viernes, 13 de diciembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (FINAL)



29


Álvaro, después de desayunar algo por insistencia de su amigo, contó lo que había sucedido en la habitación de Clara.
Francisco parpadeaba confuso. No veía indicios de nerviosismo o paranoia en su amigo. Álvaro se mostraba tranquilo y sus palabras eran coherentes, a pesar de la historia realmente extraña que decía haber vivido, más típica de ser comentada por  un borracho o un loco.
─En verdad es muy extravagante cuanto me dices ─comentó Francisco.
─Sé que parece una locura ─dijo Álvaro─. Yo mismo encerré a mi esposa por esto. Pero tengo testigos. El señor Claudio y la señora Esther vieron lo mismo que yo. Bueno ─hizo un silencio─, ellos no vieron a Clara. Solo escucharon su voz y los golpes.
─Te creo, Álvaro ─dijo Francisco─. Pero no por ello me deja de parecer algo ilógico.
─Debo sacar a Mercedes de ese lugar cuanto antes.
─¡No! ─negó con energía su amigo. Álvaro lo miró desconcertado─. Antes es menester acabar con esta maldición, o lo que sea. Ella estaría en peligro si regresara contigo.
─Sí, tienes razón.
─Se me hace muy extraño hablar de esto con tanta tranquilidad. Jamás pensé que tendría que analizar y buscar una solución a un problema en el que intervinieses los… espíritus.
─Yo tampoco termino de creérmelo, a pesar de haberlo vivido en primera persona. ¿Qué podemos hacer, Francisco? Me siento perdido.
─Podemos hablar con un sacerdote para que bendiga la casa pero, para erradicar a los fantasmas, quizás debamos recurrir a la ayuda de un espiritista… Sí, lo sé. A mí tampoco me gustan ─añadió al ver la cara de disgusto de su amigo─. Hay mucho charlatán y vivido en ese mundo. Y seguro que no será fácil encontrar a alguien medianamente serio, pero debemos intentarlo.
─Está bien ─aceptó Álvaro y se recostó en el sillón.
Francisco lo miró y vio la preocupación en el rostro de su amigo. Tenía los hombros ligeramente caídos, como si estuviera soportando una gran carga.

Al día siguiente, los dos hombres se dirigieron a un edificio central donde tenía su sede la Fundación de Espiritistas. Subieron al segundo piso y, tras cruzar el pasillo, se adentraron por una puerta donde se podía leer el nombre de lugar en un cartel negro con letras doradas.
Al contrario de lo que esperaban, el interior estaba decorado con muebles modernos y los tapizados eran de colores claros, así como la pintura de las paredes. Algunas plantas situadas en lugares estratégicos, concedían un aire fresco y agradable al lugar.
Una mujer de mediana edad se acercó a ellos y los recibió con una gran sonrisa. Se presentó como la secretaria.
Francisco comentó por encima el problema para pedir hablar con alguien que pudiera ayudarlos.
─Les pasaré con la señora Teresita ─dijo la secretaria─. Ella sabrá qué hay que hacer en estos casos. Disculpen un momento, por favor.
La secretaria se ausentó un momento, tras el cual, regresó para indicarles que podían pasar a un despacho.
Fueron recibidos por una mujer más joven de lo que esperaban. Vestía de manera elegante.
─Sean bienvenidos, caballeros. Por favor, tomen asiento y cuéntenme qué problema han tenido con el Más Allá.



