martes, 10 de marzo de 2020

TORMENTA DE PRIMAVERA (11)




11

Después de la comida, durante la cual George quiso saber más cosas sobre Rowina, lady Margaret pidió que la joven estuviera presente en el salón, por si decidía que le  leyera algo antes de quedarse dormida.
Rowina entró en la estancia bajo la atenta mirada de todos y, tras un gesto de la anciana, se sentó en un sofá. Frente a ella estaban los hombres sentados en sillones. Ambos fumaban y bebían licor. Patrick la miró con los ojos entrecerrados a través del humo del cigarro. Su mirada era tan intensa que parecía querer traspasar la mente de ella quien, incluso, sintió el calor de la misma sobre su piel y se estremeció.
─Querida, el señor Muller ha mostrado un gran interés por usted ─comentó lady Margaret─. Le sorprende que sus padres se preocuparan de que tuviera una buena educación, en vez de conformarse con buscarle un esposo que supiera regentar el negocio que tenían cuando ellos ya no pudieran hacerse cargo de él.
─Mi curiosidad no es malintencionada ─se apresuró a decir George─. Solo es producto de mi sorpresa y admiración por la decisión de sus padres.
─¿Alaba que una mujer reciba una buena educación? ─preguntó Rowina, sorprendida.
─Creo que unas buenas nociones de cultura general, matemáticas y contabilidad ayudan mucho a que las mujeres sepan gestionar mejor la economía doméstica ─explicó.
Patrick esbozó una sonrisa burlona cuando vio la expresión decepcionada de la joven.
─Confiaba en que valorase esas virtudes por otro motivo ─comentó ella.
─¿Qué otro motivo podría tener? ─preguntó George, perplejo.
─Yo creo que si una mujer iguala en intelecto al hombre puede tener conversaciones más enriquecidas con él. Eso evitaría que los matrimonios cayesen en la monotonía y el aburrimiento.
George se rió, en cambio, Patrick miró a Rowina con interés. Lady Margaret también secundó la risa del abogado.
─La mujer no puede igualar el intelecto del hombre ─expuso George─. Ni debe intentar superarlo o éste se sentiría terriblemente humillado.
─Yo creo que una mujer debe ser virtuosa y hacendosa. No necesita de más virtudes ─opinó lady Margaret.
Rowina decidió callar. Sabía que no debía provocar una discusión. Patrick se levantó para poner fin a ese momento que se estaba convirtiendo en incómodo para ella.
─Será mejor que nos vayamos, George. Parece que va a llover y a usted no le gusta mojarse.
─¿Vais a dar un paseo? ─preguntó lady Margaret.
─No. Vamos hasta el pueblo para poner un telegrama a la oficina de George. Quiero que sus compañeros busquen trabajadores para que empiecen las obras en esta casa.
─¡Oh, Dios mío! ─exclamó la anciana─. ¡Qué suplicio me espera! Querida ─miró a Rowina─, lléveme a mi habitación. Necesito descansar bien. Me temo que, una vez empiecen a venir los obreros, ya no podré hacerlo.
─¡Exagera usted, tía! ─exclamó Patrick y rió.

La anciana se tumbó en la mecedora y pidió a Rowina que le leyera un salmo del libro de oraciones. Así lo hizo, después de cerrar un poco las cortinas para que no entrara tanta luz en la estancia.
─Salmo 121, 6 y 7: “6 El sol no te hará daño de día, ni la luna de noche. 7 El Señor te guardará de todo mal; él guardará tu vida”.
─Rowina, ¿qué opinión ha formado del señor Muller? ─preguntó lady Margaret interrumpiéndola.
La joven cerró el libro y la miró sin comprender a qué venía esa pregunta y por qué ansiaba tanto saber qué opinaba ella del lord y del abogado. Miró hacia la ventana. El cielo se veía más gris que por la mañana.
─Parece un buen hombre ─respondió, sin estar segura de haber dicho lo correcto.
─Su padre lo era, así que ha tenido un buen ejemplo para seguir. Estoy segura de que usted le ha causado buena impresión. ¿No le parece que sería maravilloso si Dios quisiera unirlos en matrimonio? ─Rowina la miró perpleja─. ¡Oh, por supuesto que solo hago conjeturas! Entre ustedes dos no hay ningún tipo de relación pero debería empezar a pensar en esa posibilidad. Tal vez, si se acercase a él, con el debido decoro, por supuesto, el interés del señor Muller no se quedaría solo en un simple conato de satisfacer su curiosidad y vería en usted a su alma gemela. Piense en ello, querida. Ambos harían una buena pareja ─sonrió y se recostó en el asiento.
Rowina supo que se quedaría dormida y dejó el libro en la mesilla. Salió del dormitorio y bajó a la cocina. Le apetecía tomar un té para templar su ánimo. Ella solo podía pensar en Patrick, aun sabiendo que era un ser inalcanzable para ella.
Continuará

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