susurrar una palabra: “Álvaro”.
─Estoy aquí, mi amor ─dijo él inclinándose sobre ella─. Cariño, despierta ─la besó en la frente─. Ya nada te hará daño. Estoy aquí.
─Álvaro ─volvió a susurrar Mercedes.
Le cogió una mano entre las suyas y la besó. Ella sentía su tacto fuerte y suave a la vez. Podía oír su voz cálida y masculina, oler su aroma amaderado pero no conseguía abrir los ojos y la desesperaba.
Llamaron a la puerta y entraron el doctor Villacastín, Francisco y la señora Esther. El médico se acercó a la cama y Álvaro le comentó que le había llamado.
─El golpe ha sido muy fuerte y la ha debilitado en exceso. Permítame ─pidió.
Álvaro se levantó y se retiró para permitir que el médico hiciera su labor. Cogió un pequeño frasco de su maletín y lo acercó a Mercedes. El olor fue tan desagradable que la hizo mover la cabeza para rechazarlo. Abrió los ojos y miró con asombro al médico quien, a su vez, sonrió satisfecho. Se alegraba de que el remedio diera resultado esta vez. Temía que la paciente ya no regresara al mundo consciente.
─Álvaro ─susurró.
Su marido quiso acercarse a ella pero el médico alzó una mano para pedirle que se mantuviera alejado. Examinó la mirada de ella y las pulsaciones. Asintió satisfecho y se hizo a un lado para permitir que Álvaro se acercase a su esposa.
─¿Cómo está? ─preguntó antes de hacerlo.
─Bien. Se recuperará ─sonrió.
Álvaro se sentó en la cama y cogió una mano de Mercedes entre las suyas.
─Me tenías muy preocupado, mi amor ─le dijo.
─¡Son ellos, Álvaro! ─exclamó asustada.
─¿Ellos? ¿Quiénes? ¿A qué te refieres, cariño?
─Ellos me quieren matar ─dijo Mercedes y su desesperación se acentuaba en la voz entrecortada─. ¡Tu padre y Clara me quieren matar!
Álvaro enarcó una ceja, perplejo. Miró al doctor, luego a su amigo y, finalmente, a Esther. El ama de llaves movió la cabeza, afligida.
Continuará.







domingo, 17 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (19)




Las pesadillas atormentaron su sueño. Se despertó y se sentó en la cama. Tenía el camisón empapado en sudor. Salió de la cama y se acercó al armario para coger otro camisón. No entendía por qué sentía tanto frío cuando en la chimenea seguía ardiendo el fuego que estaba encendido desde la mañana temprano. La habitación debía estar caldeada, sin embargo, al igual que sucedía en su primer dormitorio, el frío era insoportable.
Se acercó al espejo del tocador y miró la zona donde había sido golpeada por la puerta de la habitación de Clara. Cuando había entrado la ventana estaba cerrada, así que podía asegurar que la puerta no se había movido por culpa de una corriente de aire. Palpó con los dedos la zona. Notaba una hinchazón y el reflejo del espejo lo confirmó. Mercedes estaba convencida de que Clara le había hecho daño de alguna manera.
Volvió a sentarse en la cama. Se acordó de la aparición que había visto en el jardín y se preguntaba quién era el hombre que había visto junto a Clara. Estaba segura de que le era familiar pero no recordaba de qué.
Por petición de Álvaro, en la mansión no había retratos de sus antepasados en las estancias más frecuentadas por la gente. Sin embargo, Mercedes estaba segura de haber visto ese hombre en algún cuadro. Recordó que la única estancia donde había retratos era la biblioteca. Decidió ir allí. Se puso un chal y se calzó las zapatillas. Encendió una vela y salió de la habitación.
Durante la ida por el pasillo en penumbras, tuvo el presentimiento de que alguien la seguía. Miró hacia atrás pero no vio a nadie. Bajó lo más de prisa que pudo las escaleras y corrió hacia la biblioteca. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, como si sentir la fría madera le aportara seguridad.
La biblioteca estaba llena de estanterías repletas de libros pero en las paredes vacías colgaban grandes retratos, seguramente antepasados de Álvaro. La verdad era que nunca le había comentado nada acerca de ellos.
Mercedes los contempló con interés hasta que llegó a uno que era el retrato de un hombre que reconoció. Se acercó más a él y lo iluminó con la vela para examinarlo con detalle. Leyó la leyenda que tenía en la base: Jacinto Quiroga. Sorprendida comprobó que se trataba del padre de Álvaro. Y recordó que se había muerto ahogado. Seguramente la embriaguez, su mayor defecto en los últimos años de su vida, le hizo perder el equilibrio y cayó al río.
Pero, Mercedes no comprendía por qué su suegro se le había aparecido. Entendía que Clara pudiera tener alguna inquina contra ella, pero él no tenía motivo para querer asustarla o hacerle daño. Es más, debería estar contento de que su hijo volviera a ser feliz.
Una ráfaga de viento apagó la vela. Aunque no había luna llena, el satélite estaba lo suficientemente grande en el cielo para alumbrar la estancia con sus rayos plateados. Mercedes buscó mixtos cerca de un candelabro y encendió la vela. Delante de ella, a pocos pasos, estaba la presencia de Clara quien, mirándola con agresividad, le gritó: “¡Vete!”.
Mercedes, asustada, retrocedió unos pasos. El fantasma se abalanzó hacia ella. Le cayó la vela al suelo y salió corriendo de la biblioteca.
Empezó a subir las escaleras cuando vio en el piso superior al padre de Álvaro que empezaba a bajarlas pero sin tocar los escalones, ni siquiera hacía el movimiento con las piernas que se requería para ello, parecía que volaba. Mercedes se detuvo y gritó. Quiso dar media vuelta para bajar pero sus pies se enredaron con el camisón y cayó hasta el vestíbulo.
Continuará.