30


Francisco aconsejó a su amigo que fuera a visitar a Mercedes después de la sesión espiritista que haría en la mansión la señora Teresita.
La sesión se iba a iniciar en el salón de la mansión de Álvaro y estaban presentes, además de él, Francisco y la señora Teresita, el ama de llaves, el mayordomo y un ayudante de la espiritista.
Siguiendo las instrucciones de la señora Teresita, Esther cerró las cortinas y encendió las velas de varios candelabros. Antes de sentarse a la mesa se santiguó, intentando ser discreta. No le gustaba lo que estaba haciendo pero había accedido a participar en la sesión espiritista para ayudar a su señor.
En el centro de la mesa, que estaba cubierta por un mantel oscuro, había una vela encendida. La señora Teresita pidió que se cogieran de las manos y cerró los ojos. A su derecha estaba sentado Álvaro y a la izquierda su ayudante.
Su respiración empezó a ser más profunda. Álvaro miró con escepticismo a su amigo, que estaba frente a él, y la espiritista, al darse cuenta de ello, le apretó la mano para que se centrara.
Transcurrieron unos minutos que a Álvaro se le hicieron eternos. La señorita Teresita abrió los ojos y miró hacia arriba.
─Sí, puedo sentir unas presencias. Los espíritus de esta casa no descansan en paz porque han muerto sintiendo angustia, odio… miedo. Veo a un hombre mayor que se parece mucho a usted, señor Álvaro ─miró a éste─. Ese hombre no le quiere. Le culpa de algo que no consigo entender… ─volvió a cerrar los ojos para concentrarse─. ¡Oh, sí! Está convencido de que usted ha matado al amor de su vida… Supongo que se referirá a la madre de usted ─miró nuevamente a Álvaro─. ¿Cómo se llamaba su padre?
─Jacinto.
─Intentaré persuadirle para que vaya hacia la luz e intente encontrar la paz eterna ─cerró los ojos y sufrió una convulsión─. Jacinto… Jacinto… Sabes que estás muerto. Ya no puedes permanecer entre los vivos. Abandona esta casa y busca a tu amor entre los muertos. Ella no está aquí… Deja de molestar a tu hijo. Él te recordará con amor y rezará por ti.
Álvaro pensó que no haría ninguna de las dos cosas que proponía la espiritista. Su padre había sido malo con él y no le tenía cariño, ni guardaba buenos recuerdos de él.
─¿Cree que le hará caso? ─preguntó aun sabiendo que no debía interrumpir la sesión.
─Es un hombre que guarda mucha maldad pero parece dispuesto a irse. Aunque hay una mujer que lo retiene aquí. Quiere alimentarse de la maldad de él para incrementar la suya y molestarlo a usted ─miró a Álvaro─. Esa mujer le guarda rencor… Y sí, es su primera esposa. Está aquí, entre nosotros, a su lado, señor Álvaro… Clara, ¿por qué insistes en permanecer entre los vivos si estás muerta? ¿Por qué no quieres que Álvaro sea feliz? ─guardó silencio un rato, tras el cual, empezó a hablar con una voz gutural, profunda, que no se parecía nada a la suya propia─. Álvaro prometió que me sería fiel eternamente… Ha roto el compromiso y debe rectificar. ¡No puede ser feliz si yo no estoy a su lado! ─gritó.
Se levantó un viento en la estancia y se apagaron las velas. La señora Esther profirió un grito. El mayordomo se apresuró a abrir las cortinas. El ayudante de la señora Teresita se interesó por su bienestar. Ella asintió con la cabeza para indicar que estaba bien, aunque su aspecto era de desfallecimiento.
─Será difícil echar a esa mujer, señor Álvaro. Tiene mucha fuerza. Y odia a su nueva esposa.
─¿Y qué puedo hacer?
─Haremos una limpieza del áurea de esta casa. Y luego… ─le miró fijamente─. Solicitaremos la ayuda de un sacerdote, de lo contrario, mucho me temo que no le dejarán en paz los fantasmas.



31


En los días sucesivos, la mansión se llenó de gente que hacía ritos extraños para limpiar la casa de las influencias de los malos espíritus. La señora Teresita y sus ayudantes, quemaban incienso, sal, y rezaban diferentes oraciones, algunas no eran conocidas.
Después trajeron a un sacerdote que bendijo la casa, habitación por habitación.
Una vez terminaron los rituales, Álvaro y Francisco fueron a la casa de reposo para sacar de allí a Mercedes. Los acompañaba el señor Claudio.
El director del centro se apresuró a recibirlos cuando fue avisado por una enfermera de la llegada de los hombres.
─¿No han recibido mi telegrama?
─¿Un telegrama? No. No hemos recibido nada. Quizás llegó cuando salimos de la casa ─respondió Álvaro.
─Hace unos días, la señor dejó de comer y su salud se ha resentido de manera muy preocupante.
─Quiero verla, ya ─dijo Álvaro, con firmeza.
El director asintió y, junto con la enfermera, acompañaron a Álvaro hasta la habitación donde se encontraba Mercedes.
Estaba sentada en un sillón. Miraba hacia la ventana pero, parecía tan ausente, que seguramente no veía nada más que sus pensamientos. Álvaro se arrodilló ante ella y cogió sus manos entre las suyas.
─Mercedes… Perdóname ─susurró─. Por favor, perdóname por no haberte creído.
Mercedes lo miró y retiró una mano para acariciarle la cara pero no pronunció palabra alguna.
─Tenías razón y me negué a creerte ─sollozó─. Lo siento, mi amor. Lo siento mucho.
Se inclinó sobre él y le dio un beso en la cabeza.
─Shhh… No importa. Ya pasó todo.
─¿Lo sabes?
Ella asintió. Había soñado con Clara. En su sueño la vio alejarse de la mansión, después de pedirle perdón.
─Llévame a casa, mi amor ─le pidió. Álvaro sonrió y la besó en los labios.


FIN



miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (27, 28)




27


A pesar de sus intentos, ni Álvaro, ni Francisco consiguieron tranquilizar a Mercedes, quien insistía en que Clara la acechaba desde cualquier rincón de la casa.
Tres días después del incidente vivido en el parque, Mercedes despertó una noche gritando.
Cuando Álvaro despertó vio que ella tenía un cuchillo entre sus manos y se había hecho unos cortes en una pierna.
Ella aseguró que había sido Clara quien la había herido pero, Álvaro supo que el estado de su mujer era más grave de lo que había temido.
Finalmente, se vio obligado a llamar al doctor Villacastín. El médico le dio un fuerte tranquilizante que la ayudó a dormir unas horas.
Mientras, los tres hombres se reunieron en el salón para tratar el problema. El doctor pronunció las palabras que Álvaro no deseaba escuchar pero sabía, en su interior, que era la única solución.
─Hay una casa de reposo, no muy lejos de la ciudad, donde se podría alojar una temporada ─dijo el doctor.
─¿Se refiere a un manicomio? ─preguntó Álvaro, con sarcasmo.
─No. Los tratamientos que se administran en ese lugar se alejan bastante de los que se practican en los manicomios.
─Yo creo que sería lo mejor para ella ─dijo Francisco─. Sé que es duro admitir que Mercedes tiene un problema de nervios pero cuanto antes intentemos ayudarla, más probabilidades de éxito habrá en su curación ─miró al doctor buscando su asentimiento.
─No entiendo qué ha podido suceder para que Mercedes cayera en este estado de histeria ─dijo Álvaro apesadumbrado.
─No le dé más vueltas. Lo que importa ahora es ayudarla.
─¿Cuándo debo llevarla a ese lugar?
─Cuanto antes mejor.
─La llevaré mañana ─aseguró Álvaro─. Espero que lo acepte bien ─añadió con un suspiro.


Por la noche, en el dormitorio, antes de acostarse, Álvaro se sentó cerca de la cama y contempló a Mercedes. La medicina que le había dado el doctor, la hacía dormir. A pesar de ello, su rostro estaba pálido y ojeroso pero no había perdido ni un ápice de su belleza angelical.
Abrió los ojos y vio a su esposo. Sonrió y se desperezó. Álvaro se acercó a ella y le dio un beso en los labios.
─Necesito comentarte algo ─le dijo.
Mercedes se recostó en la cama y le miró con atención. Álvaro intentó buscar las palabras correctas para que no parecieran demasiado bruscas, aunque sabía que ni todas las florituras gramaticales conseguirían que pareciese menos duro la idea de encerrar a su esposa en una casa de reposo.
─El doctor Villacastín ha sugerido que necesitas relajarte para recuperarte del todo y, cree conveniente que lo hagas en una casa de reposo.
Mercedes miró perpleja a su esposo. No podía creer lo que estaba escuchando.
─¿Quieres encerrarme en un manicomio? ─preguntó enfadada.
─No es un manicomio ─se apresuró a responder.
─¿Y qué es, entonces?