miércoles, 13 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (17 y 18)



17


Mercedes se tumbó en la cama y se quedó dormida. Los nervios la habían cansado demasiado. Cuando despertó pudo oír la conversación que mantenían las sirvientas, Patricia y Julia. Ambas estaban en su habitación para limpiar y encender el fuego que se había apagado.
─¿Tú crees que puede ser verdad? Había oído alguna historia pero nunca creí que fuera cierta ─comentaba Julia mientras ponía leña en el chimenea.
─Te aseguro que sí. Mi madre y el señor Claudio no quieren hablar de ello y nos han prohibido hacer mención alguna sobre el pasado del señor Álvaro. Pero, yo recuerdo bien cuando falleció su esposa.

─Se suicido ¿no?
─Sí. Pero antes de hacerlo se aseguró de que él le prometiera que jamás volvería a enamorarse. Era una mujer muy posesiva. De hecho, estoy convencida de que el señor jamás fue feliz con ella, aunque lo fingiese.
─Eso es muy atrevido por tu parte. ¿Cómo puedes estar tan segura de ello? Todo el mundo dice que eran felices.
─A mí no me gustaba la señora Clara.
─Bueno, dejemos eso. Vamos a despertar a la señora y puede escucharnos. Y nadie quiere que se asuste más ─añadió Julia.
Recogieron sus cosas y salieron de la habitación. Mercedes abrió los ojos como platos, impresionada por lo que había escuchado. Ahora estaba más segura que nunca de que había visto el fantasma de Clara y que ella venía a atormentarla para que se alejara de Álvaro. Se incorporó en la cama y se preguntó qué podía hacer para evitar que volviera a aparecer. Quizás debía enfrentarse a ella, o llamar a un sacerdote para que bendijera la casa.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró las ventanas de las habitaciones que permanecían cerradas. Reconoció la que pertenecía a la habitación de Clara. Otra opción, pensó, era pedirle a su esposo que se trasladasen a vivir a la ciudad pero no sabía cómo convencerlo sin decirle la verdad de esa decisión. Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio aparecer una mano en la ventana que movía las cortinas. La silueta de una mujer, aunque borrosa, se acercó al cristal. Mercedes estaba segura de que en él se concentraba el vaho del frío de un aliento maldito. Se alejó unos pasos y se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. La señora Esther entró en la habitación.
─Señora no la he molestado antes porque la vi dormida pero debería comer algo. ¿Va a bajar al comedor o le traigo algo?
─Bajaré ─susurró Mercedes.
─¿Se encuentra bien?
─Sí, por supuesto ─intentó sonreír.
─Está bien. La esperaré allí.
─De acuerdo. Me arreglaré un poco y ya bajo.
─¿Llamo a Patricia para que la ayude?
─No es necesario, gracias.
Esther salió del dormitorio y Mercedes volvió a asomarse a la ventana. Ya no vio nada en la otra. Eso la tranquilizó e intentó convencerse de que se había equivocado.
Se arregló las ropas y el peinado y bajó al comedor donde, como le había dicho, estaba la señora Esther y, poco después, entraba el mayordomo.
Mercedes comió en silencio y, cuando terminó, se retiró a su habitación de nuevo. No le apetecía estar en el salón.