─Es un lugar donde la gente…
─¡Sé lo que es una casa de reposo! ─lo interrumpió bruscamente─. Es lo mismo que un manicomio pero tratan a la gente con más consideración porque a ese lugar solo puede acceder la clase alta. Pero sigue siendo un manicomio. ¿En verdad quieres eso para mí? ─sollozó.
─Yo quiero que te cures, Mercedes.
─¿Y crees que me voy a curar si me tratas como a un loca?
─¿Y qué quieres que haga? ─se levantó─. Yo no quiero pensar que estás locas pero tu comportamiento se aleja mucho de una persona cuerda ─comentó─. ¡La otra noche te hiciste cortes en la pierna con un cuchillo, Mercedes! ¿Te parece normal eso? ¡Temo por ti! ─se arrodilló delante de la cama y la miró a los ojos─. Podrías hacerte un daño mayor.
─¡No lo hice yo, Álvaro! ¡Es Clara quien me hace daño! ─insistió.
Álvaro la miró con gravedad. Negó con la cabeza. Mercedes lloró por la incomprensión de su esposo.
─¿Por qué no me crees? Quizás si hablases con un sacerdote podríamos encontrar una solución y no sería necesario que me pusiera en manos de loqueros.
─No hables así, por favor ─suplicó─. No quiero que te traten como si fueras una loca, solo quiero que te ayuden a comprender que tus nervios te hacen ver cosas que no existen.
─¡Qué considerado eres! ─exclamó entre sollozos amargos.
─Mercedes ─la miró dolido─. Los fantasmas no existen. Nadie puede venir del Más Allá para hacer daño a un mortal con un cuchillo. ¡Nadie!
Mercedes se dejó caer sobre los almohadones y lloró desconsoladamente. Entre hipos del llanto, lo miró y dijo:
─Llévame, pues, a ese maldito lugar. Déjame allí y permite que maten la poca cordura que me queda. ¡Oh, Dios, cuánto te odio!
─En este momento sientes rencor hacia mí, lo sé, y tus palabras no son sinceras.
─Solo sé que no te quiero menos que mañana ─dijo Mercedes─. Y en ese lugar, tal vez, deje de quererte para siempre.
Álvaro se levantó, la miró durante unos instantes y, sin decir nada más, salió del dormitorio.

Hicieron en silencio el viaje hacia la casa de reposo. Ni siquiera al despedirse de ella, Mercedes pronunció alguna palabra. Álvaro prometió que iría a verla todas las semanas. Ella se limitó a asentir y siguió a la enfermera hasta su nueva habitación.
El doctor Villacastín y Francisco habían ido con ellos pero tampoco recibieron un saludo de ella.
─Estará bien ─dijo el doctor para reconfortar a Álvaro.
─Me siento como si estuviera cometiendo el peor pecado del mundo ─dijo él.
─Sería peor si la dejases vivir en su locura ─habló Francisco.
Regresaron a la mansión de Francisco.


28


Unos días más tarde, Álvaro decidió regresar a su hogar. Solo podía visitar un día a la semana a su esposa, y le era indiferente hacerlo desde la mansión o desde la ciudad. Además, sus negocios reclamaban su atención y no podía demorar más su responsabilidad.

El verano se presentó largo y triste. Cuando iba a visitar a Mercedes, ella se negaba a hablar con él, incluso en alguna ocasión se negó a recibirlo.
El director del centro, le hacía saber que ella se mostraba apática y, aunque se sometía a los distintos tratamientos, no daba muestras de mejoría, entre otras cosas porque se negaba a hablar del problema que la había hecho vivir episodios de histeria.
─El primer paso para solucionar un problema es admitirlo. Su esposa no lo hace. Se ha retraído en sí misma y parece que todo le es indiferente. Intente hablar con ella para hacerla entrar en razón ─sugirió el doctor Villacastín, en nombre del director del centro.


Una tarde, que fue a visitarla, insistió en que pasearan por los jardines del lugar. Álvaro observó a otras personas que visitaban a sus enfermos y éstos parecían mostrarse más felices que Mercedes.
─Sé que no te gusta estar aquí y me odias por haberte traído ─dijo Álvaro, de pronto─. Pero si quieres salir de este lugar, debes cooperar con los doctores y las enfermeras para sanar. Olvídate de mí, si quieres ─se detuvo y la cogió por un brazo─. Déjame, si no soportas mi presencia… Pero intenta curarte para ser libre.
─¿Cómo puedo curarme si no estoy enferma?
─No te haces ningún bien negando la verdad.
─¿Qué verdad? ¿La tuya o la mía? Yo sé lo que vi y sé lo que he vivido. No son imaginaciones. Podría fingir que estoy loca y someterme a los tratamientos, cosa que hago, pero no lograrán su fin porque sé que no estoy loca ─levantó la voz consiguiendo que algunas personas se fijaran en ella.
─Así jamás podrás salir de aquí ─dijo Álvaro.
─¿Vas a tenerme retenida en este lugar el resto de mis días?
─Haré lo que considere necesario para tu bienestar.
─Si tanto te preocupa mi bienestar, ¿por qué no me crees?
Álvaro no respondió. No quería discutir una vez más sobre lo mismo. Bajó la mirada y ella, con desdén, se alejó de él.

Álvaro regresó a la mansión. Llegó entrada la noche y solo cenó un poco de sopa para entrar en calor. Empezaba el otoño y la humedad de las nieblas ya se hacían presentes en el lugar.
No tenía sueño, así que fue a la biblioteca, cogió un libro y se sentó para intentar leer un rato. Las letras bailaban delante de sus ojos. Tiró el libro al suelo y se levantó.
Se acercó al retrato de su padre y lo contempló. Recordó que nunca se había llevado bien con él. Lo culpaba de la muerte de su madre y, con el tiempo, se había pasado tanto tiempo borracho que era imposible tratarlo como una persona racional. Álvaro no lamentó su muerte.
Salió de la biblioteca y subió al dormitorio. Al llegar al pasillo oyó un ruido que procedía de una habitación del ala este. Escuchó atentamente y se dejó llevar por el sonido. Llegó a la habitación que había pertenecido a Clara. Hizo girar el picaporte pero la puerta estaba cerrada. Lo había olvidado. Apoyó la oreja en la puerta y alguien o algo golpeó violentamente ésta. Sorprendido, se retiró un paso. Recordó lo que le había contado su esposa y, sin más demora, se apresuró a buscar la ayuda del mayordomo.
El señor Claudio ya se encontraba en su cama cuando Álvaro lo despertó. Se levantó, entre perplejo y alarmado por la urgencia con que requería su presencia el señor.
─¿Quién tiene la llave del dormitorio de la señora Clara? ─preguntó Álvaro.
─Pues… el ama de llaves, señor ─respondió, confuso.
─Pídeselas. Te espero en el pasillo. ¡Date prisa! ─apremió.

Álvaro regresó al pasillo. Al otro lado de la puerta se podían oír golpes y murmullos de voces ininteligibles. Pensó que, o bien alguien estaba intentando asustar a los habitantes de la casa, o Mercedes tenía razón y allí sucedían fenómenos extraños.
Quería ser práctico y no dejarse llevar por ideas irracionales pero, por mucho que lo pensara, no se imaginaba a nadie haciendo ruido a esas horas de la noche, con la única intención de asustarlos. Si se tratase de algún criado, sabía que lo único que conseguiría sería perder su trabajo y buena reputación, lo que dificultaría que encontrase un puesto en una casa de buen prestigio.
El señor Claudio y el ama de llaves llegaron lo más rápido que pudieron. Miraron a Álvaro con sorpresa.
─¿Oyen esos ruidos? ─preguntó.
─Sí, señor. Es imposible no oírlos ─respondió Claudio─. ¿Qué crees que puede ser? ¿Habrá entrado algún animal salvaje?
─¿Usted cree? ─preguntó Álvaro─. Así lo espero ─añadió, sin esperar respuesta─. ¡Abran la puerta!
La señora Esther hizo girar la llave pero no se atrevió a abrir la puerta. Estaba muy asustada.
─Déjeme a mí ─pidió Álvaro y abrió la puerta.  Cogió el candelabro que traía Claudio y entró en la habitación.
El mayordomo y el ama de llaves quisieron entrar pero la puerta se cerró violentamente detrás de Álvaro.
Dejó el candelabro sobre una mesa y miró a su alrededor. Algunas cosas estaban tiradas por el suelo. Los cuadros estaban descolocados y los espejos rotos.
─¡Tú! ─oyó detrás de sí y se volvió.
Para su asombro vio ante él a Clara que lo señalaba de manera acusadora, mirándolo con odio.
─¡Esto tiene que ser una pesadilla! ─dijo Álvaro.
─¡Tú! ─repitió la aparición fantasmal─. ¡Me has sido infiel!
─¿Infiel? Esto no puede estar pasando ─se pasó una mano por la frente─. Tú estás muerta.
─Prometiste que no volverías a casarte ─sollozó el fantasma.
Álvaro recordó todas las veces en que él y Clara jugaban a prometerse amor eterno y se hacían promesas imposibles de cumplir.
Afuera, los sirvientes, intentaban abrir la puerta pero les era totalmente imposible.
─No puedes volver con ella. ¡Prometiste que no volverías a casarte! ─insistió el fantasma.
─No puedes pretender que no quiera ser feliz. Tú estás muerta.
─Me debes fidelidad eterna ─dijo ella y desapareció.
Álvaro se sentó en la cama y apoyó la cabeza en las manos. No podía ser cierto lo que acababa de suceder pero sabía que así era.
El señor Claudio se cayó cuando la puerta cedió con facilidad a sus empujones. La señora Esther se apresuró a ayudarlo a levantarse.
─¿Está usted bien?
─Sí, gracias ─miró a Álvaro─. ¡Señor! ─no sabía qué preguntar viendo el destrozo que había en la habitación─. Hemos oído voces.
─Era Clara ─dijo Álvaro.
Los sirvientes se miraron perplejos. Álvaro se levantó y pasó entre ellos.
─Mercedes tenía razón ─añadió─. Clara ha regresado en busca de venganza.