18




Estaba cansada pero el miedo le impedía conciliar el sueño, así que, se sentó delante de la chimenea e intentó concentrarse en la lectura de un libro. Esfuerzo inútil. No dejaba de pensar en Clara y se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuesta.
Todo el mundo le decía que habían sido felices, entonces, ¿por qué se había suicidado ella? Y, si era cierto lo que habían comentado las criadas entre ellas, ¿por qué Clara pidió a Álvaro que no se volviera a casar? Sabía que él era un hombre joven y la vida podía brindarle la oportunidad de volver a ser feliz, como así sucedió. Era una petición muy egoísta.
Se había propuesto hablar del tema con Álvaro. No podía vivir con tanta incertidumbre porque, si en algo tenían razón el señor Claudio y la señora Esther, era que su salud se podía resentir.
Una corriente de aire frío que inundó la habitación la sacó de su ensimismamiento. Se estremeció y el libro cayó de sus manos. Lo recogió. En el momento en que se irguió vio salir una figura de su habitación, como si no hubiera puerta, ni pared que se lo impidieran.
Mercedes dejó el libro sobre el escritorio y salió de la habitación. Inspeccionó el pasillo y vio la figura, que reconoció como el fantasma de Clara, cruzar el largo pasillo en dirección a la que había sido su dormitorio. Decidió seguirla.
La aparición se volvió hacia ella y sonrió cuando pareció percatarse de que la seguían. Mercedes se detuvo y dudó si continuar pero, finalmente, lo hizo.
El fantasma entró en la habitación atravesando la puerta. Mercedes hizo girar el picaporte pero estaba cerrado con llave. Apoyó la oreja sobre la puerta para escuchar si se producía algún ruido del otro lado y, de repente, alguien golpeó con tanta violencia la puerta que la hizo daño. Se apartó llevándose la mano al lado dolorido.
Se apresuró a regresar a su dormitorio y llamó al servicio. Mientras esperaba que alguien la atendiera, paseaba por la estancia como un animal enjaulado. Se frotaba el golpe y se detenía para coger aire. Estaba tan nerviosa que tenía dificultad para respirar bien y temía desmayarse en cualquier momento, aunque nunca había sido de naturaleza débil.
La señora Esther no tardó en llegar y Mercedes lo agradeció. Ella era el ama de llaves y, por tanto, podía abrir de inmediato la habitación de Clara, sin necesidad de perder más tiempo.
─¿Desea algo, señora?
─Sí. Quiero que venga conmigo ─sin más explicaciones salió nuevamente de la habitación y se dirigió a la de Clara.
El ama de llaves la siguió y, dándose cuenta de cuáles eran las intenciones de su señora, se detuvo en el pasillo.
─Señora, creo que sería mejor que intentara descansar.
─¡No quiero descansar! ¡Venga, dese prisa! ─apremió.
─Pero…
─¡Es una orden! ─gritó Mercedes. No le gustaba tratar así al servicio pero la urgencia que tenía por entrar en la habitación de Clara acababa con su paciencia.
Esther accedió a obedecer. Ella había intentado que la señora entrase en razón pero no podía obligarla.
─Abra esta puerta, por favor ─pidió Mercedes.
Sin demora, así lo hizo el ama de llaves. Entraron en la estancia y encendieron unas velas de un candelabro.
─Todo sigue igual que antes, señora ─dijo Esther.
Mercedes recorrió la estancia y se asomó a la ventana. Lo que veía en el jardín la dejó estupefacta.
─No ─negó─. Hay algo nuevo.
Esther se acercó y miró fuera pero ella no vio nada  que pudiera considerarse extraño en el exterior.
─¿A qué se refiere, señora? ─preguntó.
─¿Es que no lo ve? Ahí fuera está Clara junto a un hombre mayor. ¡Mire! ─señaló con vehemencia─. Nos están mirando ─susurró horrorizada.
Esther parpadeó confusa. Admitió que le pareció ver, durante unos segundos, una neblina blanquecina en medio del jardín, pero eso no era suficiente para afirmar que se trataba de fantasmas.
─Señora, debería regresar a la cama.
─Pero, ¿usted no lo ha visto? ─preguntó perpleja.
─No, señora. Yo no he visto nada. El señor Claudio y yo ya le hemos dicho que no hay fantasmas en esta casa.
─Yo sé que no estoy loca ─susurró Mercedes.
─Pero necesita descansar o enfermará ─insistió Esther.
Mercedes se dejó llevar de regreso a su habitación. Estaba muy confusa. No podía entender por qué solo ella veía a los fantasmas.
─¿Quién puede ser el hombre? ─preguntó antes de acostarse.
─No sé de quién me habla, señora.
─Me refiero al hombre que estaba con Clara. Era mayor…
─Yo creo que la falta de sueño y el cansancio le han jugado una mala pasada.
Mercedes no replicó. Cerró los ojos y deseó que Álvaro regresara pronto a la mansión.