Esa misma noche, Álvaro salió hacia la ciudad para ir a casa de su amigo. Necesitaba hablar con él para intentar buscar una solución entre los dos.
El señor Claudio le acompañaba en el viaje.
─Señor, permítame decirle algo…
─Hazlo.
─No sé qué ha pasado en la mansión. No sé si los acontecimientos han sido producto de nuestra mente o si en verdad hay fantasmas pero… Creo que deberíamos pedir la ayuda de un sacerdote. Si bendijese el lugar, quizás, se recuperase la paz perdida.
─Lo tendré en cuenta, Claudio. Gracias.
Continuará.





domingo, 8 de diciembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (26)




Transcurrieron unos días tranquilos y felices en los que visitaron varias casas. Pero ninguna le gustaba a Mercedes. Consideraba que estaban demasiado lejos del centro de la ciudad. Necesitaba sentir la vida, oír las voces de la gente, los gritos de los niños. No quería admitir que seguía asustada por todo lo vivido en la mansión. 
─Finalmente tendremos que alquilar la casa a tu amigo ─dijo.
Se encontraban en un jardín. Aunque estaba a punto de empezar el verano, había amanecido una mañana fría y húmeda.
─Se lo propondré ─bromeó Álvaro.
─Es la casa perfecta, cariño.
─Nosotros haremos  que cualquier casa lo sea.
─¡Qué optimista eres! ─rió y se abrazó a él.
Álvaro respondió al abrazo y, al cabo de unos segundos, sintió que ella se tensaba. Quiso retirarla para mirarla a la cara pero ella se agarró a él con más fuerza.

─Mercedes, ¿qué sucede? ─ella no quiso responder pero Álvaro insistió─. Dime, por favor. ¿qué te pasa?
Mercedes se apartó de él y lo miró fijamente, con lágrimas en los ojos.
─Jamás nos dejará en paz.
─¿Qué dices? ¿No será…?
─¡Sí, es ella! ¡Está ahí! ─gritó y señaló hacia unos árboles.
La gente que pasaba por el jardín la miró con curiosidad. Álvaro se volvió. Miró en la dirección que ella indicaba pero no vio a nadie.
─Quizás pasó alguien y te confundiste ─dijo.
─¡No! Sé que era ella.
─Será mejor que regresemos a casa ─la cogió por un brazo y tiró de ella para obligarla a caminar.
─No me crees, ¿verdad? Yo no tengo la culpa si no la ves ─sollozó─. Pero sé que es Clara. Ha venido a hacerme daño. Quiere me aleje de ti, lo sé.
─¡No digas sandeces! ─pidió Álvaro con firmeza y la miró enfadado.
Mercedes se detuvo obligando que él también dejara de caminar. Lo miró con disgusto.
─Estamos en la ciudad. ¿Cómo puedes pensar que un fantasma ha venido detrás de ti hasta aquí? ─preguntó intentando contener su ira─. Ya te he dicho que ni Clara, ni mi padre, te harían daño jamás.
Mercedes quiso replicar pero sabía que sus palabras no servirían de nada. Álvaro jamás la creería. Bajó la cabeza y siguió caminando delante de él, como una niña enojada.
Antes de entrar en la mansión, Álvaro miró otra vez hacia el jardín y buscó a alguna mujer que se pareciera a Clara pero no vio a nadie similar.
Continuará.



miércoles, 4 de diciembre de 2019

LA MANSIÓN GRIS (23, 24 Y 25)





23


Por petición de Álvaro, la señora Esther trajo una infusión de tila para Mercedes. También pidió que encendieran el fuego de la chimenea.
Ahora que los días eran más cálidos, solían hacer fuego por las tardes, pero su esposa no dejaba de temblar y le sentaría bien que la estancia estuviera más caldeada.
Cuando el ama de llaves entró en la cocina y pidió a la cocinera que preparara el té de tila, no pudo evitar dejar escapar una exclamación.
─¡Por Dios, qué mujer!
─¿Qué sucede, señora Eshter? ─preguntó la cocinera, Hortensia.
─La señora ha llegado del paseo hecha un manojo de nervios. Yo creo que los días de paz han terminado en esta casa.
─Pero ¿qué le sucede a esa mujer? Se comenta que dice ver fantasmas. ¡Válgame Dios! ¡Fantasmas! Yo creí que esa historia había terminado el día que el señor regresó a la mansión ─comentó Hortensia, mientras llenaba la tetera con agua.
─Pues parece que no es así  ─recogió el servicio y salió de la cocina.