 (Continuará)



miércoles, 6 de noviembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (16)



Mercedes regresó a la mansión con Patricia. No había comentado nada, ni quería hacerlo, pero era evidente que había estado llorando. Entraron en el salón, seguidas de la señora Esther y el señor Claudio.
─Señora, ¿desea tomar algo? ─preguntó Esther.
─Sí, por favor. Algo caliente. Tengo frío ─dijo Mercedes y  se sentó frente a la chimenea.
Patricia se apresuró a reavivar el fuego. Esther salió de la habitación. El mayordomo miraba con respeto a su señora e intentaba encontrar las palabras adecuadas para hacer frente a la situación que habían vivido. No necesitó hablar. Mercedes, exasperada por su intensa mirada, rompió el silencio.
─Supongo que el ama de llaves le ha puesto al corriente de lo sucedido en la habitación de la primera esposa del señor.
─Sí, señora ─asintió.
─Y pensará que estoy loca.
─Jamás pensaría eso de usted, señora.
─¡Oh, pues yo lo haría! ─soltó una risa nerviosa─. Una mujer que asegura haber visto un fantasma y cree que ha venido para atormentarla, no puede estar muy bien de la cabeza, ¿no le parece? ─preguntó mirándole fijamente, con los ojos llorosos.
─Yo no soy quién para juzgarla, señora.
─Le estoy dando autoridad para que lo haga, ¿es que no lo entiende? ¡Dígame qué opina de todo esto! ─exigió─. Se lo suplico, por favor ─sollozó.
El ama de llaves regresó y traía una infusión de tila que entregó a Mercedes.
─Por favor, beba. Le sentará bien.
─¿Usted cree que una simple tila puede ayudarme? ─preguntó, mordaz.
Esther se alejó discretamente y miró de reojo al mayordomo, sin atreverse a hacer comentario alguno.
─Perdone ─pidió Mercedes─. Perdone mi actitud ─repitió.
─No hay nada que perdonar, señora ─dijo Esther. Miró a su hija y le indicó, haciendo un gesto con la cabeza, que podía retirarse.
─Sé que no me creen pero les aseguro que he visto a esa mujer por las noches. Y me ha mirado como si me culpase de algo. Tal vez no quería que Álvaro se volviera a casar y desea que me aleje de él ─comentó Mercedes.
─Señora, ¿me permite hablar con libertad? ─preguntó Claudio.
─Se lo he suplicado antes.
─Esta mansión ha sido sometida a todo tipo de habladurías irracionales. Se comenta que está habitada por fantasmas pero, puedo asegurarle, que no es cierto. Y no lo digo solo porque no crea en espíritus, sino porque yo he vivido aquí el tiempo suficiente para comprobar que jamás hubo apariciones. Estoy seguro de que los nervios por su nueva situación le han afectado de alguna manera y le han hecho ver cosas que no existen. Debería intentar calmarse para no caer enferma y preocupar al señor.
─Al señor no le gusta hablar del pasado ─añadió Esther─. Ha sufrido mucho y ahora es feliz de nuevo. Y eso se lo debe a usted. Por favor, no le haga sufrir por algo que carece de lógica.
─Solo falta que digáis que estoy loca ─suspiró Mercedes.
─¡Nosotros jamás diríamos tal cosa! ─exclamó Claudio.
─Quizás tengáis razón ─se levantó─. No hablaremos de esto con mi esposo. E intentaré comportarme como se espera de mí ─añadió en un susurro y salió del salón apresuradamente.
Claudio y Esther se miraron preocupados. Ella recogió la taza de té, moviendo la cabeza, con pesar.
─Ojalá este asunto se quede en una simple anécdota ─comentó él.
─Yo no lo creo, señor Claudio ─dijo ella─. No lo creo ─repitió, preocupada.
Cotinuará.





TORMENTA DE PRIMAVERA (15)