Mercedes estaba recostada en un sillón y miraba con preocupación a Álvaro, que permanecía de pie delante de la ventana.
El ama de llaves entró en el salón y dejó el servicio sobre una mesa. Se dispuso a servir la tila pero Álvaro le dijo que podía retirarse, que ya se encargaba él.
─Puedo hacerlo yo ─dijo Mercedes.
─No. Intenta relajarte. Yo te preparo la infusión ─dijo Álvaro y se acercó a la mesa.
Se produjo un tenso silencio que solo era roto por el ruido del agua que caía en la taza y el crepitar de la leña en la chimenea. Mercedes no soportaba esa tensión y empezó a llorar.
─Sé que no me crees ─dijo.
Álvaro la miró, desconcertado. Le acercó la taza.
─Bebe esto, te sentará bien.
Mercedes buscó un pañuelo entre sus ropas pero no lo encontró y Álvaro se apresuró a darle el suyo. Se limpió las lágrimas y cogió la taza.
─Admito que esta situación me supera ─dijo Álvaro y se sentó frente a ella─. Necesito que me cuentes todo lo que has vivido, desde el principio, para intentar entenderte.
─¿Servirá de algo? Pensarás que estoy loca.
─Jamás haría eso. Por favor, Mercedes…
Mercedes bebió la tila, dejó la taza en la mesa y empezó a relatar su historia desde la primera noche que se sintió incómoda en la primera habitación que le habían destinado.
Álvaro escuchaba atentamente, intentando no mostrar sorpresa u otro sentimiento que pudiera molestarla.
Cuando ella terminó de hablar, tras un breve momento de silencio, él habló.



24




─¿Por qué crees que Clara se suicidó? ─preguntó Álvaro.
Mercedes le miró sorprendida. Intentó recordar la historia que le había contado él acerca de su primer matrimonio y lo habían hablado las criadas en su habitación.
─Tú me dijiste algo sobre ello.
─No. Yo te he dicho que Clara murió en extrañas circunstancias. Pero jamás se ha podido certificar que fuera un suicidio.
─Pero no es totalmente descartable, ¿verdad? Las criadas creen que suicidó.
─Las criadas hablan demasiado de lo que no les compete.
─Entonces, ¿cómo murió? ¿Fue un accidente?
─Clara se ahogó, al igual que mi padre. Pero mi padre estaba ebrio y Clara… Bueno, el médico está convencido de que tomó demasiada medicina, se mareó y cayó al río. Aunque en la orilla la profundidad es insuficiente para sumergirse, el aturdimiento pudo ayudar a que se produjera el fatal desenlace.
─¿Por qué se medicaba?
─Clara tenía un carácter difícil. Así como podía ser dócil como un pajarillo, de pronto mostraba el temperamento más enérgico que pudiese mostrar una persona. El médico le recetaba algo para templar los nervios en esos días difíciles.
─¿Te pidió ella, en algún momento, que no te volvieras a casar? ─preguntó Mercedes.
Álvaro la miró confuso. Se levantó y se acercó a la mesa donde estaban los licores para servirse una copa.

─Sí ─asintió. Bebió un trago de la copa y miró a su esposa por encima de ésta─. Pero solo era un juego entre nosotros. Nada serio.
─Quizás para ella lo era.
─¿Y por qué iba a ser así? No había nada que indicara que pudiese fallecer joven. ¿Por qué iba a preocuparse de un posible futuro en el que ella ya no estuviera conmigo?
─No lo sé ─susurró Mercedes y las lágrimas acudieron a sus ojos una vez más─. Ella quiere me aleje de tu lado ─añadió.
─¡No! ─negó con calma. Dejó la copa en la mesa y se acercó a Mercedes─. No digas eso ─se arrodilló─. Clara jamás te mortificaría de ninguna manera. A pesar de su carácter, era una mujer buena.
─¿Y qué me dices de tu padre? Él también quiere que me aparte de ti ─sollozó.
─No, Mercedes. No insistas con esas ideas tan extrañas. Nadie de mi familia te haría daño. Ellos solo querrían mi felicidad. Y Clara también.
─¡Yo sé que los he visto, Álvaro! ¡No miento!
─Te creo ─le cogió el rostro entre las manos─. Pero estoy seguro de que todo ha sido fruto de tu imaginación.
─¿Cómo he podido imaginarme a una mujer que antes no había visto jamás? La reconocí cuando vi el retrato. Y lo mismo sucedió con tu padre.
─Viste o creíste ver a alguien, y cuando viste los retratos, les pusiste rostro.
─¡Oh, no sabes cuánto daño me hace que no creas! ─lloró amargamente.
─Sí te creo…
─Pero dices que no vi fantasmas, que todo es fruto de mi imaginación.
─Intenta pensar con raciocinio. ¿Crees que existe la posibilidad de que se apareciera alguien desde el Más Allá?
─No lo sé. Creo en el alma. Quizás exista la posibilidad de que puedan regresar para decirnos algo o… para hacernos daño.
─Te estás haciendo daño a ti misma con esas conjeturas. ¿No lo entiendes?
─Yo sé lo que vi, Álvaro.
Álvaro bajó la cabeza y asintió, resignado. Mercedes no podía contener el llanto.
─Está bien ─dijo él de pronto y la miró─. Haremos una cosa para intentar solucionar este problema. Nos iremos a vivir a la ciudad. Es posible que allí no te torturen los fantasmas.
─Pero a ti te gusta vivir aquí.
─A mí me gusta vivir contigo. No me importa dónde ─la abrazó y la besó en los labios.



25




Las dos noches que permanecieron en la mansión, antes de ir a la ciudad, Mercedes durmió en el mismo dormitorio que su esposo. No volvió a sentir la presencia de los fantasmas, aunque había tomado tanta infusión de tila, que la ayudara a dormir hasta el amanecer.
El señor Claudio viajó con ellos y la señora Esther se quedaría encargada del cuidado de la casa, una vez más. Álvaro no despidió a la cocinera, ni a las criadas. Mercedes le había pedido que no lo hiciera porque podían regresar más adelante, aunque solo fuera para pasar unos días. Necesitaba saber si su esposo y el doctor Villacastín tenían razón al creer que su mal era producto de los nervios y un exceso de imaginación.


Mientras no encontraban una casa y la acondicionaban a su gusto, el amigo de ambos, Francisco, los invitó a quedarse en su mansión el tiempo que fuera necesario.
─Me alegro mucho de veros. Por favor, sed bienvenidos y acomodaros como si estuviereis en vuestra propia casa.
─Eres muy amable, Francisco ─dijo Mercedes─. Agradecemos mucho tu  ayuda.
─Haría cualquier cosa por los dos. No tenía claro si queríais compartir habitación, así que os he destinado dos dormitorios que están conectados por una puerta.
─Muchas gracias ─dijo Álvaro─. Como siempre das muestra de tu buen sentido práctico.
Francisco rió complacido y pasó un brazo por los hombros de su amigo.
─Subamos. Espero que las habitaciones sean de vuestro agrado.
Las estancias eran amplias y la decoración agradable. Pero lo que más le gustó a Mercedes era que tenían vistas al jardín de la entrada y se veía la calle por donde pasaban los transeúntes y los carruajes tirados por esbeltos caballos.
─¡Me encanta! ─dijo. En ese momento se olvidó de la paz que anhelaba disfrutar en el río, tumbada en la barca. Ansiaba mezclarse entre el bullicio de la ciudad.




Se dejó caer en la cama y tendió un brazo hacia Álvaro para invitarlo a unirse a ella. No se hizo de rogar. Se tumbó a su lado y contempló ensimismado su belleza.

─Ojalá este momento dure para siempre ─susurró Mercedes.
─Será así si nosotros lo queremos.
─Siempre surgen inconvenientes que destrozan los momentos de paz.
─La vida es imprevisible pero depende de nuestra voluntad superar las dificultades sin caer en la desesperación.
─¿Me estás reprochando algo? ─se dio la vuelta y se puso sobre él.
─No. En absoluto.
─He vivido unos días extraños que me alteraron un poco, pero… estoy segura de que se han quedado atrás.
─Me alegro de que sea así ─se besaron─. ¿Me amas?
─No más que mañana ─volvieron a besarse con pasión.
Continuará.



TORMENTA DE PRIMAVERA (15)